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Enseñar la duda

por Lawrence Krauss:


El mes pasado, Scott Walker, gobernador de Wisconsin y presunto candidato presidencial, pronunció un discurso en Chatham House, un think tank de asuntos internacionales en Londres. Para Walker, el punto del discurso fue para reforzar sus credenciales en política exterior. Esa es probablemente la razón por la que la última pregunta —”¿Se siente cómodo con la idea de la evolución?“— lo tomó por sorpresa. “Voy a saltarme esa“, dijo.

Es obvio por qué los políticos evitan la pregunta de la evolución. Una gran parte de la población —incluyendo más del cincuenta por ciento de los votantes republicanos— no cree en ella. Pero los políticos no son los únicos que se la saltan. Cuando se trata de cuestiones que enfrentan las creencias religiosas, muchos científicos y profesores lo hacen, también. Estudios recientes —incluyendo una amplia encuesta nacional por investigadores de la Universidad Estatal de Pensilvania, en 2007— muestran que hasta un sesenta por ciento de los profesores de biología de secundaria rehúye enseñar adecuadamente la evolución como principio unificador de la biología. Ellos no quieren correr el riesgo de una controversia por ofender sensibilidades religiosas. En cambio, muchos recurren a la idea, defendida por el fallecido Stephen Jay Gould, de que la ciencia y la religión son “magisterios no superpuestos” — tradiciones separadas de pensamiento que no necesitan contradecirse entre sí.

“Magisterios no superpuestos” suena bonito. El problema es que hay muchas afirmaciones religiosas que no sólo se “superponen” a los datos empíricos, sino que son incompatibles con estos. Como científico que también gasta una buena cantidad de tiempo en la arena pública, si me preguntan si nuestra comprensión del Big Bang entra en conflicto con la idea de un universo de seis mil años de edad, me enfrento a una decisión: puedo traicionar mis valores científicos, o alentar a esa persona a dudar de sus propias creencias. Más a menudo de lo que podría pensarse, la enseñanza de la ciencia es inseparable de la enseñanza de la duda.

La duda sobre las creencias más queridas de uno es, por supuesto, central para la ciencia: el físico Richard Feynman hizo hincapié en que la persona más fácil de engañar es uno mismo. Pero la duda también es importante para los no científicos. Es bueno ser escéptico, sobre todo de las ideas que aprendes de las figuras de autoridad percibida. Estudios recientes sugieren incluso que enseñar a dudar a una edad temprana podría hacer que las personas sean aprendices mejores para toda la vida. Eso, a su vez, significa que es probable que los escépticos —personas que basan sus opiniones en la evidencia, en lugar de la fe— sean mejores ciudadanos.

El año pasado, escribiendo en el [New York] Times, el politólogo Brendan Nyhan explicó que la “identidad a menudo triunfa sobre los hechos”. Preferimos rechazar las pruebas que cambian nuestro sentido de lo que somos. El conocimiento es comparativamente impotente contra la identidad: a medida que creces mejor informado acerca de los asuntos, simplemente te haces mejor en utilizar selectivamente la evidencia para reforzar tus compromisos preexistentes. Un estudio de la Facultad de Derecho de Yale de 2014, por ejemplo, demostró que la divergencia entre las opiniones de personas religiosas y no religiosas sobre evolución en realidad se va ampliando entre aquellos que están familiarizados con las matemáticas y la ciencia. Al describir la obra de Nyhan para este sitio web, María Konnikova resumió sus conclusiones escribiendo que “es sólo después de que la ideología se pone de lado” que los hechos son “desacoplados de las nociones de auto-percepción”. Una conclusión que podríamos sacar es que debemos resistir la ideología en primer lugar. Si queremos educar ciudadanos que sean mejores en hacer juicios basados en la evidencia, tenemos que empezar temprano, haciendo que el escepticismo y la duda sean parte de la experiencia que da forma a su identidad desde una edad temprana.

Mientras tanto, a principios de este año, una encuesta de AP-GfK reveló que menos de un tercio de los estadounidenses están dispuestos a expresar confianza en la realidad del cambio climático antropogénico, la evolución, la edad de la Tierra, y la existencia del Big Bang. Entre los encuestados, hubo una correlación directa entre la convicción religiosa y una falta de voluntad para aceptar los resultados de la investigación científica empírica. Las creencias religiosas son muy variables, por supuesto — no todas las creencias, o todos los fieles, son iguales. Pero parece justo decir que, en promedio, la fe religiosa parece ser un obstáculo para la comprensión del mundo.

La clase de ciencia no es el único lugar donde los estudiantes pueden aprender a ser escépticos. Una provocativa novela que presenta una visión del mundo completamente extraña, o una lección de historia que explore las muy diferentes costumbres del pasado, pueden llevarte a reevaluar con escepticismo tus opiniones heredadas del universo. Pero la ciencia es un lugar donde tal confrontación es explícita y accesible. No tomó más que un simple experimento para que Galileo revocara la sabiduría de Aristóteles. La duda informada es la esencia misma de la ciencia.

Algunos profesores evitan confrontar creencias religiosas porque les preocupa que sembrar las semillas de la duda hará que algunos estudiantes cuestionen o abandonen su propia fe o la fe de sus padres. Pero ¿es eso realmente tan malo? Le ofrece a algunos jóvenes la oportunidad de escapar de la culpa impuesta sobre ellos simplemente por cuestionar lo que les dicen. El año pasado, recibí un correo electrónico de un hombre de veintisiete años de edad, quien ahora está estudiando en Estados Unidos después de crecer en Arabia Saudita. Su padre fue ejecutado por miembros de la familia después de convertirse al cristianismo. Él dice que aprender de ciencia es lo que finalmente le ha liberado de la amenaza del fundamentalismo religioso. La misma semana, recibí un correo electrónico de un joven que vive en Indiana; él se siente aislado y dañado debido a la reacción de sus amigos y familia por su rechazo de la religión y su amor por la ciencia. Recibo emails como estos regularmente. Le debemos a estos jóvenes ayudarles a sentirse, como lo puso otro joven escritor de cartas, que “no soy el único que tiene estos pensamientos”.

El fundamentalismo religioso existe más cerca de casa de lo que imaginamos. Consideren a Roy Moore, presidente de la Corte Suprema de Alabama, famoso por negarse a quitar los Diez Mandamientos de la pared de su sala de audiencias: en un discurso reciente, él declaró que la Primera Enmienda sólo se aplica a los cristianos. O pensemos en la nueva clase de primer año en la Cámara de Representantes: incluye a Jody Hice, un hombre que afirma que las “lunas de sangre” están cumpliendo las profecías bíblicas. En una decisión reciente, el papa Francisco reconoció oficialmente, según el derecho canónico, la Asociación Internacional de Exorcistas. Dijo que el exorcismo es “una forma de caridad”. (Cuando tuiteé de la decisión, otro usuario señaló que la política debe estar funcionando — después de todo, nadie ha visto ningún demonio recientemente.)

Una nueva generación siempre está más cómoda con prescindir de las viejas ideas que sus predecesores; en este sentido, nunca estamos más lejos que a una generación de alterar las creencias de larga data. La batalla por el matrimonio gay, por ejemplo, ya se ha ganado porque es simplemente un problema inexistente para los jóvenes. ¿Es ingenuo pensar que podemos superar siglos de intransigencia religiosa en una sola generación a través de la educación?

Una cosa es cierta: si nuestro sistema educativo no promueve honesta y explícitamente el principio central de la ciencia —que nada es sagrado— entonces animamos a que el mito y el prejuicio sobrevivan. Necesitamos equipar a nuestros hijos con las herramientas para evitar los errores del pasado, mientras construyen un mundo mejor y más sostenible, para sí mismos y para las generaciones futuras. No vamos a conseguir eso esquivando las preguntas inevitables e importantes sobre los hechos y la fe. En lugar de saltarnos estas preguntas, le debemos a la próxima generación sembrar las semillas de la duda.

(imagen: who am i? via photopin (license))

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