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Mitos y teorías conspiranóicas sobre el coronavirus

Posiblemente no exista algo más lucrativo para los traficantes de miedo que la incertidumbre. Por eso no es de extrañar que mientras los investigadores y profesionales de la salud analizan la epidemia de neumonía por coronavirus surgida en China a finales del año pasado (COVID-19, también llamado SARS-CoV-2), y encuentran la mejor manera de combatirla, las teorías de la conspiración y la desinformación se van multiplicando cual conejos católicos.

Mi amigo Martín Caicedo ya se encargó de despachar tres hipótesis bastante populares entre la magufada: la de la película Contagio, la del libro Los ojos de la oscuridad de Dean Koontz, y la de la patente de SARS-CoV.

No obstante, todavía hay mucha más desinformación rondando por ahí.

Tapabocas

Por favor, si quieres prevenir la infección por coronavirus, no compres tapabocas. Primero, porque los tapabocas comunes y corrientes no son muy efectivos para prevenir el contagio. El COVID-19 se transmite a través de partículas de saliva que se expulsan con la tos, no por el aire, y los tapabocas quirúrgicos no están diseñados para prevenir que ingresen partículas de saliva, sino para evitar que se dispersen, así que quien tendría que usar tapabocas serían las personas infectadas — de ahí que el uso masivo de tapabocas ayude a reducir la cantidad de infecciones, porque reduciría el número de contagios por parte de personas que tienen el virus pero son asintomáticas.

El tapabocas que uno necesitaría ponerse para prevenir ser contagiado sería uno con un índice de eficiencia “N95”. Sin embargo, para usar efectivamente un tapabocas N95 se requiere de entrenamiento para que, una vez puesto, el tapabocas cree un sello hermético con la cara; la población general no ha recibido este entrenamiento, por lo que agenciarse un tapabocas N95 y ponérselo como uno crea que es serviría de poco. Si hay gente que ni siquiera sabe ponerse un tapabocas normal, calculen cómo sería con uno que requiere entrenamiento especializado.

La compra masiva de todo tipo de tapabocas ha llevado al desabastecimiento de clínicas y hospitales, poniendo en riesgo a los profesionales de la salud que los necesitarían para atender pacientes. Así que, por favor, no compres tapabocas.

Si estás en espacios concurridos, y ya tienes un tapabocas quirúrgico (o uno N95), o una alternativa improvisada con materiales adecuados, probablemente sea buena idea usarlo, aunque no sería inteligente confiar en que el tapabocas te mantendrá a salvo.

Por ahora, el mejor consejo sigue siendo lavarse las manos a menudo durante al menos 20 segundos, el distanciamiento social y salir de casa sólo cuando sea absolutamente esencial.

¿El coronavirus viene de murciélagos?

Las pruebas genéticas y la información epidemiológica del COVID-19 “implican un virus de origen murciélago que infecta a especies animales no identificadas que se venden en los mercados de animales vivos de China”. Lugares con altas concentraciones de personas y entre escasas y nulas condiciones de salubridad son condiciones idóneas para la transmisión y recombinación del virus.

No se sabe a ciencia cierta cómo empezó la epidemia, aunque a juzgar por lo que sabemos de los coronavirus SARS y MERS, el COVID-19 probablemente mutó y se trasladó de los murciélagos a otras especies antes de llegar los humanos. En este momento, no sabemos si el coronavirus de los murciélagos es infeccioso para los humanos directamente.

¿Y la sopa de murciélago?

Los individuos que capturan o preparan los murciélagos para su consumo pueden estar expuestos al virus, pero los murciélagos que se consumen siempre se cocinan, así que el COVID-19 muy probablemente no habría sobrevivido a la preparación de la sopa de murciélago, por lo que el exótico plato —o cualquier otro en el que se cocine al murciélago— difícilmente sería un vector.

¿Fue el coronavirus diseñado — es un arma biológica?

Muchas de las teorías de la conspiración sobre el coronavirus parecen girar alrededor de la idea de que el virus habría sido creado artificialmente por los poderes que cada quién aborrece.

La idea de que el virus fue diseñado como un arma biológica en un laboratorio militar en Wuhan fue publicada inicialmente por el tabloide Washington Times, citando al exoficial de inteligencia israelí Dany Shoham. Entre otras cosas, Shoham tiene el cuestionable honor de haber propagado mentiras sobre la capacidad de armas químicas del Daesh. Los portales magufos se prendieron del artículo del Washington Times y corrió como pólvora la idea de que el virus fue creado artificialmente — algunos sitios incluso condimentaron esa mentira con otras de su propio cultivo, como que el laboratorio en China le habría comprado esta cepa del coronavirus a investigadores de Winnipeg (Manitoba, Canadá).

A su vez, la extrema derecha americana y el brazo de propaganda ruso encontraron la forma de culpar a Bill Gates y —cómo no— a George Soros del COVID-19. Y, por supuesto, no han faltado quienes han culpado a la CIA, al gobierno británico e incluso algunos afirmaron que el COVID-19 era un engaño, y que se se fingió la enfermedad y muerte de miles de personas alrededor del mundo con el único propósito de detener el Brexit.

Independientemente de a quién le echen la culpa, todas estas hipótesis tienen el mismo problema y es que no hay evidencia de que el coronavirus haya sido diseñado.

Eso es así, en parte, porque diseñar un virus como este sería todo un reto incluso para alguien con los conocimientos y acceso a la tecnología necesaria. Y en parte, porque la evidencia descarta la teoría del diseño: la mejor evidencia disponible (casi una decena de papers) concluye de manera abrumadora que este coronavirus se originó en la vida silvestre. Por si fuera poco, un paper sobre los orígenes del coronavirus encontró que las inusuales características bioquímicas del virus sólo pudieron haber surgido de dos maneras: por selección natural en un huésped animal no-humano antes de saltar a humanos, o por selección natural después de aterrizar en humanos. (El estudio se encuentra en proceso de revisión por pares.) Un virus diseñado no mostraría estas características ni en los sueños mojados más salvajes de un científico loco.

Y si alguien hubiera superado todos los obstáculos científicos, técnicos, tecnológicos, políticos y éticos, y hubiera conseguido diseñar el COVID-19, engañando a los especialistas de todo el mundo que han examinado esta cepa bajo el microscopio, seguramente sería lo suficientemente inteligente para no hacer un arma biológica tan rematadamente pobre. Puesto en términos sencillos: sólo a alguien que no tiene la menor idea sobre virus se le ocurriría que el coronavirus sería un arma biológica efectiva, en vista de que hay patógenos mucho más peligrosos y letales.

Digo yo, que si uno va a ser un genio del mal, no puede ser tan profundamente inepto como para hacer un arma biológica con una tasa de mortalidad que aparentemente no supera el 4% (la del SARS es de casi el 10%, la del MERS de más del 30%), cuando existen alternativas con tasas de mortalidad de entre el 30 y el 50%, como la fiebre hemorrágica de Crimea-Congo.

Vamos, que para hacer un arma biológica se necesita la inteligencia suficiente para que cualquiera que lo intente sepa que usar el COVID-19 en sus villanezcas aspiraciones sería idiota de los cojones.

Antivacunas

Siempre los antivacunas. Desde que se anunció el brote de COVID-19, los grupos antivacunas no han desaprovechado la oportunidad de echarle la culpa a las vacunas.

Por ejemplo, el conocido antivacunas James Lyons-Weiler propuso que el coronavirus fue el resultado del desarrollo de una vacuna que salió mal. Lyon-Weiler tiene entrenamiento científico, así que su artículo enlaza a estudios reales con los que busca apoyar su hipótesis. Como buen magufo, sin embargo, Lyons-Weiler cita evidencia que no viene al caso, extrapola conclusiones que no se pueden sustentar con la evidencia citada, e ignora evidencia que no le conviene. Para la muestra, don James afirma que “en el peor de los casos”, el gobierno chino estaba desarrollando una vacuna contra el SARS con la que sensibilizó a su población y que la vacuna habría escapado del laboratorio, a pesar de que no hay evidencia de que China haya conducido un programa de vacunación masiva contra el SARS, básicamente porque… bueno, todavía no existe una vacuna contra el SARS.

La hipótesis de Lyons-Weiler también afirma que la tasa de mortalidad del COVID-19 sería mayor que la del SARS, a pesar de que sabemos que la tasa de mortalidad del COVID-19 es menor que la del MERS y que la del SARS. Así que ni arma biológica, ni vacuna prófuga del laboratorio.

Más ‘predicciones’ del coronavirus

Además del libro Los ojos de la oscuridad de Dean Koontz y de la película Contagio, los magufos también han encontrado una ‘predicción’ del coronavirus en el libro End of Days de la ‘psíquica’ y criminal condenada Sylvia Browne (y su escritora Lindsay Harrison).

Una traducción libre del pasaje en cuestión sería más o menos así:

Alrededor de 2020 una grave enfermedad parecida a la neumonía se extenderá por todo el mundo, atacando los pulmones y los bronquios y resistiendo todos los tratamientos conocidos. Casi más desconcertante que la enfermedad en sí misma será el hecho de que desaparecerá de repente tan rápido como llegó, atacará de nuevo diez años más tarde, y luego desaparecerá por completo.

Como suele ocurrir con los ‘psíquicos’, Brown no dio demasiados detalles. Al menos los magufos que creen que Koontz predijo el brote de coronavirus pueden apuntar que en su libro se menciona Wuhan (claro que a partir de la segunda edición), pero “un brote de algo parecido a la neumonía cerca de 2020” podría interpretarse de muchas maneras que se podrían ajustar a varios incidentes de salud pública hoy en día, incluso sin el COVID-19. Y valga señalar que el actual brote de coronavirus causa neumonía-neumonía, la verdadera, y no “una grave enfermedad parecida a la neumonía”.

Resulta que escribir un libro con ‘predicciones’ es muy sencillo y se hace con las herramientas más elementales de una lectura en frío: shotgunning y el mismo principio del efecto Forer — el charlatán en cuestión ofrece una gran cantidad de ‘predicciones’, todas hechas en términos tremendamente vagos (alrededor de un año, algo parecido a algo más), y cuando una de las ‘predicciones’ se asemeja un poco con la realidad, el psíquico de turno y sus seguidores lo ajustan para cantar victoria. Ya, pues me pongo yo a hacer 10.000 predicciones y a algo le atino. ¡Y mira qué fácil!

Pero no: una verdadera predicción no debería escatimar en detalles, y tendría que ofrecer nombres, fechas y lugares exactos, con suficiente ambientación para poner la ‘predicción’ en contexto, y saber desestimarla apenas se incumpla alguno de esos detalles clave. Y la de Brown no cumple con estos requisitos, como no la cumple ninguna otra, porque ese tipo de predicciones de catástrofes que ocurrirán dentro de varios años, o simplemente no se pueden, o son obvias (por ejemplo, decir que el imperio americano llegará a su fin… como siempre ocurre con todos los imperios).

En conclusión: no, ni la señora Brown ni nadie más predijo el brote de coronavirus; no, el virus no fue creado artificialmente, y sería un arma biológica estúpidamente inefectiva; la única relación entre coronavirus y vacunas es que se está trabajando en una vacuna para el COVID-19; no, la pandemia de coronavirus no se originó en la sopa de murciélago; y no, usar tapabocas no es efectivo para evitar contagiarse y lo único que consigue es ahondar la crisis de desabastecimiento de estos implementos.

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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