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Ahora todos vivimos en un campus universitario americano

Cualquier persona que le siga la pista —aún de lejos— a la política y cultura americanas sabe que desde hace unos años se ha venido dando un giro en la guerra cultural, y que, más pronto que tarde, lo que solía ser un enfrentamiento entre liberales (o progresistas) y conservadores —o izquierda y derecha— se ha venido convirtiendo en un enfrentamiento entre lo que podríamos llamar un libertarianismo civil de corte democrático contra el autoritarismo, con personas de derechas e izquierdas en ambos lados.

Cuando empezamos a notar el cambio, por ejemplo con estudiantes haciendo protestas para que las universidades cancelaran invitaciones a distintos personajes a dar discursos o exigiéndoles que prohibieran invitados de otras asociaciones de estudiantes (por ejemplo, revueltas para cancelar a Ayaan Hirsi Ali, Maryam Namazie y Bill Maher) la respuesta más común a las denuncias de estos excesos era la acusación de “conservador” (?), aunque los menos deshonestos minimizaban el hecho diciendo que así era la vida en los campus de las universidades americanas, y que realmente no valía la pena darle tanta importancia pues esos estudiantes intolerantes ya aprenderían una vez se graduaran y les tocara empezar a construir una trayectoria profesional en el mundo “real”, donde sus disparates no serían tolerados.

Pues bien, llegó el momento y, a juzgar por los eventos de la última semana, parece que ninguno de esos antiguos estudiantes fue notificado de que su rebelión sin causa y desprecio por las libertades ajenas debían quedarse en su fuero interno.

La caída del New York Times

El New York Times venía dando muestras de haber perdido el rumbo desde hace un par de años (más o menos desde que A. G. Sulzberger sucedió a su padre como Editor General, en 2018), cuando las noticias de verdad empezaron a ser reemplazadas por la abierta promoción de todo tipo de charlatanería, su junta editorial le abrió las puertas a Sarah Jeong —cuyas posturas racistas y sexistas harían palidecer a cualquier persona con un mínimo de decencia—, y las prácticas editoriales en la sección de Opinión pasaron del factchecking y la diversidad de opiniones a un ejercicio orwelliano de sumisión a la turba de la corrección política y la absoluta alineación ideológica con las políticas de identidad.

La semana pasada, el New York Times pusó en mora la columna quincenal de recetas de Alison Roman después de que la autora tuviera el descaro de criticar los modelos de negocio de Marie Kondo y Chrissy Teigen durante una entrevista que le hicieron en el portal The New Consumer. Así es: Roman podría perder su columna por dar opiniones controversiales (que Kondo y Teigen abandonaron sus respectivas marcas a cambio de un montón de dinero) que ni siquiera tienen que ver con el periódico en donde publica.

Esta semana, sin embargo, el New York Times llegó más bajo que nunca.

Las protestas pacíficas en todo el país por la muerte de George Floyd debido a la brutalidad policial y el racismo que parece estar inexorablemente ligado a la misma fueron vistas por personas inescrupulosas como la oportunidad perfecta para cometer actos de saqueo y vandalismo, con diferentes respuestas institucionales según el estado y la ciudad donde ocurrieron. Con la característica sensibilidad republicana, el senador por Arkansas Tom Cotton escribió una columna de opinión instando a la administración Trump a que enviara las tropas a detener los saqueos y lo que Cotton denominó la orgía de “violencia” (porque en el mundo donde todo es violencia, los objetos inanimados también son susceptibles de ser víctimas).

El editor de Opinión del Times, el curtido periodista James Bennet, decidió publicar la columna de Cotton. A pesar de que Cotton está más equivocado que ponerle piña a la pizza, Bennet estaba haciendo su trabajo: publicar una columna de opinión relevante a la actualidad con un punto de vista alternativo. La avalancha de críticas al Times en redes sociales, junto con la pataleta de más de 300 trabajadores de abandonar sus puestos de trabajo como protesta, consiguieron que el que alguna vez fue el estándar para un medio de comunicación, optara por no publicar la columna de Cotton en la versión impresa, ponerle un preámbulo con excusas absurdas a la versión en línea, y terminó con la ‘renuncia’ forzada de Bennet.

El fantasma de los Halloweens pasados

No es que esta inquisición por la pureza ideológica sea algo exclusivo del New York Times. Esta misma semana, Adam Rapoport, editor de la revista Bon Appetite, también se vio obligado a renunciar por haber tenido la temeridad de disfrazarse de una persona de tez morena hace más de 16 Halloweens (el tema tabú del blackface), junto con acusaciones de darle un tratamiento preferencial a los editores blancos — acusaciones que no han sido respaldadas con evidencia.

Y si Roman no estaba teniendo una buena semana con la posible cancelación de su columna, las cosas se pusieron color de hormiga porque resurgió una foto que ella había publicado en MySpace (para los lectores más nuevos, MySpace fue el precursor de las redes sociales, lo que existía antes de Facebook) de un Halloween en el que ella se disfrazó de Amy Winehouse en 2008. Quienes exigían la cabeza de Roman, afirman que su disfraz es de una chola (mujer mexico-americana), y en ciertos sectores, esto es considerado un delito de opinión conocido con el nombre técnico de apropiación cultural.

Dejando de lado la pregunta obvia de quién en su sano juicio seguía usando MySpace en 2008, esto de la apropiación cultural es una chorrada autoritaria como un pino. Primero, las personas podemos vestirnos —en Halloween y en cualquier otro día— como se nos dé la regalada gana; sea con lo de nuestra cultura, o como se visten en otras culturas. Y segundo, porque las culturas cambian. Ese devaneo tropical de encasillar a las personas en su cultura y la pretensión absurda de mantener todas las culturas —tan etéreas como son— perfectamente delineadas, y que nunca se mezclen entre sí es un sueño mojado de fachas, que además es imposible, porque las culturas lo son gracias a la interacción con otras culturas y el desafío de paradigmas dentro de las mismas.

Claro que esto no impidió que Rapoport y Roman vean sus carreras posiblemente destruidas (o al menos heridas de gravedad) porque alguien decidió ofenderse por lo que estos hicieron en fiestas de Halloween que tuvieron lugar hace más de 10 años, y que ocurrieron en su ámbito privado.

Lo que el maoísmo se llevó

Y si los nuevos guardianes de la cultura y la corrección política no soportan la idea de que hace más de 10 años las personas no tomaran decisiones según los estándares morales de 2020, ciertamente tampoco tienen mucha tolerancia porque en el pasado haya habido personas moralmente imperfectas que eran producto de su tiempo, y que alguna vez hayan existido instituciones inaceptables.

Por ejemplo, HBO Max anunció que retirará Lo que el viento se llevó de su catálogo, después de que John Ridley, el escritor de 12 años de esclavitud, les conminara a hacerlo en una columna publicada en Los Angeles Times. Según el servicio de streaming, la película regresará al catálogo con una discusión del contexto histórico y denuncias de las representaciones racistas de la película.

Otras obras menos conocidas están siendo retiradas de manera definitiva de los servicios de streaming, que no han sabido responder a las presiones de activistas que les exigen que den de baja obras con contenidos racistas (o que los activistas consideran racistas, aún si objetivamente no lo son), como acaba de suceder con series como Little Britain, The League of Gentleman, The Mighty Boosh, Summer Heights High, y Bo’Selecta!

Mientras la amenaza de campañas de sabotaje se cierne sobre las empresas de streaming que se nieguen a dar de baja los contenidos que les disgustan a unos activistas, otros han empezado a vandalizar estatuas de personajes históricos, por haber sido esclavistas y racistas. En Reino Unido, incluso han creado un mapa con la lista de estatuas que deberían ser retiradas de los espacios públicos — entre las estatuas en la mira de los ‘activistas’ se encuentran la de Earl Grey (el Primer Ministro que abolió la esclavitud en el Imperio Británico [!]; él entra en la lista por haberle pagado reparaciones a los dueños de esclavos), Cristóbal Colón y Winston Churchill (!!). A su vez, en EEUU, una estatua de Cristóbal Colón fue decapitada en Boston (Massachusetts), y otra en Richmond (Virginia) fue hundida en un lago.

Algunos argüirán que estas son demostraciones de completo rechazo al racismo, esclavitud y el supremacismo blanco, aunque hay unos cuántos hechos incómodos que simplemente desmienten este argumento.

Por ejemplo, en Filadelfia (Pensilvania), los manifestantes vandalizaron un monumento a los soldados y marineros de la Guerra Civil (o sea, personas que literalmente murieron para abolir la esclavitud en el país) y una estatua de Matthias Baldwin, un abolicionista que fundó escuelas para niños negros y que contrataba personas negras en sus tiendas — la cara de la estatua fue rociada en aerosol rojo, y la palabra “Colonizador” fue escrita igualmente en la base de la estatua.

Algunos han señalado que Mahoma también vendía y compraba esclavos, y aunque no abundan sus estatuas o dibujos, la respuesta general de indignación ante este flagrante abuso a los derechos humanos ha brillado por su ausencia. Es más, se calcula que en la actualidad hay más de medio millón de personas en condiciones de esclavitud moderna a lo largo y ancho de los Estados Árabes. ¿Dónde está la indignación por esas personas? Ahh, cierto que en el nombre de la religión de las necesidades especiales se puede cometer cualquier atrocidad impunemente.

Volviendo a Reino Unido, a escasos metros de la estatua de Churchill vandalizada se encuentra la de Gandhicuyo prontuario incluye la autoría de comentarios racistas un poco más coloridos que los de Churchill y, además, guiños de alianza a Hitler y Mussolini—. Esa estatua del fakir hindú que apoyaba el supremacismo blanco no sufrió ni un rasguño.

Seguro que va en prioridades, pero yo no estoy seguro de que la prioridad aquí sea de rechazo a la esclavitud, el supremacismo blanco y el racismo.

La magia de la interseccionalidad

Y mientras en el mundo muggle el vandalismo y la censura desplazan la función de los museos y los textos de Historia, la creadora del mundo de Harry Potter, J.K. Rowling se vio envuelta en una nueva controversia por tener la valentía de defender la palabra “mujeres”, al cuestionar que un artículo de opinión tuviera por título “Crear un mundo más equitativo después del COVID-19 para las personas que menstrúan“.

Rowling cuestionó el uso de la frase “personas que menstrúan”, recordando que solía haber una palabra para describir a esas personas. En diciembre, la escritora ya había sido condenada a la hoguera de la Inquisición woke por el mismo pecado de defender las definiciones del sexo biológico. Como aquella vez, en esta ocasión la lluvia de acusaciones de TERF, transfobia y demás nombres de delitos de opinión que realmente sólo sirven para censurar no se hizo esperar.

Esta vez, sin embargo, los actores que han dado vida al mundo de Harry Potter se unieron a la turba. Cuál mortífagos asechando desde la sombra, Daniel Radcliffe —quien protagonizó las cintas de Harry Potter—, Emma Watson —quien encarnó a Hermione en la franquicia—, Evanna Lynch —la actriz que le dio vida a Luna Lovegood—, Katie Leung —la actriz tras Cho Chang, el primer interés romántico de Harry Potter— y Eddie Redmayne —actor que encarna a Newt Scamander, protagonista de la serie Animales Fantásticos— denunciaron las palabras de Rowling y defendieron el borrar los significados de las palabras en nombre de la comunidad trans.

Rowling publicó una carta explicando por qué habla de temas de sexo y género, y nadie legítimamente interesado en los problemas que enfrentan las poblaciones LGBT podría sacar de ahí ni una onza de odio, por más que exprimiera el artículo. Los motivos de Rowling para preocuparse por estos temas son legítimos. Cualquier persona medianamente interesada en la verdad querría saber cómo, exactamente, es que afirmar el hecho biológicamente incontrovertible de que los hombres y las mujeres existen se traduce necesariamente en un incremento de las cifras de mortalidad de los individuos trans. En otro tweet, Rowling señala que si —como afirman los activistas trans— el sexo no existe, eso anula de entrada la atracción por personas del mismo sexo, borrando de un plumazo las experiencias de gays, lesbianas y bisexuales (y reduciendo a ceniza los logros conseguidos en las últimas décadas a este respecto).

La respuesta no se hizo esperar. En una columna de opinión publicada en The Independent, una criaturita con el nombre Amrou Al-Kadhi acusó a Rowling con ser supremacista blanca. Wait, what? Sí, salir en defensa de poblaciones históricamente perseguidas, preocupada porque cierto tipo de activismo tóxico le esté reabriendo el camino a la opresión, le costó a J. K. Rowling que la pusieran al mismo nivel de racistas y esclavistas. Supongo que si alguna vez se plantea una estatua o monumento a ella, ya vendrá decapitada y graffiteada de fábrica.

Ignorar la biología y decir que “mujer” es toda aquella persona que se considere mujer (o peor aún, que sólo es mujer quien menstrúa) tiene muchas consecuencias en el mundo real, especialmente jurídicas y clínicas, y estas no pueden ser borradas por arte de magia, por muy Harry Potter que alguien sea. Aunque ya tenemos algunos esbozos para resolver este impasse de una manera racional e incluyente, tengo la certeza de que cualquiera que sea la solución, esta no pasa por desconocer la biología.

Así terminamos con Trump

Esto es tan solo un repaso rápido a una semana en la guerra cultural. Y así es cada semana, todas las semanas: la cultura de la cancelación de los campus de las universidades americanas no se quedó contenido allí, sino que se ha regado a todos los posibles ámbitos de la vida en ese país. EEUU se ha convertido en un gigantesco campus universitario donde la revolución cultural del maoísmo campa a sus anchas. Y la acusación de maoísmo no es una que sea hecha con ligereza. Consideremos, por ejemplo, que el New York Times acaba de publicar un artículo en el que aboga por derogar las pruebas de admisión de los planteles educativos de Nueva York… algo que el New York Times de hace unos años —cuando todavía era respetable— nos contó que era uno de los elementos esenciales de la Revolución Cultural de Mao.

Ya el lunes empieza un nuevo ciclo noticioso.

Aunque el imperio americano ya va de salida, seguirá marcando la parada cultural durante los años que le quedan, y en consecuencia lo que pase allá necesariamente se verá reflejado en el resto del planeta. Gracias a las redes sociales e Internet, las tendencias que antes demoraban años en llegar a otros países, ahora se demoran minutos. Y si EEUU se ha convertido en un gigantesco campus universitario, eso significa que por el futuro previsible, ahora todos vivimos en un campus universitario americano.

Este celo por borrar el pasado a como dé lugar, y la nula preparación mental para tener conversaciones difíciles fue lo que le dio la victoria a Trump en primer lugar — es casi como si las personas resintieran que revisen con lupa hasta el más recóndito rincón de sus vidas privadas, que todo lo que hagan sea acusado de intolerancia, que sus preguntas sean respondidas con volquetadas de matoneo en redes sociales, que conviertan cada una de sus fuentes de entretenimiento en lecciones de moralidad, y que amenacen con ir a por su trabajo por tener opiniones impopulares (o, lo que es peor, basadas en la evidencia). ¿Quién lo diría?

Si hay un momento en el que es más imperativo que nunca que los comisarios de las nuevas buenas costumbres le bajen el tono a sus aires de superioridad moral y exigencias de que el mundo se transforme de inmediato para complacer sus prejuicios, ese momento es de aquí a los próximos cinco meses, hasta después de las elecciones en EEUU, para que dejen de regalarle votantes a Trump a cambio de tener subidones de dopamina. Pero si la idea de que el autoritarismo sólo engendra autoritarismo es demasiado compleja para ellos, a lo mejor estas no son las personas más indicadas para decirnos qué disfraces eran inaceptables hace 20 años, ni para estar teniendo conversaciones sobre la perogrullada de que las obras culturales son productos de su tiempo, o para decidir qué opiniones, libros y películas son tan ofensivos para ellos que está justificado prohibírnoslos a nosotros.

(imagen: CNN)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio | Apóyanos en Patreon

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