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Por qué abandoné el budismo

Normalmente uno oye historias sobre ex católicos, ex cristianos, ex musulmanes, ex judíos. Rara es la vez que alguien dice abandonar las religiones no abráhamicas, como el jainismo, o el budismo.

Sin embargo, los hay y así como con cualquier secta, es necesario escuchar lo que tienen que decir sus disidentes. Este es el caso de John Horgan:

Para una religión de 2.500 años, el budismo parece muy compatible con nuestra cultura de orientación científica, lo que podría explicar su creciente popularidad en Estados Unidos. En los últimos 15 años, el número de centros budistas en los Estados Unidos se ha más que duplicado, a más de 1.000. Hasta 4 millones de estadounidenses practican el budismo, superando el total de los episcopales. De estos budistas, la mitad tiene posgrados, de acuerdo con una encuesta. Recientemente, las convergencias entre la ciencia y el budismo han sido exploradas en una serie de libros -incluyendo Zen and the Brain y The Psychology of Awakening– y reuniones académicas. El próximo otoño en la sede de la Universidad de Harvard se llevará a cabo un coloquio titulado “Investigando la Mente“, donde los principales científicos cognitivos intercambiarán teorías con el Dalái Lama. Justo la semana pasada el New York Times elogió el “acercamiento entre la ciencia moderna y la antigua sabiduría [budista]”.

Hace cuatro años, me uní a una clase de meditación budista y empecé a hablar con (y leer libros de) intelectuales afines al budismo. Con el tiempo, y lamentablemente, llegué a la conclusión de que el budismo no es mucho más racional que el catolicismo que caducó durante mi juventud; la visión del mundo moral y metafísica del budismo no puede ser reconciliada con la ciencia – o, más generalmente, con los valores humanistas modernos.

Para muchos, un punto de venta principal del budismo es su supuesta falta de énfasis de nociones sobrenaturales, como un alma inmortal y Dios. El budismo “rechaza el impulso teológico”, el filósofo Owen Flanagan declara con aprobación en The Problem of the Soul. En realidad, el budismo es funcionalmente teísta, incluso si se evita la palabra con “D”. Al igual que su religión padre, el hinduismo, el budismo defiende la reencarnación, que sostiene que después de la muerte nuestras almas se vuelven a instaurar en nuevos cuerpos, y el karma, la ley de causa y efecto moral. En conjunto, estos principios implican la existencia de algún juez cósmico que, como Papá Noel, está calculando nuestra malicia y amabilidad antes de recompensarnos con el renacimiento como una cucaracha o como un lama santo.

Los budistas occidentales suelen restar importancia a estos elementos sobrenaturales, insistiendo en que el budismo no es tanto una religión como un método práctico para alcanzar la felicidad. Ellos retratan a Buda como un hombre pragmático que evitaba la especulación metafísica y se centró en reducir el sufrimiento humano. Como el erudito budista Robert Thurman lo pone, el budismo es una “ciencia interior”, una disciplina empírica para cumplir cabalmente el potencial de nuestra mente. La meta final es el estado de felicidad sobrenatural, sabiduría y gracia moral a veces llamada iluminación – la versión budista del cielo, excepto que usted no tiene que morir para llegar allá.

El principal vehículo para lograr la iluminación es la meditación, considerada tanto por los budistas como por los gurús de la medicina alternativa, como un medio potente para la calma y comprender nuestras mentes. El problema es que décadas de investigación han demostrado que los efectos de la meditación son muy poco fiables, como James Austin, un neurólogo y budista zen, señala en Zen and the Brain. Sí, puede reducir el estrés, pero, resulta que, no lo reduce más de lo que lo hace simplemente sentarse. La meditación puede incluso agravar la depresión, la ansiedad y otras emociones negativas en algunas personas.

Los conocimientos imputados a la meditación son cuestionables, también. La meditación, el investigador del cerebro Francisco Varela me dijo antes de morir en el 2001, confirma la doctrina budista del anatta, que sostiene que el yo es una ilusión. Varela sostuvo que el anatta también ha sido corroborado por la ciencia cognitiva, que ha descubierto que la percepción de nuestra mente como entidades separadas, unificadas es una ilusión impuesta sobre nosotros por nuestros cerebros inteligentes. De hecho, todo lo que la ciencia cognitiva ha puesto de manifiesto es que la mente es un fenómeno emergente, que es difícil de explicar o predecir en términos de sus partes; pocos científicos se equipararían la propiedad de la emergencia con la inexistencia, como lo hace el anatta.

Mucho más discutible es la afirmación budista de que percibirse a sí mismo como en cierto sentido irreal lo hará a uno más feliz y más compasivo. Lo ideal es, como la psicóloga británica y practicante zen Susan Blackmore escribe en The Meme Machine, que cuando abrazas tu desinterés esencial, “la culpa, la pena, la vergüenza, las dudas sobre uno mismo, y el miedo al fracaso menguarán y uno se convierte, contrariamente a lo esperado, en un mejor vecino”. Pero la mayoría de la gente está angustiada por sensaciones de irrealidad, que son bastante comunes y pueden ser inducidas por las drogas, el cansancio, el trauma y la enfermedad mental, así como por la meditación.

Incluso si uno logra una aceptación gozosa de la naturaleza ilusoria de sí mismo, esta perspectiva no podría transformarte en un bodhisattva santo, lleno de amor y compasión por todas las demás criaturas. Lejos de ello – y aquí es donde la distancia entre ciertos valores humanísticos y el budismo se hace más evidente. Para alguien que se ve a sí mismo y a otros como irreales, el sufrimiento humano y la muerte pueden parecer risiblemente triviales. Esto puede explicar por qué algunos maestros budistas se han comportado más como nihilistas que santos. Chogyam Trungpa, que ayudó a introducir el budismo tibetano a los Estados Unidos en la década de 1970, era un borracho promiscuo y matón, y murió a causa de enfermedades relacionadas con el alcohol en 1987. La tradición zen celebra la conducta sádica o masoquista de los sabios, como la de Bodhidharma, quien se dice que se sentó a meditar durante tanto tiempo que sus piernas se volvieron gangrenosas.

Lo que es peor, el budismo sostiene que la iluminación te hace moralmente infalible – como el papa, pero más. Incluso el por lo demás sensato James Austin perpetúa esta idea insidiosa. “Las ‘malas’ acciones no surgirán”, escribe, “cuando el cerebro sigue verdaderamente expresando la propia naturaleza intrínseca de sus experiencias [trascendentes]”. Los budistas infectados con esta creencia pueden disculpar fácilmente actos abusivos de sus maestros como señas de identidad de una “loca sabiduría” que el ignorante no puede comprender.

Pero lo que me preocupa más sobre el budismo es la implicación que el desapego de la vida cotidiana es la vía más segura hacia la salvación. El primer paso de Buda hacia la iluminación fue el abandono de su esposa e hijo, y el budismo (como el catolicismo) todavía exalta el monacato masculino como el epítome de la espiritualidad. Parece legítimo preguntarse si el camino que se aleja de los aspectos de la vida tan esencial como la sexualidad y la paternidad son verdaderamente espirituales. Desde esta perspectiva, el concepto mismo de la iluminación se empieza a ver anti-espiritual: Sugiere que la vida es un problema que puede resolverse, un cul-de-sac del que se puede, y se debe, escapar.

Algunos budistas occidentales han argumentado que los principios como la reencarnación, el anatta, y la iluminación no son esenciales para el budismo. En Buddhism Without Beliefs y The Faith To Doubt, el profesor británico Stephen Batchelor describe elocuentemente su práctica como un método para hacer frente -en lugar de trascender- al frecuentemente doloroso misterio de la vida. Pero Batchelor parece haber llegado a lo que él llama una perspectiva “agnóstica”, a pesar de su formación budista – no a causa de ella. Cuando le pregunté por qué no simplemente se llama a sí mismo agnóstico, Batchelor se encogió de hombros y dijo que a veces se lo preguntaba.

Todas las religiones, incluyendo el budismo, nacen de nuestro deseo narcisista de creer que el universo fue creado para nuestro beneficio, como una etapa de nuestra búsqueda espiritual. En contraste, la ciencia nos dice que somos accidentales. Lejos de ser la razón de ser del universo, nosotros aparecimos por pura casualidad, y podríamos desaparecer de la misma manera. Este no es un punto de vista reconfortante, pero la ciencia, a diferencia de la religión, busca la verdad, independientemente de cómo nos hace sentir. El budismo plantea preguntas radicales acerca de nuestra realidad interna y externa, pero finalmente no es lo suficientemente radical como para dar cabida a las perturbadoras perspectivas de la ciencia. La cuestión que queda por resolver es si alguna forma de espiritualidad puede.

Como ya lo habíamos dicho por acá, el budismo es una religión más y el Dalái Lama es un patético ejemplo de ser humano cuyos valores son los de cualquier religión: datan de antes de la Ilustración.

Por lo demás, muy buen relato.

(visto en The Richard Dawkins Foundation)

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