En Las 2 Orillas, Carlos Palacio resume perfectamente el abuso que representa criar niños en alguna religión:
Para los pequeños, carentes del poder de discernimiento, todas las afirmaciones de los adultos son verdades absolutas. Y sobre ese maravilloso sustrato permeable se pueden sembrar lo más espléndidos conocimientos o las más trágicas manipulaciones.
Los jesuitas lo saben muy bien y lo traducen en su conocido precepto “Dame un niño hasta que tenga siete años y te devolveré un hombre”.
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El concepto religioso se deposita en cerebros vulnerables e indefensos y, sin importar lo descabellado que sea, el niño lo aprenderá y lo repetirá como verdad porque procede de un adulto en quien confía y porque carece de herramientas para cuestionarlo.
Es así como aparece el abanico inverosímil: adultos que creen en piedras sagradas, en muertos vivientes, en deidades con cabeza de elefante o en hijos de vírgenes que salvan a la humanidad colgándose de un madero.
¿Un niño anarquista? ¿Un niño neoliberal? ¿Un niño comunista?
A todos nos escandaliza esa idea porque implica un adulto manipulando y un niño siendo manipulado, como bien lo explica en su analogía Richard Dawkins.
¿Por qué entonces no nos escandalizamos cuando nos hablan de la Infancia Misionera o de los niños cristianos?
Yo sí me escandalizo. Es más, creo que esa atrocidad debería ser considerada una forma de reclutamiento infantil y estar penalizada por la ley – no es muy diferente a inscribir a un recién nacido al partido Nazi o hacerle tatuajes.