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La contrarrevolución sexual ya está aquí

Una de las maneras más fáciles de identificar a un conservador en línea es cuando culpa a la revolución sexual de todos los males de la sociedad — cuando abundan en la idea, estas personas hacen una gimnasia mental apoteósica para argumentar que la sociedad se fue al garete en el momento en que las mujeres pudieron divorciarse de los esposos que las confundían con sacos de boxeo, y cuando entendimos que el sexo casual y recreativo no tiene nada de malo, ni merece ser castigado con una ITS o un embarazo no deseado. Vamos, que es puritanismo a lo bestia.

Pues en lo que parece el mundo al revés, estas criaturas se han conseguido al más extraño aliado: un movimiento que en nombre de las mujeres busca regresar al puritanismo de antaño, donde las mujeres tienen chaperones y los hombres pueden ser condenados a la hoguera sin haber roto ninguna ley ni hecho daño a nadie.

No es que sea nada nuevo. Desde hace años, en nombre de las mujeres, los reaccionarios disfrazados de feministas han abogado por medidas profundamente autoritarias, como censurar los piropos —pretendiendo que sean considerados acoso— y diciendo que cuando una mujer y un hombre bebieron más de la cuenta y luego tuvieron sexo voluntario, eso equivale a una violación (!). Algunos quieren expandir la definición de “violación” para que incluya aquellos casos en los que una mujer completamente sobria y sin ningún tipo de presión tuvo sexo consentido y se arrepintió luego del encuentro (!!).

Como dije, no es nada nuevo. El problema es que ya ganó masa crítica. Para no ir muy lejos, después de que supimos de las enfermizas prácticas de Harvey Weinstein, la actriz Alyssa Milano usó el hasthag #MeToo en Twitter, al que se sumaron miles de mujeres para contar que habían sido víctimas de acoso sexual y violación — y todo lo que ayude a las víctimas de delitos sexuales a recuperarse, a exponer a sus victimarios, a prevenir que haya más víctimas y a adelantar las investigaciones pertinentes debe contar con nuestro más enérgico apoyo. Lamentablemente, el hashtag también fue usado y abusado para denunciar episodios que iban desde demostraciones de falta de destreza social hasta desinhibibiciones que, aún careciendo de cualquier tipo de decoro, no atentaban contra la autonomía corporal de la mujer.

Difícilmente soy el primero en observar de este fenómeno. Por ejemplo, cuando comentó la campaña #MeToo, mi amiga Ana Vélez también le dedico unas líneas a esta situación:

Los actos humanos se presentan en todas las modalidades. Estos movimientos son necesarios, importantes, pero deben considerar todas las posibles variantes y no convertirse en “cacería de brujas”. Recordemos que para juzgar una situación se necesita tener conocimiento de los detalles y hay que oír a los dos involucrados.

La parte débil de estos movimientos es cuando se llevan a un extremo: como el de considerar que un piropo callejero es un acoso verbal, o pensar que lo es un pellizco en el cachete, o una mano sobre el brazo, sobre el hombro o sobre la mano, un abrazo, un beso en la mejilla, me refiero a una expresión de afecto entre amigos o colegas. Sería muy triste que llegáramos a vivir en un mundo donde el contacto físico es mal visto, donde las palabras de afecto se vuelvan material de estudio, donde todos nos sentimos amenazados por actos inocuos o prevenidos ante un exceso de amabilidad. No todo el mundo tiene la misma inteligencia social para reconocer los límites que impone el otro (todos imponemos distintos límites), y no todo el mundo posee una “marco de distancia” razonable o inteligente; por eso, cierto margen de flexibilidad y de tolerancia son deseables también.

La editora en línea de The Spectator, Lara Prendergast también lo notó, y abunda en las consecuencias que esto trae:

En mi propio feed de Facebook, las experiencias descritas se extendieron desde la violación hasta “sentirme como si un hombre me hubiera mirado una vez”. El mensaje implícito de todos estos posts confesionales era claro: si aún no te ha sucedido, has tenido suerte. O quizás estás en negación. Es como si un nuevo movimiento feminista abogara por la victimización, más que por la igualdad. Y las mujeres que protestan por esta nueva realidad son denunciadas como traidoras de su sexo.

La paranoia no se limita a las mujeres. Es comprensible que muchos hombres empiecen a sentirse ansiosos por lo que esto podría significar. Cada día se publican en los periódicos nuevas historias de personajes prominentes que caen de posiciones de poder debido a un incidente mayor —o menor—. Una acusación de abuso sexual, o incluso un aperitivo de chismes publicado en línea, tiene el poder de sabotear una carrera y arruinar una vida.

Prendergast no deja que pase desapercibido cómo el ampliar la definición del abuso sexual más allá de su daño a los bienes jurídicos a la autonomía corporal y a la autodeterminación, ha sido acompañado de un revival de la modestia como si fuera una virtud — no en vano, en febrero ahora se celebra la London Modest Fashion Week, y hemos llegado al paroxismo de que las revistas y portales online para público femenino han empezado a normalizar el hiyab como muestra de coraje (!!!), cuando resulta que las mujeres que son perseguidas y atacadas en Irán y Arabia Saudita son las que tienen la audacia de salir a la calle sin cubrirse.

El comentarista político y orador británico Douglas Murray señala cómo la sociedad, en nombre de las mujeres, está echando por la borda lo que tanto costó conseguir en primer lugar, y devolviéndose a pasos agigantados a la caverna del puritanismo — una nueva contrarrevolución sexual, en efecto:

Las acusaciones de abuso genuino y monstruoso se están mezclando con la noticia de que un miembro del gabinete tocó la rodilla de una mujer hace muchos años. Esta semana, la actriz de The Crown Claire Foy se vio obligada a emitir una declaración que decía que no se había ofendido después de que los enfadados usuarios de Twitter señalaran que el actor Adam Sandler le había tocado la rodilla —dos veces— durante su aparición en The Graham Norton Show.

Si los hechos son tan peligrosos, ¿qué se puede decir de las palabras? Es triste decirlo, no todos los hombres son perfectos en vocabulario y sentido de la oportunidad. Algunos son burdos, otros lo son incorregiblemente. Una periodista de la BBC reveló recientemente que en un restaurante, hace algunos años, un colega de sexo masculino le dijo:”Me atraes sexualmente de una manera increíble. No puedo dejar de pensar en ti“. Esto vino de un colega del doble de su edad, dijo: “Yo había experimentado sexismo antes en el lugar de trabajo, pero no de una manera tan abierta“. ¿Pero fue eso realmente sexismo?

Se está animando a una nueva generación a redibujar las líneas de aceptabilidad de una manera que va demasiado lejos. Lo que antes era falto de clase ahora se ha vuelto inaceptable. Y de inaceptable se está convirtiendo en motivo de despido y luego siendo suprimido como delito. Es un largo camino por recorrer en muy poco tiempo.

[…]

¿Estamos cómodos con la idea de que cuando se expresa interés sexual debe ser plenamente recíproco a riesgo, cuando se rechaza, de la ruina total? Podríamos esperar que las personas en la vida pública se comporten bien, pero ¿estamos seguros de que queremos crear una situación en la que todo el mundo allí (por tenue que sea) deba ser monógamo o célibe? ¿Al público le gustaría que les llegara esta moralidad? La moralidad de la revolución sexual ciertamente lo hizo, así que pueden estar seguros de que los efectos de cualquier contrarrevolución también les llegarán.

[…]

Si hemos de entrar en esta extraña nueva era puritana, al menos no entremos silenciosamente en ella. Permitamos que se admita que muchas mujeres así como los hombres están felices de usar sus apariencias y destrezas cuando estas funcionan a su favor. No siempre es culpar a las víctimas, sino una mera declaración de hecho de que las personas atractivas atraen una atención inusual y que no todas las personas encuentran esto como una desventaja. Los actores y modelos de ambos sexos —al igual que los asistentes parlamentarios— lo saben, al igual que todos los demás. Y a menos que decidamos que sólo a una superclase de personas hermosas se les permite buscar sexo, deberíamos aceptar que a las personas en los rangos de atracción bajos a medios también se les debe permitir el ocasional desafío a las probabilidades.

Creo que a Murray le asiste la razón cuando califica toda esta tendencia como una nueva contrarrevolución sexual. Y, como bien dice él, esta implica necesariamente acabar con el sexo — que es precisamente lo que quieren en primer lugar quienes culpan de todos los males de la sociedad al divorcio y la promiscuidad: volver a reducir el sexo a su mínima expresión, y que vuelva a ser apenas una molesta transacción necesaria para la reproducción y nada más.

Curiosos compañeros de cama aliados los que hace el chovinismo.

Adenda

No hay que perder de vista que, como con cualquier otro intento de regreso a la caverna, la contrarrevolución sexual también ha reversado garantías democráticas elementales, como el debido proceso y la presunción de inocencia — si no les gustan los piropos no solicitados, creo que tampoco les gustará de a mucho cuando la turba enfurecida que hoy alimentan se dé la vuelta y venga por ellos (ohh, y siempre viene; así es como funciona).

La cosa con cortar todas las leyes que hoy nos parecen inconvenientes porque protegen a quienes nos caen mal, es que no habrá nada que nos proteja cuando alguien a quien le caemos mal venga el día de mañana por nosotros.

(imagen: Adam Jones)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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