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El Espectador, entre la verdad y la libertad de expresión

Este año el diario El Espectador cumplió 125 años. Y así como con cualquier otro medio, no es de extrañar que sus columnistas le rindan una especie de homenaje por su trayectoria y tradición.

Resulta que entre los columnistas de El Espectador se ha colado un vago profesional, hippie pseudorreblede buenrollista, políticamente correcto, que toma decisiones como siguiendo las moralejas de una película de Disney. Pues el tal Dharmadeva (sí, así firma sus columnas) también le dedicó su artículo semanal al diario que ha tenido el desatino de publicar sus desvaríos:

El respeto por las ideas ajenas se ha ejercido en este diario por ciento veinticinco largos años. Al darle una mirada a la lista enorme de colaboradores nos damos cuenta de que el rango de ideologías y maneras de expresarse cubre todas las gamas, desde el más libertario anarquismo creativo hasta el conservatismo más estructurado. Quizás los radicales de izquierda o de derecha no se sentirían cómodos en un medio de estirpe liberal que busca mantener el justo medio, pero lo cierto es que encontrarían la libertad de expresarse, si quisieran, pues la única censura tácita es el mandato constitucional de ser socialmente responsables.

Eso, de por sí, es una mentira. El Espectador, al permitir a este infiltrado, ha sido cualquier cosa salvo socialmente responsable.

¿Dónde está la responsabilidad social del diario cuando uno de sus columnistas se despacha impunemente contra los transgénicos (mezclando mentiras, con delirios, con verdades a medias, con verdades)? ¿Qué tiene de “socialmente responsable” servir de megáfonos a unas mentiras anticientíficas que buscan deslegitimar una tecnología que podría ayudar a remediar sustancialmente el problema mundial del hambre?

¿En dónde queda la responsabilidad social de El Espectador cuando publica, sin alejarse editorialmente del contenido, una columna del dichoso Dharmadeva en donde llama a las personas a que sigan viviendo en condiciones miserables y dejen de pretender mejorar su calidad de vida, e invita más bien, al mejor estilo Teresa de Calcuta, a abrazar la miseria, la pobreza y los problemas?

No. El diario ni siquiera se ha cortado a la hora de publicar contenidos socialmente irresponsables. Y bueno, bien por ellos. ¡Que viva la libertad de expresión ilimitada!

Dharmadeva acierta, sin embargo, tal vez sin intención, en algo: esto es el respeto de las ideas ajenas. El Espectador parece haberse despojado de las facultades críticas que le corresponden a cualquier periodista y en vez de analizar y comprobar la veracidad de las ideas ajenas, ha tenido a bien protegerlas bajo un aura de infalibilidad, por el hecho de ser ideas ajenas. Por muy delirantes y manipuladas que sean. Por muy torticeras y anticientíficas.

Hasta ahí llega cualquier compromiso con la verdad. En donde empieza la columna del gurú estafador este, es que El Espectador renuncia a su credibilidad.

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