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El ocaso de la violación

En Los ángeles que llevamos dentro, Steven Pinker dedica una parte del capítulo ‘Las revoluciones por los derechos‘ a explicar cómo han cambiado las cifras y conductas frente a la violación — son buenas noticias (pg. 527 – 533):


La idea, aparentemente obvia en la actualidad, de que la violación es siempre una atrocidad contra la víctima tardó en imponerse. En las leyes inglesas, hubo cierto reequilibrio hacia los intereses de las víctimas a finales de la Edad media, pero no fue hasta el siglo XVIII cuando las leyes adoptaron una forma reconocible en la actualidad. No es casual que, también en esa época, la Ilustración, fuese cuando los derechos de las mujeres empezaran a ser reconocidos, prácticamente por primera vez en la historia. En un ensayo de 1700, Mary Astell tomó los argumentos que habían sido utilizados contra el despotismo y la esclavitud y los extendió a la opresión de las mujeres:

Si la soberanía absoluta no es necesaria en un estado, ¿cómo va a serlo en una familia? O, si lo es en una familia, ¿por qué no en un estado? Pues no se puede alegar ninguna razón por la que una sea más fuerte que la otra […].

Si todos los hombres han nacido iguales, ¿cómo es que las mujeres han nacido esclavas? Porque eso son, si el estar sometidas a la voluntad inconstante, vacilante, desconocida, arbitraria de los hombres es la condición perfecta de la esclavitud.

Hicieron falta otros ciento cincuenta años para que este razonamiento se convirtiera en un movimiento. La primera oleada de feminismo, que en Estados Unidos siguió a la Convención de Seneca Falls de 1848 y a la ratificación de la Decimonovena Enmienda a la Constitución de 1920, dio a las mujeres el derecho a votar, a ser miembros de jurados, a tener propiedades en el matrimonio, a divorciarse y a recibir educación. Pero hizo falta la segunda oleada de feminismo de la década de 1970 para revolucionar el tratamiento de la violación.

Buena parte del mérito cabe atribuirlo a un superventas de 1975 de la erudita Susan Browmiller titulado Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación. Brownmiller puso de relieve la condescendencia histórica hacia la violación en la religión, la ley, la guerra, la esclavitud, la actuación policial y la cultura popular. Aportó estadísticas contemporáneas sobre la violación y relatos en primera persona de lo que es ser violada y presentar los cargos pertinentes. Y demostró que la inexistencia de un punto de vista femenino en las instituciones importantes de la sociedad había creado un ambiente que le quitaba hierro a la violación (como en la ocurrencia habitual: “Cuando la violación es inevitable, mejor relájate y disfruta”). Brownmiller escribió en una época en que el proceso descivilizador de la década de 1960 había convertido la violencia en una forma de rebelión romántica, y en que la revolución sexual había hecho de la lascivia un signo de sofisticación cultural. Las dos afectaciones son más propias de los hombres que de las mujeres, y combinadas convirtieron la violación en algo casi chic. Brownmiller reprodujo retratos desconcertantemente heroicos de violadores en culturas de nivel intelectual alto y medio, junto con comentarios vergonzosos que presuponían la solidaridad del lector con ellos. En la película de Stanley Kubrick de 1971 La naranja mecánica, por ejemplo, aparecía un granuja amante de Beethoven que se divertía golpeando a gente hasta dejarla sin sentido o violando a una mujer delante del marido. Un crítico de Newsweek manifestaba lo siguiente:

En su nivel más profundo, La naranja mecánica es una odisea de la personalidad humana, una declaración de lo que es ser realmente humano […]. Como personaje de fantasía, Alex apela a algo oscuro y primordial en todos nosotros. Representa el deseo de gratificación sexual inmediata, de liberación de los enojos y los reprimidos instintos de venganza, la necesidad de aventura y excitación.

El crítico parecía olvidar, señalaba Brownmiller, que hay dos sexos viendo la película: “Estoy segura de que ninguna mujer cree que el punk con nariz de Pinocho y unas tijeras representaba el deseo de ella de gratificación inmediata, vengaza o aventura”. Sin embargo, no podemos acusar al crítico de tomarse confianzas con las intenciones del cineasta. El propio Kubrick utilizó la primera persona del plural para explicarlo:

Alex simboliza al hombre en su estado natural, cómo sería si la sociedad no le impusiera sus procesos “civilizadores”. A lo que respondemos subconscientemente es al inocente sentido de libertad que siente Alex para matar y violar, así como a nuestro yo salvaje natural, y es en este vislumbre de la verdadera naturaleza del hombre en lo que deriva el poder de la historia.

Contra nuestra voluntad ayudó a incluir la reforma de las leyes sobre violación y las prácticas judiciales en la agenda nacional. Cuando se publicó el libro, la violación conyugal no era delito en ningún estado americano; en la actualidad, es ilegal en los cincuenta así como en casi toda Europa occidental. Los centros de ayuda a víctimas de violación han aliviado el trastorno de informar y restablecerse del trauma; de hecho, en los campus actuales es difícil no ver algún anuncio de sus servicios. La figura 7.9 reproduce un adhesivo pegado encima de muchos lavabos de Harvard, en elq ue se ofrecen no menos de cinco organismos con los que ponerse en contacto en caso de sufrir una violación.

Actualmente, todos los niveles del sistema de justicia penal tienen instrucciones de tomarse en serio las agresiones sexuales. Una anécdota reciente refleja el cambio. Una de mis alumnas licenciadas estaba caminando por un barrio obrero periférico de Boston, y en una acera la abordaron tres chicos de Secundaria, uno de los cuales la agarró del pecho y, al protestar ella, la amenazó en broma con golpearla. La chica informó a la policía, que le asignó un agente encubierto para llevar a cabo conjuntamente una labor de vigilancia. Los dos pasaron tres tardes en un coche camuflado (un Cadillac Seville de 1978 color salmón incautado en una redada antidroga) hasta que ella divisó al agresor. El ayudante del fiscal del distrito se reunió con la chica varias veces, y con su consentimiento acusó al muchacho de agresión en segundo grado, acusación ante la que aquél se declaró culpable. En comparación con la informalidad con la que se trataban violaciones brutales en décadas anteriores, esta movilización del sistema judicial por un delito relativamente menor es una señal de cambio en la actuación política.

También resulta irreconocible el tratamiento de la violación en la cultura popular. Hoy día, cuando en el cine o la televisión se produce una violación, es para generar solidaridad con la víctima o repugnancia hacia su agresor. Populares series de televisión como La ley y el orden dejan claro el mensaje de que los agresores sexuales de todas las clases sociales son escoria despreciable y que la prueba del ADN los llevará inevitablemente ante la justicia. Lo que resulta más llamativo es la industria de los videojuegos, puesto que es el medio de la próxima generación, con ingresos equivalentes a los del cine y la música grabada. Los videojuegos constituyen una anarquía descontrolada de contenidos no regulados, creados principalmente por y para hombres jóvenes. Pero aunque los juegos rebosan de violencia y estereotipos de género, una actividad brilla por su ausencia. El experto en leyes Francis X. Shen ha llevado a cabo un análisis de contenidos remontándose a la década de 1980 y ha descubierto un tabú cercano al absoluto:

Parece que la violación es lo único que no se puede incluir en un videojuego […]. Matar montones de personas en un juego, a menudo con crueldad, o incluso destruir ciudades enteras es desde luego peor que violar. Pero en un videojuego, permitir a alguien pulsar el botón X para violar a otro personaje está prohibido. La justificación de que “es sólo un juego” parece fracasar cuando se trata de la violación […]. Ésta es tabú incluso en el mundo virtual de los juegos de rol.

En su búsqueda por el mundo, Shen sacó a la luz un puñado de excepciones, cada una de las cuales desencadenó una protesta inmediata y vehemente.

De todos modos, ¿redujo alguno de estos cambios el índice de violaciones? Los datos sobre violaciones son escurridizos, pues es notorio que no se denuncian todas, aunque también es verdad que se pone a menudo demasiado énfasis en ellas (como pasó en la acusación de 2006, con muchísima repercusión mediática pero en última instancia desestimada, contra tres jugadores de lacrosse de la Universidad de Duke). Se aventan por ahí estadísticas basura de grupos de apoyo que acaban siendo vox pópuli, como el increíble factoide de que ha sido violada una de cuatro estudiantes universitarias. (La afirmación se basaba en una definición muy amplia de violación que las supuestas víctimas no aceptaron jamás; incluía, por ejemplo, cualquier incidente en el que una mujer accediera a mantener relaciones sexuales después de haber bebido demasiado y luego se arrepintiera.) Un conjunto de datos imperfecto pero práctico es el National Crime Victimization Survey realizado por la Oficina de Estadística Judicial de Estados Unidos, que desde 1973 ha entrevistado metódicamente a una muestra amplia y estratificada de la población para calcular índices criminales sin el factor distorsionador del número de víctimas que denuncian un crimen a la policía. El estudio intenta minimizar la escasez de denuncias. El 90% de los entrevistadores son mujeres; además, después de mejorar la metodología en 1993, se hicieron reajustes retroactivos en los cálculos de años anteriores para contar con los datos de todos los años mensurables. La violación se definía de una manera general, pero no demasiado general: incluía actos sexuales realizados mediante amenazas verbales o la fuerza física, y también violaciones tanto intentadas como completadas, de hombres o de mujeres, homosexuales o heterosexuales (en la mayoría de los casos, mujeres violadas por hombres).

En la figura 7.10 se representa el índice anual medido de violaceiones en las últimas cuatro décadas. Apreciamos que, en treinta y cinco años, el índice ha descendido en un asombroso 80%, de doscientas cincuenta por cada cien mil personas mayores de 12 años en 1973 a cincuenta en 2008.

De hecho, puede que el descenso sea aún mayor, pues casi con toda seguridad las mujeres han estado más dispuestas a denunciar la violación en los últimos años, cuando ésta ha sido reconocida como un delito grave, que en épocas anteriores, cuando se solía ocultar y trivializar.

[…]

En la figura 7.10 también he representado gráficamente el índice de asesinatos (a partir de los Informes estandarizados del FBI sobre delitos), alineando las dos curvas en sus valores de 1973. La gráfica muestra que la disminución de las violaciones es distinta de la de los homicidios. El índice de asesinatos tuvo altibajso hasta 1992, bajó en la década de 1990, y en el nuevo milenio se mantuvo estable. El índice de violaciones comenzó a descender en torno a 1979, cayó bruscamente en la década de 1990, y siguió descendiendo de forma irregular durante el nuevo milenio. En 2008, el índice de homicidios había llegado al 57% del nivel de 1973, mientras las estadísticas de violaciones tocaron fondo con el 20%.

Si la tendencia de los datos del estudio es real, el menor número de violaciones es otra señal importante del declive de la violencia. Sin embargo, prácticamente ha pasado desapercibida. En vez de celebrar su éxito, las organizaciones antiviolación transmiten la impresión de que las mujeres corren más peligro que nunca (como en las pegatinas de los lavabos de la universidad).

[…]

Aunque la agitación feminista merece todo nuestro reconocimiento por impulsar medidas que dieron lugar a la disminución de las violaciones en América, el país estaba sin duda preparado para recibirlas. Nadie defendía que las mujeres tuvieran que ser humilladas en las comisarías de policía y las salas de juicios, que los hombres tuvieran derecho a violar a sus esposas, o que los violadores pudieran aprovecharse de las mujeres en huecos de escaleras o aparcamientos. Las victorias llegaron enseguida, no hicieron falta mártires ni boicots, y no aparecieron en escena multitudes furiosas ni policías con perros. Las feministas ganaron la batalla contra las violaciones porque, en parte, había más mujeres en puestos de influencia: el legado de ciertos cambios tecnológicos gracias a los cuales se relajó la antiquísima división sexual del trabajo que había encadenado a las mujeres al hogar y a los hijos. Pero también vencieron porque ambos sexos eran cada vez más feministas.

Pese a ciertas afirmaciones anecdóticas de que las mujeres no han avanzado debido a una “reacción” contra el feminismo, los datos revelan que las actitudes del país han acabado siendo inexorablemente más progresistas.

(imagen: Richard Potts)

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Publicado en De Avanzada por David Osorio

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