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¿La infidelidad es maltrato psicológico?

Algunas formas de combatir la violencia doméstica están llegando a extremos surrealistas — primero fue la aprobación del delito de ‘feminicidio’, que establece penas más altas para los asesinatos de mujeres. ¡Y yo pensando que todos debemos ser iguales ante la ley!

Ahora, en la primera sentencia condenatoria por ‘feminicidio’, se estableció que la infidelidad constituye maltrato psicológico (!), sentando un muy mal precedente:

En una reciente sentencia, con la que falló un caso de feminicidio, el Consejo de Estado consideró, por primera vez, que la infidelidad también es una forma de maltrato psicológico.

La magistrada de la Sección Tercera del Consejo de Estado, Stella Conto Díaz del Castillo, explica que en esta sentencia el tema tiene largo alcance. “La víctima –explicó- sufrió inmensamente por la infidelidad de su marido, lo que los obligó a estar en conflicto permanente; independiente de que ella mostrara su situación, fue agravada por el estereotipo de que la mujer debe acostumbrarse a estos comportamientos”.

La sentencia consideró que la traición “insistente y pública le generaba a la víctima un profundo dolor y sentimientos de tristeza, angustia e inseguridad, con consecuencias comprobadas científicamente en su salud física y mental”.

El caso es terrible, porque la mujer era la esposa de un oficial de Policía que efectivamente la sometía a maltrato físico y psicológico (reales) y que terminó por asesinarla. Todas estas conductas son reprochables y hasta delito, y deben ser castigadas con todo el peso de la ley. (Acertadamente, la sentencia condenó a la Policía Nacional por saber del caso y permitir que continuara como si nada.)

Sin embargo, decir que la infidelidad es maltrato psicológico ya es pasarse tres pueblos. Esto no puede ser bueno para nadie.

Los primeros damnificados son quienes sufren la infidelidad: desconocer que la responsabilidad por sus sentimientos es exclusivamente suya es objetificarlos y negarles agencia, revictimizarlos — no precisamente lo que necesitan.

No pretendo decir que la infidelidad sea buena —creo que cada caso merece ser analizado por aparte— y, en general, considero que es mejor cumplir con las promesas hechas. Si no puede cumplir, no prometa, peeeeeeero romper la propia palabra es un acto del fuero interno de la persona y si el Estado va a empezar a castigar las promesas rotas como “maltrato psicológico”, todos vamos a congestionar los juzgados y tribunales. ¿O es que la magistrada Conto no ha conocido ningún colombiano en su vida?

El Estado ha puesto a nuestro alcance medios para resolver estas situaciones: afortunadamente existen el divorcio, la separación y las comisarías de Familia. Esas son instancias con las que el Estado asiste y empodera a sus ciudadanos para salir de circunstancias que afectan negativamente su estado emocional, como la infidelidad. Recurrir al derecho penal (y el re-victimismo) es excesivo y contraproducente.

La sentencia es una pendiente resbaladiza para que el Estado persiga y castigue a todas las personas que no se comportan como los demás quieren, o sea a todos — al fin y al cabo, defraudar las expectativas que los demás tienen de uno nunca es complicado.

Todas las definiciones funcionales de maltrato emocional parten del hecho de que el abuso es directo o dirigido hacia la víctima. Alguien a quien su pareja ha engañado es una víctima, pero no hay intención de daño, al menos no en principio — otra cosa sería si la pareja infiel se lo restregara en la cara.

La igualdad consiste en empoderar a las mujeres y ofrecerles los mismos derechos. Negarles agencia sobre sus propios sentimientos por acciones no dirigidas hacia ellas es hacer exactamente todo lo contrario. Aceptar que otros harán cosas en su intimidad que a nosotros no nos gustan es parte de vivir en la sociedad como adultos funcionales y no podemos ir etiquetando todo lo que nos incomoda de “maltrato psicológico”.

(imagen: Marc Nozel)

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