Relativismo cultural en acción. ¿Qué más iba a ser?

Son apenas un puñado los casos reportados, pero otros pequeños, la mayoría indígenas emberas, se apagan en silencio en sus míseros caseríos, ante la indiferencia de los suyos. Y un buen número de los que logran sobrevivir –el año pasado se conocieron 75 casos de desnutrición en el departamento– no superan la discapacidad intelectual y física que casi siempre acarrea un mal que resulta paradójico en unas tierras exuberantes.

“Los niños los traen al hospital cuando están moribundos. Bienestar (el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar) se los quita a los padres, pero cuando se reponen, se los tienen que devolver a ellos mismos o a la comunidad, porque la norma 1098 del 2006 así lo decreta. Solo en tercer lugar se contempla la adopción y los indígenas casi nunca la aceptan, aunque el niño regrese a un entorno donde volverá a sufrir desnutrición y abandono”, señala Brinnay Córdoba, la buena gerente del agonizante Hospital San Francisco, al que intenta rescatar de años de corrupción y desidia.

Llegó una menor desnutrida. Le advertimos a la comunidad que si la sacaban se moría, pero dijeron que se la llevaban con sus médicos tradicionales. No pudimos retenerla y la entregaron después de firmar un acta con la Defensoría, Bienestar y otros”, rememora. “Los niños que recibimos son la punta del iceberg, las comunidades están llenas de niños desnutridos”, indica el pediatra Pedro Luis Álvarez.

La niña que hallamos el 6 de abril en la comunidad Nambúa (Bojayá), abandonada por su papá y madrastra, y a quien pusimos en manos del ICBF, se encuentra en un hogar sustituto de Quibdó.

En el examen médico determinaron que, junto con la desnutrición severa, padece de paludismo, de una infección en la sangre y está invadida de parásitos que le hinchan el estómago; de ahí que le cueste ganar peso.

Pero el cambio obrado en solo semanas es asombroso. Desde los brazos de su mamá temporal, que la consiente y arregla con coquetería, me mira retadora, con sus grandes ojos negros y brillantes, marcando territorio. Por fin conoce lo que es amor, comer con regularidad, estar bañada, vestida, reír, jugar con otros niños y armar berrinches cuando no consigue un capricho.

¿Dónde ahora están los relativistas que se quejaban por el suicidio masivo de indígenas al perder sus tierras? ¿Dejaron de ser importantes los niños nativos, o son más importantes las tradiciones, por salvajes e incivilizadas que sean?

¿Cuántos niños indígenas más tendrán que morir para que la jurisdicción indígena sea abolida y los nativos y sus niños sean tratados dejen de ser tratados como ciudadanos de segunda clase?

¿Que, acaso, nadie se da cuenta de lo abiertamente racista que resulta tener leyes diferentes para las personas, según su pertenencia a una etnia?

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