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La importancia de la enmienda Johnson

Una de las cosas que se pueden admirar de EEUU es que cuenta con instituciones muy fuertes, que protegen la democracia del país, independientemente de quién ocupe la Casa Blanca. (Esa es una de las razones por las que creo que el daño que podría hacer Donald Trump si llegara a ganar, sería más limitado de lo que se ha vaticinado.) Por ejemplo, un baluarte de la institucionalidad americana es la enmienda Johnson, un cambio en el código tributario de EEUU realizado en 1954, que prohíbe que ciertas organizaciones exentas de impuestos —como las iglesias— respalden y se opongan a candidatos políticos.

En puridad, lo ideal sería que las iglesias paguen impuestos y no participen en política, pero eso es harina de otro costal. A falta de esto, cualquier persona medianamente preocupada por la separación de Estado e iglesias puede apreciar lo que significa la enmienda Johnson: es una medida que, hasta cierto punto, impide que se use la autoridad que ejercen los líderes religiosos sobre sus borreguitos para inclinar la balanza políticamente hacia un lado.

En una columna para la revista Time, el rabino americano David Wolpe explica por qué la enmienda Johnson también es buena para la religión:

1. La política puede distraer la atención de la vida religiosa

Como rabino o sacerdote o ministro, entre más político seas, menos persuasión tienes sobre las partes íntimas de la vida de las personas. La política puede ser tan fuerte que las personas tienen dificultades para acercarse a alguien para que oficie una boda o un funeral o para recibir consejo si creen que la persona es un defensor del otro lado. La mayor parte de la vida religiosa se vive en los pequeños espacios; consolamos y aliviamos y cuidamos el uno del otro. Oramos juntos y celebramos juntos. Perder eso por grandes controversias públicas es una tragedia para la comunidad de creyentes.

2. Las causas pueden ser claras; los candidatos rara vez lo son

Cuando como líder religioso te atas a ti mismo a una persona, te implicas en todo lo que son y hacen. No hay manera de estar “por encima de la refriega”. La vida política es sucia. Incluso el político con las mejores intenciones va a hacer cosas que no se pueden prever o imaginar durante la campaña. Puedes promover una causa, y si los vientos políticos cambian, la seguirás promoviendo incluso si eso requiere un cambio de partido o de político. Estás predicando por un principio, no una persona.

3. La religión es un refugio del mundo

En la calle, en el periódico, en la oficina, las personas llevan a cabo un debate en curso sobre política. El santuario bien llamado, donde oramos debe ser sólo eso — un santuario del fragor del debate.

El punto de Wolpe es claro, al menos cuando se trata de los creyentes tipo espiritual-pero-no-religioso, por más insípida y perezosa que sea su postura: creen que tener amigos imaginarios o creer en lo sobrenatural es algo bueno, y que la política podría contaminarlo. Yo podría convivir con ese tipo de religión que, al menos nominalmente, ha aceptado su existencia dentro de una democracia.

El problema es que muchos creyentes y pastores (las mayorías, pues) ven la religión como lo que siempre ha afirmado ser: la fuente de verdad absoluta, que todos tienen que obedecer a como dé lugar —claro que tienen sus prioridades y, por ejemplo, es más importante discriminar a los LGBTI que seguir el ejemplo del buen samaritano—.

Es a ellos a quienes les incomoda el laicismo y, por extensión, la enmienda Johnson. Ojalá en Latinoamérica existiera algo similar a esta enmienda. Nos habríamos ahorrado unos cuantos dolores de cabeza.

(imagen: Roger Sailes)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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