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Israel y Palestina



Lo que empezó como un post corto y sencillo sobre el conflicto entre Israel y Palestina fue creciendo más y más hasta convertirse en un repaso —ni tan corto, ni tan sencillo— de historia, hechos, elementos, circunstancias, factores y argumentos que me parece necesario tener en cuenta cada vez que el tema vuelve a ser noticia.

El texto a continuación es, entonces, un intento por organizar mis ideas al respecto; el tipo de punto de partida que me habría gustado tener a la mano cuando no sabía nada sobre este tema, y lo único que conseguía eran fuentes sesgadas, o fuentes objetivas que sólo abordaban una pequeña porción del asunto.

Sin más preámbulos, pues, ¡arena ven a mí!

∼∼∼

Con la reciente escalada de la guerra en Israel y Palestina, no han faltado quienes anuncian su solidaridad diciendo que van a rezar; abundan los posts de #PrayForPalestine y #PrayForIsrael, y aunque en la mayoría de casos puedan ser bienintencionados, esta reacción está perfectamente mal encaminada: en puridad, como buena parte de los más sangrientos conflictos de la humanidad, la religión ha jugado un papel esencial en el conflicto de Oriente Medio. Así que la óptica de rezar por las víctimas (o los victimarios) es que —al margen de lo inútil que sea— es un poco como lanzar un bidón de gasolina sobre un gigantesco incendio forestal: sólo podría servir para empeorar las cosas.

Y es que, ¿a qué dios le rezan: al dios en cuyo nombre se cometieron las atrocidades, o al que las permitió cruzado de brazos? Este es principalmente un conflicto religioso, así que el primer paso para resolverlo, si es que alguien estuviera realmente interesado, es reconocerlo como tal. En pocas palabras, la solución pasa por menos religión, no más.

¿Cómo ha sido la religión responsable del conflicto? Veamos.

ANTISEMITISMO


Antisemitismo cristiano

El asunto vino a empezar, más o menos, con la destrucción del segundo Templo durante el sitio de Jerusalén por las tropas de Tito, en el año 70 de la Era Común — un golpe a la comunidad hebrea, que se vio en la incómoda necesidad de reconciliar la idea de ser el pueblo elegido de su dios con la humillación del dominio romano. Muchos judíos optaron por considerar que este era un castigo divino debido a un cumplimiento deficiente de la ley mosaica y reaccionaron volviéndose más estrictos. La alternativa racional, claro, habría sido entender que dios no existe, y que los ejércitos enemigos rara vez pasan de destruir los sitios sagrados del contrincante; pero los tiempos no daban para ello, así que esto no fue. Por lo que optaron otros fue por cambiar la manera en la que venían haciendo las cosas hasta el momento; esta secta judía terminaría siendo el cristianismo.

Para los creyentes, el cristianismo es creer en la existencia de una especie de filósofo hippie con súperpoderes que vivió en el siglo 1 que se llamaba Jesús, o en supuestamente seguir sus enseñanzas, o una mezcla de las dos. Para quienes buscamos entender el mundo basados en los hechos, el cristianismo no es más que una secta judía que, tras la destrucción del Templo, decidió probar cosas nuevas, como el concepto del perdón, la obligación del proselitismo, la admisión de los gentiles, y relajar el rigor del cumplimiento de las tradiciones judías, contando más adelante con la suerte de ser patrocinados por Constantino y Carlomagno en dos momentos clave de la Historia.

La transformación de secta judía a toda una religión diferente fue un proceso lento en el que muchas cosas —a veces inconexas entre sí— se fueron incorporando, a medida que en distintos lugares aparecían simpatizantes y seguidores que iban añadiendo, quitando, y poniendo, según las necesidades del lugar y el momento. Eran adeptos escribiendo fanfiction, pues. Por ejemplo, lo que vendría a conocerse como el evangelio de Mateo parece ser un texto escrito pensando en el judeocristianismo de Antioquía (en la hoy Turquía) más de diez años después de la destrucción del Templo, en el que su autor muy posiblemente buscaba definir el cristianismo en oposición al judaísmo. Para la muestra, con Mateo 27:25 (“Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos”) se consagró la idea de que el pueblo judío, en su conjunto y a perpetuidad, era responsable directo de la crucifixión y, por lo tanto, objeto de persecución y exterminio. Había nacido el alegato antisemita de deicidio.

Nociones elementales que algunos hoy damos por sentado, como que la responsabilidad penal es individual, o que los tipos penales prescriben, estaban a siglos de ser desarrolladas.

Tratando de no prestarle demasiada atención a la inconsistencia interna de que el cristianismo de hecho necesitaba del cuento de la crucifixión para poder existir como lo hacía, la Iglesia convirtió la persecución, discriminación y el odio a los judíos en su timbre de identidad oficial cuando, unos 300 años después de que se escribiera, el evangelio de Mateo fue ratificado como canónico, en el sínodo de Cartago en el 397 EC.

Las masacres y discriminación contra los judíos se volvieron cada vez más frecuentes. Esto significó que cuando no estaban siendo asesinados, los judíos fueron excluidos de la mayoría de trabajos, viéndose relegados a un puñado de oficios, entre los que estaba la recolección de impuestos y renta. Para los cristianos era pecado cobrar intereses, así que mientras los judíos lo tenían permitido (y esto fue en buena parte lo que les permitió sentar las bases de la banca) en el imaginario popular nacio un alegato antisemita de avaricia.

Condenados al ostracismo en la mayoría de sociedades del medioevo, los judíos terminaron siendo chivos expiatorios — por ejemplo, una explicación popular durante la peste negra decía que había sido causada por los judíos, quienes supuestamente habrían envenenado los pozos de agua. También los acusaban de robarse las hostias de las iglesias para hacer una recreación de la crucifixión, ‘profanando’ la oblea. También de inspiración bíblica es la leyenda del judío errante: a saber, que expulsar a los judíos o negarles la entrada a alguna ciudad era el precedente de una calamidad que afectaría a esa sociedad. Cada alegato antisemita como estos y similares siempre venía acompañado de respectivas masacres de judíos.

No sólo con la Inquisición y las Cruzadas la cristiandad le dio rienda suelta a sus proclividades anti-judías, sino que lo hizo antes, durante y después del Medioevo; disposición que estuvo a flor de piel durante siglos. No es casualidad que en España todavía se le llame “matar judíos” a una tradición de Semana ‘Santa’ (que hace unos siglos iba, como su nombre lo indica, de matar judíos), o que se les acusara del asesinato de niños cuyos cadáveres ni siquiera existían, ni que a finales del siglo 19 en Francia tomara lugar el asunto Dreyfus, en el que se condenó al capitán judío Alfred Dreyfus por un delito de traición que no cometió, mientras absolvían al verdadero traidor, el comandante Ferdinand Esterhazy. Entre 1880 y 1920, en la hoy Ukrania se llevaron a cabo alrededor de 1320 pogromos.

Esto fue el pan de cada día para los judíos en Europa hasta no hace mucho tiempo. De todo esto es necesario entender que el proyecto de Hitler no ocurrió por generación espontánea, en un vacío ideológico, o que de buenas a primeras al tipo se le ocurrió que los judíos eran culpables de todo; por el contrario, el antisemitismo expresado por los nazis hizo parte del tejido social europeo por sigloscon un significativo auspicio del cristianismo. Consecuencia del tenebroso contubernio entre religión y política, el antisemitismo gozaba de bastante buena salud ya bien entrado el siglo 20. No en vano, el antisemitismo dejó de ser doctrina oficial de la Iglesia Católica en 1965… dos décadas después de que los nazis fueran derrotados, pero dosmil años desde que lo habían consagrado como palabra de dios.

Antisemitismo islámico

Y si los judíos fueron discriminados y perseguidos en Europa desde antes de la caída del Imperio Romano hasta la segunda mitad del siglo 20, las cosas no les fueron demasiado mejor en la península arábiga y Asia occidental.

Allí, a principios del siglo 7 EC Mahoma llegó buscando establecerse como autoridad religiosa a como diera lugar, incluso fingiendo estados alterados de la conciencia parecidos a los de un epiléptico durante los cuales el arcángel Gabriel supuestamente le dictaría el Corán. Al principio, las cosas no fueron particularmente bien para el ‘profeta’, pues su misión proselitista nació tratando de combinar y unificar varias creencias, entre las que estaban el paganismo árabe, el cristianismo y el judaísmo; e intentó cooptar a sus creyentes — posiblemente de ahí venga que en el islam se observe el ayuno en el día de Ashura (conmemorando el ayuno de Moisés tras el supuesto éxodo de Egipto), o que Jerusalén sea considerada una ciudad sagrada por los musulmanes. Este tipo de concesiones no fueron reciprocadas, pues las tribus judías de la región no le dieron ni la hora a Mahoma, ya que notaban que lo que Gabriel le dictaba tenía la particular característica de apropiarse de narraciones y figuras bíblicas, y usarlas en contra de las propias enseñanzas judías, y así se lo hicieron saber al ‘profeta’ en términos inequívocos, corrigiéndole la plana en cada ocasión (a lo que este ripostaba que eran ellos quienes no entendían sus propias escrituras).

Todo parece indicar que a Gabriel tampoco le hicieron demasiada gracia estas monadas, pues en los pasajes del Corán se puede notar un incremento gradual en los ataques a las tradiciones y creencias judías. El impetú antisemita también fue palpable en la Constitución de Medina, con la que Mahoma buscó integrar los clanes árabes de la ciudad en uno solo, al tiempo que los separaba de sus vecinos judíos (con quienes hasta entonces habían convivido en razonable armonía). Mahoma luego enviaría a sus tropas a masacrar las tribus judías de la ciudad, después de que ambas partes sobrevivieran el asalto a la ciudad que venía desde La Meca.

El ‘profeta’ designó la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén como el tercer lugar más importante del islam (después de Meca y Medina), donde, dijo, las oraciones valían 500 veces lo que las oraciones en cualquier otra mezquita; y esta era la mezquita a donde solían apuntar los musulmanes al rezar antes de que Mahoma decidiera que mejor lo hicieran hacia la mezquita de al-Másyid al-Haram en La Meca. Otra razón por la que la mezquita de Al-Aqsa ganó bastante importancia para los mahometanos es porque en el capítulo de Israʾ y Miʿraj del Corán, Mahoma supuestamente habría montado en el lomo de un pegaso desde La Meca hasta esta mezquita en Jerusalén, desde donde luego habría subido a los cielos (donde Alá le habría dicho que era su profeta favorito por ser el más guapo, y apuesto, e inteligente y fuerte, y guerrero, y el mejor, en general — el tipo de concursos con los que los dioses obviamente se devanan los sesos y que, de ninguna manera, nunca nadie, jamás se inventaría para mejorar su imagen, claro que no).

Aunque también contó con su puñado de intérpretes, a diferencia del cristianismo, el islam tuvo la aparente ventaja de que los desvaríos de Mahoma fueron consignados directamente durante su vida, por lo que hubo mucho menos margen de maniobra para que los amanuenses de turno se tomaran licencias creativas. Así que mientras la Biblia ha sido manoseada para que refleje los prejuicios y antivalores de cada creyente en cada momento, lo que nos ha llegado como textos ‘sagrados’ del islam es una versión bastante más fiel a la penosa obra de Mahoma, con su rabioso antisemitismo intacto. Esto se lee claramente en pasajes como la sura 5.51 (que ordena la enemistad con cristianos y judíos), y que es reforzado en hádices como el 2922 de Sahih Muslim, escrito por Abu Hurayrah (este hádiz es mejor conocido como la profecía del árbol y la roca, que incita al genocidio de los judíos), y que es citado frecuentemente en los sermones religiosos. De esta manera el antisemitismo también se convirtió en timbre oficial del islam.

A la muerte de Mahoma en el 632 EC, sus seguidores se pusieron manos a la obra y empezaron campañas expansionistas para llevar la palabra del ‘profeta’ a todo el mundo, con la intención de establecer un califato. Así como en Occidente usamos el eufemismo de “multimillonarios” para referirnos a quienes en puridad son “oligarcas” —término aparentemente reservado para los multimillonarios no occidentales—, de igual forma, en el mundo musulmán se le llama eufemísticamente “califato” a las ambiciones imperialistas de que el islam domine todos los rincones del planeta y sea la única fuente aceptable para la organización política y social, y el ordenamiento jurídico. En menos de 100 años, los califatos rashidun y omeya llegaron a conquistar el Magreb, la Península Ibérica, y partes del Turquestán. Después vino el califato abasí, que sobrevivió hasta el siglo 13, cuando fue derrotado por los mongoles; las invasiones mongolas condujeron a la fragmentación del mundo islámico, creando un vacío de poder que permitió sentar las bases de lo que se convertiría en el Imperio Turco-Otomano. Con el establecimiento y la expansión del Imperio Otomano —cuya autoridad se basaba en la religión mahometana—, el islam se extendió aún más. El desmoronamiento de las estructuras religiosas y políticas existentes en los territorios conquistados, la migración y el asentamiento de poblaciones musulmanas en territorios invadidos, y el trato favorable que recibieron los musulmanes durante la expansión del imperio dieron como resultado el crecimiento del islam.

Aunque bajo el dominio musulmán los judíos vivieron uno que otro periodo de tolerancia, el antisemitismo estuvo presente durante todos estos califatos, y la población judía nunca tuvo su seguridad garantizada, puesto que cualquier cambio en el entorno político o social a menudo venía acompañado de persecuciones y violencia contra la población judía, cuando no la muerte. En muchas ocasiones los judíos se vieron obligados a convertirse al islam o ser perseguidos, situaciones que forzaron a una serie de migraciones de judíos, muchas de ellas a la propia Europa, donde, como vimos, tampoco les guardaban demasiada simpatía.

Básicamente, desde hace 1400 años, en todas las sociedades islámicas y países donde ha imperado el Corán se ha perseguido, discriminado, y asesinado sistemáticamente a los judíos, una tradición que continúa hasta el día de hoy y que sólo puede ser negada por la más ingenua o deshonesta de las interpretaciones históricas.

Guerras mundiales

El antisemitismo de inspiración cristiana y el de inspiración islámica vendrían a converger, como casi que no podía ser de otra forma, en la Segunda Guerra Mundial.

Durante la Primera Guerra Mundial, cuando los británicos buscaban todos los apoyos que pudieran conseguir para derrotar al Imperio Turco-Otomano, le prometieron los territorios palestinos a los sionistas (con la Declaración de Balfour), a los árabes hashemitas (en el acuerdo Mac Mahon-Husayn), y se los reservaban para sí mismos, a cambio del control de un gran estado árabe compartido con Francia (el tratado Sykes-Picot).

En esos momentos, la población árabe de los territorios palestinos superaba con creces la de cristianos y judíos en la zona. Para cambiar esta relación de fuerzas, y apoyándose en la Declaración de Balfour, los sionistas empezaron a promover la migración de judíos a la región; un fenómeno que sería una constante preocupación para los árabes.

El chiste británico de hacer tres promesas sobre la misma tierra no cayó demasiado bien entre los hashemitas, y en respuesta a la traición occidental propusieron la creación de la Gran Siria, una monarquía constitucional teocrática que agrupara los territorios árabes que hasta entonces habían sido parte del imperio turco-otomano, un panarabismo religioso radical. La victoria de Francia en Damasco en 1920 acabó con el sueño de la Gran Siria, aunque su espíritu fue la semilla del nacionalismo musulmán.

A pesar de que para entonces los británicos llevaban casi 70 años familiarizándose con el concepto de la separación de Estado e iglesias, esta noción realmente no cabía en sus cabecitas — en 1936 tendrían toda una gravísima crisis nacional porque su rey se enamoró de una mujer divorciada, y el monarca tuvo que abdicar para evitar que la ignota chusma se rebelara ante tremenda herejía; así pues, no es de extrañar que en 1921, el establecimiento que respondía ante Su Graciosa Majestad en los territorios palestinos no supiera hacer nada mejor que nombrar a Amin al-Husseini como Muftí de esa colonia, un cargo político-religioso vitalicio copiado del ordenamiento político egipcio.

El dichoso al-Husseini había sido un entusiasta promotor de la jihad durante la Primera Guerra Mundial, con el objetivo de sembrar terror tras las líneas enemigas; después de la Guerra fue un convencido panarabista que en 1920 había sido condenado por incitar a los disturbios ocurridos entre árabes y judíos — disturbios que instigó para avanzar la agenda de que Palestina pasara a formar la provincia sur de la Gran Siria. Sin embargo, con la victoria francesa y su nuevo nombramiento, el enfoque de al-Husseini viró ligeramente del panarabismo al nacionalismo palestino; este cambio no tuvo repercusión en su profundo antisemitismo, que siguió intacto: en sus discursos, al-Husseini solía invocar con frecuencia los Protocolos de los Sabios de Sión (un panfleto antisemita inventado en la Rusia zarista de principios del siglo 20, que acusa a los judíos de buscar la dominación mundial, y los culpaba de haber saboteado al país en su guerra contra Japón).

Desde entonces, al-Husseini trabajó incansablemente para desterrar a los musulmanes moderados en los cuerpos de autoridad político-religiosa de los territorios palestinos, mientras hacía lobby a nivel internacional para recaudar fondos y reclamar el Monte del Templo (donde estuvo el Segundo Templo hasta que Tito se lo cargó, y donde ahora también se encontraba la mezquita de Al-Aqsa, con su cúpula dorada) como un símbolo del nacionalismo palestino y, por qué no decirlo, panarábigo. Esta labor no tuvo escasez de retórica antisemita, en la que se acusaba a los judíos de querer apropiarse del Muro de las Lamentaciones. También de cuño suyo fue la política obstruccionista que caracteriza hasta el día de hoy la mayoría de posturas políticas de los palestinos — a saber, el negarse a conceder cualquier cuota de poder o territorio para los judíos; en ese entonces se hizo con los esfuerzos británicos de que los gobiernos locales tuvieran paridad (mitad judíos, mitad árabes), y a día de hoy se configura en las varias negativas palestinas a aceptar una solución de dos Estados —incluso en las ocasiones en donde se han sugerido particiones más favorables para ellos—.

Durante 20 años al-Husseini fue amasando muchísimo poder en Palestina (no sólo a costa de la población judía, sino también de los árabes no-musulmanes y de los musulmanes moderados), poder que a su vez utilizaba para causar provocaciones a los judíos e incitar a sus correligionarios a empezar protestas que terminaban escalando en violentos disturbios y revueltas, que entonces devenían en masacres — de su autoría intelectual fueron el pogromo de Jerusalén (o disturbios de Nebi Musa), los disturbios de Jaffa, y las matanzas de Hebrón y Safén.

En Egipto, al-Husseini se hizo amigo de Hassan al-Banna, un líder religioso que en 1928 fundó la Hermandad Musulmana como una organización que cumplía en Egipto esencialmente el mismo papel de los misioneros católicos en África, o lo que hacen hoy los cristianos evangélicos con los drogadictos en Latinoamérica: esto es, predaba de las condiciones de pobreza, desnutrición, falta de acceso a medicamentos, y una educación entre deficiente y nula, para ofrecer ayudas materiales a cambio de que los recipientes adoptaran su fe — básicamente compraban almas, aprovechándose del estado de necesidad de sus víctimas. Como de costumbre, la explotación religiosa de las miserias terrenales terminó siendo un cocktail perfecto para el reclutamiento de fervorosos militantes religiosos.

La Hermandad Musulmana empezó enfocada en la caridad reclutadora aunque no demoró mucho en inmiscuirse en la política egipcia, especialmente publicando panfletos antisemitas. Durante los siguientes años, la Hermandad Musulmana se expandió como la peste, a más de medio mundo. También establecieron lazos de amistad con la Alemania nazi, particularmente mediante la Deutsches Nachrichtenbüro GmbH (DNB), o agencia de prensa central del Tercer Reich, y también a través del propio al-Husseini — esta amistad fue fructífera para los mahometanos, pues los nazis financiaron y le dieron armamento a la Hermandad Musulmana.

Para mediados de los años Treinta en Palestina, al-Husseini y sus esbirros contaban con varias agrupaciones, partidos y movimientos nacionalistas, de clara inspiración islámica; estos tenían diferentes grados de legalidad, y algunos eran incluso organizaciones paramilitares semiclandestinas. Entre estos se encontraban el Consejo Islámico Mundial, el Partido del Congreso de la Juventud, el Partido Istiqlal, el Partido Árabe Palestino, los Boy Scouts Árabe Palestinos (llamados cariñosamente la Santa Lucha) que más adelante se convertirían en el Ejército de la Guerra Santa, la Hermandad (que eran las juventudes del Partido Árabe Palestino), el Bloque NacionalLa Mano Verde y la Mano Negra.

Con la subida de Hitler al poder, el número de judíos que llegaba a los territorios palestinos buscando escapar de Europa iba aún más en ascenso, por lo que en 1936 esta coalición de fuerzas árabe-musulmanas empezó una oleada de huelgas y protestas contra los judíos y las autoridades británicas de la zona, que rápidamente se volvieron violentas; la revuelta duró tres años.

En su intento por restablecer el orden, las autoridades británicas lo intentaron de todo, desde suspender la migración judía por completo (decisión que tiene toda la marca del cobarde de Neville Chamberlain) hasta la detención de los líderes de las revueltas. Al único que no alcanzaron a detener fue a al-Husseini, quien huyó, primero a Líbano y luego a Irak (sus compañeros detenidos fueron enviados a las islas Seychelles). Desde antes de su huída, al-Husseini, junto con otros líderes árabes, había establecido lazos con la Alemania de Hitler, y manifestado entusiastamente su apoyo a las políticas públicas antijudías. Uno de los problemas con el celo religioso es que nubla el juicio hasta del más inteligente de los creyentes, y así, por ejemplo, Amin al-Husseini era completamente incapaz de conectar las deportaciones masivas de judíos con el hecho de que muchos terminaban llegando a los territorios palestinos — es que hasta el más miope estratega habría podido entender que la mejor manera de evitar el arribo masivo de judíos a la región hubiera sido mediante su aceptación general y asimilación en otras partes del planeta. Además de ser absurdo, el odio inspirado por las palabras de cualquier presunto dios suele ser muy mal consejero.

La deportación de los líderes nacionalistas musulmanes (y la huída de al-Husseini) no cayó bien entre la población árabe de los territorios palestinos, quienes quisieron vengarse de los británicos buscando estrechar aún más sus lazos con la Alemania de Hitler —el enemigo directo de Gran Bretaña—, lo que redundó en que importaran la propaganda nazi antisemita. Una vez que los británicos recuperaron el control, el nacionalismo musulmán carecía de líderes y de capacidad militar, y la comunidad judía se fortaleció enormemente aún a pesar de las restricciones a la inmigración que mantuvieron los británicos.

Tras la derrota árabe 20 años antes en Damasco, los británicos habían establecido la monarquía hashemita en Irak. Durante los Treinta, el conflicto en los territorios palestinos, el importe de la propaganda nazi, y la traducción de Mein Kampf al árabe habían tenido un fuerte impacto en la sociedad iraquí, que rápidamente adoptó tendencias antisemitas. Unos días después de que estallara la Segunda Guerra Mundial, al-Husseini llegó al país y fue recibido como un héroe del nacionalismo árabe.

Allí, al-Husseini se alió con Rashid Ali al-Gailani, un político iraquí y fervoroso nacionalista árabe, quien a espaldas de su gobierno —nominalmente un aliado británico— trabó contacto con la cúpula nazi mediante la oficina del embajador Franz Von Papen en Ankara (Turquía). Esos contactos también llevaron correspondencia de al-Husseini, quien proponía que los Países del Eje declararan su apoyo a la independencia árabe, prometiendo a cambio que los musulmanes de la región le complicarían la vida a los británicos, a la vez que implementarían su propia Solución Final contra los judíos, tomando como hoja de ruta las políticas germánicas. La declaración final por parte de los poderes del Eje fue copi-pegada en su casi totalidad del borrador enviado por al-Husseini.

Con este guiño de apoyo de los nazis, al-Gailani llevó a cabo un golpe de Estado en abril de 1941, con el que cimentó el apoyo del reino a los nazis. Esto dio lugar a la campaña conocida como Guerra Anglo-Iraquí, en la que los británicos retomaron el control del país en menos de un mes. al-Husseini y al-Gailani escaparon a Irán. Al día siguiente a la derrota golpista, el vacío de poder y los suministros de armas que al-Galiani dejó tras de sí fueron los ingredientes suficientes para el Farhud, es decir un motín sangriento contra los judíos de Bagdad.

Entre tanto, al-Husseini y al-Gailiani terminarían llegando a Berlin en noviembre. Su amistad se agrió rápidamente, pues cada uno quería ser reconocido por el Tercer Reich como el líder oficial del nacionalismo árabe, una carrera que al-Husseini terminó ganando. Cuando el palestino no estaba pidiendo declaraciones oficiales de apoyo a la independencia árabe por parte de los jerarcas nazis, se le podía encontrar pidiéndoles que bombardearan Tel Aviv y Jerusalén (con el doble propósito de matar judíos y de culpar a los propios judíos de esos mismos bombardeos), haciendo alocuciones antisemitas por radio o interfiriendo en la deportación de miles de niños judíos de campos de concentración de toda Europa hacia Palestina —lo que equivale a haber firmado la sentencia de muerte de esos niños—; los nazis incluso le dieron un tour por el campo de concentración de Sachsenhausen, en Uraniemburgo.

Normalmente, la mención de la confabulación entre Amin al-Husseini y los nazis es descrita en términos de que este habría tenido una “afinidad” con el régimen liderado por Hitler, del cual habría sido un mero “simpatizante”. Esto es tan intelectualmente honesto como decir que Einstein era un simple científico que hizo algún descubrimiento, o que los Beatles apenas eran unos cantautores británicos. Sin embargo, un repaso desapasionado de los hechos revela que Amin al-Husseini era tan nazi como los propios Goebbels o Göring.

No por nada, la dictadura alemana le ofreció al-Husseini su propia unidad comando especial de las Waffen-SS —compuesta, por supuesto, por fervientes creyentes religiosos, tanto palestinos musulmanes como cristianos, estos últimos venidos de una secta pietista— sobre la cuál el Gran Muftí tenía control operacional. La unidad estuvo encargada de la Operación ATLAS, con el objetivo expreso de establecer una base de inteligencia en Palestina, reclutar y armar a los árabes en la región para incrementar las tensiones entre judíos y árabes, alterar el orden público y llevar a cabo ataques contra los judíos.

Como parte de sus actividades de ‘simpatía’ nazi, al-Husseini ayudó a Himmler en el reclutamiento de mahometanos para las tres divisiones de Montaña de las SS compuestas exclusivamente por musulmanes (la 13 Handschar, la 21 Skanderbeg, y la 23 Kama), creadas por este para desplegarlas en Bosnia y Hungría.

Al-Husseini, de hecho, escribió un panfleto para la 13ª División de Montaña SS Handschar de las Waffen-SS, que cerraba citando la profecía del árbol y la roca —esa que incita al genocidio de judíos— justo antes de que la División se fuera a Croacia a buscar y matar judíos bosnios (población que, al terminar la Guerra, había sido decimada en un 90%).

Tras la victoria Aliada, al-Husseini fue arrestado por tropas francesas y puesto en arresto domiciliario en París — el gobierno de de Gaulle quiso usarlo para avanzar los intereses colonialistas de Francia en África y la península arábiga, por lo que las solicitudes de extradición de Reino Unido y Yugoslavia fueron negadas, y se le concedió en cambio el estado de prisionero político (!). Mientras los franceses decidían a qué país árabe enviarlo, al-Husseini huyó a Egipto con ayuda de políticos musulmanes, y desde allí retomó las riendas del movimiento nacionalista palestino, en cabeza del Alto Comité Árabe, donde su poder se fue diluyendo poco a poco.

En los años inmediatamente siguientes a la Guerra, Reino Unido decidió abandonar la región, para lo cual entregó el Emirato de Transjordania (territorio que terminaría distribuyéndose entre Jordania, Irak y Arabia Saudita) y fue saliendo progresivamente de Palestina; en mayo de 1948 salieron las últimas tropas británicas y al día siguiente los judíos palestinos declararon su independencia, como Estado de Israel.

Antisemitismo soviético

Aunque a finales de la II Guerra Mundial la URSS se opuso al sionismo (la propuesta de un etnoestado judío), en 1947 votaron a favor de la creación de Israel, y durante los primeros años de posguerra le apostaron a desarrollar una relación tanto con los países árabes como con Israel; aunque a medida que este último se fue posicionando como un aliado de Occidente, la potencia soviética retiró su apoyo y se alineó con los países árabes. Desde inicios de los Cincuenta, el teórico “antisionismo” soviético dio como resultado práctico el resurgimiento del antisemitismo. Por ejemplo, en 1951 se difundió la teoría conspiranóica del complót de los médicos, según la cual los doctores judíos de la URSS buscaban asesinar a los líderes del Partido en el curso de los tratamientos de salud — esta teoría de la conspiración vino acompañada de publicaciones antisemitas que buscaban preparar el terreno para juicios amañados, y aunque hubo algunos arrestos, a la muerte de Stalin los líderes del Partido denunciaron la conspiración como un invento.

En 1967, la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días también significó una derrota para la URSS, que había apoyado a los países árabes en el ataque. Al término de esa guerra, la URSS escaló su campaña “antisionista” a un nivel sin precedentes, haciendo uso al máximo y a gran escala del aparato de propaganda estatal — aquí es donde se gestaron los precursores de la actual propaganda estatal rusa como Russia Today (RT).

A pesar de que la excusa oficial era que la URSS era “antisionista y no antisemita”, los autores de incontables artículos, notas de prensa, revistas, ‘documentales’, películas, conferencias, transmisiones radiales, libros y caricaturas oficialmente ‘antisionistas’ usaron como fuente de inspiración el panfleto antisemita de Los Protocolos de los Sabios de Sion y Mein Kampf.

Se calcula que durante más de 20 años, la campaña antisemita antisionista de la URSS produjo más de 50 libros y publicó nueve millones de copias dentro de sus fronteras. Las obras fueron traducidas a muchos idiomas, y repartidas entre grupos y asociaciones comunistas (y también islámicas) de todos los países donde la URSS tenía intereses — prácticamente todos los países en donde se desarrolló y sufrió en carne propia la Guerra Fría. Las obras eran una mezcla de retórica anticapitalista y antioccidental con mensajes antisionistas, antisemitas, xenófobos y ultranacionalistas.

El libro The Class Essence of Zionism (La esencia de clase del sionismo), de Lev Korneevacusaba a los judíos de ser una quinta columna en todos los países. Básicamente les imputaba ser traidores que conspiraban contra cualquier país donde se encontraran, puesto que sus supuestas lealtades estarían con el pueblo judío en vez de la nación en la que habitaban. Argumentos de este calibre y similares tuvieron un efecto de pánico entre la población judía de la propia Unión Soviética, que quiso poner pies en polvorosa e irse a otro país (algunos a Israel, otros no), lo que fue interpretado por los líderes de la URSS como una confirmación de la acusación; su respuesta fue negarles la salida del país (a mí me supera la ‘lógica’ de querer mantener dentro de sus fronteras a toda una población que creen que conspira contra la patria).

Aunque quizá el mayor golpe de astucia de la campaña se dio cuando les dio por equiparar a Israel con la Alemania nazi, y retratar la existencia del país judío como un producto fascista. El precursor de esa tendencia fue Yuri Ivanov, un agente de la KGB y empleado del aparato del Comité Central, quien adaptó los alegatos antisemitas de principios de siglo, para su libro Caution: Zionism! (Cuidado: ¡Sionismo!), en el que llegó a afirmar que “el militarismo israelí y el neonazismo de Alemania occidental se alimentan de la misma fuente“.

Otro de los principales autores de esta campaña fue Trofim Kichko, quien en su Judaism without Embellishments (El judaísmo sin adornosacusaba a los judíos de ser racistas vinculados con el imperialismo americano, a la vez que acompañaba el texto con caricaturas antisemitas propias de un panfleto neonazi. Aunque el libro generó indignación al principio, eventualmente terminó consiguiendo su objetivo.

Fruto de los esfuerzos de difusión internacional de la campaña, en 1975 la ONU adoptó una resolución que declaraba que el sionismo era “una forma de racismo y discriminación racial” — la resolución se aprobó con votos del bloque soviético y de los países islámicos. (La resolución sería revocada en 1991.)

Esta campaña antisemita antisionista no se quedó en la culpa por asociación, sino que fue más allá, y acusó a los sionistas de haber conspirado con la Alemania de Hitler para exterminar a los judíos no-sionistas (como si los nazis hubieran considerado alianza alguna con los judíos, o los sionistas con los nazis). No faltó mucho para que Israel fuera vinculado casi inexorablemente con el racismo, el nazismo, el fascismo, y el genocidio; conexiones que tanto el nacionalismo palestino como muchos grupos de izquierda hoy en día dan por válidas sin pensárselo dos veces.

En julio de 1990, un editorial de Pravda reconoció el daño hecho por los autores que mientras pretendían luchar contra el sionismo habían resucitado el antisemitismo de origen fascista. El daño ya estaba hecho, y un solo editorial no es ni remotamente suficiente para empezar a deshacer los estragos de una campaña de desprestigio que durante 20 años escupió propaganda antisemita día sí, día también.

Siglo 21

Las primeras décadas del 21 en Occidente se han caracterizado porque el antisemitismo parece haber sido relegado a grupos marginales, como ciertas sectas cristianas y las pandillas neonazis. Sin embargo, el antisemitismo hace parte de la cultura y el tejido social de los más o menos 50 países del mundo donde reina el Corán — las sociedades islámicas están marinadas en el odio a los judíos, y en esas comunidades las figuras de autoridad como los padres, profesores y líderes religiosos, le enseñan a los niños que el pueblo judío fue condenado por dios y, como castigo, nunca tendrán su propia patria.

No es de extrañar que crecer en sociedades islámicas (o en familias musulmanas en sociedades civilizadas) sea un curso intensivo de varios años donde el odio a los judíos como individuos y como pueblo es el pan de cada día: desde pintar la bandera de Israel en el piso de las instituciones educativas para que los estudiantes aprendan que deben ser pisoteadas, hasta culpar a los judíos de las malas cosechas, y de poner cáncer en los alimentos, pasando por usar la palabra “judío” como un insulto, o de manera intercambiable con el término “tacaño”.

No es coincidencia que algunas expresiones de antisionismo sean virulentamente antisemitas — para una nada despreciable cantidad de musulmanes, la simple existencia de Israel como nación judía es un desafío a los designios de su dios, y no son demasiado tímidos en expresarlo. Por ejemplo, la serie de televisión Khaybar sobre el Ramadán, que fue producida en Catar, aludía a la batalla de Khaybar del año 628 de la Era Común, en la que el ejército de Mahoma conquistó a las tribus judías, utilizando el popular cántico árabe “Judíos, recuerden Khaybar, el ejército de Mahoma está de regreso“. Este cántico se escucha con frecuencia en Oriente Medio y ha sido importado a las manifestaciones antiisraelíes en Occidente.

Y, por supuesto, las relaciones exteriores también reflejan esta pasión antisemita. Los pasaportes paquistaníes llevan en la parte superior de cada página la frase “Este pasaporte es válido para todos los países del mundo excepto Israel“. Los pasaportes de Bangladesh también llevaban esta frase hasta 2021, con la que se prohibía a sus nacionales visitar Israel. La frase sigue figurando en el pasaporte malasio. A los titulares de un pasaporte israelí se les niega la entrada en más de una docena de países de mayoría musulmana, seis de los cuales, además, le niegan la entrada a personas que hayan estado en Israel.

En algunas sociedades de países democráticos, las posturas antiimperialistas y antisionistas de algunos sectores de la izquierda han devenido en antisemitismo, el cuál han incorporado en sus posturas, provocando picos de incitación e incidentes antisemitas, e incluso ataques violentos contra las comunidades judías locales.

SIONISMO


Aunque el nacionalismo judío ha existido durante siglos, no fue sino hasta el siglo 19 que —en no en poca medida como respuesta al antisemitismo— se transformó en una versión radical que aboga porque los judíos tienen el derecho a tener su propio Estado, y además a tenerlo específicamente en Palestina, pues, dicen, el pueblo judío fue nativo a la región antes que la población árabe — un arma de doble filo, pues los sardos, los tunicios y los egipcios igual podrían reclamar ser descendientes de los cananeos nativos que vivieron allí antes que las tribus hebreas, aunque no parece que ninguno de esos grupos tenga mucha disposición para ello.

La propuesta sionista se apoya (¡por supuesto!) en la promesa mosaica del retorno israelita a la tierra prometida por su dios, que se encuentra en la Torá, específicamente en Deuteronomio 30:1-5 (con la propensión de algunos sectores cristianos de tratar de cumplir las profecías del Antiguo Testamento, para nadie será una sorpresa que también existe el sionismo cristiano, en el que estos apoyan la creación del Estado judío en Palestina).

No se necesita ser Sherlock Holmes para darse cuenta rápidamente que estos dos argumentos sobre los que se basan las pretensiones sionistas son mutuamente excluyentes, porque las tribus judías no eran nativas de la tierra que supuestamente les prometió su dios. Según sus propios textos sagrados, Abraham nació en la ciudad Ur de Mesopotamia, así que si realmente quisieran establecer su Estado en la tierra de donde son nativos originalmente, esa región sería en la desembocadura del Éufrates, en Irak, y no en Palestina. En fin, ya es un poco tarde para hacerlo así y, para completar, la más elemental consistencia exigiría que nos opongamos de plano a la distribución de las fronteras nacionales de cualquier país siguiendo libros ‘sagrados’. Si sólo fuéramos a sacar una conclusión de todo el conflicto, esta necesariamente tendría que ser que basar las políticas públicas en los dictados de una religión —de cualquier religión— es la mejor receta para el sufrimiento.

Volviendo al nacionalismo judío: en principio, un etnoestado, o sea la idea de un Estado exclusivo para los miembros de un grupo étnico y/o religioso suena como una idea de pesadilla que sólo sirve para la radicalización, el extremismo, la endogamia, y el rechazo al diferente (o, peor, al que sólo es diferente de manera superficial), como dolorosamente nos lo recuerda la experiencia de Bosnia y Kosovo, o la del Punjab en India y Pakistán — y lo contrario también es cierto: las sociedades donde se mezclan y comparten culturas, etnias, religiones y ausencia de religiones, y todos están sujetos a las mismas leyes y tienen los mismos derechos por el hecho de ser ciudadanos, resultan ser relativamente prósperas y pacíficas, como lo demuestran hoy en día países como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Bélgica, Alemania y España.

Dicho lo cual, si hubiera un grupo (más o menos) étnico y (más o menos) religioso con motivos de peso para considerar la creación de su propio Estado, los judíos estarían entre los primeros candidatos. Por supuesto, las pretensiones religiosas no tendrían por qué jugar ningún papel en esto, ya que los únicos requisitos que definen un Estado son contar con una población permanente, un territorio determinado y un Gobierno — y, para mí que, ya puestos, después de la Segunda Guerra Mundial, habría tenido todo el sentido del mundo ubicar el territorio del Estado judío en una zona tomada de Austria y Alemania; no tenía por qué ser necesariamente en Palestina (y, de hecho, el padre del sionismo, Theodor Herzl, llegó a considerar varios lugares diferentes a Palestina para establecer el estado judío; entre esos estuvieron Argentina, Chipre, Mesopotamia, Mozambique y Uganda).

Pero, como hemos visto, la región judea y sus alrededores están condenados a la terquedad religiosa —es casi que una maldición—, así que el incipiente sionismo de principios del siglo 20 se decidió por los territorios palestinos para que los judíos pudieran vivir en la tierra ‘prometida’.

Empezaron así sendas campañas por parte de judíos europeos acomodados, una de lobby para que los países europeos reconocieran oficialmente los territorios palestinos como el Estado judío, y otra de migración masiva de judíos, principalmente pobres, sin trabajo y sin techo, a la Palestina otomana. Allí ya había algunas comunidades judías de asquenazíes, sefardíes, magrebíes y mizrahíes, quienes habían comprado parcelas de tierra al Imperio Turco-Otomano.

La campaña de lobby y las necesidades tácticas británicas de la Primera Guerra dieron como resultado la Declaración de Balfour, que luego sería adoptada por la Liga de Naciones. Como hemos registrado más arriba, el naciente nacionalismo árabe (y posteriormente palestino), de recalcitrante corte musulmán, reaccionó virulentamente a las concesiones que los británicos le hicieron al sionismo; por lo que no hubo escasez de violencia en los territorios palestinos durante la época de entreguerra.

Durante años, la respuesta británica a los disturbios fue crear comisiones de estudio para que ofrecieran sus conclusiones y sugerencias de qué hacer en la región. Empezó en 1920 con la Comisión Palin y terminó con el Libro Blanco de 1939, con otras siete comisiones y libros blancos de por medio.

Casi todas las comisiones y sus hallazgos recomendaban, en mayor o menor medida, mantener la promesa de la Declaración de Balfour —o sea, establecer el Estado judío en los territorios palestinos—, algo que el nacionalismo palestino no estaba por la labor de aceptar de ninguna manera. El Libro Blanco del 39 echó reversa a esas decisiones, y concluyó que la Declaración de Balfour ya se había cumplido (con la inmigración de casi medio millón de judíos) y que Palestina debería ser un solo Estado independiente gobernado tanto por árabes y judíos, limitaba la migración judía a la región, y restringía la compra de tierras — la propuesta fue rechazada tanto por islamistas como por sionistas, por considerar que se le concedía demasiado a los otros.

Mientras los británicos creaban comisiones y reportes, y se devanaban los sesos con las posibles particiones y configuraciones políticas de la región, los sionistas decidieron responder a la violencia musulmana con la creación de sus propios cuerpos paramilitares — primero nació la Haganá, que bajo el control de la Agencia Judía, buscaba defender a los judíos palestinos de los ataques musulmanes, y era relativamente moderada en su actuar; algunos militantes no estaban de acuerdo con esta moderación, por lo que crearon el grupo terrorista Irgún, el cual eventualmente devino en el partido político Herut, optando por la vía diplomática y renunciando a la violencia clandestina; esto a su vez incidió en la creación del también grupo terrorista Leji. Muy conocida es la masacre de Deir Yassin, llevada a cabo por los grupos terroristas sionistas unos días antes de que los británicos salieran de Palestina e Israel declarara su independencia.

Así como los musulmanes liderados por al-Husseini creían estar haciendo la obra de Alá al perseguir con saña a los judíos, de la misma manera muchos judíos sionistas apoyaron al Irgún y Leji, puesto que para ellos la creación del Estado de Israel lo justificaba todo, incluso el recurrir al terrorismo. Leji tenía un periódico clandestino cuyas ediciones no dejaban lugar a dudas sobre la inspiración religiosa del grupo terrorista, con artículos que explicaban cómo la Torá justificaba “borrar hasta el último” de sus enemigos.

Con la declaración de independencia de Israel, los organismos paramilitares sionistas se disolvieron y en su mayoría fueron absorbidos por el ejército israelí. A diferencia de muchos países supuestamente laicos que hipócritamente coquetean con la teocracia, esta disonancia viene de fábrica en el diseño institucional de Israel, puesto que es al mismo tiempo nominalmente laico pero desde el principio se contagió voluntariamente de teocrácia: el primer Primer Ministro israelí, David Ben-Gurión, no sólo aprobó la convergencia entre instituciones estatales y religiosas, sino que además formó un gobierno de coalición en el que incluyó a esos esperpentos conocidos como partidos políticos religiosos.

Se podría decir, pues, que el proyecto estuvo condenado desde el principio. Es la maldición judea, en la que ningún pueblo de la región puede intentar dar un paso al frente sin que, de inmediato, la religión trate de que dé dos atrás.

Para darle otra vuelta de tuerca al asunto, también existe el judaísmo ultraortodoxo antisionista, nacido en la primera mitad del siglo 20, con una interpretación de la Torá según la cual el establecimiento de Israel habría sido un acto de rebelión contra dios, puesto que la creación del Estado judío debería haber ocurrido mediante intervención divina, con la venida de un mesías; como no fue el caso, estos grupos y sectas consideran la existencia del actual Israel como una herejía.

ISRAEL Y PALESTINA (Y SUS VECINOS)


Guerra de 1948 (1947-1949)

Con la decisión británica de abandonar Palestina, la ONU creó una comisión para reunirse con las partes interesadas, estudiar la historia y el terreno, y ofrecer una solución. La intransigencia fue uno de los rasgos que al-Husseini le imprimió al nacionalismo palestino, así que mientras los sionistas aprovecharon para reunirse con la delegación de la ONU, y explicar lo que querían, los árabes palestinos les hicieron el feo, pues concederles una audiencia habría equivalido a llegar a un compromiso — que necesariamente pasaba por admitir la creación de un Estado judío; una propuesta que rechazaron de plano.

La delegación de la ONU igual fue y más adelante publicó su plan para la zona, que proponía la partición de Palestina en dos Estados independientes, uno judío y uno árabe, con la zona de Jerusalén gestionada por un régimen internacional. La resolución fue aprobada a finales de noviembre de 1947.

Además de los musulmanes, el plan también fue rechazado por los sionistas más radicales, que consideraban inaceptable partir el que creían que era todo su país —o sea, la totalidad del territorio palestino— para darle casi la mitad a los árabes. A los judíos, que rondaban los 600.000, se les asignó el 56% del área, incluyendo algunas zonas cultivables y el desierto del Néguev; a los árabes, que eran aproximadamente 1’200.000 se les asignó el 43% del territorio donde se encontraban todas las altiplanicies y los acuíferos.

Las negativas de lado y lado dieron inicio a una guerra civil en la que las autoridades británicas prefirieron no intervenir. Una vez terminó el mandato británico sobre Palestina, el 14 de mayo de 1948, los sionistas declararon la independencia de Israel, adoptando el plan de partición de la ONU. Desde que este había sido anunciado, las milicias paramilitares sionistas y el que luego sería el Ejército de Israel llevaron a cabo la nakba, que consistió en la expulsión, persecución y desplazamiento forzado de aproximadamente 750.000 palestinos, quienes se convertirían en refugiados en los países vecinos; se calcula que en este período hubo entre 10 y 70 masacres, en las que alrededor de 15.000 civiles palestinos fueron asesinados. Algunos historiadores consideran que la nakba fue una limpieza étnica. Recientemente se descubrió que durante la nakba Israel llevó a cabo una operación de guerra biológica usando bacterias tifoideas para contaminar los pozos de agua de las aldeas de donde habían desplazado árabes para impedir que estos regresaran. La operación se extendió para incluir asentamientos judíos (!!) que corrían el riesgo de ser capturados por los árabes. La operación se llamó “Echa tu pan“, nombre tomado —cómo no— de Eclesiastés 11:1.

La misma noche de la declaración de independencia israelí, el país fue invadido por los ejércitos de Egipto, Líbano, Siria, Jordania e Irak — la narrativa políticamente correcta señala que el motivo de la invasión fue puramente por razones de solidaridad con los árabes palestinos; hay que ser un tanto ingenuo para creer que el antisemitismo de inspiración islámica no jugó un papel preponderante en esta decisión. El ejército israelí contaba con superioridad armamentística, lo que les sirvió para repeler las invasiones; a medida que obligaban a los invasores a replegarse, Israel aprovechó para tomarse regiones que el plan de la ONU le había asignado al Estado palestino.

La guerra terminó en 1949 con un armisticio firmado entre las partes, y se asumió que el territorio conquistado en la guerra hacía ahora parte del Estado israelí (aproximadamente un 75% de Palestina); la franja de Gaza pasó a ser controlada por Egipto, y Cisjordania por Jordania — los judíos fueron expulsados de estos territorios palestinos. Al final de la guerra, en el territorio de Israel no quedaban más de 160.000 árabes, que terminarían convirtiéndose en ciudadanos israelíes. (A los árabes que vivían allí pero se encontraban por fuera al momento del armisticio no se les permitió regresar.)

Guerra del Sinaí (1956)

En 1953, Gamal Abdel Nasser se hizo con el poder en Egipto (después de un golpe de Estado al rey, y subsiguiente deposición del primer presidente y compañero golpista). Nasser era un heredero ideológico de al-Husseini (a quien conoció personalmente en 1948, al ofrecerse como voluntario para luchar bajo su dirección), pues ambos hombres compartían unas disposiciones filosóficas muy particulares.

Además del radical nacionalismo árabe, a al-Husseini y Nasser los unían sus más que ‘simpatías’ con los nazis y, claro, su antisemitismo. Nasser contrató a Johann von Leers (que había sido Mayor de la Waffen-SS) para que difundiera propaganda antisemita; y en entrevista con el periódico neonazi Deutsche Soldaten und National Zeitung, Nasser se despachó a gusto en negacionismo del Holocausto. Como guinda del pastel, Nasser era un convencido de la teoría conspiranóica de la dominación global judía, y promovía la distribución de los Protocolos de los Sabios de Sión.

Al volver de la guerra de 1948, Nasser se había acercado a la Hermandad Musulmana y, aunque decía que la agenda religiosa del grupo era incompatible con su ideología nacionalista (?), nunca se molestó en romper lazos con ellos, ni al tomar el poder, ni durante los 15 años que duró en el mismo.

Con quienes Nasser sí rompió lazos fue con Inglaterra y Francia, cuando en 1956 nacionalizó el Canal del Suez (que era administrado por ambas potencias), y procedió a cerrar los estrechos de Tirán, bloqueando efectivamente el acceso judío al puerto de Eliat; David Ben-Gurión, entonces en su segundo mandato como Primer Ministro de Israel, respondió agresivamente mediante la invasión del Sinaí, seguido por los europeos; la invasión fue condenada por EEUU, quien presionó a los europeos a que se reitraran, mientras que consiguió que Israel también abandonara las acciones bélicas a cambio de poder navegar libremente por el Mar Rojo. La ONU estableció una operación militar de fuerzas internacionales en el Sinaí para mantener la paz en la frontera entre Israel y Egipto; esta operación fue bastante exitosa en su objetivo.

Las consecuencias inmediatas de la guerra la sintieron directamente Nasser, cuya popularidad en el mundo árabe creció como espuma tras la retirada europea; y los judíos egipcios, muchos de los cuales fueron expulsados por el gobierno del propio Nasser; muchos otros decidieron abandonar el país. La consecuencia a mediano plazo fue el inicio de una carrera armamentista entre Israel y los países árabes — se ha dicho que Ben-Gurión estaba obsesionado con el desarrollo de una bomba nuclear, que Israel eventualmente conseguiría.

Como bien sabemos, a la religión le cuesta trabajo prosperar en una sociedad a medida que aumenta el bienestar social, y lo contrario también es cierto: entre más disfuncional es una sociedad, más queda a la merced de las garras religiosas… que fue exactamente lo que pasó cuando todos estos países decidieron reducir la inversión social para dedicar el presupuesto al desarrollo y/o compra de armamento — haciendo aún más vulnerables a la ponzoña religiosa a los sectores más desfavorecidos de esas sociedades.

O sea, de carambola, terminaron fortaleciendo las religiones que alimentan el conflicto de lado y lado. Tremenda forma de marcarse autogoles todos al mismo tiempo…

Guerra de los Seis Días (1967)

En mayo de 1967, Nasser volvió a cerrar los estrechos de Tirán, y expulsó a las fuerzas de la ONU de la península del Sinaí. Desde la vez anterior, Israel había advertido que una acción por el estilo sería considerada como casus belli —o sea, un motivo para entrar en guerra— y respondió el 5 de junio con ataques aéreos preventivos contra bases aéreas y otras instalaciones militares egipcias, neutralizando así su capacidad operativa (y cargándose a la vez unas cuantas unidades de la ONU que todavía no habían abandonado la zona).

Siria, Jordania, Kuwait, Irak, Arabia Saudita y Líbano acudieron a ayudar a Egipto, aunque Israel contaba con superioridad militar, por lo que venció a los siete países árabes en tan sólo seis días.

En esa semana, Israel capturó y ocupó la Franja de Gaza y la península del Sinaí (hasta entonces de Egipto); los Altos del Golán (de Siria), y Cisjordania (de Jordania), y no demoró mucho en empezar los asentamientos en estos territorios ocupados; una política que, aunque inició durante el gobierno del laborista Levi Eshkol, ha sido promulgada y ejecutada principalmente por rabinos, judíos ortodoxos, y la más extrema derecha dentro del sionismo.

Mientras tanto, la Liga Árabe se reunió en Sudán a lamer sus heridas y replantear sus acciones hasta el momento. Producto de la cumbre fue la Resolución de Jartún, en la que los países árabes adoptaron una línea mucho más dura, que se sintetiza en la política de los tres no: no a la paz con Israel, no al reconocimiento del Estado de Israel, y no a las negociaciones con Israel.

Por su parte, la ONU adoptó la Resolución 242, que pedía la retirada israelí de los territorios ocupados, el cese de hostilidades, y el respeto y reconocimiento de la soberanía, integridad territorial e independencia política de todos los Estados de la zona.

Asentamientos

De alguna manera, Hanan Porat —un tipo que ocupó la demostrablemente tóxica combinación de político y líder religioso— convenció a Eshkol de autorizar los primeros asentamientos, los llamados asentamientos de Gush Etzion, de los cuales el primerísimo fue Kfar Etzion, un kibutz (comuna) de corte religioso.

Nadie puede disputar el fervor religioso de Porat, quien, al término de la Guerra de los Seis Días comentó que en ese momento los judíos estaban “escribiendo el siguiente capítulo de la Biblia“. Porat llegó a establecer varios asentamientos más, con la inestimable ayuda de sus radicales correligionarios, incluidos el rabino Elyashiv Knohl y el también rabino Yoel Bin-Nun.

Al principio, Kfar Etzion contó con una yeshivá (o sea un centro de ‘estudios’ religiosos) que luego fue reubicada en el asentamiento de Alon Shvut; allí se convirtió en una de las principales instituciones de ‘estudios’ avanzados de la Torá del mundo.

Por su parte, Porat pasaría por todo el abanico de partidos políticos religiosos y de extrema derecha, y años más tarde fundaría el Gush Emunim (“Bloque de los Creyentes“): un movimiento político fundamentalista, teocrático y mesiánico que llegó a establecer más de 100 asentamientos en los territorios ocupados.

La gran mayoría de personas con sentido común consideran que los asentamientos contravienen la ley internacional, porque violan el artículo 49 del Cuarto Convenio de Ginebra, que prohíbe a una potencia ocupante trasladar a su propia población civil al territorio que ocupa. Esto podría explicar por qué muchos asentamientos empezaron nominalmente como puestos militares, o fueron establecidos mediante la confiscación de tierras a los habitantes árabes por orden militar israelí con la excusa de hacer uso estrictamente militar, cuando realmente planeaban darle la tierra a los colonos.

Territorios ocupados

Desde antes del fin de las hostilidades en la Guerra de los Seis Días, Israel empezó a exigir permisos para una amplia gama de actividades en los territorios ocupados. Al final de la guerra se exigían permisos para realizar cualquier transacción comercial que implicara tierras o propiedades, para poseer cualquier divisa extranjera, para instalar dispositivos de agua o realizar trabajos eléctricos, y para transportar cualquier mercancía dentro o fuera de los territorios palestinos. Cualquier forma de transporte requería ahora de un permiso para poder operar, y se tipificaron como delito las reuniones o concentraciones organizadas sin haber obtenido previamente un permiso. En 1968, todas las personas que entraran en Israel debían poseer un permiso.

Además de los asentamientos, los permisos, y la ocupación militar, en algunas instancias los palestinos también vieron cómo sus hogares y la escasa infraestructura de la zona fueron destruidas, forzando a su desplazamiento.

Para completar, parece ser que uno de los pasatiempos de algunos de los judíos en los asentamientos es intimidar y acosar a los árabes palestinos —en ocasiones llegando a asesinarlos—; aunque el ejército israelí ha juzgado algunos de estos episodios, no lo han hecho en muchos otros, que han quedado en la total impunidad.

Como Israel ejerció control militar en los territorios ocupados, eso significa que para todos los efectos y propósitos, la población árabe palestina ha estado bajo control militar israelí, que se convirtió en la autoridad de facto. En la práctica esto creó un sistema judicial de dos niveles: mientras los judíos colonos en los asentamientos o los árabes israelíes pueden acudir a los tribunales civiles de Israel, cuando los árabes palestinos necesitan recurrir al sistema de justicia, sólo pueden hacerlo ante tribunales militares israelíes. Mientras los colonos judíos y los árabes israelíes pueden participar en elecciones y decidir sobre sus gobernantes (Israel abolió las leyes discriminatorias y le concedió plenos derechos a sus ciudadanos árabes en 1966, un año antes de que estallara la Guerra de los Seis Días), los árabes en los territorios ocupados no tenían voz ni voto sobre sus órganos de gobierno — situación que sólo vendría a cambiar ligeramente después de casi dos décadas.

Israel, además, tiene una política de “detención administrativa“, en la que detienen y apresan palestinos, sin fórmula de juicio ni debido proceso. Y cuando tienen la fortuna de que haya un juicio penal, este es ante un tribunal militar.

Por todo esto, se ha acusado a Israel de tener una política de apartheid en los territorios ocupados.

La OLP

Con la declaración de independencia de Israel y el desplazamiento forzado de 700.000 árabes palestinos, el nacionalismo palestino fue perdiendo impulso y palideció un poco desde finales de los Cuarenta hasta mediados de los Sesenta.

La Organización de Liberación Palestina (OLP) fue creada en 1964, como una coalición de grupos nacionalistas palestinos, con el propósito expreso de destruir por completo a Israel, y darle el territorio de la Palestina de entreguerras mundiales a los árabes palestinos. En sus inicios, la OLP abrazó la lucha armada como único modo de operar, y empezaron con un ataque terrorista al también recién estrenado Acueducto Nacional de Israel —una maravilla de la ingeniería del momento que toma agua del mar de Galilea para abastecer al resto del país—.

En su Carta fundacional, la OLP cita la Carta de la ONU como base de la autodeterminación del pueblo palestino para, acto seguido, proclamar que el propio plan de partición de la ONU de 1947 era “ilegal”. Esto requiere un poco de gimnasia mental, pues a pesar de que esa resolución fue adoptada por la Asamblea General (en vez del Consejo de Seguridad), y eso no la hace jurídicamente vinculante sino más como una recomendación, ese era el documento que llevaba haciendo las veces de fuente legal y jurídica en la región durante 17 años, función que antes recayó sobre la Declaración de Balfour (también proclamada ilegal en el documento fundacional de la OLP), así que eso plantea la pregunta: ¿exactamente qué ley contrevenía el plan de partición para ser considerado “ilegal”?

Tras la Guerra de los Seis Días, el Movimiento Palestino de Liberación Nacional, o al-Fatah, cofundado por Yasser Arafat, se convirtió en la facción más prominente dentro de la OLP, por lo que este fue nombrado presidente de la misma en 1969.

Desde antes del nombramiento de Arafat, la OLP empezó a reorganizarse como un movimiento de guerrillas, cuyo comando central de operaciones se estableció en Jordania; allí empezaron a reclutar en los campos de refugiados, e iniciaron una guerra de desgaste contra Israel y los israelíes en los territorios ocupados. Israel respondió a los ataques asaltando los campamentos de la OLP en Jordania.

Aunque inicialmente no era mala, la relación entre Jordania y la OLP se empezó a agrietar con la incursión israelí, situación que no demoró en escalar. Las facciones más radicales de la OLP querían derrocar al rey jordano (quien le había solicitado a Nixon que presionara a Israel a devolver los territorios ocupados a cambio de firmar la paz) e intentaron asesinarlo varias veces; las agresiones desembocaron en una guerra civil que Jordania ganó y tras la cual expulsó al grupo terrorista en 1970, que entonces se estableció en Líbano (donde, coincidencialmente, al-Husseini vivía sus últimos años; no parece que la organización de Arafat y el otrora Muftí de Jerusalén se hubieran ayudado o apoyado a pesar de su cercanía geográfica e ideológica).

Refugiados palestinos

¿A dónde fueron los palestinos que sufrieron desplazamiento forzado?

Principalmente, a los países vecinos, Jordania y Líbano, donde se crearon campos de refugiados. Estos campos de refugiados palestinos son parcelas de tierra puestas a disposición de la ONU por el gobierno anfitrión para alojar a los refugiados palestinos y crear instalaciones para atender sus necesidades. Hay campos de refugiados palestinos en Jordania, Líbano y Siria; también los hay en Cisjordania y la Franja de Gaza.

Las condiciones de alojamiento en los campos de refugiados palestinos suelen ser deplorables, con una alta densidad poblacional, condiciones de hacinamiento e infraestructuras básicas deficientes. Los campos de refugiados a veces pasan meses sin electricidad y, cuando se restablece el acceso, este no es constante; las tasas de desempleo y violencia en los campamentos son altísimas.

A pesar de los esfuerzos de organismos internacionales por llevarles recursos y educación, estas ayudas se quedan cortas para cubrir las necesidades básicas de los palestinos refugiados.

A juzgar por la indignación árabe y occidental, a veces diera la impresión de que las vidas palestinas son extremadamente valiosas dentro de Palestina, pero que una vez desplazados, las mismas dejaran de ser tan importantes.

En el caso de los países árabes, esto encuentra fácil explicación en que su principal objetivo en el conflicto —sin duda impulsado por el islam— ha sido deshacerse del Estado de Israel y remover la presencia judía de Medio Oriente.

En el caso de los dirigentes palestinos, esta podría haber sido una concesión hecha tras la guerra del Yom Kipur (ver abajo), cuando Arafat se dio cuenta de que no contaban con tanta influencia en el mundo árabe como creía y, por cuestión estratégica, en 1974 la OLP publicó y adoptó el Programa de los 10 Puntos, en el que la recuperación de los territorios ocupados lleva prioridad sobre el problema de los refugiados. Entre otros puntos, el programa también admitía el uso de otros métodos además de la lucha armada para alcanzar sus fines. La movida le costó a Arafat el apoyo de las facciones más radicales de la OLP, que se separaron de la organización y formaron su propio frente.

En el caso de los activistas occidentales, quienes no se juegan el pellejo ni tienen la necesidad táctica de complacer organizaciones islámicas, no es tan fácil entender por qué invierten tanta indignación en los territorios ocupados, y casi no le dedican energía a la mejoría de las condiciones materiales de vida de los refugiados palestinos — una meta que es bastante más inmediata y mejoraría la calidad de vida de millones de palestinos.

Masacre de Múnich (1972)

Durante los Juegos Olímpicos de verano de 1972 en Múnich (Alemania Occidental), ocho militantes de una organización terrorista con alguna conexión con la OLP se infiltraron en la Villa Olímpica y tomaron como rehenes a miembros del equipo olímpico israelí. Los terroristas exigieron la liberación de los prisioneros palestinos retenidos en Israel, pero una operación de la policía alemana para liberar a los rehenes salió terriblemente mal y todos los secuestrados murieron; cinco de los secuestradores fueron dados de baja.

El episodio dio a luz al terrorismo internacional moderno, entendido como violencia coreografiada en la que la vida de los rehenes (o muertos) es reducida al nivel de utilería escénica, con el propósito de usar el cubrimiento televisivo para sembrar terror en las audiencias de los noticieros —sus víctimas pretendidas—, y conseguir de ellas un comportamiento específico (o que presionen a sus representantes políticos para que cedan a las exigencias terroristas; todo con tal de dejar de ver horrores en sus pantallas).

Guerra del Yom Kipur (1973)

Nasser murió en 1970 y sus seguidores pusieron en el poder a Anwar el-Sadat, creyendo que podrían controlarlo fácilmente, pero no fue así. Nasser y el-Sadat eran diferentes en algunas cosas, aunque muy parecidos en otras. Por ejemplo, en la Segunda Guerra Mundial el-Sadat había ayudado a los nazis con una operación para infiltrar a dos espías alemanes en Egipto (entonces controlado por los británicos) — en sus memorias, el-Sadat recuerda la operación agriamente pues considera que los dos espías no estaban interesados en avanzar la agenda nazi, y creía que habían saboteado su propio equipo de radio para vivir una vida de lujos con dos “prostitutas judías” (?).

Parece ser que las inclinaciones fascistas del joven el-Sadat no se limitan al antisemitismo casual, al menos a juzgar por las organizaciones a las que perteneció; antes de ser Presidente, el-Sadat participó en muchos grupos y movimientos políticos, como la Hermandad Musulmana, el Partido Joven Egipto (partido abiertamente fascista, también conocido como Camisas Verdes), y la organización secreta pronazi Guardia de Hierro —que el rey utilizaba para deshacerse de sus disidentes y oponentes políticos—. También hizo parte del movimiento golpista de Nasser que terminó con la monarquía en el país.

En 1973, el-Sadat coordinó con la Siria de Háfez al-Ássad un ataque sorpresa a Israel para recuperar respectivamente la península del Sinaí y los Altos del Golán. El ataque se llevó a cabo durante el festivo judío del Yom Kippur y durante el ramadán, que es un mes de ayuno de los musulmanes.

Al ataque sorpresa se sumaron países islámicos como Arabia Saudita, Irak, Jordania, Algeria, Pakistán, Libia, Marruecos, Kuwait, Túnez y Sudán; y países comunistas como Alemania del Este y Corea del Norte.

Al mejor estilo de la Guerra Fría, la URSS y EEUU no intervinieron directamente aunque le prestaron ayuda a los países agresores y agredido respectivamente, con —literalmente— toneladas de suministros.

El factor sorpresa del ataque fue efectivo, pues cogió a Israel con los pantalones abajo y permitió el avance de las tropas árabes. Aunque después de unos días Israel pudo repeler la ofensiva siria —acercándose peligrosamente a Damasco—, los israelíes apenas podían contener el avance egipcio.

Después de tres semanas de enfrentamiento y dos resoluciones fallidas de la ONU, finalmente se consiguió un cese al fuego y que las partes se sentaran a hablar. Aunque Siria no recuperó los Altos del Golán, Egipto recuperó parcialmente la península del Sinaí.

La guerra invirtió las cargas de la moral en las poblaciones judía y árabe. Mientras el-Sadat era visto como un héroe que recuperó el honor que se había perdido con la humillación de la Guerra de los Seis Días, Israel tuvo que plantearse la hasta entonces impensada posibilidad de que podría haber una agresión o guerra que no pudieran ganar, lo que se vio reflejado en varias rondas de elecciones subsiguientes, en las que la derecha fue ganando terreno en la política interna del país.

Guerra Civil del Líbano I (1975 – 1977)

Tras salir de Jordania, la OLP se estableció en Líbano, donde sus fuerzas no demoraron mucho en chocar con las milicias de cristianos maronitas.

El Líbano había sido fundado por la secta católica maronita y la secta islámica drusa; y aunque siempre ha habido cierta armonía entre estos dos grupos de creyentes, el país también cuenta con grandes poblaciones de musulmanes sunitas y chiítas.

Así que en su infinita sabiduría, en vez de tener una democracia funcional, tras su independencia en plena mitad de la Segunda Guerra Mundial, los políticos libaneses decidieron repartirse el poder de forma tal que el Presidente y el Comandante de las Fuerzas Armadas siempre serían maronitas, el Primer Ministro siempre sería sunita, el Presidente del Parlamento siempre sería chiíta, el Vicepresidente del Parlamento y el Viceprimer Ministro siempre serían cristianos ortodoxos griegos, y el Jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas siempre sería druso.

En una espectacular demostración del fracaso de la política de identidades, el Estado libanés se deterioró progresivamente, pues su incapacidad para formar una identidad nacional lo suficientemente unida llevó a choques entre los cristianos que buscaban el apoyo de Occidente, y los musulmanes que buscaban incorporarse con Siria.

Ese deterioro del Estado junto con las tensiones entre maronitas y militantes de la OLP llevaron a la Guerra Civil de Líbano que —obvio— se caracterizó por la coalición de milicias con arreglo al partidismo religioso: por un lado estaban los cristianos maronitas, y por el otro los musulmanes palestinos (sunitas) y panarábigos, que además contaban con apoyo del Partido Nacional-Socialista Sirio y los drusos.

En 1976, al-Ássad involucró a Siria en la guerra en Líbano, e inició una ocupación del país que duró 30 años. Los motivos de la ocupación siria no están suficientemente claros, pues su intervención en la guerra fue inicialmente para hacerle frente a la OLP y apoyar a los cristianos maronitas (quienes ya estaban recibiendo armas y suministros de Israel).

¿Qué podría haber hecho que Siria ponga de lado su antisemitismo sistémico y termine compartiendo bando con Israel?

La respuesta más plausible para mí es que lo único que justifica suspender temporalmente la política exterior de odio religioso sería la política interior de odio religioso. Resulta que Siria y Líbano cuentan ambos con una vasta población musulmana de la secta sunita; al-Assad, por su parte era miembro de la secta islámica alauita, muy minoritaria en Siria (que además había sido perseguida y discriminada durante el imperio turco-otomano). Así que había una pugna que se venía fraguando desde hacía años entre alauitas y sunitas; para la muestra, el motivo por el que al-Ássad finalmente se había decidido a dar el golpe de Estado en 1970 fue porque el entonces líder del país envió tropas sirias para apoyar a las milicias sunitas de la OLP en su conflicto contra la monarquía de Jordania. Tras el golpe de Estado, al-Ássad mantuvo el poder en manos alauitas —principalmente en sus propias manos, creando un culto a la personalidad— a pesar de que nominalmente nombró a varios sunitas en cargos de aparente relevancia; Ássad también le hizo la guerra a la muy sunita Hermandad Musulmana.

Así que en 1976, tras la solicitud de ayuda del gobierno libanés, al-Ássad tuvo la oportunidad perfecta para apiolarse las células islámicas sunitas y de la Hermandad Musulmana por fuera de sus fronteras, previniendo así las victorias sunitas en el país hermano, e impidiendo a su vez que hubiera un cambio en la relación de fuerzas que podría dañarle el caminado a su propia dictadura. Y no la desaprovechó. Para 1977, Líbano estaba completamente dividido: la región del sur del país y la mitad occidental de Beirut estaban bajo control de los musulmanes, mientras que los cristianos controlaban Beirut Oriental y la parte cristiana del Monte Líbano.

Paz entre Egipto e Israel (1977 – 1979)

Como buen populista, las tres únicas prioridades de el-Sadat eran él mismo, él mismo, y él mismo. Con el ataque sorpresa de la guerra del Yom Kippur, él se había convertido en un héroe para el panarbismo; y cuando la situación política doméstica empezó a complicársele, el político egipcio buscó replicar la táctica: darle al pueblo algo que deseaba, para que lo dejaran aferrarse al poder — para ser visto como un héroe nacional tendría que recuperar el Sinaí. Así que dejando de lado su intolerancia anti-judía y dogma religioso, en 1977, el-Sadat se convirtió en el primer jefe de Estado árabe que visitó oficialmente Israel, momento en que se reunió con el Primer Ministro Menachem Begin y habló ante el Parlamento israelí (la Knéset).

Tras un esfuerzo diplomático de la administración de Jimmy Carter y varios meses de negociación, el-Sadat y Begin firmaron los Acuerdos de Camp David en 1978, que luego ratificaron en la Casa Blanca en 1979. Israel devolvió la totalidad de la península del Sinaí a Egipto, mientras que este se convirtió en el primer país árabe en reconocer oficialmente al Estado israelí. Egipto quedó en control de la frontera sur de la Franja de Gaza, mientras que Israel quedó a cargo de las demás fronteras. El Tratado de Paz les valió el Premio Nobel de Paz compartido a el-Sadat y Begin (lo cual no deja de tener coña, considerando las vocaciones fascistas y antisemitas de el-Sadat, y que Begin había sido militante del grupo terrorista Irgún).

A pesar de estas victorias netas, el-Sadat cometió un grave error de cálculo que terminaría costándole la vida: buena parte de su política giraba en torno a promover la religión, y buscar y conseguir apoyos religionistas. Por ejemplo, desde que asumió el poder, el-Sadat modificó la Constitución (nominalmente laica) para acoger la sharía; además perdonó las sentencias contra varios miembros de la Hermandad Musulmana (y luego les hizo una amnistía general) y les permitió participar en las elecciones a cambio de su apoyo contra sus rivales políticos. Y el islam no fue la única superstición organizada cortejada por el-Sadat — cuando el medio Nobel de ‘Paz’ fue a Estados Unidos, invitó al pastor evangélico Billy Graham a una visita oficial a Egipto; e hizo lo propio con el Papa durante su visita al Vaticano.

El viaje a Israel, el reconocimiento de este como Estado, y el posterior tratado de paz entre ambos países le ganaron a el-Sadat un desprecio generalizado en el mundo musulmán, que no lo bajaba de traidor (y razón no les faltaba, pues había traicionado la política de los tres no de la Resolución de Jartún). Por esta razón, la Liga Árabe trasladó su sede de El Cairo a Túnez.

Así que, en una completa falta de creatividad, para recuperar la legitimidad de Egipto ante el mundo árabe y hacerle frente a la campaña contra la paz que las organizaciones islámicas empezaban a promover, a el-Sadat no se le ocurrió otra cosa sino buscar justificaciones en las escrituras del islam para excusar el acuerdo alcanzado con los israelíes.

Por sus esfuerzos, el-Sadat fue asesinado en 1981 por militantes de la organización Jihad Islámica Egipcia. A mí me supera que alguien que hizo la paz con los judíos luego haya apelado a las mismísimas escrituras que literalmente llaman al exterminio sistemático de estos y sus aliados, y esperado que de millones de personas no hubiera algunos que se tomen en serio la noción de que esa es la palabra inspirada de Alá y debe ser cumplida al pie de la letra — juega juegos estúpidos, gana premios estúpidos.

Guerra Civil del Líbano II (1977 – 1985)

Desde 1977, la OLP aprovechó su dominio en la región sur de Líbano para escalar sus ataques contra Israel; estos respondieron con ataques aéreos y una invasión a pie, y luego retiraron las fuerzas de la frontera sur, dejándolas en manos de las milicias maronitas.

Entretanto, Siria se fue moviendo para hacerse con el poder civil y militar de Líbano, lo que causó tensiones con sus aliados maronitas, llevando a una escalada de hostilidades que culminó con la expulsión de Siria de Beirut; las fuerzas de al-Ássad respondieron cambiando de bando, y empezaron a apoyar a los musulmanes.

En 1981, y con intercesión de la ONU, se consiguió un cese al fuego que no dejaba muy tranquilo a Israel, porque sólo se comprometía al cese de hostilidades dentro de Líbano, pero no mencionaba ataques contra judíos o israelíes por fuera del país. Al año siguiente, la Organización de Abu Nidal, un grupo terrorista palestino rival de la OLP, hizo un atentado contra el embajador israelí en Inglaterra, un ataque que a pesar de ser condenado por Arafat llevó a Israel a invadir Líbano.

Tras un prolongado asedio israelí a Beirut, Estados Unidos medió y consiguió que las partes acordaran la evacuación segura de los combatientes palestinos y la seguridad de los refugiados. Unas semanas más tarde, el recién elegido Presidente de Líbano fue asesinado por un militante del Partido Nacional-Socialista Sirio, y las fuerzas israelíes ocuparon Beirut Occidental al día siguiente. Los israelíes autorizaron la entrada de unos 150 católicos maronitas en el campamento de refugiados de Sabra y la Shatila, donde estos masacraron a entre 460 y 3.500 civiles, en su mayoría palestinos y chiítas libaneses, mientras las tropas israelíes pusieron puestos de control alrededor de los campamentos. La investigación israelí llevada a cabo por la Comisión Kahan concluyó que Ariel Sharon fue responsable personalmente por no haber impedido la masacre y por no haberla detenido cuando se enteró de la misma. La Comisión recomendó que Sharon fuera destituido como ministro de Defensa y que nunca ocupara un cargo en ningún futuro gobierno israelí (!).

Una vez más, la OLP se vio en la necesidad de cambiar de país anfitrión y esta vez se instaló en Túnez. Israel se retiró de la parte norte de Líbano en 1985, y mantuvo una ocupación militar en el sur del país hasta el año 2000; durante esos 15 años la zona fue gobernada por el Ejército de Líbano del Sur (maronitas), y hubo un conflicto de baja intensidad con las milicias musulmanas — la zona fungió como un amortiguador de seguridad para Israel. El vacío dejado por la salida de la OLP inspiró el surgimiento de grupos islámicos más radicales, entre los que destaca Hezbolá, que nació con inspiración y apoyo de Irán para primero expulsar a los judíos del país y luego destruir Israel por completo.

La Guerra Civil del Líbano se extendió hasta 1990, en una lucha por poder entre diferentes facciones islámicas, e incluso diferentes facciones palestinas. Principalmente fue un conflicto entre el grupo chiíta Amal (apoyado por Siria y grupos palestinos anti-Arafat) y una coalición de palestinos pro-Arafat, drusos, kurdos y comunistas. La ocupación siria de Líbano se extendió hasta 2005.

Primera Intifada (1987 – 1993)

Tras su salida del Líbano y la pérdida de opciones militares y políticas, la OLP se encontraba debilitada; y las facciones más radicales estaban tomando fuerza, lo que a su vez obligó a Arafat a tomar él mismo posturas más radicales, para poder mantener el control de la organización.

Entre eso y el descontento generalizado de la población palestina, a finales de 1987, en los territorios ocupados e Israel surgió una resistencia masiva, civil y principalmente desarmada contra la ocupación israelí, que empezó una serie sostenida de protestas, disturbios y agresiones llevados a cabo por palestinos contra Israel. Aunque este no fue el primer alzamiento palestino, sí consiguió ser uno de los más influyentes en la historia del conflicto, y se extendió hasta 1993.

Posiblemente no sea coincidencia que el inicio de la intifada haya concurrido con la fundación del grupo terrorista Hamás por parte del cuadrapléjico Ahmed Yasmín, un palestino que —como raro— cumplía con esa peligrosa combinación que garantiza a un pésimo ser humano: era político y líder religioso al mismo tiempo. Yasmín buscaba que la Hermandad Musulmana se involucrara (aún más) en política, y usar la ocupación israelí como una excusa para darle rienda suelta a su antisemitismo de inspiración divina; y ese fue el espíritu con el que fundó Hamás — la constitución de Hamás no se anda con rodeos y hace un llamado explícito al genocidio de los judíos.

La intifada se prestó para el reclutamiento desde las mezquitas, y que los ciudadanos de a pie y refugiados fueran liderados en las protestas por predicadores, lo que terminó por darle bastante fuerza a Hamás y otros grupos religiosos.

Israel, por su parte, respondió con la sutileza de un toro en una tienda de porcelana: para reprimir el alzamiento el gobierno israelí declaró estado de emergencia en los territorios ocupados; a su vez, el ejército israelí impuso toques de queda, cerró escuelas, restringió la circulación de los palestinos, llevó a cabo detenciones masivas y deportaciones y utilizó munición real.

En el curso de la intifada, cuarenta años después de que Israel declarara su independencia, Arafat proclamó la declaración de independencia de Palestina, lo que provocó finalmente su reconocimiento como Estado ante la ONU. El Consejo Nacional Palestino (el cuerpo legislativo de la OLP) acompañó la declaración con un llamado a las negociaciones multilaterales con base en la resolución 242 de 1967, lo que en la práctica significaba que la OLP estaba abierta a una solución de dos Estados.

Paz entre Israel y Jordania, Acuerdos de Oslo (1993 – 1995)

Detrás de que la OLP e Israel finalmente se sentaran a negociar hubo una serie de eventos que hicieron esto posible.

Por el lado palestino, el éxito de la intifada fortaleció a Arafat dentro de la OLP, lo que le permitió volver a posturas más moderadas sin perder control de la organización. La caída del muro de Berlín, y disolución de la URSS también significó el debilitamiento palestino en el frente armado.

Por el lado israelí, la respuesta de mano dura les costó fuertemente en imagen internacional; para completar, EEUU reconoció la OLP como los representantes legítimos de los palestinos, por lo que su mejor opción en ese momento era optar por una solución negociada al conflicto.

Los Acuerdos de Oslo fueron dos acuerdos firmados entre Israel y la OLP, uno en 1993 y el otro en 1995. El proceso pretendía lograr un tratado de paz basado en las Resoluciones 242 (de 1967) y 338 (de 1973) de la ONU, y hacer efectivo el derecho a la autodeterminación del pueblo palestino. Los acuerdos dieron lugar a un gobierno civil autónomo limitado para los palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza mediante la creación de la Autoridad Palestina, de la cual Arafat fue nombrado jefe. La sede de la OLP se trasladó a Ramala, en Cisjordania.

En 1994, entre la firma del primer y del segundo acuerdo de Oslo, el entonces Primer Ministro de Israel, Yithzak (Isaac) Rabin firmó un tratado de paz con Jordania, que se convirtió en el segundo país árabe en reconocer formalmente a Israel. Ambos países reconocieron sus límites fronterizos y se comprometieron a cooperar en turismo y comercio.

A diferencia del tratado de paz firmado entre Israel y Jordania, los Acuerdos de Oslo se quedaron bastante cortos, pues no definieron la naturaleza del gobierno autónomo palestino, ni sus poderes y responsabilidades, ni tampoco las fronteras del territorio que llegaría a gobernar; para completar, tampoco definieron la situación de los refugiados palestinos, ni de los asentamientos judíos.

A pesar de no abordar los puntos más álgidos del conflicto, los Acuerdos de Oslo no tuvieron escasez de enemigos. Por ejemplo, Rabin fue tachado de traidor por la derecha israelí, y entre los conservadores era representado con uniformes nazis (!), o en el punto de mira de una pistola. En una manifestación contra Rabin, el futuro Primer Ministro Benjamín Netanyahu encabezó un cortejo fúnebre simulado en el que los manifestantes cantaban a coro “Muerte a Rabin”.

Y por supuesto, ningún proceso de paz es completo sin que la religión esté entrometiéndose y poniendo obstáculos a cada paso. Los rabinos ultranacionalistas ni se molestaron en leer los acuerdos, así que creían que Rabin estaba entregando territorio a cambio de la paz, lo que en su retorcida ‘lógica’ era un pecado contra la ley divina, pues consideran que los territorios ocupados le pertenecen a los judíos.

Así como los musulmanes tienen sus edictos religiosos con órdenes de asesinato extrajudiciales llamados fatwa, en el judaísmo existe algo muy similar: el din rodef, que obliga a los creyentes a detener a alguien que mataría a otra persona (una especie de legítima defensa) con el objetivo de salvar una o más vidas. Pues por ese arte de mafia que se le da tan bien a los religionistas, permitir que los palestinos tuvieran una entidad de gobierno autónomo civil en los territorios ocupados sin que Israel renunciara a la ocupación se convirtió en sinónimo de poner vidas judías en riesgo, así que en las sinagogas se declaró temporada abierta contra Rabin — pues dicho y hecho, el Primer Ministro fue asesinado en 1995 por un extremista de derechas que había estudiado en una yeshivá (escuela religiosa), e invocó el din rodef para segar la vida de Rabin.

Segunda Intifada (2000 – 2005)

En el año 2000, la administración Clinton organizó otra cumbre en Camp David entre la Autoridad Palestina e Israel para llegar a un acuerdo definitivo sobre los temas que no se definieron en los Acuerdos de Oslo: a saber, reconocer el Estado palestino, llegar a un acuerdo sobre cuáles serían exactamente las fronteras entre ambos países, definir la situación de los refugiados palestinos y de los asentamientos judíos.

Infortunadamente, las partes no se pudieron poner de acuerdo a pesar de que ambos lados hicieron algunas concesiones. Por ejemplo, los palestinos reconocerían el Estado de Israel con los límites fronterizos como quedaron después de la Guerra de los Seis Días (una concesión de casi un 30% del territorio que se les asignó en 1947); pero Israel además pretendía quedarse con regiones de los territorios ocupados donde había grandes asentamientos judíos y con casi un 10% de Cisjordania (!!); además, por supuesto, no se pudieron poner de acuerdo con qué hacer con el Monte del Templo, ya que cada lado reclamaba la soberanía para sus creyentes.

Los ánimos en la región se venían caldeando: antes del cambio de siglo Hamás había empezado los ataques suicidas contra civiles israelíes; y la violencia de las protestas palestinas empezaba a aumentar; el fracaso de la Cumbre no ayudó a la situación; y la gota que derramó el vaso fue —una vez más— cortesía de la siniestra mezcla de religión y política, cuando al impresentable de Ariel Sharon, entonces líder de la oposición israelí, le pareció que sería una buena idea visitar la mezquita de Al-Aqsa y cruzar al lado palestino.

La Segunda Intifada, o Intifada de Al-Aqsa, fue un importante levantamiento de palestinos contra la ocupación israelí, caracterizado por un incremento sustancial en la violencia, que contrasta con el carácter relativamente menos violento de la Primera Intifada. En esta ocasión hubo tiroteos, asesinatos selectivos, ataques con tanques y ataques aéreos, atentados suicidas, lanzamiento de piedras y ataques con cohetes. Los atentados suicidas se convirtieron en uno de los rasgos más destacados de la Segunda Intifada y tuvieron como objetivo principal a civiles israelíes.

En 2003, entre la Autoridad Palestina y la OLP (ambas en manos de Arafat) actualizaron la Constitución Palestina para establecer el islam como la religión oficial, y la sharía como la principal fuente de ley; abrazando efectivamente la teocracia, y dando por terminada cualquier apariencia de intento de democracia y de regirse por el imperio de la ley.

Arafat murió al año siguiente tras un accidente cerebrovascular hemorrágico, y fue sucedido por Mahmoud Abbas como líder de los organismos de representación palestina. En ese momento, Abbas llevaba 20 años promoviendo la mentira antisemita antsionista de cuño soviético de que los nazis y los sionistas colaboraron en llevar a cabo el Holocausto — hasta el día de hoy Abbas mantiene esa postura.

En 2005, los líderes de Egipto, Jordania, Israel y Palestina se reunieron en la ciudad egipcia Sharm el-Sheij y trataron de llegar a un acuerdo sobre el cese de hostilidades. Aunque finalmente no firmaron ningún documento, sí hubo un compromiso tácito en el que los israelíes dejarían de atacar a los palestinos, y viceversa. Israel por su parte empezó la construcción de una barrera que buscaba separar su territorio de Cisjordania, aunque en algunas zonas no pasa por la frontera sino que corta por dentro del territorio ocupado.

Hamás vs al-Fatah (2005 – 2007)

En 2005, Israel (entonces gobernado por Ariel Sharon) puso en efecto su plan de retirada unilateral de la Franja de Gaza, en el que le cedió el control interno de la región a la Autoridad Palestina, a la vez que removió todos los asentamientos judíos que había allí. Las fronteras aérea, marítima, norte y occidental siguieron en control de Israel, y la frontera sur siguió en manos de Egipto. La maldición judea no se hizo esperar, y los partidos religiosos en el gobierno de coalición de Sharon renunciaron una vez que falló su llamado a un referendo para recapturar la Franja de Gaza.

Con la muerte de Arafat y la retirada israelí de la Franja de Gaza, las tensiones entre Hamás y al-Fatah fueron creciendo; en 2006 Hamás ganó las elecciones en Palestina, lo que les llevó a compartir con al-Fatah el poder dentro de la Autoridad Palestina (AP): mientras Abbas era el Presidente, Hamás tenía la mayoría legislativa,la oficina del Primer Ministro y el gabinete.

En 2007, después de formado el gobierno de unidad, los militantes de Hamás tomaron el control de la Franja de Gaza y detuvieron, ejecutaron y expulsaron a los miembros de al-Fatah. Esto produjo la disolución del gobierno de unidad, y que los territorios palestinos quedaran separados políticamente: la Franja de Gaza bajo el control de Hamás, y Cisjordania en manos de al-Fatah y su nueva entidad gubernamental, la Autoridad Nacional Palestina (en la que ya no estaba Hamás). Hamás no demoró en anunciar “el final del laicismo […] en la Franja de Gaza” (?) y empezar a perseguir a la minoría cristiana, así como a los musulmanes insuficientemente radicales, y a aquellos que no obedecen la sharía al pie de la letra.

Desde entonces, tanto Israel como Egipto mantienen un bloqueo sobre la circulación de bienes y personas que entran y salen de la Franja de Gaza, en vista de que al-Fatah y la Autoridad Palestina salieron de la Franja y no están en condiciones de garantizar la seguridad desde el lado palestino. Abbas apoyó la decisión de Egipto —aunque no a la de Israel— , mientras que Hamás respondió a la decisión escalando sus ataques contra Israel.

Irán (2006…)

Desde 1979, Irán ha vivido bajo una brutalmente represiva teocracia liderada primero por Ruhollah Khomeini, quien sería sucedido por el actual líder supremo, Ali Khamenei. El régimen se rige por las reglas de la secta chiíta imamí, y busca imponer su extremamente feudal —y posiblemente más precisa— interpretación del islam no sólo a sus ciudadanos, sino también al resto del mundo, del que quiere hacer un califato. No deja de ser irónico que una de las teorías conspiranóicas antisemitas más difundidas sea la que acusa a los judíos de buscar la dominación mundial — y que sean sus enemigos (y grandes promotores del antisemitismo) los que de hecho tienen el sueño mojado de conquistar el mundo.

Parte del plan iraní pasa por mantener su influencia en Medio Oriente (en contraposición al salafismo sunita de Arabia Saudita), e incluye cumplir la profecía de su libro de pócimas de exterminar a los judíos, por lo que para nadie será una sorpresa que Irán no sólo no reconoce a Israel y llama a la abolición del país, sino que además ha brindado apoyo logístico y recursos a grupos terroristas comprometidos con el genocidio de judíos, como Hamás y Hezbolá.

En general, Irán ha evitado la confrontación directa con Israel, y aunque ha habido algunos ataques directos entre ambos países, su enfrentamiento ha sido principalmente mediante proxies. La ideología apocalíptica que maneja Irán desde su ‘revolución’ islámica y su nada disimulada ambición de tener capacidad nuclear lo hacen una amenaza existencial para Israel (a quien llaman cariñosamente “El Pequeño Satanás”) y el mundo libre en general (a EEUU lo llaman “El Gran Satanás”).

La influencia de Irán empezó a cobrar cada vez mayor relevancia desde 2006, con una serie de ataques que Hezbolá lanzó desde Líbano y para los cuales contó con apoyo militar iraní. Desde entonces, se han descubierto varios cargamentos de armas y provisiones para Hamás en Gaza y para Hezbolá en Líbano; e Israel e Irán han entrado en un ciclo de agresiones en el que los judíos confirmaron las intenciones iraníes de construir un arsenal nuclear y sus servicios de inteligencia han dado de baja a los científicos que lideran esos proyectos; mientras que los islamistas han puesto bombas en las embajadas israelíes de decenas de países alrededor del mundo.

En 2011, Oriente Medio vivió la Primavera Árabe, una serie de protestas antigubernamentales, levantamientos y rebeliones armadas que se extendieron por Túnez, Libia, Egipto, Yemen, Siria y Bahréin, en las que los protestantes cansados del gobierno exigían que se redoblara el celo religioso de sus instituciones — por algún motivo, los comentaristas occidentales interpretaron esto como un “proceso democratizador” (?), que obviamente no fue.

En algunos países los manifestantes consiguieron dar golpes de Estado, en otros casos los gobiernos pudieron imponerse, y en otros, las protestas y su represión sumieron al país en una guerra civil. Ese es el caso de Yemen y Siria, donde la guerra continúa hasta el día de hoy. Irán entró en la guerra civil siria para dar apoyo logístico, técnico, financiero y de entrenamiento a las fuerzas del gobierno de al-Ássad. Aunque Israel ha mantenido una estricta neutralidad en la guerra civil siria, también ha llevado a cabo más de 100 ataques contra cargamentos de armamentos iraníes en Siria que estaban destinados a Hezbolá.

En Yemen, desde la Primavera Árabe, el apoyo de Irán a los insurgentes hutí se ha incrementado, contribuyendo a la inestabilidad del país. Arabia Saudita por su parte lideró a sus aliados para entrar en la guerra y apoyar al presidente yemení Abdrabbuh Mansur Hadi (sunita) contra los hutíes.

Alianza Sunita-Israelí (2017…)

Desde 2017, Israel está concurso en una gira de normalización de relaciones con varios países árabes de mayoría sunita, con los que busca crear una coalición de seguridad no oficial que le haga frente a los intereses chiítas en la región. Básicamente, Israel y todos los países de la cuerda de Arabia Saudita se dieron cuenta de que Irán es un enemigo común contra el que pueden unir esfuerzos (olvidando de paso sus diferencias).

Aunque aún está bastante lejos de ser una conversión al materialismo del que gozamos en Occidente, esta es una admisión tácita por parte de Arabia Saudita de que los intereses terrenales pueden pueden predominar sobre los metafísicos. También es un choque y a la vez una convergencia de los intereses intra-religiosos con los interreligiosos, puesto que los saudíes le apuestan a aliarse con los israelíes —dejando de lado su antisemitismo— para vencer a sus correligionarios de otra denominación.

La movida no ha carecido de riesgos, pues no todos los sunitas comparten el mismo orden de prioridades de la casa saudí. Así, los sunitas más fieles —la Hermandad Musulmana— prefieren aferrarse al antisemitismo antes que vencer a los chiítas. En algunos casos, incluso los sunitas han identificado a Israel como el enemigo que tienen en común con los chiítas, y han terminado haciendo la alianza en sentido contrario.

En este contexto, en 2020 Israel firmó los Acuerdos de Abraham con Emiratos Árabes Unidos y Báhrein, un acuerdo de paz en el que los dos países islámicos finalmente reconocieron la soberanía israelí; como muestra de buena voluntad, Israel detuvo sus planes de anexión de las partes ocupadas de Cisjordania y el Valle del Jordán. Más tarde ese año, Israel firmó un acuerdo de normalización de relaciones con Sudán (un país que siempre consideró la nación sionista como un Estado enemigo y contra el cual había aportado tropas en las guerras del siglo 20); como fruto de la normalización, Sudán abolió su ley de 1958 en la que establecía un boycott contra Israel. En diciembre de 2020, Marruecos e Israel también formalizaron sus relaciones (algo que fue premiado por EEUU reconociendo la soberanía del país africano sobre el Sahara Occidental).

Como cabía esperar, para los más antisemitas ciudadanos de estos países, los acuerdos no fueron de buen recibo, y de hecho el descontento popular hizo que la estrategia fracasara en Libia, cuando se supo que los Ministros de Relaciones Exteriores se habían reunido en Roma; lo que le costó el cargo a la ministra libia.

Hasta 2023, todo apuntaba a que Israel y Arabia Saudita podrían normalizar relaciones en el mediano plazo, y asegurar una coalición que vele por los intereses compartidos en la región, mientras le hacen frente a Irán. Sin embargo, esa posibilidad quedó en entredicho desde que en octubre Hamás llevó a cabo un horrible ataque terrorista contra la población civil en Israel, y este retalió. Al momento de escribir estas líneas, ese conflicto sigue en marcha.

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE


La excepcionalidad de Israel

Tanto críticos, como aliados, detractores y defensores de Israel parecen coincidir en la excepcionalidad del país judío: Israel es diferente, y merece ser tratado diferente a cualquier otro país del mundo.

La lógica sionista dicta que un etno-estado judío es la única defensa posible en un mundo con un largo historial de antisemitismo que gestó los horrores del Holocausto, y que esto justifica un trato excepcional.

Mientras los sionistas moderados hablan del “derecho a existir” de Israel, esta noción ha sido rechazada por los sionistas más radicales, quienes afirman que esta terminología es ofensiva por cuanto sólo se utiliza con Israel (algo que no es cierto: también se ha usado para la cuestión armenia, el País Vasco, la propia Palestina, Irlanda del Norte, Kurdistán, y Ucrania). Los antisionistas, por su parte, también rechazan el concepto del “derecho a existir” de Israel porque lo consideran una justificación del desplazamiento forzado de árabes palestinos en 1948, o porque afirman, à la Chomsky, que ningún país tiene el “derecho a existir” (sería interesante ver a Chomsky intentar reconciliar esa postura con su apoyo al proceso de paz de Irlanda o la cuestión kurda).

Para algunas sectas cristianas, la existencia de Israel no sólo es una cuestión de geopolítica internacional, sino que para ellos el país judío juega un papel esencial en el Final de los Tiempos —que, por supuesto, para ellos ya ha empezado— , y por ello merece ser tratado con la deferencia apropiada.

Israel es el principal receptor de ayuda exterior de Estados Unidos (la friolera de aproximadamente 4.000 millones de dólares al año), el gobierno estadounidense le ha concedido un grado único de interoperabilidad con su aparato de defensa y espionaje, y protege a Israel ante la comunidad internacional.

Para los antisionistas americanos (y por ende los del resto del mundo), en vista de que Israel recibe un trato especial por parte del gobierno americano, también merece una fijación especial. El hecho de que Israel cuente con el apoyo estadounidense, y que este defienda las políticas israelíes frente a una oposición casi universal antoja enteramente justificable y racional una obsesión con el comportamiento de Israel, especialmente si comete crímenes.

La falsa equivalencia moral

Hay una dimensión adicional en la estructura moral del conflicto que amerita ser considerada, y esta es la relación de los gobiernos de la región con sus gobernados — una consideración que cobra especial importancia cuando del derecho a la autodeterminación de los pueblos se trata.

Sobra decir que ninguno de los países de Oriente Medio ha hecho un trabajo perfecto en este aspecto; y aún así no es difícil señalar cuál lleva una ventaja inmensa sobre los demás. A pesar de todos sus defectos, Israel es el único país de la región que se acerca a ser una democracia medianamente funcional, con cosas como libertad de expresión, el imperio de la ley, investigación científica, la igualdad política y jurídica de los sexos, una prensa relativamente libre, la aceptación y el reconocimiento de los derechos de la población LGBTI, es legal consumir alcohol, la marhiuana está despenalizada, el aborto es legal, y existe una separación real de poderes.

Mientras Hamás le roba los recursos a los gazanos y acumula agua potable, combustible y provisiones para uso exclusivo de sus militantes, en Israel existe el Estado de bienestar, y los israelíes cuentan con cosas como pensión de vejez, pensión de invalidez y seguro de desempleo. Mientras Israel construyó refugios antiaéreos, el dinero que le llega a Hamás se desperdicia en su delirio genocida, con la compra de armas de asalto, misiles, equipo para la construcción de túneles, y materiales para hacer chalecos suicidas.

Israel le advierte a sus propios ciudadanos que vayan a los refugios cuando el país es atacado; por su parte, cuando ataca a Israel, Hamás pone infraestructura y rutas militares en zonas residenciales y comerciales. Hamás también ha situado objetivos militares junto a poblaciones civiles. Y cuando el ejército de Israel ha hecho llamados a evacuar zonas de Gaza donde va a atacar para evitar las muertes de civiles, Hamás ha aconsejado que hagan caso omiso a las advertencias, usando efectivamente a la población civil de Gaza como escudos humanos.

Siempre es una tragedia que muera un bebé, ya sea uno israelí o uno palestino. Y aún así existe una diferencia moral astronómica entre el escenario en el que muere un bebé en un ataque a pesar de que su gobierno hizo todo cuanto estuvo a su alcance para evitar ese resultado, y aquel en el que muere un bebé porque quienes debían haber velado por su seguridad sólo lo veían como carne de cañón y un buen cadáver para los titulares. ¡Son dos escenarios abismalmente diferentes!

Aunque es cualitativamente mejor que en Gaza, no es que la vida de los palestinos en Cisjordania bajo la Autoridad Nacional Palestina (ANP), sea particularmente envidiable. El gobierno de la ANP es autoritario, y persigue a quienes crítican su administración y a los periodistas que la cuestionan. La ANP mantiene el Fondo de los Mártires, un pago que se le hace a las familias de palestinos que mueren mientras realizan actos terroristas contra Israel o la población judía — pagos para los que destinan cientos de millones cada año, y que son bastante más altos que el salario medio en Cisjordania. Todo un incentivo para que los palestinos de a pie cometan actos terroristas y pierdan la vida en el proceso.

Reclutamiento infantil

Otro elemento perturbador del trato al que los países islámicos someten a sus ciudadanos es la sistemática propaganda antisemita. Las sociedades musulmanas están inundadas en antisemitismo, que se les inculca desde que son niños.

Por ejemplo, los libros de texto que usa la ONU (!) para enseñar a los niños en Palestina están cargados a tope de antisemitismo: literalmente acusan a los judíos de infectar a los palestinos con cáncer, enseñan comprensión de lectura con ejemplos sobre cortarle el cuello a los enemigos [!!] y lo glorioso de usar cinturones suicidas, califican con buena nota a los estudiantes que responden que es una obligación de todos los musulmanes liberar la mezquita de Al-Aqsa y hacer sacrificios en el proceso, enseñan cálculo con el conteo de ‘mártires’ palestinos que se han inmolado, y en Historia les enseñan que la masacre de Múnich de 1972 está justificada. ‘Enseñanzas’ similares también se han encontrado en las escuelas a cargo de Hamás y de la Autoridad Nacional Palestina.

Mientras uno de niño jugaba a las escondidas, los niños palestinos tienen un juego llamado el mártir, en el que entre varios niños cargan a otro, quien representa un bebé muerto, mientras que todos cantan al unísono cómo “el mártir es el amado de Alá” y llenos de emoción luego agregan “nosotros moriremos, y Palestina vivirá“. Las cosas que las autoridades palestinas le enseñan a sus niños son para vomitar.

Los programas infantiles de la televisión estatal de Gaza no se quedan atrás y promueven el antisemitismo con acusaciones de que los judíos reemplazarán la mezquita de Al-Aqsa con un templo falso, y glorificando la jihad en nombre de Alá. En Irán, los niños crecen aprendiendo canciones cuyas letras literalmente dicen “muerte a Israel”.

Desde hace años hemos abogado porque se prohíba el expendio de religión a los menores de edad, ya que esto equivale a un lavado de cerebro, en el que los creyentes se aprovechan de las mentes en crecimiento, que no tienen formadas completamente sus capacidades críticas. Esto no sólo viola los derechos humanos de los niños de acceder al conocimiento veraz y saber cómo funciona el mundo, sino que además viola su libertad religiosa, pues los sesga a favor de una creencia, privándolos efectivamente de poder hacer evaluación imparcial de todas las creencias que hay en oferta, y de paso los presiona para que elijan una — cuando resulta que no elegir ninguna también es una opción perfectamente válida.

El valor que se le da a la posibilidad de una vida después de la muerte, a la promesa del Cielo o de 72 vírgenes, es un juego de suma cero que necesariamente compite con el valor de la vida terrenal: entre más se aprecia una, menos valor se le da a la otra. Es por esto que las religiones son cultos a la muerte, porque entre más atractivo sea el Más Allá, menos llamativo resulta el Más Acá. Que la práctica totalidad de los países del mundo permitan, impulsen o promuevan que se induzca a sus ciudadanos más vulnerables en esta asquerosa transacción deontológica es un fracaso global en la protección y promoción de los derechos humanos y de los niños.

Israel, por su parte, tampoco lo hace muy bien en este tema. Además de las yeshivás (o escuelas propiamente religiosas), todos los currículos escolares israelíes, públicos y privados, traen incorporado en su diseño el adefesio de la instrucción religiosa, eso sí, asegurándose que cada niño sea reclutado en la superstición de sus padres (judíos, cristianos, musulmanes o drusos).

Como bien saben los jesuitas, el reclutamiento infantil es el arma más poderosa de la religión, y al ser este un conflicto esencialmente religioso, la mejor manera de garantizar una reducción sustancial en la cantidad de conflictos y sufrimiento que padecerán las próximas generaciones de seres humanos en la región sería dejar de travestir las instituciones educativas y sociales con el propósito de envenenar las mentes inocentes de quienes no tienen los suficientes elementos de juicio para saber que les están lavando el cerebro con la intención de reclutarlos.

¿Cómo, si no es acabando con el reclutamiento infantil que les dice que ese pedazo de tierra les pertence por derecho ‘divino’, se puede esperar que israelíes y palestinos algún día puedan tener algo parecido a una paz estable y duradera?

El terrorismo no es el camino

La causa palestina ha atraído la atención mundial por diversas razones, lo que ha llevado a que muchos consideren a Hamás como libertadores palestinos. Esta postura ignora el hecho de que Hamás, una organización terrorista que actúa como un gobierno teocrático, dista mucho de ser un luchador por la libertad.

El asesinato deliberado de civiles, especialmente judíos, por parte de Hamás es un crimen de guerra. El conflicto de Hamás con Israel no tiene nada que ver con la ocupación, ni con el retorno de los palestinos a sus fronteras, sino con la comisión de un genocidio contra los judíos, como lo deja meridianamente clara la constitución del propio Hamás.

La indignación selectiva por las infracciones del derecho internacional humanitario, cuando se condenan las violaciones de Israel pero se ignoran las de Hamás u otros grupos terroristas como Hezbolá, indica una falta de genuino apego por el derecho internacional humanitario y de preocupación por las víctimas.

En el mundo no escasean las poblaciones que buscan su liberación nacional, como los kurdos, tibetanos, chechenos y saharauis; y aunque sus luchas pueden ser completamente legítimas, el terrorismo no es un medio justificable para estos fines. Palestina no es una excepción a esta premisa.

Es descorazonador ver a personas que expresan su preocupación por el pueblo palestino ignorar las acciones terroristas de Hamás, o peor: cuando las justifican o las niegan. Cuando un grupo como Hamás recurre al terrorismo, queda claro que sus objetivos no son la paz ni la liberación de Palestina.

Crímenes de guerra e intención

El derecho internacional humanitario cuenta con cinco principios, comúnmente reconocidos como las reglas de comportamiento que deben seguir las tropas en contienda. Estos principios son la necesidad militar para debilitar la capacidad militar enemiga, la proporcionalidad de que el daño a los civiles o la propiedad civil no sea excesiva en relación con la ventaja militar que supondrían, la distinción entre civiles y combatientes, la humanidad (o sea evitar el sufrimiento innecesario) y el honor (o sea que ni siquiera las causas más justas justifican una conducta deshonrosa).

Los crímenes de guerra son cometidos cuando se han violado seriamente estos principios del derecho internacional humanitario. Tanto Israel como Hamás han cometido crímenes de guerra. Pero no todos los crímenes de guerra son creados iguales — así como con los delitos normales, la intención de cada bando cobra especial relevancia porque las acciones y omisiones pueden tener graves consecuencias, y la línea que separa un incidente horrible de un crimen de guerra a menudo depende de la intención.

Por eso es importante analizar cómo se comportaría cada uno, Israel y Hamás, si contaran con todo el poder del mundo.

Ya sabemos lo que haría Israel, porque Israel tiene ventaja armamentística, logística, militar y económica sobre Hamás; así que básicamente harían lo que han hecho hasta ahora. Y sí, por supuesto, ellos han cometido crímenes de guerra; aunque la parte que normalmente se deja por fuera es que Israel también ha tomado decisiones costosas para ellos con el objetivo de reducir el daño colateral y el impacto de sus acciones de guerra sobre la vida de los civiles palestinos.

Consideremos, por ejemplo, los asedios por tierra que Israel ha llevado a cabo en Gaza: aún siendo traumáticos y en los que se han cometido abusos y atropellos a cascoporro, estos cursos de acción arriesgan las vidas de soldados israelíes mientras que tienen el potencial de salvar vidas palestinas civiles, algo que una campaña de solo bombardeos no haría. El ejército israelí también anuncia las zonas donde va a llevar a cabo ataques para que los gazanos civiles abandonen la zona.

También sabemos lo que haría Hamás si tuviera todo el poder de su lado. Esto lo sabemos porque el grupo terrorista no sólo repite como un disco rayado que acabaría con Israel y exterminaría a todos los judíos de Medio Oriente, sino que el escaso poder que tienen lo han utilizado exclusivamente para poner en práctica su genocidio soñado.

Así que por un lado tenemos a un país con unas fuerzas armadas regulares que cuenta con el poder de hacer lo que quisiera y aún así se las arregla para —en ocasiones— tomar decisiones que buscan minimizar el daño que sus acciones tendrán sobre la población civil del enemigo; y por otro lado tenemos un grupo terrorista que no sólo no se le cruzaría ni por una fracción de segundo tomar medidas para minimizar el impacto de sus acciones sobre la población civil del enemigo, sino que su objetivo declarado es maximizar el daño que pueda hacerle a la misma hasta exterminarlos; y para ello está más que dispuesto a sacrificar a su propia población civil, cuyo bienestar les trae sin cuidado alguno.

Por supuesto, en muchas ocasiones las medidas tomadas por Israel parecen insuficientes y nunca sobra que redoblen esfuerzos para salvar tantas vidas de no-combatientes como sea posible. El punto acá, sin embargo, es que existe una astronómica asimetría moral entre Israel, que en muchos casos ha tomado cursos de acción que sólo pueden interpretarse como intentos de ceñirse en alguna medida al derecho internacional humanitario, y Hamás, cuya meta es la comisión de crímenes de guerra.

Genocidio y “genocidio”

El genocidio fue reconocido por la ONU por primera vez como delito de derecho internacional en 1946 — este es un término jurídico, con una definición específica y elementos concretos que lo configuran:

Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal:

a) Matanza de miembros del grupo;

b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo;

c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial;

d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo;

e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.

En este momento, Israel se encuentra incurso en la guerra contra Hamás, iniciada por el ataque del grupo terrorista el 7 de octubre de 2023. Aunque no tenemos todos los elementos de juicio, con lo que sabemos de la respuesta israelí, no es descabellado afirmar que Israel no minimiza ni remotamente de manera adecuada la pérdida de vidas inocentes, y que toda su operación ha resultado ser un desastre táctico, militar y moral.

Desde el 7 de octubre, ha habido varias voces dentro del establecimiento israelí que no han escatimado en su llamado a la barbarie. Por ejemplo, el general de división Ghassan Alian, coordinador de Actividades Gubernamentales en los Territorios, advirtió: “Querían un infierno, tendrán un infierno“. Y Giora Eiland, ex-estratega del Ejército y anterior jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, afirmó que “Gaza se convertirá en un lugar donde no podrá existir ningún ser humano”, cuando llamó a crear una crisis en la Franja.

Como sólo contamos con los reportes de Hamás (a través del Ministerio de Salud Palestino, que no distingue entre militantes terroristas y civiles palestinos) y los del Ejército de Israel, realmente no tenemos los números exactos, pero al momento de escribir estas líneas, se calcula que desde octubre de 2023 Israel ha matado unos 23.000 palestinos, de los cuales 8.000 serían beligerantes de Hamás. Esto es una proporción de más de 2,5:1 de muertes civiles en daño colateral frente a bajas de combatientes.

Con estos datos a la mano, es comprensible que mucha gente quiera acusar a Israel de genocidio, algo que otros ya vienen haciendo desde hace años por cuenta de la bien aceitada máquina de propaganda soviética de la segunda mitad del siglo 20.

El problema es que las acciones de Israel no se ajustan a la definición de genocidio. Como vimos, este delito requiere de la intención de destruir a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, y las intenciones de la operación de Israel en Gaza son la de rescatar a los rehenes, neutralizar a Hamás y destruir la infraestructura del grupo terrorista.

Por supuesto, esto no excusa ni justifica en lo más mínimo el horror que ha significado la destrucción de Gaza, la muerte de sus ciudadanos inocentes, y el desplazamiento de otros tantos; y no sobraría considerar que se han cometido crímenes de guerra.

No obstante, desde hace años, Israel ha incorporado en su procedimiento estándar el tomar medidas para reducir el número de víctimas civiles palestinas. Para quienes hemos seguido las noticias de la guerra desde el 7 de octubre, resulta obvio que estas medidas han sido absolutamente insuficientes. No obstante, su existencia es un indicador claro de que la intención de Israel no es “destruir, total o parcialmente” a los palestinos, ni a los árabes, ni a los musulmanes (de hecho, el Ejército israelí cuenta con efectivos árabes y musulmanes). No hay evidencia de intención genocida.

Una ponderación de la evidencia posiblemente indique que en el curso de sus 75 años de existencia, Israel ha cometido apartheid, desplazamiento forzado, colonización, detenciones arbitrarias y hasta limpieza étnica contra la población palestina. Y aunque no sería extraño que haya funcionarios en altos cargos dentro del establecimiento israelí con intenciones genocidas, la política de Estado de Israel contra los árabes palestinos ha carecido de ese elemento.

Para que los reclamos contra Israel mantengan su legitimidad, es necesario mantener las acusaciones en proporción. Y, por otra parte, también queremos conservar el significado de las palabras — ya hemos perdido términos como “racismo” y “violencia“, que fueron instrumentalizados para adelantar agendas ideológicas, y lo que terminó pasando fue que nos quedamos sin vocabulario para distinguir entre situaciones radicalmente diferentes y denunciar las que son genuinamente barbáricas; los significados han sido completamente diluidos. No queremos que ocurra eso con “genocidio” (que no es que no esté ocurriendo ya en otros rincones de los asuntos de actualidad).

Aunque para muchos resuene emocionalmente con lo que está ocurriendo en Gaza, la importancia del término “genocidio” radica en que describe exactamente una circunstancia específica, que es la peor violación de DDHH jamás cometida, y por esto mismo merece ser utilizada cuando —y sólo cuando— los hechos descritos se ajustan por completo y sin lugar a dudas con su definición (el Holocausto, Srebrenica, el genocidio turco-otomano contra los armenios…).

Utilizar el término en situaciones que no se corresponden con su definición no sólo sirve para distorsionar lo que está ocurriendo (que ya de por sí es horrendo), sino que además es un ataque a las víctimas de verdaderos genocidios, cuyo sufrimiento es instrumentalizado. Al momento de escribir estas líneas, se está cometiendo un genocidio contra el pueblo masalit en el sur de Sudán, y sendos genocidios contra la población musulmana en China y Birmania.

Acusar a Israel de genocidio tiene, para completar, un elemento aún más perverso — es lo que se conoce como inversión del Holocausto, una herramienta retórica con la que se utiliza el Holocausto para acusar a sus víctimas de haberse convertido en los victimarios en un escenario similar — esto, por supuesto, es munición que los antisemitas no van a dudar en utilizar.

Pero los escenarios de la Alemania nazi y de la Palestina de los últimos 70 años no son ni remotamente comparables: en la primera se estableció todo un complejo militar-industrial con el propósito exclusivo de exterminar a todo un pueblo (que es lo que lo hace moralmente más repugnante frente a otros regímenes cuyos asesinatos masivos superan en número al de los nazis, como el de Stalin y el de Mao). Aún siendo indescriptiblemente horrible el trato que se le ha dado a los árabes palestinos, incluso la peor encarnación de los objetivos sionistas nunca ha sido el exterminio sistemático de los árabes-palestinos, sino la apropiación del territorio; tanto es así que en siete décadas la población palestina se ha quintuplicado. ¿Sería ese el caso si las políticas de Estado de Israel incluyeran el exterminio sistemático de los palestinos, buscando su destrucción total?

Puede que necesitemos acuñar un nuevo término para lo que está ocurriendo en Palestina, en vista de que otros términos parecen quedarse cortos, y no es justo llamarlo “genocidio”.

En todo caso, la última palabra al respecto la tendrá la Corte Internacional de Justicia (CIJ), ante la cual Sudáfrica acusó a Israel de genocidio a principios de 2024. La acusación es, cuando menos, sospechosa, pues Sudáfrica no tiene la mejor de las trayectorias cuando se trata de rechazar el genocidio — por algún motivo, Sudáfrica recibe con todos los honores a los responsables del genocidio en Sudán: en 2015 se negó a cumplir sus obligaciones internacionales y arrestar a Omar al-Bashir cuando este fue de visita; y en 2024, apenas unos días después de la acusación contra Israel, el presidente sudafricano, Cyril Ramaphosarecibió a Mohamed Dagalo, el líder del grupo paramilitar sudanés que tiene a ese país (una vez más) al borde de un genocidio.

En fin: puede que la CIJ se demore varios años en dictar sentencia. Entre tanto, la Corte admitió que va a estudiar el caso (lo que llaman plausibilidad) y dictó medidas cautelares ordenando a Israel que se asegure de prevenir y castigar la incitación directa al genocidio, y que garantice que sus tropas no cometan ningún acto genocida en Gaza (es decir, que haga todo lo que esté a su alcance para evitar matar palestinos, causarles graves daños físicos o mentales, crear condiciones de vida intolerables en Gaza, o impedir deliberadamente los nacimientos palestinos); cosas todas que Israel debería haber venido haciendo desde el principio — algunas no ha hecho, y otras ha implementado de manera extremadamente deficiente.

Mientras la CIJ determina si Israel ha cometido genocidio, la segunda mejor opinión es la de los expertos en genocidio. Historiadores y ONGs de observación del genocidio parecen coincidir en que, aún siendo atroz lo que está ocurriendo en la Franja de Gaza, los hechos —por el momento— no se ajustan a la definición de genocidio. Ante la insistencia partisana de que Israel está cometiendo genocidio a mí me parece oportuno considerar que en un mundo en el que los aspirantes a potencia e imperio sucesor —como China y Rusia— menosprecian abiertamente los estándares de derecho internacional humanitario, ahora más que nunca resulta imperativo defender dichos estándares y la totalidad de sus definiciones legales, en vez de difuminarlos en función de nuestra indignación.

Miremos ahora al otro bando en la guerra: Hamás nació y hasta el día de hoy mantiene una constante retórica genocida, y aunque carece del poder para poder llevar a cabo su soñado plan de exterminar a los judíos, el grupo terrorista no ha tenido reparo en matar y lesionar gravemente a grupos de personas e individuos por el hecho de ser judíos —o percibidos como judíos—. Quienes estudian el genocidio de manera académica consideran que ahí convergen la intención genocida de destruir total o parcialmente la agrupación humana “judía” con sus acciones delictivas.

Lo triste es que muchos comentaristas que dicen oponerse al presunto genocidio de los palestinos, fracasan miserablemente en condenar las acciones de Hamás, y algunos ni siquiera se molestan en reconocer que ocurrieron (De hecho, hemos llegado al punto de que una nada despreciable cantidad de jóvenes ahora admiran a Osama bin Laden [!!]). En algunas manifestaciones propalestinas incluso se han escuchado llamados al genocidio de los judíos, como “del río al mar” (eslógan asociado la lucha palestina que fue adoptado por Hamás hace más de 10 años, cuya versión original dice “del río [Jordán] al mar [Mediterráneo], Palestina será libre“, y que normalmente se entiende como un llamado a echar a los siete millones de judíos israelíes al Mediterráneo) y “[hay que] gasear a los judíos“.

A mí me generan mucha suspicacia quienes dicen oponerse al supuesto genocidio israelí en Palestina y al mismo tiempo no pueden dedicarle dos segundos a condenar el genocidio con el que sueña Hamás — y esto no es un llamado a condenar a ambos lados por igual, ni hacer un falso equilibrio, sino que para mí resulta incoherente elegir un bando en nombre de unos principios (la oposición al genocidio) y no molestarse en condenar a un grupo que supuestamente está en el mismo bando y cuya carta fundacional expresa en términos inequívocos su intención de violar dichos principios, y cuyas acciones y omisiones durante casi 20 años de ‘gobierno’ han sido encaminados a llevar a cabo dicho genocidio soñado.

Es un poco como esos políticos que dicen estar horrorizados con las muertes y destrucción asociados a las drogas, y luego van y recrudecen aún más las políticas públicas prohibicionistas, algo que demostrablemente empeora esos escenarios que supuestamente les horrorizaban — igual las muertes y destrucción no les molestaban tanto como decían.

Nueva Guerra Fría

A mediados de 2014 empezamos a notar que el paradigma de izquierda-derecha perdía relevancia y era reemplazado por uno radicalmente diferente — había nacido la Nueva Guerra Fría, con sus bloques ideológicos claramente definidos: por un lado estaba Occidente, abogando por la democracia liberal, las economías de mercado, la globalización, los DDHH, las libertades individuales, y el Estado de derecho. Del otro lado tenemos un grupo de personajes, partidos políticos y gobiernos cuya convergencia ideológica se define por su oposición al modelo de democracia liberal, y por sus aspiraciones políticas de corte más colectivista y autoritario; también llamado bloque del nacional-populismo, impulsado principalmente por Rusia e Irán.

De ahí que se den alianzas aparentemente confusas, en las que perfectamente pueden coincidir la extrema derecha, la extrema izquierda y cualquier cantidad de actores antidemocráticos de por medio. Sólo parece una paradoja para quienes buscan alguna coherencia ideológica de principios, aunque la inconsistencia se esfuma al analizar este bloque en clave de oposición al enemigo común que representan EEUU y Occidente; esto explica, por ejemplo, que el supuestamente primer gobierno de izquierdas de Colombia se haya distanciado de EEUU al tiempo que se le abre de piernas a Irán —donde las mujeres y la población LGBTI son poco menos que muebles—.

En este sentido, Medio Oriente parece estar condenado al fracaso. Por una parte, están las teocracias islámicas, donde las más elementales nociones democráticas como la separación entre Estado y religión, la libertad de expresión, la libertad de opinión, la libertad de cultos, la igualdad de los sexos o los derechos LGBTI son prácticamente inexistentes.

Israel, por su parte, desde finales de los Setenta, se ha ido moviendo cada vez más hacia la derecha y se ha fragmentado políticamente; todo esto resultó en el ascenso de Benjamín Netanyahu al poder, quien comparte con los islamistas su desdén por los principios democráticos: el gobierno de Netanyahu ha buscado debilitar la Rama Judicial —que, ohh, casualidad, lo está investigando por corrupción— e incluso propuso que el Parlamento pudiera anular las sentencias de la Corte Suprema de Justicia (!); Netanyahu ha hecho su coalición de gobierno con los sectores más repugnantes de la extrema derecha israelí, nombrando en su gabinete a tipos como Itamar Ben-Gvir (quien fue condenado por incitación contra los árabes), Bezalel Smotrich (un promotor de los asentamientos en Cisjordania, quien —obvio— dirige el Partido del Sionismo Religioso, y se opone a la creación de un Estado palestino), y Avi Maoz (un homofóbico de miedo).

Para nadie resultará sorprendente que Netanyahu se lleve de rositas con dictadores y filofascistas como Viktor OrbánSilvio BerlusconiVladimir Putin y Donald Trump (con quien la relación se agrió después de que Netanyahu reconociera la victoria de Biden en las elecciones de 2020).

Con frecuencia se dice que Israel es la única democracia en Medio Oriente — si Netanyahu consigue seguir erosionando las instituciones democráticas del país, la región dejará de tener una aproximación a la democracia, y serán todos populismos-nacionalistas de corte religioso. Y así, Netanyahu ha conseguido ponerse del mismo bando que sus jurados enemigos de Hamás.

Guerra de relaciones públicas y batallas periodísticas

El conflicto también se ha desarrollado en la tarima de la opinión pública, donde el líder indiscutible ha sido Hamás.

Los motivos para que esto sea así incluyen la asimetría de poder entre Israel y el grupo terrorista, el hecho mismo de que Hamás sea un grupo terrorista y por esa naturaleza deba recurrir a los medios de comunicación para llegarle a una gigantesca audiencia global, y el hecho de que la Franja de Gaza les trae enteramente sin cuidado.

Con estos ingredientes, Hamás está posicionado estratégicamente para ganar la guerra perdiéndola: esto es, perder la guerra con Israel y destruir Gaza en el proceso, para así poder exportarle a las audiencias de noticieros internacionales (y ahora también de redes sociales) el impacto que el conflicto tiene sobre la población civil de Gaza, y conseguir su apoyo — de ahí que los propios terroristas admitan en televisión nacional que la estrategia de usar a los gazanos como escudos humanos sea “muy eficaz“.

Esto deja a Israel en una situación complicada, porque no hay una versión de su respuesta que no pueda ser utilizada para minar su imagen internacional: incluso si cumplieran con el más estricto apego a los convenios internacionales sobre la guerra —que de por sí no hacen—, el más mínimo daño colateral sirve para alimentar la narrativa de que Israel es un monstruo sediento de sangre palestina. Si Israel no retaliara los ataques de ninguna manera, se encontraría con un grave problema interno en sus manos por no hacer lo mínimo que los israelíes esperan de sus gobiernos (toda la razón de ser de Israel, pues), y además invitaría más ataques.

Curiosamente, los brazos de propaganda estatales de Irán y Catar, como Al Jazeera e HispanTV, ofrecen un cubrimiento bastante favorable para Hamás, mientras que sesgan el mismo contra Israel. El ejemplo más reciente de esto es el caso del corresponsal de Al Jazeera que al entrevistar a un paciente del hospital de Al Shifa decide alejarse de su entrevistado mientras respondía y capturar otras imágenes cuando el palestino se queja de que los militantes de Hamás se esconden entre los enfermos.

Por su parte, la prensa internacional no sabe qué hacer, pues es acusada al mismo tiempo tanto de cubrir el conflicto de manera favorable a Israel como de cubrirlo de manera favorable a Palestina, y a Hamás. Básicamente, existen dos maneras de cubrir cualquier conflicto: primero, la periodística, que reporta hechos y aspira a ser objetiva, lo que significa que por regla general evitarán asignar la culpa con su reportaje —algo que el 99% de las veces es lo que uno debe hacer como periodista—; segundo, la partidista, que busca elegir bando y apoyarlo con su reportaje —normalmente, apoyando al bando débil, como lo serían Palestina en el conflicto, o Ucrania contra Rusia; aunque también hay quienes eligen el bando más fuerte, ya sea por convicción o conveniencia—.

Esta segunda manera de cubrir conflictos en vivo tiene las desventajas de que el medio puede terminar convirtiéndose en un altoparlante de uno de los bandos (y omitir sus atrocidades), y además puede llevarlos a reportar falsedades como si fueran ciertas: esto último fue lo que le ocurrió al New York Times cuando reportó que el hospital al-Ahli de la ciudad de Gaza había sido atacado por Israel dejando un saldo de 500 muertos; esto, luego se supo, era propaganda de Hamás, y lo que de verdad había ocurrido era que un cohete lanzado por un grupo islámico desde el hospital se devolvió y estalló en el parqueadero del centro médico — la actualización del titular pasó de usar un lenguaje que falsamente le asignaba culpa a Israel, a uno que tan sólo describía que había habido una explosión.

Esto pone de manifiesto la supuesta encrucijada en la que se encuentra la prensa internacional: cuando cubren objetivamente son acusados de no asignar culpa a los agentes de un bando, pero cuando sí lo hacen, terminan violando todos los principios periodísticos. Para mí es claro que la gran mayoría de periodistas y editores no deberían ni siquiera acercarse a elegir bandos durante un conflicto en curso, y que sólo aquellos periodistas con un conocimiento enciclopédico del asunto y un aún mayor compromiso por la objetividad estarían en posición de intentar asignar culpas en vivo.

Cultura de la cancelación

Si bien Hamás ha sido el campeón indiscutible en redes sociales, el sionismo se lleva la palma en la cultura de la cancelación. De media, son muchos más los casos en que expresar apoyo a Palestina (o a Hamás) pone en riesgo el medio de subsistencia de la persona, que cuando se expresa apoyo a Israel.

Desde que la guerra estalló en octubre de 2023, varias personas y organizaciones se han enfrentado a repercusiones por sus opiniones o acciones favorables a Palestina. Entre ellas figuran la cancelación de una ceremonia de entrega de premios a la novelista palestina Adania Shibli en la Feria del Libro de Fráncfort, la desfinanciación del centro cultural Oyoun en Berlín, y la prohibición de manifestaciones pro-palestinas en Francia.

Michael Eisen, editor del journal eLife, fue despedido por retuitear un titular satírico del portal de noticias inventadas The OnionDavid Velasco, editor de la revista artística Artform, fue despedido por firmar una petición por Palestina. El periodista deportivo Jackson Frank fue despedido de PhillyVoice.com tras responder en redes sociales a una condena de Hamás con “Solidaridad con Palestina“. La multinacional de medios de comunicación Axel Springer despidió a su practicante libanés Kasem Raad después de que este cuestionara la política editorial pro-israelí de la compañía. La empresa israelí de creación de sitios web Wix despidió a su empleada Courtney Carey a los pocos días de que esta publicara “Libertad para Palestina” en su LinkedIn.

La Universidad Estatal de Arizona canceló un acto en el que la congresista americana de ascendencia palestina Rashida Tlaib iba a dar un discurso. La Universidad de Columbia suspendió dos grupos estudiantiles por estar a favor de Palestina. La Universidad de Vermont canceló una conferencia con el corresponsal y activista palestino Mohammed El-Kurd. La cadena de hoteles Hilton canceló una conferencia de la Campaña Estadounidense por los Derechos de los Palestinos. En Reino Unido se canceló una conferencia del historiador Avi Shlaim por sus posturas críticas con las políticas de Israel.

La película Farha, un drama sobre la adolescencia de una niña durante el masivo desplazamiento forzado de palestinos en 1948, fue prohibida en Israel (de hecho, el gobierno le retiró los fondos al teatro que iba a proyectarla) y hay una petición para que sea retirada del catálogo de Netflix.

El sionismo cuenta con agrupaciones que buscan silenciar todas las voces a favor de Palestina, como hace J-Ventures, o ponerlos en listas negras, como hace Canary Mission.

También existe desde hace años una tendencia a acusar de antisemitismo caricaturas políticas que cuestionan la conducta de Israel, el sionismo, o incluso tan sólo al Primer Ministro; aunque no dudo que existan algunos caricaturistas antisemitas, a mí no me cabe en la cabeza que no pueda existir una sola viñeta crítica con Israel o el sionismo que no sea antisemita. La estrategia ha sido copiada por los islamistas, quienes ahora exigen la censura de caricaturas políticas que critican la estrategia de escudos humanos de Hamás.

Teorías conspiranóicas

Siendo un tema tan sensible y álgido, en el que además del chovinismo religioso hay ánimos nacionalistas mezclados, sería un milagro si no hubiera fake news y teorías de la conspiración sobre el conflicto palestino-israelí.

Un clásico de los conspiranóicos es acusar a las víctimas de ser actores haciéndose pasar por víctimas — el magufo Alex Jones fue condenado en EEUU por hacerle esto a las víctimas de la masacre de Sandy Hook. Esta es una táctica utilizada tanto por sionistas como por antisionistas. En redes sociales ha explotado el uso del término “Pallywood” (un portmanteau de Palestina y Hollywood), para referirse a que las víctimas civiles de ataques israelíes supuestamente serían en realidad actores; y aunque no hay una palabra acuñada para la misma acusación frente a los israelíes víctimas de Hamás, esas acusaciones también han abundado.

El equipo de factchecking de la BBC se ha visto abrumado por la cantidad de desinformación que han tenido que contrarrestar en un período de tiempo tan corto. Desde octubre 7 de 2023, este tipo de publicaciones ha crecido exponencialmente en redes sociales. Por si todo esto no fuera suficientemente absurdo, la indignación de las masas ha sabido hacer de las suyas, e ido a por quienes nada tienen que ver.

Para la muestra, en diciembre de 2023, la cadena española de ropa Zara fue boicoteada por su campaña comercial ‘La chaqueta‘, que mostraba a la modelo Kirsten McMenamy sosteniendo un maniquí envuelto en plástico blanco. La campaña fue concebida en julio y las fotografías se tomaron en septiembre para representar una serie de imágenes de esculturas sin terminar.

Aunque Zara no tenía manera de saber que Hamás iba a atacar a Israel en octubre, ni mucho menos saber que este iba a retaliar tan agresivamente como lo hizo, la campaña se convirtió rápidamente en objeto de la ira de los activistas propalestinos, acusando a la compañía desde de ser “insensible” hasta de “comodificar el genocidio”, porque algunas de las imágenes de la destrucción de Gaza —de padres gazanos aferrándose al cuerpo sin vida de sus hijos, envueltos en una manta blanca— tienen una similitud pasajera (y más bien forzada) con las de la campaña.

Zara retiró la campaña de inmediato. Todo porque un grupo de gente tiene que verlo todo en términos del conflicto, aunque en el mundo estén ocurriendo muchas otras cosas que nada tienen que ver.

No seré yo quien objete un boycott a Zara ni a ninguna otra compañía con un historial de explotación laboral similar, pero creo que siempre debe ser por los motivos adecuados; y, lo siento, pero sentirse ofendido por la percibida similitud entre las imágenes de la campaña creadas meses antes de que estallara la guerra y las de la destrucción en Gaza es una base bastante tenue para llamar al saboteo de la marca.

La compañía (israelí) de ciberseguridad Cyabra reportó que el 39% de los perfiles que interactuaron con Zara en redes sociales durante el boycott eran cuentas falsas.

Trauma generacional y relativismo moral

El desplazamiento forzado palestino y la ocupación israelí de Gaza y Cisjordania ha resultado en la simpatía y solidaridad de todas las personas que pueden invocar por lo menos un atisbo de empatía; dentro de ese grupo hay un subconjunto de personas que en nombre de la justicia para con Palestina han llegado a justificar los ataques terroristas de grupos como Hamás y Hezbolá — al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros para juzgar lo que está bien y lo que está mal, cuando la población palestina tiene un comprensible trauma intergeneracional que excusaría incluso los actos más despreciables?

Esta es una estrategia bochornosamente perdedora, por tres motivos: primero, porque a Hamás y Hezbolá les importa tres hectáreas de chorota el trauma palestino — ellos están ahí para cometer un genocidio contra los judíos.

Segundo, porque si la superioridad moral justifica abrazar la barbarie, eso sólo abre la puerta a una espiral de violencia cada vez más desgarradora en la que, para completar, Israel estaría en una mejor posición —económica, táctica, logística y armamentística— para vencer. (Y quien se rebaja a la crueldad nunca tuvo la superioridad moral, en primer lugar.)

Y tercero, porque la historia del pueblo judío está a rebosar con trauma generacional, empezando hace casi 3000 años, por lo menos desde el asedio asirio de Senaquerib en el 701 AEC, seguido del asedio babilonio a manos de Nabucodonosor II (en el 587 AEC, en el que se dio la primera destrucción del Templo de Salomón).

Quien afirma que el trauma generacional justifica comportarse de maneras inexcusables, le está haciendo un gigantesco favor a los sionistas que defienden la ocupación de los territorios palestinos, dándoles una excusa que les cae como anillo al dedo.

Por otra parte, la moda de no juzgar —so pena de no llegar a conclusiones que alguien más pueda encontrar ofensivas— es una prescripción para inutilizar las neuronas y suspender nuestras capacidades críticas. En toda la historia de nuestra especie, la capacidad de hacer juicios de valor ha sido fundamental no sólo para nuestra supervivencia, sino también para cualquier cantidad de progreso moral que hayamos podido adelantar. Es en conflictos complejos y difíciles, como el palestino-israelí, donde se vuelve aún más imperativo que le demos trabajo a las celulitas grises.

Racismo, tierra, y asimetría de poder

Hay tres enfoques que suelen dominar las notas de prensa y los comentarios en redes sociales, a los cuales se suele reducir el conflicto israelí y palestino, o mejor dicho las motivaciones de Israel. Estos enfoques chocan de plano con la realidad, aunque no por eso parece que vayan a dejar de ser utilizados.

El primero es el que afirma que el conflicto no es más que racismo, en el que Israel estaría motivado por una ideología de supremacía racial, según la cuál supuestamente quieren exterminar a los palestinos, a quienes verían como racialmente inferiores. Esta lectura parece ser un intento por acomodar la de por sí defectuosa lectura de las relaciones raciales en EEUU al problema de Israel y Palestina, acusando a Israel de ser impulsados por la supremacía blanca.

Esta interpretación se encuentra con dos grandes problemas: primero, asume las intenciones de todo un país, sin tener ninguna evidencia concreta de que esto sea lo que impulsa sus acciones; afirmaciones de este calibre requieren de evidencias proporcionalmente robustas. Segundo, se deja por fuera el hecho de que el conjunto del pueblo judío es étnicamente diverso, como lo demuestran las varias comunidades judías de países africanos y de India — ¡incluso hay árabes judíos!

Otro enfoque reduccionista busca explicar todo el conflicto en términos de tierra. Esta interpretación tiene mérito, puesto que el conflicto sí involucra disputas por el terreno, pero reducirlo por completo a una simple discrepancia por la propiedad horizontal es ridículo. Las disputas por terreno que sólo son por las tierras suelen ser resueltas muchísimo más rápido y fácil que las disputas por tierra que son impulsadas por la ideología.

Y en este caso tenemos dos ideologías en disputa por un pedazo de tierra. Dos ideologías supersticioas, absurdas, reaccionarias y mesiánicas. Esto es algo que los propios involucrados no hacen demasiado esfuerzo por disimular. Por ejemplo, los clérigos musulmanes repiten explícita y exasperadamente que, de hecho, no es un simple conflicto por la tierra: “Supongamos que los judíos dijeran ‘Palestina — ustedes [los musulmanes] pueden tomarla’. ¿Estaría bien, entonces? ¿Qué les diríamos? No. El problema es de creencias, no de tierras“.

La extrema derecha israelí tampoco ha pretendido que esto sea un conflicto de tierras sin más, y han hecho explícita su idea de que la totalidad del territorio palestino le pertenece a los judíos por orden de dios, porque Yahvé les habría legado ese pedazo de tierra como pueblo elegido.

Así que reducir el conflicto a un problema de tierras tiene tanto sentido como pretender que la gestión del prespuesto es el principal problema de alguien que quiere comprar todas las puntillas de la ciudad para que ningún ángel se quede sin dónde bailar.

El tercer enfoque que me parece erróneo es el de la asimetría de poder, que reduce todo el conflicto (de hecho, todos los conflictos, y situaciones que ni siquiera son conflictos) a un choque entre víctimas y victimarios, en el que Israel es el victimario automáticamente por el hecho de tener mucho más poder que Palestina — no es un argumento que no hayamos encontrado antes, por ejemplo con las personas que no se atrevían a condenar los abusos sexuales de Bill Cosby porque por su color de piel lo categorizaban como una víctima (!!), alguien carente de poder (y como, además, ha hecho carrera la también disparatada idea de que la violación es un acto de poder, entonces Cosby, al carecer de poder no podría haber abusado sexualmente de sus víctimas).

Por supuesto, esto no sólo le niega agencia al pueblo palestino por parte de gente que dice importarle la autodeterminación palestina, sino que además es un enfoque que niega la realidad por completo: 1) no todas las interacciones son de víctima y victimario; 2) poseer poder —lo que quiera que eso signifique— no hace a nadie automáticamente victimario, y carecer del mismo no hace a nadie automáticamente víctima; 3) uno puede ser víctima y victimario al mismo tiempo, y en el mismo conflicto.

Además, este enfoque se encuentra con el problema axiomático adicional de que si el mundo se divide en víctimas y victimarios, entonces el pueblo judío —al haber sido la principal víctima del Tercer Reich— no podrían ser catalogados como victimarios. O a sus proponentes ya les tocaría entrar en el terrno de la negación del Holocausto.

Y, como no se cansa de recordarnos, la realidad no tiene por qué adaptarse a nuestras limitadas categorías mentales — lo cierto es que el conflicto es bastante más feo y complejo de lo que puede abarcar este simplismo taxonómico.

PREGUNTAS PENDIENTES


¿Cuáles son las fronteras de Israel?

En este momento, cualquier solución propuesta de uno, dos o tres estados se encuentra con el problema de que nadie sabe a ciencia cierta cuáles son las fronteras de Israel — ni siquiera dentro del propio Israel se han podido poner de acuerdo en decirnos cuál es la totalidad de su extensión territorial y, por consiguiente, cuáles son sus fronteras. Por el momento sólo se tiene certeza en sus fronteras con Egipto y Jordania, tras sus respectivos tratados de paz, pero sus fronteras al norte, con Líbano y Siria no han sido delimitadas oficial ni formalmente; y su frontera con Cisjordania tampoco está clara — especialmente tras la construcción del muro en 2005.

¿Por qué valen más unas vidas árabes y musulmanas que otras?

Probablemente la experiencia de vida de un ciudadano palestino dista bastante de ser un paseo por el parque: la vida en Gaza parece ser especialmente asfixiante para cualquiera que no adhiera a una estricta interpretación del islam, o que sea mujer, o no-heterosexual, o que se desvíe de los más sexistas roles de género; la vida en Cisjordania tampoco suena particularmente apetecible, viviendo entre la ocupación militar israelí, los colonos judíos y la a partes iguales despótica y anémica Autoridad Nacional Palestina.

Sus vidas son valiosas, y creo que es enteramente justificada y justificable la indignación ante sus humillaciones, maltratos, desplazamientos forzados, falta de acceso a recursos y demás vejaciones a las que han sido y siguen siendo sometidos. Cada segundo que pasa en el que esta situación no se ha solucionado es una desgracia.

Al mismo tiempo, existen otros millones de palestinos en campos de refugiados por fuera de los territorios ocupados, como en Líbano y Jordania, cuyas vidas podrían ser mejoradas sustancialmente de manera mucho más inmediata que las de sus compatriotas en Gaza y Cisjordania.

Por alguna razón, a pesar de que hay más palestinos en los campamentos de Jordania y Líbano que en la propia Palestina, en Occidente no se pone suficiente énfasis en mejorar las condiciones materiales de los palestinos en los campamentos de refugiados. Y aunque es comprensible que eso de ninguna manera serviría para satisfacer la aspiración de tener su propio Estado, nadie puede disputar que es mejor sólo carecer de Estado a carecer de Estado y tampoco tener cubiertas las necesidades básicas.

Y eso que los palestinos reciben un trato excepcional, para ser no-occidentales: desde 2014, el gobierno chino encarceló a más de un millón de musulmanes uigures sin ningún proceso legal en campos de concentración en lo que ha sido la mayor detención de minorías étnicas y religiosas desde la Segunda Guerra Mundial. ¿Por qué no ha habido multitudinarias manifestaciones en las ciudades occidentales acusando al cretino de Xi Jinping de islamofobia?

Desde 2016, el ejército y la policía de Birmania (una teocracia budista) han llevado a cabo masacres, violaciones y quema de las viviendas de los musulmanes rohinyá, una operación de limpieza étnica que califica sin lugar a dudas como un genocidio. ¿Dónde ha estado la indignación occidental?

Entre 2020 y 2022, alrededor 700.000 etíopes de Tigray fueron víctimas de limpieza étnica por parte de los gobiernos de Etiopía y Eritrea, y las manifestaciones en las ciudades occidentales brillaron por su ausencia.

En Azerbaiyán, el número de armenios de la región de Nagorno Karabaj que han sufrido limpieza étnica superó los 100.000 en octubre de 2023, y nadie salió indignado a las calles de EEUU o Europa.

¿Y qué hay del 1,5 millón de afganos refugiados que Pakistán quiere expulsar y entregarle a los talibanes? Gorjeo de grillos.

Desde 1974 Turquía ha mantenido una ocupación en la zona norte de Chipre, creando asentamientos de colonos turcos, y ha cometido limpieza étnica contra los chipriotas de ascendencia griega, forzando su desplazamiento a la parte sur de la isla o por fuera del país. ¿Por qué nadie ha iniciado un movimiento similar al de boycott, desinversiones y sanciones contra Turquía, en nombre de la libertad chipriota? (A ver, es una pregunta retórica — y, sí, ya sé, porque Israel es especial y recibe un tratamiento preferencial, y así mismo merece ser juzgado con estándares más altos; aunque si quisiera argumentar el punto, Turquía cuenta con el respaldo de todos los países de la OTÁN, así que no es que se encuentre precisamente en una posición geopolítica precaria. En fin…)

Durante sus 30 años de dictadura, Háfez al-Ássad trató de posicionar a Siria como la piedra angular del eje de la resistencia árabe contra Israel. Para ello buscó garantizar que los refugiados palestinos en Siria tuvieran una vida mejor que los palestinos de cualquier otro lugar de Medio Oriente; su idea era ser considerado como el máximo defensor de los derechos de los palestinos — ahí nació Yarmouk, un campamento de refugiados palestinos en Damasco, en el que los palestinos podían llevar vidas relativamente decentes (no vivían en carpas sino en edificios, y estaban bastante cerca del centro de la ciudad); en Siria los palestinos gozaron de un estatus casi igual al de los ciudadanos, con acceso a educación y salud. Al inicio de la guerra civil, en 2011, el gobierno de Bashar al-Assad usó a los palestinos como carne de cañón en la frontera con Israel, y más adelante, cuando Yarmouk cayó bajo el control de los rebeldes, al-Ássad los bombardeó; desde entonces, los palestinos de Yarmouk han vivido en condiciones bastante similares, y a ratos peores, que las de sus connacionales de Gaza, pero la indignación por esto en Occidente ha sido varios órdenes de magnitud menor.

Posiblemente lo más ofensivo sea rasgarse las vestiduras porque a los árabes palestinos se les esté impidiendo el ejercicio de su autonomía como pueblo y al mismo tiempo callar ante las atrocidades que por décadas llevan cometiendo TurquíaSiria, e Irak contra la población kurda — un grupo étnico musulmán que lleva años tratando de poder levantar su propia nación y Estado, y que Occidente sigue tratando como una mierda, a quienes a cambio de su colaboración contra el país teocrático de turno de la región siempre les promete ayudar para que puedan salir del yugo de sus correligionarios, para luego incumplir la promesa una, y otra, y otra vez. En varios países, el pueblo kurdo ha sido sometido a genocidio, limpieza étnica y apartheid. Y el silencio por la indignación en las ciudades occidentales tanto por el trato a los kurdos como por las promesas rotas es ensordecedor.

Así que vale la pena preguntar: ¿por qué la excepcionalidad de las vidas palestinas? ¿Y por qué particularmente la de las almas palestinas que viven en Palestina?

El récord de vidas musulmanas arruinadas y destruidas lo tienen los regímenes autocráticos de los países de mayoría musulmana — los propios árabes de a pie son las víctimas más inmediatas y numerosas de la teocracia, y de que los clérigos dicten la parada en una sociedad. Si el absurdo término “islamofobia” tuviera algún significado real y su función no fuera paralizar a los asustados occidentales de ser tachados de algo similar a ser racistas por el hecho de cuestionar el islam o un gobierno islámico, de seguro que los primeros que merecerían la etiqueta serían los dictadores de los países de mayoría musulmana. Cuando cientos de miles de musulmanes han muerto a manos de Gaddafi, la dinastía al-Assad, Omar al-Bashir, la monarquía saudí o el régimen Khamenei, la grandiosa capacidad de indignación occidental no se ha hecho presente.

Las vidas árabes y musulmanas sólo parecen importar en función de que sean victimizados por occidentales. Si no nos generan culpa (o motivos para reclamarle al gobierno o rajar de EEUU), es como si no importaran tanto.

¿Cuáles son las formas legítimas de que Israel se defienda?

Independientemente de qué tan justificada o ilegítima puede parecerle a alguien la existencia de Israel, el hecho es que ya es un país que cuenta con 75 años de existencia, y en donde por lo menos dos generaciones de israelíes han construido sus vidas, y es lo único que conocen.

Así que, como cualquier otro país, Israel tiene el derecho a defenderse cuando es atacado. Sin embargo, lo que hemos visto es que Israel es acusado de excederse en su respuesta en todos y cada uno de los casos — las veces en las que sí lo ha hecho, y también en las veces que no.

Y hemos llegado al punto de que Israel es acusado de barbaridades incluso antes de que supuestamente las haya cometido. Por ejemplo, tras los ataques terroristas de Hamás el 7 de octubre de 2023, no escasearon los comentaristas que se lamentaban por las futuras víctimas de la respuesta israelí, antes de que esta hubiera empezado siquiera.

Incluso recién iniciada la campaña de invasión por tierra, cuando muchos detalles todavía no habían salido a la luz, Israel fue acusado de cometer crímenes de guerra. Ese resultado no es exactamente impensable, pero antes de conocer la extensión de los objetivos militares y el grado de éxito de la misión, era imposible concluir definitivamente que se habían cometido crímenes de guerra. Y aún así, Israel es acusado de esto antes de que se tengan todos los elementos de juicio necesarios para afirmarlo.

Pero si Israel tiene el derecho a defenderse, entonces tiene que haber formas mediante las cuales esa defensa pueda materializarse de forma legítima. Quienes saltan automáticamente a acusar a Israel de violar el derecho internacional humanitario antes de contar con evidencia de esto, o los que piden que Israel no responda cuando Hamás rompe los ceses al fuego, harían bien en decirnos cuál es la anatomía aceptable que debe tomar el derecho a la defensa de Israel.

¿Cuál es la relación de Gaza y Hamás?

Uno de los principales problemas de los ciudadanos palestinos en Gaza y Cisjordania es que por años se les ha privado de su derecho a la autodeterminación. En 2006, los palestinos eligieron mayoritariamente a Hamás en su cuerpo legislativo y gabinete; en ese momento, Hamás se tomó Gaza, asesinó a la oposición, abolió las elecciones, y desde entonces es la fuerza política dominante de la Franja, a la vez que se encarga de la seguridad — hace las veces de gobierno, pues.

Si Hamás es el gobierno elegido por el pueblo palestino y el que para efectos prácticos hace las veces de Estado en la Franja de Gaza, y ellos lanzan ataques contra Israel, ¿no es eso equivalente a un acto de declaración de guerra? ¿Es Hamás el representante legítimo de los ciudadanos de la Franja de Gaza?

Por hacer una comparación, en 1982 las fuerzas armadas al mando del dictador argentino Leopoldo Galtieri invadieron las Islas Malvinas, que eran del Reino Unido, dando comienzo a un conflicto entre los dos países. A pesar de que la dictadura militar se había instalado tras un golpe de Estado, la guerra en las Malvinas es considerado como un conflicto entre ambos países. El gobierno de Thatcher no se molestó en reconocer la diferencia entre la Junta Militar y los ciudadanos argentinos a los que esta oprimía.

La situación política de los ciudadanos de Gaza es tremendamente complicada: aunque Hamás no es precisamente popular entre los palestinos de a pie, para sorpresa de algunos despistados, la población civil gazana comparte con Hamás el desprecio a los judíos; el antisemitismo goza de buena salud en la Franja de Gaza. La política del enemigo en común hace enteramente posible que gazanos que desprecian a Hamás les aplaudan los ataques terroristas por el simple hecho de ser cometidos contra judíos.

Y quedamos con algunas preguntas pendientes sobre la relación de poder en la Franja de Gaza. ¿Acaso no está fracasando Hamás en su obligación de proteger a los ciudadanos de Gaza? ¿No merecen también ellos una condena por el tratamiento que le dan, ya no a los israelíes y judíos, sino también a sus propios ciudadanos?

Por otro lado, en los últimos años, Hamás ha caído bajo la influencia de Irán. ¿Está Gaza en camino de convertirse en un ‘Estado’-marioneta de Irán? ¿Acaso no derrota eso también el derecho a la autodeterminación palestina?

¿Cómo puede haber autodeterminación sin democracia?

El derecho a la autodeterminación es un principio del derecho internacional que establece que los pueblos tienen derecho a elegir libremente su soberanía y su condición política internacional, que se basa en la igualdad de derechos y de oportunidades de los ciudadanos.

La igualdad de derechos y oportunidades es un producto democrático del que una sociedad necesita disponer para poder determinar su propio rumbo — elegir a sus gobernantes y sus leyes, y poder cambiarlos cuando estos ya no funcionan. No tiene demasiado sentido, pues, hablar de la “autodeterminación” de un pueblo que vive bajo una monarquía absoluta, o una dictadura, o cualquier otro sabor de autocracia. No puede haber igualdad de derechos y oportunidades en las sociedades donde hay una familia real, una casta, una junta militar, un partido único, un líder de culto, o un caudillo que se encuentra por encima de la ley, y que cuenta con el poder para modificarla a su antojo.

Esto presenta un problema para las personas que creen que lo único que impide el derecho a la autodeterminación palestina es la ocupación israelí y el bloqueo fronterizo para el ingreso de bienes y recursos, pues las autoridades palestinas —o sea, la Autoridad Nacional Palestina en Cisjordania, y Hamás en la Franja de Gaza— no se encuentran precisamente cerca de ser gobernantes democráticos, con los que el pueblo palestino pueda decidir su propio rumbo.

El hecho de que Hamás haya asesinado a sus oponentes de la Autoridad Nacional Palestina y abolido las elecciones en Gaza deja ver que su talante político es a la democracia lo que Stephen Hawking era al triateltismo.

De hecho, este es un problema que no sólo afecta a Palestina, sino a todos los países de mayoría musulmana. El derecho a la autodeterminación es importante porque es la expresión de autonomía en la que cada sociedad tiene la opción de elegir sus formas de gobierno y a sus gobernantes, y a cambiarlos según les parezca. Este es un derecho humano irrenunciable.

¿Está realmente preocupado por la autodeterminación palestina alguien que sólo quiere que Israel termine la ocupación en Cisjordania y abra las fronteras de Gaza (junto con Egipto), aún cuando esto implique que los palestinos queden en manos de dos organismos profundamente corruptos que se aferran al poder como un clavo ardiendo? ¿Es realmente “autodeterminación” si los palestinos de a pie pasan de ser oprimidos por Israel, Hamás y la ANP, a sólo ser oprimidos por sus connacionales?

El derecho a la autodeterminación suena muy bonito en el papel, pero en la práctica requiere tener sistemas de pesos y contrapesos que garanticen el goce y disfrute de los derechos por parte de los ciudadanos de a pie.

A juzgar por la nula indignación que parece haber en Occidente por los excesos que cometen los caciques de los pueblos nativos a quienes se les ha permitido tener sus propios sistemas de gobierno y una administración justicia paralela a la del país donde se encuentran, y la completa falta de interés que los occidentales muestran ante las genuinas atrocidades con las que los gobiernos islámicos reprimen a sus propios ciudadanos de manera sistemática, yo me atrevería a vaticinar que la preocupación por las vidas palestinas se multiplicaría por cero una vez que la opresión quedara exclusivamente en manos de otros palestinos.

¿Quiénes se benefician de que siga el conflicto?

Nominalmente existen tres posturas ante el conflicto palestino-israelí. La sensata es que el conflicto termine con el menor derramamiento de sangre de civiles posible, y que se firme la paz, y las sociedades resultantes puedan convivir tranquilamente en la región, con la mayor cantidad posible de libertades civiles y un absoluto respeto por sus derechos humanos.

Las otras dos posturas son la del más radical sionismo, que desea que Israel se apropie de Gaza y Cisjordania (y en ocasiones también de Jerusalén Oriental, la Península del Sinaí, y los Altos del Golán), y que desconoce la legitimidad de cualquier pretensión palestina; y la postura antisemita, que busca el exterminio de los judíos y la destrucción de Israel como nación judía en Oriente Medio.

Existe, sin embargo, otra postura, que aunque nadie suele esposar abiertamente, es de perogrullo que existe, y esta es la de quienes —además de los fabricantes de armas— se benefician de la existencia del conflicto y, por tanto, no se molestarían si se prolonga tanto como sea posible. El beneficiario más obvio de la existencia del conflicto palestino-israelí (y tal vez en mayor medida también del árabe-israelí) es Irán. La desaparición del conflicto de Oriente Medio significaría que Irán perdería gran parte de su influencia en la región (en donde le tomarían ventaja Arabia Saudita y el propio Israel), a la vez que se estropearía su ventaja diplomática como presunto defensor de los derechos palestinos.

Catar, un aliado de Irán que ha apoyado a Hamás, también se ve beneficiado de la extensión del conflicto; además de la ventaja económica y geopolítica que ofrece el freno en las relaciones de Israel y Arabia Saudita, la extensión del conflicto también beneficia al país porque sigue recibiendo jugosos dividendos de la lujosa vida que le ofrece a los dirigentes de Hamás y porque su brazo de propaganda estatal tiene un cubrimiento casi exclusivo de la Franja de Gaza sin tener que preocuparse demasiado por la censura estatal.

El otro aliado de Irán que se beneficia de la extensión del conflicto es Bashar al-Ássad, pues a pesar de haber despedazado a Siria desde antes de que estallara la guerra civil en 2011, su régimen todavía mantiene el control del 70% del país. Esta cuota de poder y territorio podría verse amenazada si hay paz en Israel y Palestina, y el mundo entonces desarrolla un mayor desdén por la violencia intrarreligiosa. Los palestinos (y Arabia Saudita) podrían apoyar a la facción kurda y/o a la mayoría sunita del país; algo que está garantizado que no va a pasar mientras siga el conflicto con Israel.

Un beneficiario menos obvio de que el conflicto se extienda es el propio Hamás. Ellos hicieron la maniobra Uribe, convirtiendo toda su raison d’etre en la erradicación de una presunta amenaza, atando así su existencia de manera indisoluble a la existencia de dicha amenaza. Pero la cúpula de Hamás (compuesta por Ismail HaniyehMoussa Abu Marzuk y Khaled Mashal) ya ha probado las delicias terrenales, y vivir a cuerpo de rey no les ha sentado demasiado mal, así que si algún día Israel dejara de existir, ya no habría una amenaza que justificara todos los recursos que se le envían a los palestinos y de los que ellos se apropian para despilfarrar en mansiones en Catar. No en vano Hamás rechazó la propuesta de cese al fuego ofrecida por Egipto, en la cual ellos renunciarían al poder en Gaza a cambio de poder huír sin ser perseguidos por sus crímenes de guerra.

Otro beneficiario de que el conflicto permanezca es el propio Benjamin Netanyahu, quien antes del ataque terrorista del 7 de octubre de 2023 se enfrentaba a un problema de baja popularidad y el juicio por corrupción, que amenazaban su estadía en el poder. Desde octubre, Netanyahu ha aprovechado para aferrarse más al poder. Para impedir el desarrollo de un estado palestino, la estrategia de Netanyahu fue fortalecer a Hamás — es claro que el dichoso Bibi preferiría un conflicto perpetuo a una solución de dos estados en donde Palestina conviva pacíficamente con Israel.

RusiaChina y Corea del Norte también son beneficiarios indirectos de que el conflicto se extienda, pues un Occidente concentrado en Medio Oriente significa una comunidad internacional con menos ancho de banda para mirar con más lupa los abusos cometidos en estos países. (Lo mismo también aplica a Irán y Siria.)

¿Dónde está la inteligencia israelí?

Aunque los servicios de inteligencia israelí son reconocidos mundialmente —especialmente el Mossad—, el desempeño israelí en el conflicto parece estar guiado principalmente por impulsos reaccionarios, que le han costado mucho, y a día de hoy siguen jugando en su contra.

Por ejemplo, en su respuesta ante los ataques de Hamás de octubre de 2023, Israel ha matado a decenas de miles de palestinos inocentes, lo que le costó cualquier simpatía que el ataque inicial pudiera haberle granjeado. Con sus respuestas de mano dura, el ejército de Israel ha conseguido que el mundo entero se enfoque en la causa palestina (lo cual no está mal, aunque seguramente no sirve a sus intereses); y las redes sociales mostrando cuerpos de niños palestinos destrozados han conseguido mucha simpatía ya no sólo hacia la causa palestina sino, también, hacia el propio Hamás.

Todo esto era previsible y prevenible. A finales de agosto de 2023, Yigal Carmon, ex-agente de inteligencia y fundador del Middle East Media Research Institute (MEMRI), sonaba las alarmas por los signos de que se avecinaba una guerra, y todo parece indicar que el gobierno israelí no le prestó ninguna atención.

Para completar, desde que Hamás ha usado a los palestinos como escudos humanos, Israel tenía que saber que estaba acorralado en una posición muy difícil, de la que sólo podría salir con precisión quirúrgica. A ver: el derramamiento de sangre israelí le conviene Hamás, el derramamiento de sangre palestina le conviene Hamás, que Israel no haga nada ante los ataques le conviene a Hamás, que Israel responda a la malditasea y con decenas de miles de vidas civiles segadas como “daño colateral” le conviene a Hamás, que Israel bombardee hospitales o campamentos de refugiados donde se puedan esconder militantes de Hamás le conviene a Hamás, que los palestinos le hagan caso a Israel cuando este les advierte de bombardeos para que abandonen sus casas le conviene a Hamás, que los palestinos le hagan caso a Hamás y no salgan de sus casas también le conviene a Hamás.

Yo no soy estratega militar, y puedo estar equivocado, pero tras cinco minutos de pensar una posible estrategia, se me ocurre que Israel podría retirar los asentamientos de Cisjordania, y buscar alianzas con la Autoridad Nacional Palestina para empoderarla y debilitar a Hamás (algo parecido a lo que en su momento hizo con Hamás para debilitar a la OLP). Israel también habría podido apoyarse en el puñado de países sunitas con los que normalizó relaciones para que le ayudaran en la elaboración de su respuesta al ataque terrorista.

La inteligencia israelí ha tenido este escenario en ciernes durante años, y no se explica que no se les haya ocurrido algo mejor que hacer exactamente varias de las cosas que le convienen a Hamás, además de nombrar a un filósofo posmoderno como jefe del Estado Mayor de sus Fuerzas Armadas (sí, es en serio). ¿Cómo esperaban repeler satisfactoriamente los ataques terroristas a punta de doctrinas que parten de negar la realidad objetiva?

Y parece que todavía tienen todo el trabajo por hacer: si aún no han comprendido que la morfología del terrorismo consiste en recurrir a la violencia de manera particularmente cruel y alarmante para conseguir un cambio de conducta de alguien más que los acerca a conseguir un objetivo que de otra manera no podrían alcanzar con sus limitados recursos y poder, entonces no sé qué han estado haciendo. Los bombardeos más indiscriminados y el asedio por tierra son comportamientos que benefician a Hamás; que la respuesta de Israel al ataque del 7 de octubre fuera tan reaccionaria redundó en que Arabia Saudita congelara el proceso de normalización de relaciones con el país judío y en cambio se acercara a Irán.

Así que vale la pena preguntarse: ¿dónde está la inteligencia israelí?

¿Tienen un sesgo anti-Israel los organismos internacionales?

El tratamiento al que Israel ha sometido a los árabes palestinos en los territorios ocupados ha sido catalogado como apartheid, y no es difícil entender por qué.

La acusación, sin embargo, tiene orígenes un poco más polémicos: unos días antes del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001, en la ciudad sudafricana de Durban se celebró la Conferencia Mundial contra el Racismo, un evento auspiciado por la ONU.

Aprovechando que la conferencia celebraba el fin del sistema de apartheid en Sudáfrica, el comité de países que se reunieron en Teherán presentó un texto que acusaba a Israel de cometer “un nuevo tipo de apartheid” y “una forma de genocidio” contra los palestinos; la conferencia debatió sobre si el sionismo equivalía al racismo —lo que llevó a la retirada israelí y americana de la Conferencia— y el texto aprobado finalmente desestimó el lenguaje antisionista y las acusaciones de racismo contra Israel.

Al mismo tiempo, en paralelo a la conferencia de países se llevaba a cabo la conferencia de ONGs, en la que participaron casi 1500 organizaciones de derechos humanos.

Las ONGs sudafricanas impulsaron que se retomara el texto rechazado por la ONU, aduciendo que los activistas propalestinos los habían apoyado en su lucha contra el apartheid, y que no serían ellos quienes apoyarían un régimen similar. (Al parecer estas ONGs olvidaron bastante rápido que Israel también se sumó al boycott y aislamiento de Sudáfrica durante el apartheid.)

La Conferencia de ONGs retomó entonces el texto desechado por la Conferencia de países, y lo adoptó en su resolución final, en la que pedían a la comunidad internacional que se le impusiera una política de aislamiento completo y total a Israel, así como se había hecho en Sudáfrica — es lo que grupos sionistas han denominado Estrategia Durban.

Varios asistentes a la conferencia de ONGs denunciaron que la misma estuvo inmersa en propaganda antisemita: se repartieron copias de los Protocolos de los Sabios de Sión, la Unión de Abogados Árabes repartió panfletos con caricaturas antisemitas, hubo imágenes de inversión del Holocausto (con fotos de soldados israelíes con esvásticas sobrepuestas sobre sus caras), y también circuló una foto de Hitler con el texto “¿Y si él hubiera ganado? No habría existido Israel y no se habría derramado sangre palestina“. También hay reportes de que hubo marchas propalestinas en las que figuró prominentemente una pancarta que decía que “Hitler debería haber terminado el trabajo“.

El dicho de que la realidad supera la ficción seguramente aplica perfectamente a este escenario absolutamente distópico en el que una conferencia contra el racismo, celebrando la caída del sistema de apartheid, y que contaba con la participación de miles de ONGs de DDHH, terminó convertida en una plataforma para alabar las supuestas virtudes de HitlerFacepalm!

Amnistía Internacional, Human Rights Watch y otras de las principales organizaciones de derechos humanos respaldaron la resolución (!) , y sólo unos días después se atrevieron a condenar el lenguaje de la misma, aunque esto no impidió que mantuvieran su apoyo.

Más de 20 años después, parece que la adopción de la resolución en Durban I (de la que ha habido otras tres conferencias, con cada vez más países occidentales retirándose por sus posturas antisemitas cada vez más descabelladas) terminó por convertirse en la política interna de las organizaciones de DDHH. Aunque puedan estar haciendo un muy buen trabajo en otras regiones del mundo y otros temas, en más de una ocasión Amnistía Internacional y HRW han demostrado un gran punto ciego cuando se trata del Medio Oriente, y en no pocas situaciones sus posturas han sido de respaldo a las más tétricas teocracias islámicas, defraudando y dándole la espalda a quienes deberían estar ayudando en primer lugar — las víctimas de las dictaduras.

Tampoco ha habido escasez de casos en los que los altos dirigentes de las organizaciones de DDHH han coqueteado con el antisemitismo. Para la muestra, Danielle Haas, editora jefe de HRW durante 13 años, escribió un sentido correo de despedida a sus compañeros y colegas, tras renunciar a la organización, ante su cada vez más notorio antisemitismo, y absoluta falta de interés por matizar y contextualizar la información que publican respecto a Oriente Medio.

La ONU y varios de sus Consejos y Comisiones también han sido acusados de tener un sesgo anti-israelí. El argumento más poderoso en este sentido ha venido por parte de dos Secretarios Generales de la ONU, Kofi Annan y Ban Ki Moon, quienes han confirmado que la organización intergubernamental tiene un sesgo anti-israelí.

Por ejemplo, en 2023 la Asamblea General de la ONU adoptó 21 resoluciones, 14 de las cuales condenaban a Israel, y siete a otros países — EEUU, Corea del Norte, Irán, Siria y Birmania se llevaron una cada uno, y Rusia se llevó dos. Las víctimas de violaciones de DDHH por parte de los regímenes en China, Venezuela (¡que en estos momentos pretende anexarse dos terceras partes de Guyana!), Arabia Saudita, Cuba, Turquía, Pakistán, Vietnam, Argelia y la propia Franja de Gaza no merecieron la consideración de la Asamblea General.

En otro ejemplo, el 7 de octubre de 2023, militantes de Hamás cometieron abusos sexuales y violaciones contra mujeres israelíes y mujeres de turismo en Israel, actos que los terroristas grabaron con cámaras GoPro, para luego subir a Internet. ONU Mujeres condenó estos actos inicialmente, pero rápidamente borró los posts, y su condena de la violencia sexual islámica es prácticamente inexistente, aunque abundan sus referencias a todas las vejaciones que sufren las mujeres palestinas… por cuenta de la ocupación israelí, claro está; no por las acciones de Hamás. Sólo después de dos meses y mucha presión por su ensordecedor silencio, ONU Mujeres se dignó finalmente a publicar un escueto comunicado condenando las violaciones (no sin primero lamentarse de que las operaciones militares continúen).

Durante años, la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA) se ha enfrentado a muchísimas polémicas por su cercanía y simpatía con Hamás, y el antisemitismo que parece reinar en la organización. Desde el ataque terrorista del 7 de octubre de 2023, UNRWA se ha visto envuelta en por lo menos dos grandes polémicas de este tipo.

Primero, un reporte encontró que varios profesores de la UNRWA celebraron la masacre del 7 de octubre en el canal de Telegram creado para coordinar a los más de 3000 miembros del personal. Segundo, se descubrió que 12 miembros de la UNRWA participaron de dichos ataques (!), lo que llevó a varios países a suspender la financiación de la organización. Ha habido otros casos, como el mencionado más arriba, en el que que los profesores de la UNRWA utilizan libros de texto y ejemplos que buscan inculcar antisemitismo y prepararlos para el reclutamiento en las filas del terrorismo.

Que los organismos internacionales hayan adoptado un sesgo marcadamente anti-israelí (y en ocasiones le hagan el juego al antisemitismo) es un acontecimiento que juega directamente en contra de los derechos humanos en la región, tanto de palestinos como de israelíes, porque le resta credibilidad a cualquier denuncia legítima que puedan hacer. La excepcionalidad israelí no tendría por qué operar aquí: las denuncias y resoluciones contra países que violan DDHH deben hacerse en consideración de la magnitud y escala de dichas violaciones, y alguien tendrá que explicarme cómo es que Israel puede ser condenado 14 veces el mismo año pero el mundo no tiene un minuto para las atrocidades de los talibanes en Afganistán.

¿Por qué la certeza?

Escribiendo este artículo he aprendido muchas cosas sobre Israel, Palestina, Oriente Medio, el judaísmo, y el islam; y sé que hay muchas más que todavía me quedan por aprender — es un tema profundamente extenso y complejo, con carrotancados de atrocidades por parte de distintos actores, que simplemente no puede ser reducido al molde de buenos y malos.

Esto no es como elegir un equipo deportivo al qué apoyar; aquí hay de por medio vidas humanas que merecen mucho más que simplistas reducciones a estereotipos de película y demostraciones de afiliación tribal.

¿Cómo es que en este tema abundan individuos con la certeza propia de temas más sencillos?

ELEGIR BANDO Y RESOLVER EL CONFLICTO


Vaya por delante que esto de elegir bando me parece más una trampa tribalista que otra cosa, pues cuando uno se compromete con un bando luego se siente obligado demostrar su fidelidad al grupo incluso, o mejor dicho, especialmente cuando el grupo hace cosas reprochables o va más lejos de lo que uno habría considerado legítimo antes de jurarles lealtad. Esto me parece un atajo para renunciar a la independencia intelectual y apagar las facultades de pensamiento crítico. (Es la misma razón por la que no me llamo “aliado” de ninguna de las causas sociales que apoyo — puedo estar de acuerdo con sus fines y algunos de sus medios, pero me reservo el derecho a discrepar.)

El primer requisito para resolver el conflicto debe ser necesariamente reconocer sus causas objetivas, a pesar de que esto pueda ofender muchas sensibilidades. Por ejemplo, negar que el palestino-israelí es un conflicto primordialmente religioso es una receta para extenderlo efectivamente de manera indefinida. Ignorar o hacer a un lado la inspiración ‘divina’ del conflicto en Israel y Palestina lo único que consigue es prolongarlo — en español castizo y coloquial, decir que no es un conflicto principalmente religioso equivale a preferir la muerte de civiles inocentes, tanto árabes como judíos, a tener que hacerle frente a los matones religiosos y decirles de una buena vez que, por definición, las políticas públicas de las sociedades razonablemente pacíficas no están sometidas a los caprichos supersticiosos de analfabetos pastores de cabras de hace miles de años que ni siquiera tenían acceso a la electricidad y que mucho menos tenían ni pajolera idea de cómo funciona el Universo; que su delirio de grandeza de ser “pueblos elegidos” o tener acceso a territorios ‘sagrados’ no es una base aceptable para trazar los límites geográficos de ningún país, y que, por mucho que les pese, son más importantes las vidas humanas que las creencias religiosas.

El segundo requisito sería entender que Israel y Palestina no son los únicos bandos que se pueden elegir — sólo son los más fáciles, la elección por excelencia de individuos intelectualmente perezosos. Pero es evidente que hay bandos más transversales en todo esto; por ejemplo, los teócratas forman un bando que desprecia la democracia y los derechos humanos, y que están dispuestos a cometer auténticas barbaridades contra personas inocentes cuyo único ‘error’ fue nacer en el lugar equivocado, o rechazar al dios de sus afectos.

Ya puestos, si me presionan, yo elegiría el bando de los civiles no-combatientes atrapados contra su voluntad en esta locura mitológica abrahámica. Y es pensando en ellos que debe buscarse una solución al conflicto.

No es inmediatamente claro qué forma podría tomar una solución real, permanente y lo menos injusta posible al conflicto palestino-israelí. De las pocas cosas que son meridianamente claras es que Hamás tiene que desaparecer; no hay ninguna versión de una solución al conflicto palestino-israelí en la que el grupo terrorista (ni ninguno de los demás grupos terroristas que operan en Palestina) siga existiendo.

En el mundo ideal, la solución necesariamente tiene que ser laica, que lo reconozca como un conflicto primordialmente religioso, y que rechace de plano los caprichos teocráticos de Israel y de los musulmanes. Para llegar allí, en mi humilde opinión, Israel tendría que definir cuáles son sus fronteras, retirar todos los asentamientos de Cisjordania, corregir la muralla para que no corte por territorio palestino, y establecer claramente en su política de Estado una renuncia a las pretensiones del sionismo radical de tener soberanía sobre Cisjordania o la Franja de Gaza. Los palestinos por su parte necesitarían rechazar el terrorismo cometido en su nombre, oponerse oficialmente al antisemitismo y combatirlo a nivel social e institucional, y desligarse de cualquier apoyo ofrecido por regímenes que pretendan instrumentalizar su causa para adelantar el antisemitismo y/o evitar que la comunidad internacional le preste demasiada atención a las atrocidades que cometen contra sus propios pueblos.

Entiendo que el pueblo palestino y el israelí han sufrido ambos barbaridades indecibles, y que es apenas natural desear corregir, e incluso vengar, esas injusticias — por eso, es más probable que una eventual solución no sea tan nítida y prístina como la recién propuesta, sino que en el mundo real el conflicto palestino-israelí se termine resolviendo con más injusticias y derramamientos de sangre de los necesarios, y cuando tanto los palestinos como los israelíes pongan en cargos de representación a líderes más moderados y pragmáticos, a quienes les importe más el aquí y ahora de sus pueblos. (Pista: que sean denunciados por los líderes religiosos de cada lado es un buen indicativo.)

A lo mejor muy pocas personas implicadas quieran hacerle frente a esto, pero existe la posibilidad de que la solución pase por hacerle caso omiso a las recompensas del Más Allá, y los supuestos planes ‘divinos’ de propiedad horizontal sobre la región.

¿Cómo es que rezar por Israel y/o por Palestina cada vez que se escala el conflicto es algo remotamente cercano a eso?

(imagen: Georgetown University)

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