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La ecofilosofía de Vandana Shiva

por Marco Rosaire Conrad-Rossi:


No existe una figura en el movimiento antitransgénico que exija más respeto que Vandana Shiva. Una escritora y activista india, Shiva se ha puesto a sí misma en el centro del movimiento anti-transgénico a través de su implacable oposición a la biotecnología y su voluntad de teorizar los objetivos del movimiento antitransgénico a una visión más amplia de la sociedad. Shiva no quiere simplemente etiquetar los transgénicos, quiere dar vuelta a todo el orden social, y ve su causa de oposición a la biotecnología como la pieza clave en esta gran revolución verde.

A pesar de su popularidad como ponente, existen muy pocos análisis de la propia ecofilosofía de Vandana Shiva. Con el fin de comprender su pasado, decidí leer su libro Staying Alive: Women, Ecology and Development. Es su primer libro, y se considera una declaración seria de sus ideales “ecofeministas”. Al leerlo me sorprendió tanto el contenido como la erudición. Estaba lleno de falacias e interpretaciones creativas de la historia — por no hablar de las declaraciones repetitivas que inflan su mensaje, pero hicieron poco para fortalecerlo contra las críticas obvias. Lo más sorprendente, sin embargo —y, probablemente, para consternación de muchos liberales occidentales— desde el principio del libro se hizo evidente que el “ecofeminismo” de Shiva es una ideología profundamente conservadora, cuando no reaccionaria, Una vez que se pelan las capas de su pensamiento, se descubre que ella es una feroz opositora del modernismo, desconfía del humanismo ilustrado, una astuta ecomística que tiene más en común con los fanáticos religiosos que los activistas progresistas que son su principal audiencia.

En el corazón de la visión del mundo de Vandana Shiva se encuentra la idea de que los principales problemas que enfrentan las mujeres, los pueblos indígenas y el medio ambiente tienen sus raíces en la transición de Europa hacia el racionalismo y el pensamiento científico. Ella se refiere a este movimiento como “reduccionismo” — pero también asocia a menudo el “reduccionismo” con el patriarcado y el colonialismo, que casi parece como si se hubiera redefinido “reduccionismo” como sinónimo de estos términos. En cualquier caso, para Shiva el aumento del “reduccionismo” comenzó con la revolución científica europea, que —según ella— “convirtió a la mujer y la naturaleza en objetos pasivos, para ser utilizados y explotados por los deseos controlados e incontrolables de los hombres”. La idea de que las mujeres y la naturaleza fueron “convertidas” en objetos pasivos implica que antes de ese momento todo estaba bien, o al menos mucho mejor. La evidencia histórica que ella usa para probar este punto es —por decir lo menos— inexistente. La única conexión que ella establece entre la Revolución Científica Europea y la opresión de la mujer es señalar que la caza de brujas tuvo lugar en Europa mientras la revolución científica estaba en marcha. Haciendo caso omiso del hecho evidente de que la persecución tanto de “brujas” como de científicos fue organizada por la Iglesia Católica, Shiva presenta su caso mezclando algunas referencias vagas a los episodios de caza de brujas con algunas citas seleccionadas de científicos europeos. Esto difícilmente establece una conexión estrecha. El único ejemplo concreto de la caza de brujas que ella cita es una ley inglesa contra las brujas aprobada en 1511, pero este es un ejemplo muy problemático. La mayoría de los eruditos ubica el inicio de la Revolución Científica Europea en la publicación de Copérnico Sobre el movimiento de las esferas celestiales. El problema para Shiva es que el libro de Copérnico fue publicado en 1543 — treinta años después del ejemplo de la caza de brujas que usa. Este punto de vista cronológicamente cuestionado sería cómico si el tema de Shiva no fuera tan serio.

Por desgracia para el lector, las habilidades hermenéuticas de Shiva son tan pobres como su aptitud para la historia (que es realmente sorprendente teniendo en cuenta que tiene un doctorado en filosofía). Ella pone gran parte de la culpa del pensamiento “reduccionista” a los pies de Francis Bacon, pero sus argumentos rara vez se elevan por encima del uso selectivo de citas e inferencias dudosas. Afirma que “en el método experimental de Bacon, que fue central en su proyecto masculino, hay una dicotomía entre lo masculino y lo femenino, la mente y la materia, lo objetivo y lo subjetivo, lo racional y lo emocional, y una conjunción de dominio masculino y científico sobre la naturaleza, las mujeres, y los no-occidentales”. Y, ¿cuál es la evidencia para esta audaz interpretación de Bacon? La respuesta es que Bacon —escribiendo en el siglo XVI— se refiere a la naturaleza como “ella” y a la humanidad colectivamente como “el hombre”. Así que, cuando él escribe sobre ciencia usando estas denotaciones está impregnando una formulación inherentemente sexista en la ciencia moderna — una formulación de la que no puede escapar no importa lo mucho que se intente. No hace falta decir que este análisis es juvenil. Por supuesto, Francis Bacon tenía prejuicios sexistas que eran casi universales entre todos los hombres de su tiempo, y esto, obviamente, influyó en su lenguaje. Pero, volver esto una crítica a toda la ciencia moderna es demasiado forzado. Aquí, Shiva confunde claramente metáfora con significado y, al hacerlo, deriva en una mala interpretación radical de la obra de Bacon.

Teniendo en cuenta su enfoque en el “reduccionismo” —y los horrores que causa— sería importante que ella defina con claridad qué es exactamente lo que quiere decir con ello. Problemáticamente, el libro no contiene una definición sencilla. Lo más parecido a una comprensión de “reduccionismo” que el lector obtiene es una sub-sección del libro titulada “La brecha natural-antinatural”. En ella Shiva describe sus tres categorías de conocimiento. El “reduccionismo” no explica adecuadamente la primera categoría —el reino de la naturaleza, como en la ecología— porque el “reduccionismo” necesita reducir todo a los confines del experimento controlado. Esta reducción de la experiencia al experimento controlado hace imposible comprender cómo funcionan las cosas en el mundo real — y debido a esto conduce a una falta de comprensión de los sistemas ecológicos y la eventual destrucción del medio ambiente. La segunda categoría —el reino de la física de partículas y campos relacionados— es adecuado para el “reduccionismo”, porque estos campos se pueden explicar a través de experimentos controlados, pero no tienen implicaciones prácticas para el mundo real, así que por lo tanto no corren el riesgo de degradar el medio ambiente. Hay, sin embargo, una tercera categoría para la que el “reduccionismo” proporciona las herramientas adecuadas y tiene implicaciones prácticas. Según Shiva, esta categoría, “a diferencia de la física de partículas, trasciende el contexto material del laboratorio experimental y, a diferencia de los conocimientos de los ámbitos relacionados con la salud y la alimentación y la agricultura, no crea desequilibrios ecológicos”. ¿Y cuál es esta tercera categoría? La respuesta es la electrónica.

Podría haber varias objeciones a esta clasificación, pero voy a limitar mis críticas a la comprensión de Shiva de la electrónica. En primer lugar, decir que la electrónica es una categoría de algo separado de la física de partículas es una falacia. Si algo, la electrónica es la aplicación práctica de los conocimientos extraídos de nuestra comprensión de la física. Sin los avances en mecánica cuántica no se habría producido la revolución digital. Luego, es impactante para cualquier ecologista para afirmar que la electrónica no crea desequilibrios ecológicos. Por lo menos en sus manifestaciones actuales, nuestros aparatos electrónicos son una enorme carga para el medio ambiente — desde los minerales que se extraen a los residuos que producen. Pero, estos puntos a un lado, hay algo revelador acerca de la categorización de Shiva. Cuando se trata de áreas de “la salud y la alimentación y la agricultura” Shiva es una ludita completa, pero ella está más que dispuesta a usar los computadores, aviones, y teléfonos celulares. Ella dice que está caminando los pasos de Gandhi, pero Gandhi al menos fue consistente. Él comía una dieta crudivegana, muy rara vez usaba carros, y probablemente nunca visitó un teatro de cine en toda su vida. Si había que sufrir en un estilo de vida que denunciaba las tecnologías modernas, él era el primero en medírsele a ello. Vandana Shiva es menos apasionada por su propio ascetismo.

¿Cómo puede justificar esta contradicción? ¿Por qué no acepta el conocimiento “tradicional” sobre el vuelo al entrar en un avión? O ¿qué pasa con “formas de conocimiento” tribales en la construcción de una torre de telefonía celular? Su punto de vista de la ciencia moderna —y su sustitución de esta por la “etnociencia“, la ciencia que está limitada dentro de la cultura de los pueblos particulares en lugar de un proyecto universalizante— le permite un escape conveniente de este atolladero. Básicamente, “la salud y la alimentación y la agricultura” eran cosas conocidas por los pueblos indígenas, ellos tenían experiencia directa con aquellos, e intuitivamente sabían sobre los sistemas ecológicamente. Así, sus opiniones sobre ellos —no importa cuán correctos según los estándares de la ciencia moderna— son válidos. Los inventos más modernos no lo eran. Así, la “etnociencia” de los países desarrollados es correcta cuando se aplica a estos inventos electrónicos, pero se convierte en “reduccionista” cuando se aplica a estas otras áreas. Este punto de vista es tan conspicuamente contradictorio y oportunista, que es difícil entender por qué alguien lo creería. Cualquiera que sea el motivo, el efecto de la filosofía de Shiva es que el mérito del “reduccionismo” está en proporcionarle ciertas comodidades sin las cuales no está dispuesta a vivir. En este caso se trata de teléfonos celulares, aviones y computadores. Pero, se convierte en el núcleo de toda opresión y degradación en el mundo cuando se aplica a las cosas para las que ella tiene menos utilidad —porque ya le han sido provistas en abundancia— como “la salud y la alimentación y la agricultura”.

La hipocresía de esta posición se pierde en Shiva, ya que la mayor parte de su libro está dedicada a pintar una visión demasiado romántica de los pueblos indígenas y de un pasado idílico que nunca existió. Para Shiva la idea de que los pueblos indígenas que viven en una sociedad tribal sufrieron de algún tipo de escasez es puramente una invención de este pensamiento “reduccionista”. El problema con las sociedades indígenas no es su pobreza, sino cómo se define la riqueza a través de la mentalidad occidental. Shiva afirma que “las economías tradicionales no son avanzadas en materia de satisfacción de necesidades no vitales, pero en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas y vitales, a menudo son lo que Marshall Sahlins ha llamado ‘la sociedad de la abundancia original'”. Uno simplemente tiene que considerar la tasa de muerte por afecciones que hoy son curables para ver qué tan efectivas eran realmente estas sociedades en la satisfacción de sus “necesidades básicas y vitales” — por no hablar de cosas como la vivienda, el ocio y la capacidad de perseguir formas especializadas de conocimiento tales como la escritura, la investigación científica y las actividades artísticas.

La referencia a Sahlins también es reveladora. Marshall Sahlins se hizo famoso en el campo de la antropología por demostrar que las sociedades de cazadores-recolectores no vivieron siempre al borde de la inanición. Mientras que algunas de las conclusiones de Sahlins aún son controversiales —como la cantidad de tiempo que estas sociedades dedicaban realmente al trabajo y lo que se considera “trabajo” en sus sociedades— se ha reconocido que muchas de sus observaciones son importantes contribuciones a la antropología. El problema es que muchas personas —especialmente aquellos con una agenda ambiental regresiva— han malinterpretado y exagerado las afirmaciones de Sahlins. Su obra ha sido objeto de abusos por los ambientalistas para decir cosas sobre las sociedades indígenas que Sahlins no apoyaba. Como explica Jacqueline Solway en su ensayo que revisa el legado de la obra de Sahlins: “algunos grupos de académicos han elevado The Original Affluent Society a algo que se acerca a un objeto de culto… Las organizaciones que promueven la sostenibilidad ecológica y abogan por el retorno a la naturaleza, el antimaterialismo y el comunalismo encontrar en The Original Affluent Society una racional y una visión de su posición y sus sueños utópicos”. Shiva —en su celosa prisa de elogiar a los pueblos tribales— es terriblemente culpable de este uso equivocado del término.

Si toda esta romantización de los pueblos indígenas, mientras que se forja un nicho filosófico especial para la electrónica moderna parece un poco egoísta, bien, esa es la manera en que yo describiría el libro de Vandana Shiva: egoísta. Según Shiva, India ha estado en el centro de la innovación agrícola y la ganadería. El hecho de que las naciones desarrolladas han eclipsado a India en reconocimiento no es más que una estratagema astuta ideada por “reduccionistas” para marginar otras formas de conocimiento. No sólo eso, sino que las mujeres indígenas tienen más conocimientos sobre la agricultura que cualquier otra persona — y si esas mujeres son indígenas, entonces están en la cúspide del conocimiento agrícola. En ninguna parte de la obra de Shiva el lector tiene la sensación de que el conocimiento se deriva de la experiencia, el trabajo duro, la disciplina y la educación. Por el contrario, el conocimiento es un producto de la identidad, y la identidad que da la casualidad que ella ve como los más conocedores son las mujeres indígenas de India; el hecho de que ella misma es una india que romantiza las indígenas —y cómo esto puede influir en su propia perspectiva— no es algo sobre lo que reflexione.

No pensar en su propia identidad (Shiva es de la privilegiada casta de los brahmanes en la India) y las posibles vendas que ello conlleva parece ser uno de los principales factores que han llevado a Shiva a tener esas erróneas opiniones sobre la ciencia, la filosofía y la historia. El conocimiento en su libro es simplemente terrible. Ella selecciona y escoge de autores los puntos que apoyan su opinión, y luego pasa por alto los aspectos de su trabajo que contradicen su postura. Por ejemplo, en las páginas 119-120 cita al aclamado economista indio Amartya Sen para demostrar que la revolución verde ha profundizado la brecha de género en la India. Su evidencia es que la proporción de sexos entre hombres y mujeres es menor en África —que no tuvo una revolución verde— de lo que es en la India. No sólo una comparación de este tipo dice poco sobre los efectos reales de la revolución verde, sino que Sen probablemente se enfadaría si supiera que su trabajo está siendo utilizado de esta manera. Sen, economista ganador del premio Nobel que es un experto en hambrunas, nunca ha contradicho la importancia de la revolución verde — y él definitivamente no pensaría que llevó a un mayor sexismo en la sociedad india.

Además de esta lectura selectiva de la obra de los autores, Shiva también tiene muchos otros delitos académicos. Ella lanza leyendas urbanas escandalosas y sin ninguna cita. Uno de los ejemplos más extravagantes de esto está en la página 23, donde Shiva afirma que “el 80% por ciento de la investigación científica… se dedica a la industria de la guerra”. Sin una fuente para esta información es mejor que el lector asuma que es completamente fabricada. La mayoría de la investigación científica que ella cita es de artículos periodísticos y no las fuentes originales. Otras fuentes son francamente ridículas, como cuando ella tiene la audacia de citar el memorando de una empresa escrito por una persona anónima. Otras veces es simplemente perezosa. En una sección ella presenta un gráfico sobre la lluvia. En vez de hacer los cálculos para averiguar el promedio de lluvia en un período de 40 años, sólo le proporciona al lector con un rango estimado. Personalmente, no creo que este libro pudiera obtener una calificación aprobatoria en la mayoría de las clases de posgrado. A lo sumo, un profesor lo consideraría un borrador.

Sin embargo, para muchas personas Vandana Shiva> no sólo pasa, sino que se mueve a la cabeza de la clase y se volvió la nueva profesora. La única razón que se me ocurre es que Vandana Shiva nutre los sesgos y prejuicios que muchas personas tienen en Occidente sobre el mundo en desarrollo, mientras que al mismo tiempo les ofrece la cobertura ideológica para no tener que escapar nunca de la comodidad de sus estilos de vida privilegiados. Shiva da a la gente la esperanza de que puedan tener su pastel orgánico y comérselo también. Lo más probable es que ella se haya rodeado de aduladores que —enamorados con el motivo del buen salvaje que ella promueve— están buscando un gurú. Toda su filosofía y aproximación al conocimiento es una confirmación de la creencia de que los gurús son reales, y diciéndole a la gente lo que quieren oír ella se convierte en el gurú que están buscando. Además de esto, su lenguaje estridente hace imposible criticar la. Así como Vandana Shiva nunca se equivoca, los que tienen una visión diferente a la de ella nunca están simplemente equivocados. En cambio, están participando en un gran experimento occidental de opresión y colonización. Si hay una fórmula para el pensamiento de Vandana Shiva es esta: antropomorfizar la naturaleza, esencializar a las mujeres e idealizar a los pueblos indígenas. Por lo tanto, el suelo tiene “derechos”, la igualdad se basa en un “principio femenino”, la sostenibilidad ecológica implica el aprendizaje de “formas de conocimiento” tribales, las presas actúan “con violencia” hacia los ríos, los experimentos controlados son instituciones “machistas”, el excedente económico es lo “epistémico” de la colonización occidental, y así sucesivamente. Ella ha llenado el panorama del debate con tantas minas retóricas que es imposible criticarla sin ser acusado de querer perpetuar el sufrimiento de los demás. ¿Cómo es, entonces, un crítico sincero capaz de montar un desafío exitoso contra Shiva? La respuesta es que no puedes, no a menos que estés dispuesto a tirar de la cortina que esconde su farsa y revelar los principios hipócritas y reaccionarios latentes en su trabajo.

Después de leer Staying Alive es evidente que si las ideas de Vandana Shiva alguna vez llegaran a ser prominentes, el mundo no sería otra cosa que una ecotopía. Sus remedios son peores que la enfermedad. Hay una razón para esto. Cuando las personas desechan la razón —ya sea en forma de humanismo cuando se trata de la sociedad o de ciencia cuando se trata del mundo natural— el vacío creado en su mente se llena de impulsos, sesgos y prejuicios. No importa lo mucho que intenten encubrir estos sesgos y prejuicios con neologismos como “etnociencia”, estos todavía están allí. A veces estas fuerzas pueden tomar buenas decisiones, pero la mayoría del tiempo las tomarán malas. Las personas que son demasiado crédulas sobre su propio intelecto —personas que piensan que no tienen nada que aprender y mucho que enseñar— no serán capaz de notar la diferencia, pero las personas que tienen que sufrir en virtud de esas decisiones sí lo harán. Y, si tienen suficiente apoyo de los demás sólo debería ser cuestión de tiempo antes de que las voces de sufrimiento sean más elocuentes que las estridentes perogrulladas y la demagogia de Vandana Shiva.

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