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El libre albedrío está listo para la jubilación

Pregunta EDGE 2014: ¿Qué idea científica está lista para la jubilación?

Jerry Coyne respondió que el Libre albedrío:


Entre prácticamente todos los científicos, el dualismo está muerto. Nuestros pensamientos y acciones son los resultados de un computador hecho de carne —nuestro cerebro— un computador que debe obedecer las leyes de la física. Nuestras elecciones, por lo tanto, también deben obedecer esas leyes. Esto acaba la idea tradicional del libre albedrío dualista o “libertariano”: que nuestras vidas se componen de una serie de decisiones en las que podríamos haber elegido otra cosa. Ahora sabemos que no podemos hacer otra cosa, y lo sabemos de dos maneras.

La primera es la de la experiencia científica, que no muestra evidencia de una mente separada del cerebro físico. Esto significa que “yo” —lo que sea que “yo” signifique— puedo tener la ilusión de la elección, pero mis opciones son, en principio, predecibles por las leyes de la física, a excepción de cualquier indeterminación cuántica que actúa en mis neuronas. En resumen, la noción tradicional del libre albedrío —definido por Anthony Cashmore como “la creencia de que hay un componente de comportamiento biológico que es algo más que las consecuencias inevitables de la historia genética y ambiental de los individuos y las posibles leyes estocásticas de la naturaleza”— está muerta de camino al hospital.

En segundo lugar, experimentos recientes apoyan la idea de que nuestras “decisiones” a menudo preceden a nuestra conciencia de haberlas hecho. Estudios cada vez más sofisticados que utilizan la exploración del cerebro muestran que esas exploraciones a menudo pueden ¡predecir las elecciones que uno hará varios segundos antes de que el sujeto sea consciente de haber elegido! De hecho, nuestro sentimiento de “tomar una decisión” puede ser en sí una confabulación post hoc, tal vez una evolucionada.

Cuando se les presiona, casi todos los científicos y la mayoría de filósofos admiten esto. El determinismo y el materialismo, ellos están de acuerdo, son vencedores. Pero ellos son notablemente callados al respecto. En lugar de difundir el importante mensaje científico de que nuestros comportamientos son los resultados deterministas de un proceso físico, ellos prefieren inventar nuevas versiones “compatibilistas” del libre albedrío: versiones que concuerden con el determinismo. “Bueno, cuando pedimos helado de fresa realmente no podríamos haber pedido vainilla”, dicen, “pero todavía tenemos libre albedrío, en otro sentido. Y es el único sentido que es importante”.

Lamentablemente, lo que es “importante” difiere entre los filósofos. Algunos dicen que lo importante es que nuestro complejo cerebro evolucionó para absorber muchos insumos y usarlos mediante programas complejos (“cavilaciones”) antes de dar un resultado (“decisión”). Otros dicen que lo importante es que es nuestro propio cerebro y el de nadie más es el que toma nuestras decisiones, incluso si esas decisiones están predeterminadas. Algunos incluso argumentan que tenemos libre albedrío porque la mayoría de nosotros elige sin coacción: nadie pone una pistola en nuestra cabeza y dice: “pide de fresa”. Pero, por supuesto, eso no es cierto: las señales eléctricas en el cerebro son las armas.

Al final, no hay nada de “libre” sobre el libre albedrío compatibilista. Es un juego semántico en el que la elección se convierte en una ilusión, algo que no es lo que parece. Tanto si podemos “elegir” como si no, es un asunto de la ciencia, no de la filosofía, y la ciencia nos dice que somos complejas marionetas bailando con las cuerdas de nuestros genes y entornos. La filosofía, viendo el espectáculo, dice “pónganme atención, he cambiado el juego”.

Entonces, ¿por qué todavía merodea el término “libre albedrío” cuando la ciencia ha destruido su significado convencional? Algunos compatibilistas, tal vez, están impresionados por su sensación de que pueden elegir, y deben acomodar esto con la ciencia. Otros han dicho explícitamente que la caracterización de “libre albedrío”, como una ilusión perjudicará la sociedad. Si la gente cree que son títeres, bueno, entonces tal vez se paralizarán por el nihilismo, sin voluntad para salir de sus camas. Esta actitud me recuerda a la declaración (probablemente apócrifa) de la esposa del obispo de Worcester cuando se enteró de la teoría de Darwin: “Querido, ¡descender de los monos! Esperemos que no sea cierto, pero si lo es, recemos para que no se haga de conocimiento general”.

Lo que me intriga es por qué los compatibilistas pasan tanto tiempo tratando de armonizar el determinismo con un concepto históricamente no determinista en lugar de hacer frente a la difícil pero más importante tarea de venderle al público las nociones científicas del materialismo, el naturalismo, y su consecuencia: la mente es producida por el cerebro.

Estas consecuencias del “incompatibilismo” significan un replanteamiento completo de cómo castigamos y premiamos a las personas. Cuando nos damos cuenta de que la persona que mata a causa de un trastorno mental tenía precisamente tanta “elección” como alguien que asesina de abuso infantil o un mal entorno, veremos que todo el mundo merece la mitigación ahora dada únicamente a los que se consideran incapaces de elegir entre el bien y el mal. Porque si nuestras acciones están predeterminadas, ninguno de nosotros puede hacer esa elección. Seguirá siendo necesario castigar los crímenes, por supuesto, para disuadir a otros, rehabilitar a los delincuentes, y retirar a los criminales de la sociedad. Pero ahora esto se puede poner sobre una base más científica: ¿qué intervenciones pueden ayudar mejor a la sociedad y el delincuente? Y perdemos la idea inútil de justicia como venganza.

Aceptar el incompatibilismo tambien disuelve la noción de responsabilidad moral. Sí, somos responsables de nuestras acciones, pero sólo en el sentido de que son cometidas por un individuo identificable. Pero si realmente no se puede elegir ser bueno o malo —golpear a alguien o salvar a un niño que se ahoga— ¿qué entendemos por responsabilidad moral? Algunos pueden argumentar que deshacerse de esa idea también desecha un importante bien social. Afirmo lo contrario: al rechazar la responsabilidad moral, tenemos la libertad de juzgar las acciones no por algún dictado, divino o no, sino por sus consecuencias: lo que es bueno o malo para la sociedad.

Por último, rechazar el libre albedrío significa rechazar los principios fundamentales de las muchas religiones que dependen de la libre elección de un dios o un salvador.

Los temores que motivan a algunos compatibilistas —que una versión del libre albedrío debe mantenerse no sea que la sociedad colapse— no se harán realidad. La ilusión de la agencia es tan poderosa que incluso los incompatibilistas fuertes como yo siempre actuaremos como si tuviéramos opciones, aunque sepamos que no las tenemos. No tenemos elección. Pero al menos podemos pensar por qué la evolución podría habernos legado una ilusión tan poderosa.

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