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El circuito de la furia

Alguna vez, Rodolfo Llinás contó que había jugado con un estimulador magnético transcraneal y, mediante estimulación magnética en la parte superior de su cabeza, había movido su pie sin haber pensado en ello — una experiencia que apunta a la inexistencia del libre albedrío (concepto que ya cuenta con bastante evidencia en su contra).

En Los ángeles que llevamos dentro, en el capítulo ‘Demonios interiores‘, Steven Pinker ofrece dos ejemplos más que apuntan a las bases físicas (y biológicas) de nuestra conducta y emociones (págs. 635-636):


El cerebro humano es una versión aumentada y alabeada del cerebro de otros mamíferos. En nuestros peludos primos podemos observar las partes más importantes, en las que realizan prácticamente las mismas cosas, como procesar información procedente de los sentidos, controlar músculos y glándulas, y almacenar y recuperar recuerdos. Entre esas partes hay una red de regiones que ha recibido el nombre de “circuito de la furia”. El neurocientífico Jaak Panksepp describe lo que pasó cuando hizo pasar una corriente eléctrica por una parte del circuito de la furia de un gato:

Durante los primeros segundos de la estimulación eléctrica del cerebro, el pacífico animal experimentó una transformación emocional. Saltaba ferozmente hacia mí enseñando las uñas y los colmillos, bufando y arrojando saliva. Podía haber saltado en muchas direcciones distintas, pero su excitación se dirigía a mi cabeza. Por suerte, me separaba del enfurecido animal una pared de plexiglás. Una vez terminada la estimulación, en unos segundos, el gato estuvo otra vez relajado y tranquilo, y era posible acariciarlo sin peligro de represalia.

El circuito de la furia del gato tiene un equivalente en el cerebro humano, que también podemos estimular con una corriente eléctrica —no en un experimento, desde luego, sino durante una neurocirugía—. Un cirujano lo describe como sigue:

El efecto más significativo (y más espectacular) de la estimulación ha sido suscitar una variedad de respuestas agresivas, desde respuestas verbales coherentes, formuladas de manera adecuada (hablando al cirujano: “Siento que podría levantarme y morderle”) a palabras incontroladas y conductas físicamente destructivas […]. En una ocasión, treinta segundos después de haber cesado el estímulo, se preguntó a un paciente si se sentía furioso. Él reconoció que había estado furioso pero ya no lo estaba, y parecía muy sorprendido.

Los gatos bufan, los seres humanos sueltan tacos. El hecho de que el circuito de la furia pueda activar el habla da a entender que no es un vestigio inerte sino que tiene conexiones con el resto del cerebro humano. El de la furia es uno de los diversos circuitos que controlan la agresividad en los mamíferos no humanos y, como veremos, ayuda a comprender las diversas formas de agresividad en los seres humanos.

(imagen: Wikimedia Commons)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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