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La psicología del tribalismo

En Los ángeles que llevamos dentro, Steven Pinker ofrece una radiografía de la psicología del tribalismo en el capítulo ‘Demonios interiores‘ (págs. 682 – 685):


Una parte de la identidad personal individual se combina con la identidad de los grupos a los que uno se afilia. Cada grupo ocupa en su mente un espacio que es prácticamente como el espacio ocupado por una persona individual, junto con las creencias, los deseos y los rasgos loables y reprobables. Esta identidad social parece ser una adaptación a la realidad de los grupos en el bienestar de los individuos. Nuestra aptitud depende no sólo de la buena suerte sino también de la suerte de la comunidad, el pueblo o la tribu donde estemos integrados, que están unidos por lazos de parentesco reales o ficticios, redes de reciprocidad y un compromiso con los bienes públicos, incluida la defensa del grupo. Dentro del grupo, algunas personas ayudan a supervisar el suministro de bienes comunes castigando a cualquier parásito que no contribuya con una cuota justa, y estas personas son recompensadas por el aprecio de todos. Estas y otras aportaciones al bienestar del grupo se ponen en práctica psicológicamente gracias a una pérdida parcial de fronteras entre el grupo y el yo. En nombre de nuestro grupo nos sentimos compasivos, agradecidos, enojados, culpables, confiados o desconfiados frente a otro grupo, y extendemos estas emociones entre los miembros de ese grupo con independencia de lo que como individuos hayan hecho para merecerlas.

La lealtad a grupos en competencia, como pasa con los equipos deportivos o los partidos políticos, nos estimula a representar nuestro instinto de dominación de manera indirecta. En una ocasión, Jerry Seinfeld comentó que los deportistas actuales cambian de equipo tan a menudo que un seguidor ya no es capaz de apoyar a un grupo de jugadores. Debe limitarse a animar a un logotipo y una camiseta: “Estás ahí de pie, gritando y animando para que tu ropa le gane a la ropa de otra ciudad”. Pero ahí estamos, gritando y animando, si bien el humor de un seguidor deportivo sube y baja conforme la suerte de su equipo. La pérdida de fronteras puede ensayarse literalmente en el laboratorio de bioquímica. El nivel de testosterona de los hombres aumenta cuando su equipo gana a un adversario, igual que aumenta cuando ellos derrotan personalmente a un rival en un combate de lucha libre o en un partido de tenis. También sube o baja cuando el candidato político favorito gana o pierde unas elecciones.

El lado oscuro de nuestros sentimientos comunitarios es el deseo de que nuestro grupo domine a otro, al margen de lo que sintamos respecto de sus miembros en tanto que individuos. En una serie de famosos experimentos, el psicólogo Henri Tajfel dijo a los participantes en un estudio que pertenecían a uno de dos grupos definidos por cierta diferencia trivial, por ejemplo, preferir los cuadros de Paul Klee o los de Wassily Kandinsky. A continuación les dio la oportunidad de repartir dinero entre un miembro de su grupo y un miembro del otro grupo; unos y otros se identificaban sólo por el número, y los propios participantes no tenían nada que ganar ni perder por decisión propia. No sólo asignaron más dinero a sus compañeros de grupo inmediatos, sino que además prefirieron penalizar a un miembro del otro grupo (por ejemplo, siete céntimos por un seguidor de Klee, un céntimo por uno de Kandinsky) a beneficiar a ambos a costa del experimentador (diecinueve céntimos por un compañero seguidor de Klee, veinticinco por uno de Kandinsky). La preferencia por el propio grupo aparece en etapas tempranas de la vida y parece ser algo innato, no aprendido. Los psicólogos del desarrollo han revelado que los niños de preescolar manifiestan actitudes racistas que horrorizarían a sus padres liberales, y que incluso los bebés prefieren interaccionar con personas con las que comparten raza y acento.

Según los psicólogos Jim Sidanius y Felicia Pratto, las personas, en diversos grados, albergan un afán que denominan “dominación social”, aunque un término más intuitivo es “tribalismo”; es decir, sienten el deseo de que los grupos sociales están organizados en una jerarquía, por lo general con el grupo de uno dominando a los otros. Los psicólogos ponen de manifiesto que una orientación hacia la dominación social empuja a las personas a adoptar un amplio despliegue de opiniones y valores, entre ellos el patriotismo, el racismo, el sino, el karma, la casta, el destino nacional, el militarismo, la dureza con el crimen o la defensa de la actual situación de autoridad y desigualdad. En cambio, una orientación contraria a la dominación social inclina a las personas hacia el humanismo, el socialismo, el feminismo, los derechos universales, el progresismo político y las cuestiones igualitarias y pacifistas de la Biblia cristiana.

La teoría de la dominación social da a entender que la raza, epicentro de tantas discusiones sobre los prejuicios, desde el punto de vista psicológico carece de importancia. Como mostraban los experimentos de Tajfel, podemos dividir el mundo en grupos afines y hostiles basándonos en cualquier semejanza atribuida, por ejemplo, los gustos en cuanto a pintores expresionistas. Los psicólogos Robert Kurzban, John Tooby y Leda Cosmides señalan que, en la historia evolutiva humana, los miembros de las diferentes razas estaban separados por mares, desiertos y cadenas montañosas (razón por la cual evolucionaron de entrada las diferencias raciales) y rara vez se veían las caras. Los adversarios de uno eran comunidades, clanes y tribus de la misma raza. Lo que domina en la mente de las personas no es la raza sino la coalición; precisamente hoy día muchas coaliciones (barrios, bandas, países) coinciden con razas. Cualquier trato injusto que se muestre hacia otras razas puede ser fácilmente suscitado por miembros de otras coaliciones. Ciertos experimentos de los psicólogos G. Richard Tucker y Wallace Lambert, y más adelante Katherine Kinzler, han puesto de relieve que uno de los delineadores de prejuicios más vívidos es el habla: la gente desconfía de quienes hablan con acento “raro”. El efecto se remonta a la preciosa historia del origen de la palabra shibboleth en el Libro de los Jueces 12: 5-6:

Galaad ocupó los vados del Jordán para cortar el paso a los efraimitas. Y cuando un fugitivo de Efraím intentaba pasar, los hombres de Galaad le preguntaban: “¿Tú eres Efraím?”. Si él respondía que no, lo obligaban a pronunciar la palabra shibboleth. Pero si él decía siboleth porque no sabía pronunciar correctamente, entonces lo tomaban y lo degollaban junto a los vados del Jordán. En aquella ocasión murieron cuarenta y dos mil hombres de Efraím.

El fenómeno del nacionalismo se puede entender como una interacción entre la psicología y la historia. Es el resultado de la soldadura de tres elementos: el impulso irracional tras el tribalismo; una concepción cognitiva del “grupo” como pueblo que comparte lengua, territorio y antepasados, y el aparto político del gobierno.

Einstein dijo que el nacionalismo es “el sarampión de la especie humana”. Esto no siempre es verdad —a veces es sólo un resfriado—, pero el nacionalismo puede volverse virulento cuando es comórbido con el equivalente grupal del narcisismo en el sentido psiquiátrico, a saber, un ego grande pero frágil con una inmerecida reivindicación de preeminencia. Recordemos que el narcisismo puede provocar violencia cuando el narcisista está enfurecido debido a una señal insolente de la realidad. Si combinamos el narcisismo y el nacionalismo, tenemos un fenómeno funesto que los científicos políticos denominan ressentiment (resentimiento): la convicción de que la nación o la civilización de uno tiene un derecho histórico a la grandeza pese a su estatus modesto, lo que sólo se puede explicar recurriendo a la malevolencia de un enemigo interno o externo.

El resentimiento crea las emociones de dominación frustrada —humillación, envidia y furia— a las que son propensos los narcisistas. Historiadores como Liah Greenfield y Daniel Chirot han atribuido las guerras y los genocidios más importantes de las primeras décadas del siglo XX al resentimiento en Alemania y Rusia. Ambos países sentían que estaban haciendo realidad su legítimo derecho a la preeminencia, que los pérfidos enemigos les habían negado. Los observadores de la escena contemporánea se han dado perfecta cuenta de que tanto Rusia como el mundo islámico conservan resentimientos sobre su inmerecida falta de grandeza, y que estas emociones son verdaderas amenazas para la paz.

Apuntando en otra dirección, hay países europeos como Holanda, Suecia y Dinamarca que abandonaron el juego de la preeminencia en el siglo XVIII y vincularon su autoestima a logros más tangibles aunque menos vibrantes, como ganar dinero y procurar a sus ciudadanos un buen nivel de vida. Como sucede con países que de entrada nunca tuvieron interés en el esplendor, como Canadá, Singapur o Nueva Zelanda, su orgullo nacional, aunque notable, es proporcional a sus éxitos, y en el ámbito de las relaciones interestatales no crean problemas.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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