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¡La paz a cualquier precio!

Ohh, esto es curioso – resulta que la mediocre, ilusa y utópica posición hippie-pacifista pseudoliberal que aboga por terminar el conflicto armado colombiano por la vía hablada siempre saca excusas cada una más rebuscada que la anterior para justificar su falaz opinión sobre la guerra. Es lo que siempre me ha parecido que es buscar la paz a cualquier precio, precio que me parece que no es posible ni deseable pagar.

De repente aparece una columna de opinión titulada “¿La paz a cualquier precio?” que defiende la salida negociada y pues ya se imaginarán. Es el mundo al revés:

En el curso de nuestra historia, hemos visto tantos pueblos arrasados por otros, familias desintegradas por ofensas que no se perdonan e individuos que detestan aspectos de sí mismos, que frente a estos dolores podríamos caer en la tentación de afirmar: “hay que asegurar la paz a cualquier precio”.

No sé qué carajos tienen que ver los problemas familiares y la autoestima con esa tentación. Sigue la autora:

Pero sucede que, al mirar con cuidado esta idea, es evidente la contradicción: de cara al conflicto, las prácticas de la guerra que admiten la trampa y el engaño pasan por dominar, vencer, conquistar, invadir; mientras que la paz empatiza con el dolor propio y el ajeno, se construye conciliando, reconociendo la legitimidad y la libertad del otro.

¡Eso es una falacia del tamaño de un mamut!

La “paz” que ella y los demás defensores de la vía hablada proponen, es una en la que reina la impunidad, se canjean delincuentes condenados por un sistema legítimo a cambio de rehenes privados ilegalmente de la libertad y se perpetúa la injusticia.

Eso es la paz a cualquier precio, por no manifestar que de paso se pone al mismo nivel un ejército regular, que obedece a unas leyes y está atado por una Constitución con unos sicarios, mafiosos que defenderán su negocio de drogas hasta que esta sea legalizada o hasta que sean exterminados. Esta última opción resulta ser la obligación constitucional de ese Ejército Nacional.

Mantenerse fiel a las emociones y valores de la paz requiere de un gran coraje y de capacidad para contener el dolor, porque, al ver las atrocidades que los conflictos desencadenan, es entendible que se caiga en la tentación de aceptar: la paz a cualquier precio.

Una paz estóica no es paz. Es sadomasoquismo. Hablemos de ese precio.

Admiramos el mensaje que nos dejan líderes como Gandhi o Mandela o las Naciones Unidas, que busca negociar las diferencias entre naciones sin recurrir a la guerra, pero a veces perdemos la fe porque suponemos que la naturaleza humana es exclusivamente territorial, competitiva y destructiva.

De nuevo con las falacias. Antes de despejarlas, quiero dejar claro que Gandhi fue un racista antimoderno cuyas ideas habrían cosatdo miles de millones de vidas. Dicho eso, pasemos a las falacias:

Aquí no hay dos naciones en guerra. Hay un grupo de delincuentes que cometen actos de barbarie y terrorismo y un Estado, mal que bien, legítimamente constituido. Y perder la fe sería lo mejor que nos puede pasar.

En el complejo espacio de lo social, donde la historia ha mostrado que con cada paz que se consiga al precio de dominar sólo se llegará a una tregua, ejemplos como el de Mandela nos marcan una ruta posible y esperanzadora.

No. Mandela estaba oprimido por el Estado por su color de piel. Peras y manzanas. En cambio, el surgimiento de los nazis es una comparación más adecuada: grupo criminal que no es detenido por el Estado (porque los creen capaces de dialogar en vez de ver que no les interesa) y que sólo puede terminar de una manera – con su exterminio.

Lo demás es tratar de conseguir la paz a cualquier precio.

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