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Relativismo cultural y recién nacidos

La semana pasada hubo dos nacimientos en comunidades indígenas colombianas que llegaron a la prensa.

El primero, fue el de una niña de la tribu embera chamí que fue mutilada:

La niña, de cinco días de nacida, estaba a punto de desangrarse y padecía una infección severa. Le mutilaron el clítoris en un 80 por ciento, según Adriana Ángel, coordinadora de la unidad maternoinfantil del hospital. Tenía café en las entrañas que le echaron para detener la hemorragia.

Poco o nada les importó su palabra a los embera, que habían prometido renunciar a esa bárbara y salvaje práctica.

En contraste, tenemos a un niño wayú, que nació gracias a la tecnología y la ciencia desarrolladas en Occidente:

Luego de más de nueve horas de complicaciones severas por preclampsia, una menor de 16 años de edad, con 34 semanas de embarazo, logró dar a luz en la Clínica de Riohacha, tras ser evacuada en un helicóptero de la Fuerza Aérea Colombiana desde un apartado caserío cerca de Nazareth, en la Alta Guajira.

La gestión humanitaria, desplegada para salvarle la vida a María Soledad Epiayú y a su pequeño hijo, fue liderada por el gobernador de La Guajira, Juan Francisco Gómez Cerchar, quien tan pronto conoció el caso coordinó todo el dispositivo para su traslado y atención, hasta el punto de esperarla y recibirla con todo el equipo médico disponible en el aeropuerto Almirante Padilla.

Y pensar que todavía hay personas capaces de defender lo primero, en términos culturales. Al respecto, recomiendo la serie memética Crónicas Multicultis, publicadas por mi amiga Ana Morales y creadas a su vez por nuestro amigo en común Ylmer Aranda.

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