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Diatriba de Dharmadeva contra la psiquiatría

Después de aguantarme el anacrónico sexismo de Aura Lucía Mera, no sé por qué seguí leyendo las notas de El Espectador, sólo para encontrarme con la columna de Ignacio Zuleta, o como le gusta que le digan, Dharmadeva.

Dharmadeva es un tipo que odia a Occidente, la ciencia, el progreso y se dedica a escribir estúpidos monólogos anticientíficos. El de esta vez fue una defensa del maltarto infantil disfrazada de real preocupación acerca de la psiquiatría:

El porcentaje de niños bajo la acción de medicamentos psiquiátricos se ha elevado de manera dramática en el mundo y en Colombia.

Una de las enfermedades comúnmente diagnosticada, por poner un ejemplo, es el trastorno de déficit de atención con hiperactividad (TDAH). El asunto, sumado al incremento alarmante de los suicidios juveniles, no habla bien de una civilización construida sobre el deleznable valor de los bienes materiales.

Como buen esotérico y generador de miedo, no ofrece cifras, ni fuentes, ni evidencias. No indica cuál es el porcentaje de niños en tratamiento psiquiátrico, ni dice por qué esto sería ‘malo’ (algo que se infiere de su elección de palabras), ni mucho menos establece ningún tipo de relación (mucho menos causal) entre el número de casos de hiperactividad y los suicidios infantiles.

Quiero decir: seguro, a mayor cantidad de habitantes durante un espacio de tiempo aumentan los suicidios y los hiperactivos y los psicópatas y los esotéricos, así como también aumentan la calidad y la esperanza de vida. ¿Y? Eso no significa que a mejor vida, más suicidios.

Tampoco se molesta Dharma en explicarnos por qué es deleznable el valor de los bienes materiales – y ciertamente no podría más que expresar, en su jeringonza oscurantista y alarmista, que hay personas que tenemos estándares morales diferentes a los suyos y que no vivimos para cumplir con sus expectativas. Bien que le pese.

En los diagnósticos también preocupa la ligereza del proceso. Sin duda habrá casos evidentemente patológicos que ameriten un tratamiento psiquiátrico con químicos, pero es fácil afirmar que en la mayoría de las ocasiones el problema de la hiperactividad y el déficit de atención tienen etiologías no patológicas o diagnósticos por impaciencia.

Tiene razón: es fácil afirmar cualquier gilipollez que uno se saque de la manga, pero no se trata de afirmar alegremente. Se trata de probar. ¿Acaso Dharmadeva hizo un estudio de casos, para afirmar que esto o aquello en la mayoría de las ocasiones el problema es por impaciencia? ¿Dónde están esos datos? ¡Quiero ver estudios de campos con sus datos debidamente tabulados y asociados!

Como la mayor parte de los casos diagnosticados son urbanos, podemos pensar que el espacio físico reducido no permite al niño utilizar su energía debidamente. Esto va asociado a un verdadero síndrome que podemos llamar de ausencia de contacto con la naturaleza, explorado de forma brillante por Richard Louv en el libro The last child of the woods.

¿”Podemos pensar que el espacio físico reducido no permite al niño utilizar su energía debidamente”? ¿En serio? ¿Y eso, como por qué podemos? Ahh, por el libro de Louv.

Bueno, pues hay varias cosas con el libro de Louv.

Primero es Last child in the woods. Seguramente, en su afán de defender la ridiculez buensalvajista, y por citar a alguien, Dharmadeva no fue ni capaz de poner bien el título de un libro que recomienda.

En segundo lugar, el libro de Louv es basura (probatoriamente hablando). No, en serio. Lo dice incluso alguien que coincide con Louv:

Como Louv reconoce, hay un problema importante con este argumento: “La investigación sobre el impacto de las experiencias en la naturaleza y trastornos de atención en aspectos más amplios de la salud y desarrollo del niño está en su infancia, y se desafía con facilidad”. Se necesitan más datos y análisis, sigue Louv, “pero no tenemos que esperar por ella”. ¿Ohh? Al diablo con la prueba empírica, dice: “Para muchos de nosotros, la intuición afirma rotundamente que la naturaleza es buena para los niños”.

Ustedes nunca me cogerán diciendo que la naturaleza es mala para los niños, y estoy de acuerdo en que “la naturaleza presenta a los jóvenes con algo mucho más grande de lo que son; ofrece un ambiente donde se puede contemplar el infinito y la eternidad”. Pero en la persecución de su caso – con pasión, sin duda, pero no cercano al suficiente rigor, o la consideración de su dimensión moral – Louv prácticamente condena a los privados-de-la naturaleza entre nosotros a vidas de deformación física y mental. “En nuestros huesos necesitamos las curvas naturales de las colinas, el aroma del chaparral, el susurro de los pinos, la posibilidad de lo salvaje”, escribe. “Requerimos estas manchas de la naturaleza para nuestra salud mental y nuestra resistencia espiritual”.

O sea, como casi todos los relativistas culturales, los posmodernistas, los enemigos de Occidente, los de la ciencia y los pseudoambientalistas, Louv -seguido por Dharmadeva- desecha las pruebas, llega a conclusiones preestablecidas y se cree superior moralmente frente a los que no lo seguimos.

Pues puede meterse su arrogancia por donde le quepa, pero desechar la ciencia psiquiátrica, basados en los sentimientos de un ludita perturbado tiene tanto sentido como abandonar los tratamientos de la medicina real porque el llanto de los Pokémon resucita a las personas.

Sin embargo, sigue Dharmadeva:

Y en cuanto a la mente, dada la inseguridad real y percibida de ciudades como Bogotá, los juegos ya no ocurren en el parque o en la calle, sino en el encierro de los apartamentos que permiten solamente entretenciones electrónicas que sobrecargan el sistema nervioso, ya abrumado por la televisión y las computadoras.

¿Ahh, las entretenciones electrónicas que sobrecargan el sistema nervioso? ¿Y eso en qué revista científica fue publicado?

Para terminar me quedo con esta joya que pone saca a relucir todo lo que Dharmadeva piensa:

La enfermedad de nuestros hijos es la enfermedad de la civilización.

Así es. He aquí y ahora un enemigo de la civilización, un defensor de la barbarie, del salvajismo (que no es bueno o malo), un terrorista que siembra miedo e información falsa, creando una desconfianza no justificada del mundo civilizado y el progreso.

Este tipo es un peligro para la salud pública.

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