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La disputa pública de Salman Rushdie y John Le Carré

Leyendo la despedida que Salman Rushdie hizo de Christopher Hitchens, me crucé, una vez más, con la pena de muerte que un ayatolá ignorante, bueno para nada emitió contra el novelista indo-británico.

Me resulta bastante curioso -y desolador- que el posterior debate con John Le Carré sea tan familiar como los intercambios en los que participan los relativistas culturales. Tal vez, algo de historia les ayude a poner su extraviado punto de vista en perspectiva.

Resulta que en 1989, se publicó Los versos satánicos de Rushdie y empezaron a llegar las amenazas de muerte por “insultar al islam”. La postura ‘políticamente correcta’ fue ignorar las amenazas de muerte, pues estaban de cierta forma “avaladas” por haber insultado una religión (?).

Esta fue la postura que adoptó y defendió John Le Carré, quien en 1997 sería acusado por el New York Times Book Review de ser antisemita, lo que motivó un discurso del escritor, que fue publicado en The Guardian. Entonces fue cuando una carta de Rushdie inició la disputa pública con Le Carré:

Noviembre 18

John le Carré se queja de que ha sido calificado de antisemita, como resultado de una caza de brujas políticamente correcta y se declara inocente de los cargos. Sería más fácil simpatizar con él si no hubiera estado tan dispuesto a participar en una campaña de difamación anterior en contra de un colega escritor.

En 1989, durante los peores días del ataque islámico contra Los versos satánicos, le Carré escribió un artículo (también, si mal no recuerdo, en The Guardian) en la que con entusiasmo, y pomposamente, se unió a mis agresores.

Sería gracioso si tuviera que admitir que comprende la naturaleza de la Policía del Pensamiento un poco mejor ahora que, al menos en su opinión, es él quien está en la línea de fuego.

Salman Rushdie

Respondió Le Carré:

Noviembre 19

El acercamiento de Rushdie a la verdad es tan egoísta como siempre. Nunca me uní a sus agresores. Tampoco tomé el camino fácil de proclamar que era un inocente brillante. Mi posición es que no hay ninguna ley en la vida o la naturaleza que diga que las grandes religiones pueden ser insultadas con impunidad.

Escribí que no hay un estándar absoluto de la libertad de expresión en ninguna sociedad. Escribí que la tolerancia no viene al mismo tiempo, y en la misma forma, a todas las religiones y culturas, y que la sociedad cristiana también, hasta hace muy poco, definió los límites de la libertad por lo que era sagrado. Escribí, y volvería a escribir hoy, que cuando se trata de la ulterior explotación del trabajo de Rushdie, en formato impreso, yo estaba más preocupado por la chica de Penguin Books, que podría terminar con sus manos arrancadas en la sala de correo de lo que lo estaba por las regalías de Rushdie. Cualquiera que hubiera querido leer el libro para entonces tenía amplio acceso a él.

Mi propósito no era justificar la persecución de Rushdie, que, como cualquier persona decente, deploro, sino sonar menos arrogante, menos colonialista, y menos autosuficiente de lo que estábamos escuchando desde la seguridad del campo de sus admiradores.

John Le Carré

Rushdie ripostó:

Noviembre 20

Estoy agradecido con John le Carré por refrescar todos nuestros recuerdos sobre exactamente qué tan presuntuoso cretino puede ser. Él afirma que no se unió en el ataque contra mí, pero también afirma que “no hay ninguna ley en la vida o la naturaleza que diga que las grandes religiones pueden ser insultadas con impunidad”.

Un rápido examen de esta elevada formulación revela que (1) él toma la línea filistea, reduccionista, radical islamista de que Los versos satánicos no fue más que un “insulto”, y (2) sugiere que cualquier persona que disguste a los tipos reduccionistas, filisteos, y radicales islamistas pierde su derecho a vivir en seguridad.

Por lo tanto, si John le Carré disgustó a los judíos, todo lo que tiene que hacer es llenar una página de The Guardian con su confusa grandilocuencia, pero si se me acusa de crímenes de pensamiento, John Le Carré va a exigir que suprima mi edición impresa. Él dice que él está más interesado en la protección del personal editorial que en mis derechos de autor. Pero es precisamente esta gente, los editores de mi novela en una treintena de países, junto con el personal de librerías, quienes más apasionadamente han apoyado y defendido mi derecho a publicar. Es innoble de Le Carré usarlos como un argumento a favor de la censura cuando se han puesto de pie tan valientemente por la libertad.

John le Carré está en lo correcto al decir que la libertad de expresión no es absoluta. Tenemos la libertad por la que luchamos, y perdemos las que no defendemos. Siempre pensé que George Smiley sabía eso. Su creador parece haberlo olvidado.

Salman Rushdie

Fue entonces cuando entró en la disputa el gran Hitch:

Noviembre 20

La conducta de John Le Carré en sus páginas se parece a la de un hombre que, tras orinar en su propio sombrero, se apresura a encasquetarse el rebosante chapeau en la cabeza. En su día se mostraba evasivo y eufemístico sobre la petición manifiesta de asesinato, a cambio de una recompensa, basándose en la idea de que los ayatolás también tenían sentimientos. Ahora nos dice que su principal preocupación era la seguridad de las chicas en la valija. Para curarse en salud, contrapone arbitrariamente la seguridad de ellas y los derechos de Rushdie.

¿Podemos presuponer, pues, que él no habría que él no habría planteado objeción alguna si Los versos satánicos se hubiera escrito y publicado gratuitamente y distribuido de balde en puestos no atendidos por nadie? Eso al menos habría complacido a aquellos que parecen creer que la defensa de la libertad de expresión debería estar exenta de costos y riesgos.

Da la casualidad de que ninguna chica en ninguna valija ha resultado herida en el curso de ocho años de desafío a la fatwa. Y cuando las nerviosas cadenas de librerías de Norteamérica retiraron brevemente Los versos satánicos por dudosas razones de “seguridad”, fueron sus sindicatos los que protestaron y se ofrecieron voluntariamente a colocarse junto a los escaparates de cristal cilindrado para defender el derecho del lector a comprar y leer cualquier libro. A los ojos de Le Carré, ¡esa valiente decisión fue tomada en la “seguridad” y además ¡fue blasfema hacia una gran religión! ¿No habría podido ahorrarnos esta revelación del contenidos de su sombrero – quiero decir, cabeza?

Christopher Hitchens

Volvería John Le Carré a defender lo indefendible, su postura:

Noviembre 21

Cualquiera que lea las letras de ayer de Salman Rushdie y Christopher Hitchens bien podría preguntarse a sí mismo en qué manos ha caído la gran causa de la libertad de expresión. Ya sea desde el trono de Rushdie o la cuneta de Hitchens, el mensaje es el mismo: “Nuestra causa es absoluta, no tolera la disidencia o la calificación; y el que la cuestione es, por definición, una no-persona, un ignorante, pomposo, semi-analfabeto”.

Rushdie se burla de mi lenguaje y destroza un discurso sensato y bien recibido que le hice a la Asociación Anglo-Israelí, y que The Guardian tuvo a bien volver a imprimir. Hitchens me presenta como un bufón, que derrama su propia orina en su cabeza. Dos rabiosos ayatolás no podrían haber hecho un mejor trabajo. Pero ¿durará la amistad? Me sorprende que Hitchens se haya puesto al día con la autocanonización de Rushdie durante tanto tiempo. Rushdie, por lo que he podido averiguar, no niega el hecho de que insultó a una gran religión. En lugar de eso me acusa -noten su absurdo lenguaje para variar- de tomar la línea de filisteos reduccionistas islamistas radicales. Yo no sabía que yo era tan inteligente.

Lo que sí sé es que Rushdie tomó a un enemigo conocido y gritó “Falta” cuando este respondió en consonancia. El dolor que ha tenido que soportar es terrible, pero no lo hace un mártir , ni -por mucho que que él quiera- barre todos los argumentos acerca de las ambigüedades de su participación en su propia caída.

John Le Carré

La última palabra la tendría, de nuevo, Rushdie:

Noviembre 22

Si quiere ganar una discusión, John Le Carré podría empezar por aprender a leer. Es cierto que lo llamé un cretino presuntuoso, lo cual me pareció bastante leve dadas las circunstancias. “Ignorante” y “semi-analfabeto” son adiciones del necio que él hábilmente ha instalado en su propia cabeza. Yo no soñaría con quitarlas. El hábito de Le Carré de darse a sí mismo buenas críticas (“mi discurso sensato y bien recibido”) fue desarrollado, sin duda porque, bueno, alguien tiene que escribirlas. Me acusa de no haber hecho lo mismo por mí mismo. “Rushdie”, dice el burro, “no niega que él insultó a un gran religión mundial”. No tengo intención de repetir una vez más mis muchas explicaciones de Los versos satánicos, una novela de la que permanezco muy orgulloso. Una novela, Sr. Le Carré, no un insulto. Sabes lo que es una novela, ¿verdad, John?

Salman Rushdie

Aquí, lamento esa última frase de Rushdie. ¿Y qué si hubiera sido un insulto? ¿Estaría, entonces, justificada la pena de muerte?

Si Le Carré no sabe leer, mucho menos tiene idea de derecho.

Su pensamiento, por el contrario se revela bastante religioso. Cuando afirma que “no hay ninguna ley en la vida o la naturaleza que diga que las grandes religiones pueden ser insultadas con impunidad”, el presuntuoso cretino ignora -no sé si voluntariamente o porque realmente sus conocimientos son de un centímetro de profundidad- que todo aquello que no está prohibido está permitido.

Por otra parte, ya que el tipo lo menciona: ¿cuál cree él que debe ser el castigo apropiado para alguien que “insulta una gran religión”? Ya saben, por aquello de que no quede impune.

Para terminar, nada me gustaría más que poner en tela de juicio las capacidades críticas o la moral de Le Carré, porque algo debe andar muy mal en la cabeza de cualquier persona que viendo que un líder religioso emite una recompensa por un asesinato siga llamando a ese pedazo de estúpida superstición “una gran religión”.

Ahh, y por cierto, lo fácil es estar a la vez con la izquierda y la derecha, mientras se niegan a defender la libertad de expresión por considerar que ese curso de acción no es políticamente correcto (lo que plantea la pregunta de si una amenaza de muerte sí es políticamente correcta). Lo difícil, es oponerse al totalitarismo, aún cuando tiene muchos idiotas útiles a su favor.

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