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Melofascismo

Desde hace muchos años he adoptado la defensa de la música popular como libre expresión y me ha tocado, gracias a que tengo amigos que sólo consideran como música, la clásica y el rock clásico y hasta ahí.

Este síntoma se ha visto agudizado fuertemente con la llegada del reggaetón. Letras intelectualmente vacías, ritmos repetitivos y un espanglish torturado caracterizan este género.

Ahora, Cuba acaba de prohibirlo (raro, ¿no?) y el debate vuelve a presentarse, con muchos aplaudiendo la decisión del régimen castrista.

De algunos, lo entiendo: los conservadores siempre están oponiéndose al sexo y dictaminando cuáles consideran que son las costumbres que una sociedad debe conservar y qué gustos debe promover.

De otros, no lo entiendo. No sé si es por algún impulso clasista autoindulgente o un rezago religioso escondido que desprecian una promoción del sexo tan abierta (¡y en los niños!). Eso sí, ignorancia de cómo funciona la comunicación a cascoporro.

El caso es que nunca faltan las voces que pretenden censurar el reggaetón o descalificarlo, diciendo que no es música. Al parecer, estos melómanos de boutique y defensores de las “buenas costumbres” son quiénes para decir qué es música y qué no, todo según sus castos y puros oídos.

Que a mí no me gusten las crónicas de Narnia no significa que las vaya a tachar de no-literatura, ni mucho menos pedir que se prohíban, ni alegrarme si lo hacen.

El Estado no debería decirle a nadie qué gustos puede o debe tener, ni cuáles deben ser sus preferencias.

Eso que lo hagan en Corea del Norte y Cuba, ¿pero que lo exijan personas que disfrutan de una democracia más o menos funcional? Tsk, tsk, tsk…

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