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Lente Escéptico: Mahatma Gandhi

Si hiciéramos una encuesta por la calle acerca de qué sabe la gente sobre Mohandas K. Gandhi, probablemente el consenso general se encontraría con una interminable lista de adjetivos que podemos resumir prácticamente en la siguiente frase: original pacifista que luchó por los derechos de los oprimidos en Sudáfrica y en India y a quien el mundo le debe mucho.

Incluso algunos dirán que el mundo sería perfecto si todos fuéramos como el Mahatma (que significa alma grande). Yo no estaría tan seguro. ¿Qué tanto saben ellos? ¿La versión oficial? Por ejemplo, ¿qué tantos saben que a Gandhi, además de Mahatma, también le decían Bapu, que significa “Padre”? Vamos a ver:

Gandhi nació en India en 1869 y en 1888 se fue a estudiar derecho a Londres. Durante su paso por Inglaterra, Gandhi sufrió hambre por su estricta dieta vegetariana, hasta que encontró un restaurante vegetariano en la capital inglesa. Algunos de sus compañeros vegetarianos eran miembros de la Sociedad Teosófica e influyeron en el joven Mohandas e impulsaron su naciente interés por la religión.

Al graduarse de abogado, en 1891, se devolvió a India en donde fracasó al intentar abrir una oficina, así que aceptó un trabajo de un año en Sudáfrica.

Después de ser víctima de algunos episodios de prejuicios y racismo, Gandhi decidió prolongar su estadía en Sudáfrica y luchar por el estatus de los indios en el país.

Entre sus primeros logros en Sudáfrica se cuenta la creación del Congreso Indio de Natal. En Agosto de 1895, Gandhi escribió una carta titulada Report of the Natal Indian Congress que contiene este pasaje un poco extraño para haber sido escrito por alguien que había sufrido discriminación racial:

Una correspondencia fue llevada a cabo por el difunto Presidente con el Gobierno con respecto a las entradas separadas para los europeos y los nativos y los asiáticos de la oficina de correos.

El resultado no ha sido del todo insatisfactorio. Entradas independientes ahora serán proporcionadas para las tres comunidades.

Un año después, cuando el asunto había sido resuelto, Gandhi escribió una carta el 14 de Agosto de 1896 titulada The Grievances of the British Indians in South Africa: An Appeal to the Indian Public, que explora un poco más ese tema. En esta correspondencia, Gandhi consideraba que “ser puestos al mismo nivel de los nativos” era lo mismo que tener una “discapacidad”:

Antes de referirme a eso, puedo ilustrar aún más la tesis de que el indio es puesto al mismo nivel que los nativos de muchas otras maneras también. Los baños están marcados como “nativos y asiáticos” en las estaciones de tren. En el Puesto de Durban y las Oficinas de Telégrafos había entradas separadas para los nativos y asiáticos y europeos. Sentimos demasiada indignación y muchos indios respetables fueron insultados y llamados toda clase de nombres por los empleados en el mostrador.

Hemos solicitado a las autoridades acabar con la distinción odiosa y ahora se han proporcionado tres entradas separadas para los nativos, asiáticos y europeos.

Obviamente, Gandhi estaba furioso por la idea de la integración con los nativos negros. No le importaba que los indios fueran segregados de los blancos, siempre y cuando el indio no fuera “arrastrado a la posición de un crudo kaffir“.

Para quien no lo sepa, “kaffir” es una palabra que hace referencia a los afrodescendientes, a los negros. Vale la pena resaltar que kaffir es una palabra de uso peyorativo. Se usa de manera despectiva.

Este era sólo el principio de su enconada guerra en contra cualquier sugerencia de que los indios eran iguales a cualquier etnia que no fuera la blanca.

A principios de Junio de 1903, Gandhi fundó el periódico Indian Opinion que sirvió de herramienta para propagar su activismo político y seguir con su agenda racista, pues Gandhi no escatimaba en palabras de desprecio por los negros y nativos en sus columnas de opinión.

El 24 de Diciembre de ese mismo año, en un editorial titulado The Transvaal Chambers and British Indians, Mohandas escribió:

La petición versa sobre la ‘mezcla de las razas de color y las blancas’. Podemos informar a los miembros de la Conferencia de que en la medida en que a los indios británicos se refiere, tal cosa es particularmente desconocida. Si hay una cosa que el indio valora más que cualquier otra, es la pureza de su tipo.

El 11 de Septiembre de 1906, durante una protesta, Gandhi dio los primeros pasos de su protesta civil, llamada satyagraha, una pésima, radical y burda interpretación de las propuestas de desobediencia civil de Henry David Thoreau y de la resistencia no violenta de León Tolstói.

Esto tuvo como consecuencia que varios de sus compatriotas y él mismo fueran encarcelados en la prisión de Native Gaol.

En la columna del 7 de Marzo de 1908, titulada My Experience in Gaol, Gandhi contaba cómo fue su primera experiencia en la cárcel. Entre sus quejas se encuentra esta:

LOS INDIOS A LA PAR QUE LOS KAFFIRS

Allí, nuestras prendas fueron marcadas con la letra “N”, lo que significaba que estábamos siendo clasificados entre los nativos. Estábamos preparados para todas las dificultades, pero no del todo para esta experiencia. Podríamos entender que no se nos clasificara con los blancos, pero ser puestos en el mismo nivel que los nativos parecía demasiado para soportar. Entonces sentí que los indios no habíamos puesto en marcha la resistencia pasiva antes de tiempo. Aquí había una prueba más de que la repugnante ley estaba destinada a emascular a los indios.

Fue, sin embargo, algo bueno que fuéramos clasificados con los nativos. Era una buena oportunidad para estudiar el tratamiento dado a los nativos, sus condiciones [de la vida en la cárcel] y sus hábitos. Visto desde otro punto de vista, no parecía correcto sentirse mal por estar encerrados con ellos. Al mismo tiempo, es sin duda el derecho de los indios a tener celdas separadas. Las celdas para los kaffirs eran adyacentes a las nuestras. Ellos solían hacer un ruido espantoso en sus celdas, como también en el patio contiguo. Nos dieron un pabellón separado, ya que fuimos condenados a una pena sencilla; de lo contrario habría sido en el mismo pabellón [con los kaffirs]. A los indios condenados a trabajos forzados, de hecho, los tienen con los kaffirs.

Al margen de si esto implica degradación, debo decir que es bastante peligroso. Los kaffirs son por lo general incivilizados – los que están presos aún más. Son problemáticos, muy sucios y viven casi como animales.

OTROS PRISIONEROS INDIOS

Aparte de nosotros, apenas había tres o cuatro prisioneros indios en toda la cárcel. Estaban encerrados con los kaffirs y, en esa medida, estaban peor que nosotros.

Algunos no querrán creer que Gandhi fuera un racista, pero lo era. A lo mejor otra perla de sabiduría gandhiana sirva como evidencia. Escribiendo sobre el problema de la inmigración, en 1903, este ‘pro-hombre‘ dijo:

Creemos tanto en la pureza de la raza como creemos que ellos lo hacen … Creemos también que la raza blanca en Sudáfrica debe ser la raza predominante.

Ya vimos cómo fue eso de bien con lo del apartheid y las injusticias que tuvieron que sufrir los afrodescendientes sudafricanos a manos de los blancos.

Invito a cualquiera a que lea la colección de trabajos de Gandhi, conocida como The Collected Works of Mahatma Gandhi, en donde se pone de manifiesto que con bastante frecuencia Gandhi hacía referencia a que los indios eran “sin duda, infinitamente superiores a los kaffirs“.

Pero no sólo era racista. También tenía inclinaciones bélicas que la propaganda ha sabido esconder muy bien.

El primer acercamiento del supuesto pacifista con el belicismo fue durante la segunda Guerra de los Bóers, en la que Gandhi apoyó a los ingleses y no a los independentistas, que fueron aplastados por los británicos. De sus apasionados esfuerzos por apoyar a los colonizadores, a Gandhi se le otorgó la dirección de un cuerpo de ayuda a los británicos heridos.

En el Indian Opinion del 21 de Julio de 1906, en una columna titulada Indian Stretcher Bearer Corps, Gandhi da cuenta del cuerpo de camilleros que había sido puestos a su disposición y de su cargo como Sargento Mayor:

El cuerpo ha sido formado a instancias del Gobierno Natal a modo de experimento, en relación con las operaciones contra los nativos y consta de veinte indios.

Este cuerpo había nacido de la campaña que Gandhi había iniciado en sus columnas a finales de 1905. Para la muestra, en la columna del 18 de Noviembre de ese año, titulada An Indian Volunteer Corps, Gandhi escribió:

Si el Gobierno tan sólo se diera cuenta de la fuerza de reserva que se está desperdiciando, ellos harían uso de ella y le darían a los indios la oportunidad de un entrenamiento exhaustivo para la guerra real.

Para Gandhi, si los indios le mostraban su lealtad a los británicos, estos en retribución les darían el mismo estatus que los blancos o, por lo menos, les darían mayor reconocimiento que al resto de etnias sometidas. Por esta razón, el 16 de Junio de 1906, un grupo de indios liderados por Gandhi, firmó un juramento de lealtad al Imperio Británico, titulado -muy poco originalmente- Pledge of Allegiance:

Nosotros, los abajo firmantes, declaramos solemne y sinceramente que vamos a ser fieles y tener verdadera lealtad a Su Majestad el Rey Eduardo VII, sus herederos y sucesores, y que serviremos fielmente en la lista de supernumerarios de la Milicia Activa de la Colonia de Natal como camilleros, hasta que legalmente se dejemos de ser miembros de la misma, y los términos del servicio son que cada uno debería recibir raciones, uniformes, equipos y 1s. 6d. por día.

En la columna Should Indians Volunteer Or Not? de Junio 30 de 1906, Gandhi hizo un llamado a sus compatriotas indios para que se ofrecieran de voluntarios en el ejército británico:

Casi no hay familia de la que alguien no haya ido a combatir a los rebeldes kaffir. Siguiendo su ejemplo, debemos revestir de acero el corazón y tener coraje. Ahora es el momento en que los líderes blancos quieren que demos este paso; si dejamos pasar esta oportunidad, vamos a arrepentirnos más tarde. Por lo tanto, instamos a todos los líderes indios que cumplan con su deber en la medida de su capacidad.

En esa editorial incluso llegó a desconocer las causas del conflicto -las ganas de libertad de los nativos- y las reemplazó por motivos religiosos:

Para la comunidad india, ir al campo de batalla debe ser una tarea fácil, ya que, tanto musulmanes como hindúes, nosotros somos hombres con una profunda fe en Dios. Tenemos un gran sentido del deber, y por lo tanto, debería ser más fácil para nosotros ofrecernos como voluntarios.

A pesar de todo esto, en su autobiografía, The Story of My Experiments with Truth, Gandhi trató de cambiar el pasado y reescribir su historia. Estos son algunos pasajes:

Me encantó, al llegar a la sede, saber que nuestro trabajo principal era el de enfermería de los zulus heridos.

el trabajo de mi cuerpo consistía sólo en la enfermería de los heridos zulu.

Esto por supuesto es una mentira del tamaño de una catedral. Él cuidaba de los heridos del otro bando. Para probarlo -aún más- podemos remitirnos a su discurso en la recepción de ambulancias del 28 de Julio de 1906 en donde advertía a sus compatriotas que la mejor forma de agradecerle a él y a su cuerpo de camilleros era si trataban de mejorar su estado físico y se enlistaban en el ejército.

Ese mismo día el Indian Opinion publicó el último último reporte del campo de batalla que hizo Gandhi, titulado Indian Stretcher Bearer Corps (2). Aquí hay una muestra:

Temprano en la mañana del 27, por lo tanto, la mitad del cuerpo, con dos camillas al mando del Sargento Mayor Gandhi y el Sargento Joshi se procedió a Otimati, donde se recibieron instrucciones de tomar una camilla para llevar a uno de los soldados que estaba aturdido. Afortunadamente, el patrullero se había recuperado antes de que el grupo llegara al Puesto de Thring. Pero por un desafortunado accidente, otro soldado, llamado Forder, había recibido una herida de bala en el muslo por parte de un compañero soldado. Sin embargo, él valientemente cabalgó hasta el campamento. El grupo de la camilla tuvo que asistir al señor Stokes, de la NMC, en el tratamiento del patrullero herido, y otros, que habían recibido heridas leves a causa de accidentes o de otras cosas, que requerían ayuda médica. El día 28, el grupo de la camilla en Otimati iba a llevar al soldado Sutton de Mapumulo de las Reservas de Durban, cuyo pie había sido aplastado por una rueda de carro, y al patrullero Forder. Este último tuvo que ser llevado en una camilla, ya que su herida era muy delicada. El trabajo de llevar al patrullero Forder, demostró ser mucho más pesado de lo que pensábamos. La energía de todos los hombres disponibles tuvo que someterse a imposición en todo lo posible para llevar a los heridos, especialmente en lo que significaba ir cuesta arriba todo el camino. A medida que nos acercábamos a Mapumulo, el capitán de la escolta envió un mensaje diciendo que, si pudiera ser logrado, Forder debía ser ubicado en la ambulancia, en vista de que los nativos de la colina podrían considerar equivocadamente la posibilidad de que los rebeldes habían logrado herir al menos a uno de nuestros hombres. El patrullero Forder, al oír el mensaje, con gusto se ofreció a ir en el carro. Y los portadores fatigados estaban igualmente encantados de ser relevados de la necesidad de tener que llevar su carga hasta la muy empinada colina cerca de Mapumulo.

Que más adelante Gandhi haya querido engañar a todo el mundo diciendo que su labor en las guerras fue sólo para ayudar a los negros heridos no cambia los hechos de cómo sucedieron las cosas y de que su entrada a la guerra haya estado marcada precisamente por su desprecio racial hacia los no blancos y no indios.

Afortunadamente para Sudáfrica, Gandhi se devolvió a India en 1915 a hacer más daños estando allá. Durante tres años se involucró en la política india y en 1918 fue contactado por el Virrey Frederic Thesiger para que asistiera a una Conferencia de Guerra en Delhi. Allí, Gandhi accedió a reclutar activamente a los indios para la guerra. Esta vez no se trataba del cuerpo de ambulancia o camilleros, sino de combatientes.

El secretario personal de Gandhi, Mahadev H. Desai, en su diario, Day to Day with Mahatma Gandhi cuenta cómo pasó esto en el prefacio del primer volúmen:

Incluso mientras la lucha se libraba en Kaira, el virrey llamó a una Conferencia de Guerra e invitó a Bapu asistir. Él fue a Delhi, pero ‘con temor y temblando’ él ‘decidió que era una cuestión del deber unirse a la Conferencia’. Tilak Maharaj y la señora Besant no fueron invitados y los hermanos Ali estaban bajo vigilancia sin cargo formulado contra ellos. Ninguna conferencia de guerra en la India, pensaba Bapu, podría tener éxito si los líderes más poderosos y de confianza no estaban presentes en ella y si la acción inmoral de Gran Bretaña haciendo caso omiso de sus promesas públicas y celebrando tratados secretos a espaldas de su aliado, Turquía no se retractaría. Bapu le envió una carta a este efecto al virrey a través de su secretario en jefe Sir Claude Hill (páginas 104 a 105). El virrey entonces lo llamó para una entrevista, con el resultado de que “el espíritu caballeresco en él obtuvo lo mejor del espíritu de la justicia” y no sólo participó en la Conferencia de Guerra sino que aceptó poner en marcha una seria y verdadera campaña de reclutamiento. Luego, al final de la Conferencia, escribió otra carta diciendo que ciertamente ofrecía cooperación incondicional en la guerra, pero que quería que el Virrey supiera cómo estaba la situación en India y cuáles eran las expectativas de la India.

De acuerdo con su palabra empeñada, el 22 de Julio de 1918, Gandhi publicó un panfleto titulado Appeal For Enlistment en el que anotaba:

Para lograr tal estado de cosas debemos tener la capacidad de defendernos, es decir, la capacidad de portar armas y usarlas… Si queremos aprender el uso de armas lo más rápido que sea posible, es nuestro deber enrolarnos en el ejército.

Incluso el amigo más cercano de Gandhi, el sacerdote Charles Andrews, expresó frustración por esa decisión del no-tan-Mahatma. En su libro Mahatma Gandhi’s Ideas Including Selections from His Writings, Andrews escribió:

Personalmente, nunca he sido capaz de reconciliar esto con su propia conducta en otros aspectos, y es uno de los puntos en los que me he encontrado en doloroso desacuerdo.

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el racismo de Gandhi cambió. Una vez afuera de África dejó su activismo anti-negro, pero eso se debió principalmente a que ya no estaba rodeado por ellos. Sus discursos ahora estaban cargados de un tono de odio racial contra los blancos. Podemos tomar el caso de 1921 del homicidio por motivos raciales de William Doherty a manos de los seguidores de Gandhi.

La esposa de Doherty dio una declaración juramentada del hecho, en 1929 en Los Angeles:

Estado de California Condado de Los Angeles

ANNETTE H. DOHERTY, habiendo jurado debidamente, declara y dice:

Mi difunto esposo, William Francis Doherty, un ciudadano estadounidense, era un ingeniero mecánico y eléctrico y socio de negocios del Sr. Richard J. Brenchley, que se dedicaban a la extracción de arena en Mumbra, junto a Bombay, India.

El 19 de noviembre de 1921, cuando iba tranquilamente a los talleres de mejoría de la confianza en Bombay, fue atacado, le sacaron sus ojos y, finalmente, fue golpeado hasta la muerte por un grupo de manifestantes en una calle pública de Byculla, un suburbio de Bombay.

Esto fue durante la visita del Príncipe de Gales a la India, cuando Gandhi estaba en la cúspide de su popularidad como un santo y un líder político, y, a través de sus violentos discursos contra los británicos, condujo a sus seguidores a un frenesí de odio racial. Mi marido fue confundido, probablemente con un británico, cuando fue asesinado por los seguidores de Gandhi.

Dentro de los tres días siguientes a este asesinato de mi marido, me enteré de que Gandhi tenía un gran deseo de entrevistarse conmigo y me rogaba por que le reservara un espacio en mi agenda para atenderlo. Yo estaba entonces quedándome con una familia estadounidense en Bombay. La emisaria de Gandhi era la señora Sarojini Naidu, la poetisa y política india.

La señora Naidu estaba muy agitada, y me hizo muchas declaraciones que siento que ahora le gustaría retractar. Su principal preocupación, sin embargo, era que al público estadounidense nunca se le debía permitir que oyera hablar de este ultraje cometido contra mi marido, y ella con toda franqueza me preguntó mi precio por la abstención de alguna discusión o de publicar el caso en Estados Unidos y mi precio para que no volviera a Estados Unidos. Bajo ninguna condición, dijo la señora Naidu, estarían dispuestos a que al público estadounidense se enterara de que ellos estaban matando a gente tan promiscuamente que incluso una cara blanca le costaba la vida a un hombre.

En cuanto al pedido de Gandhi para entrevistarse conmigo:

En ese momento él iba tan desnudo que la señora Naidu me sugirió que lo llamara en lugar de que él viniera a la casa de los estadounidenses donde yo estaba quedándome – en la medida en que esto último podría resultar embarazoso. En consecuencia, se determinó que debía verlo en su propia sede en Bombay, lo que hice, cuando él envío un carro a que me recogiera.

En esta ocasión de mi visita a Gandhi, él me repitió en esencia lo que la señora Naidu había dicho, pero aún más enfáticamente subrayó el punto de que los estadounidenses, ya que estaban mucho más en sintonía con él en sus opiniones políticas, no debían de ninguna manera conocer los detalles del asesinato de mi marido para que no se afectara el éxito de su movimiento en los Estados Unidos y no hubiera prejuicio de nuestro pueblo en su contra.

ANNETTE HELEN DOHERTY.

Suscrito y jurado ante mí el día 04 de enero 1929

W.J. SCHISEL Notario Público en y para el Condado de Los Angeles, estado de California. Mi comisión vence el 18 de enero de 1931.

Este caso también fue mencionado tangencialmente por el padre Charles Andrews, el amigo de Gandhi, quien lo exoneraba de cualquier responsabilidad en su respuesta a un libro del que Gandhi no salía tan bien parado como le habría gustado a su relacionista público. Las palabras de Andrews fueron recopiladas y analizadas por el coronel G.B. Singh en su libro Gandhi: Behind the Mask of Divinity:

En un hábito agradable de recorrer muchos países, C.F. Andrews estaba en los Estados Unidos, precisamente en la fecha en que “After Mother India” fue publicado. Obviamente, lo leyó y escribió una refutación a los editores de New Republic, una revista publicada en el momento de la ciudad de Nueva York. Reproduzco aquí sus comentarios que tienen que ver con el asesinato del Sr. Doherty:

Hay un capítulo en este libro, llamado “The Messenger“, que no tiene nada que ver con la “Madre India” en sí misma, sino que es un ataque deliberado y provocador contra el carácter privado de Mahatma Gandhi. Acusa al Sr. Gandhi con el ofrecimiento de dinero por callar en una verdaderamente trágica ocasión a una viuda norteamericana en Bombay, cuyo marido fue brutalmente asesinado en un motín en esa ciudad. Lo que el Sr. Gandhi realmente hizo (como sé muy bien) fue ofrecerle una compensación a la pobre viuda como una muestra de profundo pesar del pueblo indio, que había sido intensamente impresionado por el crimen que había sido cometido. Habló a la vez a sí mismo de la manera más clara posible en su propio periódico, “Young India“, sobre la brutalidad del crimen e hizo una penitencia pública por ello, cuya noticia fue publicada en el extranjero en todo el mundo. ¿Cómo pudo entonces haber ofrecido dinero a cambio del silencio? Incluso al afirmar eso, me siento culpable de una impertinencia. Porque el carácter personal de Mahatma Gandhi no necesita defensa del mi parte contra un ataque sobre la base de una declaración jurada firmada muchos años después de la ocurrencia sin ningún tipo de interrogatorio o verificación. ¡Sin duda va siendo hora de que todo este lodo de desprestigio llegue a su fin!
(New Republic 61: 199-200, Enero 8, 1930)

Inherentes a los comentarios anteriores, hay problemas:

1. Andrews dice que Gandhi no estaba dando dinero a cambio del silencio; sino que estaba compensando a la viuda como “señal de profundo pesar del pueblo indio”. Él dice que a causa de este crimen, el pueblo de la India estaba “intensamente impresionado”. Andrews se nos muestra como un testigo fiable, ya que dice que sabe “muy bien”. ¿De qué manera supo él del incidente? ¿Gandhi y/o sus asociados le dijeron a Andrews? Preguntas como éstas son relevantes e importantes a la luz del hecho de que la historia demuestra que en el momento del asesinato y su encubrimiento, Andrews no estaba en Bombay o siquiera en la India. De hecho, él estaba de gira por Kenia en el este de África.

2. Andrews dice que Gandhi “Habló a la vez a sí mismo de la manera más clara posible en su propio periódico, “Young India“, sobre la brutalidad del crimen e hizo una penitencia pública por ello, cuya noticia fue publicada en el extranjero en todo el mundo”. A sabiendas de que Andrews no estaba en la India en el momento del asesinato, por qué estaba laboriosamente tratando de exonerar a Gandhi con una retórica pesada? ¿Cómo supo de la declaración de Gandhi? ¿Leyó Andrews por sí mismo el relato escrito en “Young India“? Los registros muestran que Gandhi no escribió nada en “Young India” sobre este asesinato en particular. ¿Mintió Andrews? Si así fue ¿lo hizo deliberadamente? ¿con qué fin? Antes de seguir adelante con la carta de Andrews a New Republic, vamos a examinar algunos hechos más que tienen una influencia directa sobre el tema en discusión:

a. En 1930, uno de los libros de Andrews sobre Gandhi fue publicado bajo el título “Mahatma Gandhi’s Ideas Including Selections from His Writings“. Este libro tiene un capítulo “El motín de Bombay”, que se extiende desde las páginas 276 a 289. Dado que este capítulo fue escrito antes de la carta de Andrews a New Republic, se podría pensar que si Andrews sabía de este asesinato lo habría mencionado en este libro. No lo hizo. También en este capítulo, Andrews reproduce las declaraciones de Gandhi entregadas como se registra en “Young India“, que por supuesto no mencionan una palabra sobre el caso del asesinato del señor Doherty. He aquí un punto interesante: Andrews sabía que Gandhi nunca pronunció una sola palabra sobre el caso del asesinato en “Young India“, y, sin embargo, a pesar de ello, Andrews parece no haber tenido ningún reparo moral en decir una mentira en su carta a New Republic. ¿Cuánto dinero le ofreció Gandhi a la señora Doherty? ¿Dónde y cuándo recaudó el dinero, mientras supuestamente Gandhi vivía bajo un voto de pobreza? ¿El pueblo indio le dio a Gandhi la autoridad para representarlos en la indemnización de la(s) víctima(s)? ¿El pueblo indio le dio a Gandhi la autoridad para representarlos en la indemnización a la(s) víctima (s)? ¿Acaso la Sra. Doherty aceptó el dinero? Si no es así, ¿hay alguna explicación?

b. Al mismo tiempo que escribía la carta a New Republic, Andrews escribió un artículo titulado, “Heart-Beats in India” para la revista Asia (marzo de 1930, pp 196-217), también publicada en Nueva York. Ni una sola palabra cruzó la pluma de Andrews en relación con el caso del asesinato.

Harry H. Field, autor del libro “After Mother India“, respondió con una carta a New Republic:

Omito el resto de la carta de Andrews, como una clase en la que ya todo se ha dicho, con la excepción de su desprecio barriendo la declaración jurada de la viuda de dicho fino joven ingeniero estadounidense brutalmente asesinado por los seguidores del Sr. Gandhi en Bombay en noviembre de 1921. Sus lectores, creo, van a querer algo mejor que la declaración del Sr. Andrews como evidencia de que una mujer americana, la viuda de un graduado de la Universidad de Stanford, y todavía en posesión de su salud mental, se puede olvidar, en el breve intervalo de nueve años, de las particularmente horribles circunstancias que asistieron a la muerte de su marido, y el calvario que ella vivió entonces. (New Republic 61: 303-04, Febrero 5, 1930)

Es obvio que Field no conocía los detalles de las mentiras de Andrews. Aún así, creo que Field anotó muy bien que los lectores como nosotros merecíamos algo mejor que lo que Andrews presentó. Sorprendentemente, Andrews respondió en su segunda carta con las siguientes palabras:

Con respecto al Sr. Gandhi, permítanme repetir que su carácter moral no necesita defensa de mí en lo que respecta al ataque gratuito que el Sr. Field hizo en su contra. (New Republic 61: 304, Febrero 5, 1930)

Parece que Andrews decidió eludir la controversia que él mismo abrió en primer lugar. ¿Por qué Andrews no planteó una defensa de Gandhi? Después de todo, en su primera carta a New Republic, eso es exactamente lo que hizo: defender el carácter privado de Gandhi. Sorprendentemente, en su segunda carta, él se retira de la discusión como si no mereciera la pena luchar por nada más. Si hubiera deseado proteger tanto a Gandhi, Andrews podría haber optado por reunirse con la Sra. Doherty en persona durante su visita a los Estados Unidos.

Curiosamente, Andrews sigue escribiendo en su primera carta:

Tagore y Gandhi representan los más nobles entre los personajes santos hoy en la India, y sus nombres tienen una reputación mundial que no puede ser manchada por escritores como estos. Sin embargo, de todos modos, el daño que se le ha hecho a las relaciones internacionales por los libros de calumnias de este personaje es incalculable. Son cada vez más provocadores de amargura contra los propios Estados Unidos en el corazón de los jóvenes lectores de la India, que tienen dificultades para discriminar entre la señorita Mayo y sus propios compatriotas. Ellos conducen inevitablemente a la venganza, e inocular un nuevo veneno racial en la mente india. (New Republic 61: 199-200, Enero 8, 1930)

Sabemos que el libro “After Mother India” (1929) no se puso al alcance de los lectores de la India. También sabemos que “Mother India” (1927) de la señorita Mayo causó un alboroto entre los hindúes de casta incluyendo a Gandhi. Parece que Andrews está culpando a Mother India por fomentar la amargura y por lo tanto la intoxicación de los indios con el odio racial. Sin embargo, hay un problema aquí. Usted verá, el asesinato del Sr. Doherty tuvo lugar mucho antes de que Mother India fuera publicado. Ocurrió en noviembre de 1921 y en ese momento no había ningún libro estadounidense publicado para despertar el odio en los indios. ¿Por qué culpar una conexión con Estados Unidos?, y ¿por qué culpar a la autora, la señorita Mayo, por el asesinato del Sr. Doherty? En una altura de inconsistencia increíble, Andrews en su artículo “Heart-Beats in India“, escribió las siguientes palabras: “La pasión por la libertad ha dado un giro racial, así como nacional. No hay una mera tolerancia del gobierno británico, sino un odio creciente hacia él, que no puede ser restringido”. Aquí Andrews no culpó a los estadounidenses o a los libros que escriben; culpó a los británicos de inocular el odio racial en la mente de la India. Si las palabras de Andrews son exactas entonces me pregunto: ¿Cómo es posible que el pueblo de la India esté “intensamente impresionado por el crimen” cuando odian a los blancos y por lo tanto son propensos a la violencia? ¿Realmente podemos confiar en Andrews?

Otra pregunta que surge es: ¿Acaso Andrews compartió sus dos cartas a New Republic con Gandhi? Andrews tuvo muchas oportunidades para encontrarse con Gandhi y debatir diversos temas. Aunque no pudieron encontrar ninguna evidencia, sospecho que Gandhi era consciente de las dos cartas de Andrews y decidió mantenerse en silencio y con toda probabilidad, le pidió a Andrews que también ejerciera el silencio. En 1939, Andrews escribió otro libro titulado, “The True India: A Plea for Understanding“. Este libro, como se vio después, era su refutación al “Mother India” de Mayo. ¿Cuál fue la necesidad de refutar “Mother India” en 1939? En este libro, Andrews aprovechó todas las oportunidades para proteger a Gandhi. Y sin embargo, el lugar donde Gandhi necesitaba más ayuda para protegerse no estaba en “Mother India“, sino en “After Mother India“. Increíblemente, Andrews en su libro de 1939, se distanció, y ni una sola palabra fue escrita sobre el caso del asesinato así como tampoco sobre el nombre de “After Mother India“, o de su autor.

Conclusión: En mi opinión, con respecto a sus dos cartas a New Republic, Andrews les escribió sin consultar primero con Gandhi y se visitió con el manto de proteger a Gandhi con mentiras y con la esperanza de que nadie sería capaz de darse cuenta de ellas. También creo que una vez que Gandhi llegó a conocer de estas dos cartas, no estuvo contento y dio instrucciones a Andrews de guardar silencio a partir de ahí con respecto al caso del asesinato – Andrews siguió fielmente las instrucciones. Creo que Andrews ejerció el silencio selectivo, un rasgo que probablemente aprendió de Gandhi.

Tras completar su gira por Estados Unidos, Andrews regresó a Londres en mayo de 1931 para preparar el terreno para la llegada de Gandhi para asistir a la segunda Conferencia de la Mesa Redonda. Durante la estancia de Andrews en Londres, me pregunto ¿cómo pudo haber perdido esta entrevista de Gandhi celebrada en septiembre de 1931 con Cornelia Sorabji, siendo ella una abogada india? El Atlantic Monthly (abril de 1932, páginas 453-58), provió los detalles bajo el título de “Gandhi Interrogado”, donde Sorabji, conociendo el hábito de Gandhi de salirse por la tangente, lo precisó para que respondiera a preguntas difíciles. Sus esfuerzos se vieron recompensados ​​cuando finalmente Gandhi confesó que había estado repartiendo el dinero a los elementos criminales. ¿Por qué? Obviamente Gandhi tenía la intención de crear caos y derramamiento de sangre en la India, aunque titubeó para implicarse a sí mismo en esta parte de la complicidad. Uno se pregunta ¿por qué Gandhi, quien supuestamente había hecho un voto de pobreza y nunca se había ganado la vida honradamente estuvo repartiendo recompensas en efectivo a los matones durante toda la década de 1920 y posiblemente más allá?

Singh no es el único que ha reparado en el carácter criminal de la pandilla de seguidores de Mohandas Gandhi – y el hecho de que él alentaba, promovía y pagaba conductas delictivas.

De su visita a la India -que coincidió con el asesinato de Doherty-, el Príncipe Eduardo VIII escribiría más adelante, en sus memorias tituladas A King’s Story: The Memoirs of the Duke of Windsor, esta impresión de Gandhi y sus esbirros:

Mahatma Gandhi y sus seguidores alcanzaron estándares bastante inusuales de intimidación y soborno.

Los tenderos a lo largo de las rutas de mi procesión recibieron la orden de cerrar sus tiendas, a los estudiantes de boicotear sus aulas, y el resto a permanecer fuera de la vista en sus hogares. Los hombres del Partido difundieron el rumor de que la policía había recibido órdenes de dispararle a cualquier nativo que se acercara a la ruta de mi procesión. Incluso se dijo que el Gobierno envenenaría la comida en la ‘alimentación de los pobres’. La distribución de esta riqueza era habitual con motivo de la visita del virrey o por alguna otra persona exaltada.

También podemos remitirnos al libro India in Ferment de 1923 escrito por el profesor Claude Halstead Van Tyne en el que se lee:

Sabiendo muy bien el odio racial con el que Gandhi, voluntariamente o no, había llenado a sus discípulos, y recordando el destino de un estadounidense en los recientes disturbios de Bombay… Gandhi fue a ver a la viuda del estadounidense asesinado, realmente para rogarle, como he oído de parte de otro estadounidense, que no dejara que la noticia llegara a Estados Unidos para que no se lesionara la causa del NCO.

Pero su racismo no fue tan discriminador, si se me permite ponerlo en esos términos. Resulta que Gandhi también discriminaba a los dalits. ¿Y quiénes son los dalits? Dentro del sistema de castas de la India, dalit es aquella persona que pertenece a la casta más baja, a aquella casta de ‘los intocables’.

Ellos tienen muy buenas razones para odiar Gandhi, como lo explica Thomas C. Mountain, editor de la revista Ambedkar Journal, la primera publicación en línea que trata el asunto dalit desde su punto de vista:

Para empezar, Gandhi pertenecía a la así llamada “casta superior”. Las altas castas representan una pequeña minoría en la India, un 10-15% de la población, sin embargo, dominan la sociedad india en la mayor parte de la misma manera que los blancos gobernaron en Sudáfrica durante el período oficial del apartheid. Los dalits a menudo usan la expresión apartheid en la India cuando se habla de sus problemas.

[…]

La mayoría de los lectores están familiarizados con la gran huelga de hambre de Gandhi contra el llamado Pacto de Poona en 1933. La cuestión por la que Gandhi estaba protestando, casi hasta la muerte, fue la inclusión en el proyecto de Constitución india, propuesta por los británicos, que le reservaba el derecho a los dalits de elegir a sus propios líderes. El Dr. Ambedkar, con su licenciatura en Derecho de Cambridge, había sido elegido por los británicos para escribir la nueva Constitución de la India. Después de haber pasado toda su vida superando la discriminación basada en la casta, el Dr. Ambedkar había llegado a la conclusión de que la única manera de que los dalits pudieran mejorar sus vidas sería si ellos tuvieran el derecho exclusivo de votar por sus líderes, que una parte o una sección reservada de todos los cargos de elección popular fuera sólo para los dalits y que sólo los dalits podrían votar por estos puestos reservados.

Gandhi estaba decidido a no permitir esta situación y se declaró en huelga de hambre para cambiar este artículo en el proyecto de Constitución. Después de muchos disturbios comunales, donde decenas de miles de dalits fueron asesinados, y sabiendo que la muerte de Gandhi sería un atajo para más violencia de este tipo, el Dr. Ambedkar acordó con Gandhi en el lecho de muerte de este, a renunciar al derecho de los dalits a elegir exclusivamente a sus propios líderes y Gandhi puso fin a su huelga de hambre. Más tarde, en su lecho de muerte, el Dr. Ambedkar diría que este había sido el mayor error de su vida, y que si tuviera que hacerlo todo de nuevo, se habría negado a renunciar a la representación exclusiva dalit, incluso si eso significaba la muerte de Gandhi.

Como ha demostrado la historia, la vida para la inmensa mayoría de los dalits en la India ha cambiado poco desde la llegada de la independencia de la India hace 50 años. Las leyes escritas bajo la Constitución de la India del Dr. Ambedkar, muchas de las cuales siguen el patrón de las leyes introducidas en la antigua Confederación o de los estados esclavistas en los EEUU durante la reconstrucción después de la Guerra Civil para proteger a los estadounidenses negros liberados, nunca han sido aplicadas por el sistema judicial indio y las legislaturas dominados por la casta superior. Una pequeña fracción de los “cupos” o reservas para los dalits en la educación y empleos en el gobierno se han llenado. Los dalits siguen siendo discriminados en todos los aspectos de la vida en las 650.000 aldeas de la India a pesar de que las leyes prohíben expresamente tales actos. Los dalits son víctimas de embargos económicos, la negación de los derechos humanos básicos como el acceso al agua potable, el uso de instalaciones públicas y la educación e incluso la entrada a los templos hindúes.

A día de hoy, la mayoría de los indios todavía creen, y esto incluye a la mayoría de los dalits, que los dalits están siendo castigados por Dios por los pecados de una vida anterior. Bajo los códigos religiosos del hinduismo, la única esperanza de un dalit es ser un buen siervo de las castas altas y después de la muerte y el renacimiento ser reencarnado en una casta alta. Esto se llama varna en sánscrito, el idioma de los Aryans originales, que impone el hinduismo en la India desde hace unos 3.500 años. Curiosamente, la palabra “varna” se traduce literalmente en la palabra “color” del sánscrito.

Esta es una de las reglas de oro de la liberación dalit, que varna significa color, y que el hinduismo es una forma de opresión basada en la raza y, como tal, es el equivalente del apartheid en la India. Los dalits sienten que si ellos tuvieran el derecho a elegir a sus dirigentes habrían sido capaces de empezar a desafiar la dominación de las castas altas de la sociedad india y habrían comenzado el largo camino hacia la libertad por así decirlo. Culpan a Gandhi y a su huelga de hambre para evitarlo. Así que ahí está, en tan pocas palabras como sea posible por qué en la India de hoy en día los líderes de los dalits de la India odian a M.K. Gandhi.

El racismo fue muy importante en la vida de Gandhi. Como ya vimos fue lo que básicamente lo llevó a aliarse con un bando u otro en las guerras. De hecho, se puede afirmar sin temor a equivocarse que este ícono del pacifismo apoyó todas las guerras, salvo una quizás: la que el mundo libró contra el fascismo a mediados del siglo XX.

Por ejemplo, el 12 de Diciembre de 1931, Gandhi visitó a Benito Mussolini. El libro Great Soul: Mahatma Gandhi and His Struggle with India de Joseph Lelyveld recoge los comentarios de Gandhi sobre Il Duce de quien destacaba su

servicio a los pobres, su oposición a la super-urbanización, sus esfuerzos para lograr una coordinación entre Capital y Trabajo, su apasionado amor por su pueblo.

En cuanto a los judíos, Gandhi los conminaba a poner la otra mejilla ante el exterminio nazi. En un artículo del 20 de Noviembre de 1938 titulado The Jews, Gandhi hacía este ignorante llamado a los judíos:

Si yo fuera un judío y hubiera nacido en Alemania y me ganara la vida allí, yo reclamaría Alemania como mi casa, incluso como el más alto de los gentiles alemanes puede, y yo lo retaría a que me disparara o me arrojara en la cárcel, me negaría a ser expulsado o a someterme a un tratamiento discriminatorio. Y para hacer esto, no esperaría a que los judíos compañeros se unieran a mí en la resistencia civil sino que tendría la confianza en que al final el resto estarían obligados a seguir mi ejemplo. Si un judío o todos los judíos aceptaran la receta que aquí se ofrece, él o ellos no podrían estar peor que ahora. Y el sufrimiento al que serían sometidos voluntariamente les traería una fuerza interior y una alegría que ninguna serie de resoluciones de solidaridad aprobadas en el mundo por fuera de Alemania podría.

Estoy convencido de que si alguien con el coraje y la visión puede surgir entre ellos para guiarlos en la acción no violenta, el invierno de la desesperación puede en un abrir y cerrar de ojos ser convertido en el verano de esperanza. Y lo que se ha convertido hoy en una degradante cacería humana se puede convertir en una posición tranquila y decidida ofrecida por hombres y mujeres desarmados que poseen la fuerza de sufrimiento que les da Jehová. Será entonces una resistencia verdaderamente religiosa ofrecida en contra de la furia atea del hombre deshumanizado.

Gandhi no sólo desconocía las raíces cristianas del nacional socialismo, ni del antisemitismo ni los pactos con líderes religiosos tanto católicos como protestantes y musulmanes que el muy católico Hitler hizo, sino que además consideraba que el hecho de que los judíos quisieran tener un Estado, una nacionalidad, era suficiente motivo para que perdieran la vida. Eso, sin contar con que para él, lo mejor habría sido que los judíos se suicidaran. El libro The Life of Mahatma Gandhi, de Louis Fischer recoge un extracto de una entrevista hecha a Gandhi en 1946:

“Hitler”, dijo Gandhi, “mató a cinco millones judíos. Es el crimen más grande de nuestro tiempo. Pero los judíos debieron habérsele ofrecido al cuchillo del carnicero. Deberían haberse lanzado al mar desde los acantilados… Eso habría despertado al mundo y al pueblo de Alemania… Como pasó en todo caso, sucumbieron por los millones.

Y su consejo para los británicos no fue para nada mejor. En una carta del 6 de Julio de 1940, titulada To Every Briton, Gandhi le propone esto a los británicos:

Ustedes invitarán a Herr Hitler y al Signor Mussolini a tomar las posesiones que quieran de sus países. Déjenlos tomar posesión de su hermosa isla, con sus muchos edificios hermosos. Ustedes les darán todo esto, pero no sus almas, ni sus mentes. Si estos señores deciden ocupar sus casas, ustedes las desalojarán. Si ellos no les permiten el libre tránsito hacia afuera del país, ustedes permitirán, que hombre, mujer y niño, sean sacrificados, pero ustedes se rehusarán a deberles lealtad.

Incluso, tras haber elogiado a Mussolini, Gandhi le envió dos cartas a Hitler. La primera del 23 de Julio de 1939, empieza con las palabras “Mi amigo” y continuó, insinuante, para finalmente preguntar: “¿Va a escuchar el llamado de alguien que ha evitado deliberadamente el método de la guerra, no sin considerable éxito?”, poniendo de manifiesto su obsesiva vanidad y egolatría.

Su segunda carta al Führer fue en la víspera de navidad, el 24 de Diciembre de 1940, que arranca con las siguientes palabras:

Querido amigo:
Que me dirija a ti como un amigo no es ninguna formalidad.

Con razón ese defensor a ultranza del imperialismo británico que fue Winston Churchill se refería a Gandhi en estos términos:

Es alarmante y nauseabundo ver al Sr. Gandhi, un sedicioso abogado de Middle Temple de los que son bien conocidos en Oriente, ahora se haga pasar por un faquir, caminando medio desnudo por las escaleras del palacio virreinal para alegar en igualdad de condiciones con el representante del Rey-Emperador.

Suponiendo que Gandhi hubiera sido el pacifista que los relacionistas públicos quieren hacer creer, en todo caso merece la pena repasar ese pacifismo con un lente escéptico. Para esto retomo las palabras de Sam Harris en su libro The End of Faith:

Es claro, sin embargo, que la no violencia de Gandhi se puede aplicar a una gama limitada de los conflictos humanos. Haríamos bien en reflexionar sobre el remedio de Gandhi para el Holocausto: creía que los judíos deberían haber cometido suicidio en masa, ya que esto “habría despertado al mundo y al pueblo de Alemania a la violencia de Hitler”. Podemos preguntarnos ¿qué habría hecho un mundo lleno de pacifistas una vez que hubiera crecido “despertado” – cometer suicidio también?

Gandhi era un dogmático religioso, por supuesto, pero su remedio para el Holocausto parece éticamente sospechoso, incluso si uno acepta las premisas metafísicas sobre las que se basa. Si aceptamos la ley del karma y el renacimiento a las que Gandhi suscribía, su pacifismo todavía parece muy inmoral. ¿Por qué debería ser visto como algo ético salvaguardar la propia felicidad (o incluso la felicidad de los demás) en la próxima vida a expensas de la manifiesta agonía de niños en esta? El de Gandhi era un mundo en el que millones de personas más habrían muerto en la esperanza de que los nazis hubieran un día puesto en duda la bondad de su Reich de Mil Años. El nuestro es un mundo en el que las bombas de vez en cuando deben caer en donde esas dudas son escasas. Aquí nos encontramos con un aspecto terrible de la guerra éticamente asimétrica: cuando el enemigo no tiene escrúpulos, tus propios escrúpulos se convierten en un arma más en su mano.

Muchos sabores de pacifismo se pueden encontrar en la literatura filosófica. Estoy considerando aquí lo que se denomina pacifismo “absoluto”, es decir, la creencia de que la violencia nunca es moralmente aceptable, ya sea en defensa propia o en nombre de los demás. Este es el tipo de pacifismo que Gandhi practicaba, y es la única forma que parece llevar con ella pretensiones de invulnerabilidad moral.

En cuanto a la forma de vestir de Gandhi, esta tenía mucho que ver con sus ideas más allá de su publicitaria y tartufa no-violencia. La ideología de Gandhi se adscribía al hinduismo y como parte de este, la práctica de la brahmacharia que es una especie de reconfección de estoicismo y desprecio platónico hacia el cuerpo y la carne, con el fin de conquistar la pureza espiritual, lo que sea que eso signifique.

Esta mezcla de ascetismo y castidad con fundamentalismo espiritual (en fin: el odio hacia todo lo materialmente tangible) fue desastroso para la India. Christopher Hitchens en su fantabuloso libro dios No Es Bueno pone eso de manifiesto:

Tras el debilitamiento crítico del Imperio británico en la Primera Guerra Mundial, y más concretamente tras la conocida matanza de manifestantes indios en la ciudad de Amritsar en abril de 1919, quedó bien patente hasta para quien entonces controlaba el subcontinente que el gobierno de Londres se acabaría más pronto que tarde.Ya no era una cuestión de «si» se acababa, sino de «cuándo».

De no haber sido así, una campaña de desobediencia pacífica no habría tenido ninguna posibilidad de triunfar. Así pues, Mohandas K. Gandhi (conocido a veces como «el Mahatma» por respeto a su condición de anciano hindú) estaba en cierto modo empujando una puerta ya abierta. No hay demérito en ello, pero son precisamente sus convicciones religiosas las que convierten su legado en algo dudoso en lugar de en algo santo. Planteemos la cuestión de forma sucinta: él pretendía que la India volviera a ser una sociedad «espiritual» primitiva y estructurada en torno a las aldeas, hizo mucho más difícil la posibilidad de compartir el poder con los musulmanes y estaba bastante dispuesto a ejercer hipócritamente la violencia cuando pensaba que podía beneficiarle. La cuestión de la independencia india en su conjunto se entrelazó con la cuestión de la unidad: ¿renacería el antiguo protectorado británico como un solo país, con las mismas fronteras e integridad territorial y seguiría llamándose no obstante la India? A esto, una determinada facción inquebrantable de musulmanes respondía que no. Bajo el gobierno británico habían gozado de cierta protección en tanto que minoría numerosa, por no decir privilegiada, y no estaban dispuestos a canjear esta situación por la de convertirse en una gran minoría de un Estado dominado por el hinduismo. Por tanto, el hecho descarnado de que la principal fuerza en favor de la independencia, el Partido del Congreso, estuviera dominado por un hindú destacado volvía muy difícil la conciliación. Se podría replicar, y de hecho yo replicaría, que la intransigencia musulmana habría desempeñado un papel destructivo en cualquier caso. Pero la labor de persuadir a los musulmanes de a pie para que abandonaran el Partido del Congreso y se unieran a la separatista «Liga Musulmana» fue mucho más fácil gracias a las prolongadas charlas de Gandhi sobre el hinduismo y a las ostentosas y largas horas que dedicaba a prácticas cultuales y a ocuparse de su rueca.

Esta rueca, que todavía aparece como emblema en la bandera india, fue el símbolo del rechazo de Gandhi a la modernidad. Decidió vestirse con harapos elaborados por él mismo, con sandalias, llevar un bastón y mostrar hostilidad hacia la maquinaria y la tecnología. Hablaba extasiado sobre las aldeas indias, en las que el ritmo milenario de los animales y las cosechas determinaría cómo se viviría la vida humana. Millones de personas habrían muerto de hambre absurdamente si hubieran seguido su consejo y seguirían rindiendo culto a las vacas (inteligentemente calificadas por los sacerdotes como «sagradas» para que los pobres y los ignorantes no las mataran y se comieran su único capital en las épocas de sequía y hambrunas). […] Pero precisamente en el momento en que lo que más necesitaba la India era un líder nacionalista laico moderno, tenía por el contrario a un faquir y un gurú. El quid de este desagradable descubrimiento afloró en 1941, cuando el ejército imperial japonés conquistó Malaisia y Birmania y se encontraba en las fronteras de la propia India. Creyendo (erróneamente) que esto auguraba el fin del gobierno británico, Gandhi escogió este instante para boicotear el proceso político y proclamar su famoso llamamiento para que los británicos «abandonasen la India». Añadía que debían abandonarla «a Dios o a la anarquía», lo cual, dadas las circunstancias, habría significado más o menos lo mismo. Quienes atribuyen ingenuamente a Gandhi un pacifismo deliberado y coherente tal vez deseen preguntar si aquello no equivalía a dejar que los imperialistas japoneses entablaran la lucha en su lugar.

Entre las muchas consecuencias negativas de la decisión de Gandhi y el Partido del Congreso de abandonar las negociaciones se encontraba la oportunidad que brindaba a los seguidores de la Liga Musulmana de «permanecer» en los ministerios que ya controlaban y, por tanto, de reforzar sus posiciones negociadoras cuando poco después llegara el momento de la independencia. Su insistencia en que la independencia adoptara la forma de una mutilación o amputación en la que el Punjab Occidental y Bengala Oriental quedaran separadas del territorio nacional principal se volvió incontenible. Las espantosas consecuencias de ello se prolongan hasta nuestros días, cuando en 1971 hubo nuevos derramamientos de sangre entre musulmanes, con la aparición de un partido nacionalista hindú muy violento y una confrontación en Cachemira que todavía es la candidata con más posibilidades a desencadenar una guerra termonuclear.

Siempre quedaba una alternativa bajo la forma de la actitud laica adoptada por Nehru y Rajagopalachari: la de que canjearían la promesa británica de independencia inmediata tras la guerra a cambio de una alianza común de la India y Gran Bretaña contra el fascismo. Así, fue de hecho Nehru y no Gandhi quien condujo a su país hacia la independencia, incluso al desagradable precio de la separación. Durante décadas, una hermandad sólida entre laicistas e izquierdistas británicos e indios había diseñado argumentos en favor de la liberación de la India y había ganado la discusión. Nunca hubo ninguna necesidad de que una figura religiosa oscurantista impusiera su personalidad en el proceso y lo retrasara y distorsionara. Todo el asunto había concluido sin necesidad de dicha suposición.
Uno desea a diario que Martin Luther King hubiera seguido viviendo y continuara aportando su presencia y su sabiduría a la política estadounidense. Sobre «el Mahatma», que fue asesinado por miembros de una secta fanática hindú que le acusaba de no ser lo bastante devoto, uno desea que hubiera vivido más, aunque solo fuera para ver el daño que había causado (si bien es un alivio que no viviera para imponer su ridículo programa de hilado con rueca).

De su comportamiento, se deriva que Gandhi, siguiendo su fundamentalismo hindú, consideraba inferiores a las mujeres y despreciaba el sexo. Como con las religiones occidentales y el budismo, Gandhi también suscribía la idea de que la riqueza espiritual se hallaba renunciando a cualquier clase de placer o facilidad material.

En su crítica al libro de Lelyveld, Hitchens anota:

“Usted no debe sentir vergüenza… de llevar a una azagaya, o de dar la vuelta con tan sólo un pequeño peso alrededor de sus lomos” (Uno trata de imaginarse a Nelson Mandela tomando este consejo casero, que se basa en la impresión más cliché de la vestimenta y tradición africanas).

[…] pasajes completos de este libro se hacen opresivos para leer -y esto no es culpa de Lelyveld- es por la necesidad de registrar cada gramo escaso que Gandhi ingería en sus regímenes dietéticos, cada centímetro cuadrado de extremidades y torso sin ropa que sintió la necesidad de que todo el mundo viera, cada puntada de tela cuidadosamente hecha en casa con la que cubrió el resto, cada acto de abstención de sexo, y todos los ejercicios de física auto-mortificación. En el punto de la personalidad, estos son más por lo general los lineamientos de los fanáticos y de los que buscan ser mártires, mientras que, en el punto de la ideología, representan la altamente dudosa idea de que el ascetismo y la austeridad -incluso la pobreza- son buenas para el alma.

Una vez más, Gandhi suponía que estas ideas retrógradas debían de ser obligatorias para los demás, así como para él mismo. Él adoptó la forma hindú de castidad conocida como brahmacharia y pensó que era suficiente con informarle a su esposa de su decisión. Hablando con la visitante Margaret Sanger, defensora de la emancipación sexual de la mujer y del control de natalidad, él no sólo negó la importancia de la salud sexual de las mujeres sino que -según los testigos de la conversación- sufrió un ataque de presión sanguínea mientras lo hacía.

“La salvación de la India”, escribió en 1909, “consiste en desaprender lo que ha aprendido durante los últimos cincuenta años. El ferrocarril, el telégrafo, los hospitales, los abogados, los médicos, y demás tienen todos que irse”. El concepto más bien siniestro de “desaprendizaje”, explícitamente ligado a la noción más etérea de “salvación”, tiene más en común con el wahhabismo que con las figuras de Mandela, M.L. King, o los otros héroes morales con los que está vinculado el nombre de Gandhi.

Y ya que mencionamos el libro de Lelyveld, no podemos pasar por alto que en él se pone de manifiesto que los muchos experimentos que Gandhi hizo de dormir con muchachas desnudas -dizque para poner a prueba su resistencia y su voluntad- no pudieron curarlo de su homosexualidad, algo por lo cual no me parece que haya que juzgar a nadie. Lo que es condenable es los experimentos con las jóvenes vírgenes y que haya tratado de ocultar su preferencia sexual. Andrew Roberts, quien también reseñó el libro de Lelyveld, lo expresa así:

Sin embargo, como el Sr. Lelyveld deja muy claro, el órgano de Gandhi, probablemente sólo en raras ocasiones se excitaba con sus jovencitas desnudas, porque el amor de su vida fue un arquitecto alemán – el judío y fisicoculturista, Hermann Kallenbach, por quien Gandhi dejó a su esposa en 1908. “Tu retrato (el único que hay) se encuentra en la repisa de la chimenea de mi habitación”, le escribió a Kallenbach. “La repisa de la chimenea se encuentra frente a la cama”. Por alguna razón, el algodón y la vaselina fueron “un recordatorio constante” de Kallenbach, que el Sr. Lelyveld cree que podrían relacionarse con los enemas que Gandhi se hacía a sí mismo, aunque podría haber otras explicaciones, menos generosas.

Gandhi fue nominado al premio Nobel de Paz en cinco oportunidades. La primera de ellas, en 1937. Aquella vez la nominación fue frustrada por el asesor del comité noruego, el profesor Jacob Worm-Müller:

El asesor del comité, el profesor Jacob Worm-Müller, quien escribió un informe sobre Gandhi, fue mucho más crítico. Por un lado, él entendía completamente la admiración por Gandhi como persona: “Él es, sin duda, una buena persona, noble y ascética – un hombre prominente que es merecidamente honrado y amado por las masas de la India”. Por otro lado, cuando se considera a Gandhi como un líder político, la descripción del profesor noruego fue menos favorable. Hay, escribió, “giros bruscos de sus políticas, que difícilmente pueden ser explicados satisfactoriamente por sus seguidores. (…) Él es un luchador por la libertad y un dictador, un idealista y un nacionalista. Es frecuentemente un Cristo, pero luego, de repente, un político ordinario”.

Gandhi tenía muchos críticos en el movimiento por la paz internacional. El asesor del Comité Nobel se refirió a estos críticos al mantener que no siempre era pacifista, que él debería haber sabido que algunas de sus campañas no violentas hacia los británicos degenerarían en violencia y el terror. Esto era algo que había ocurrido durante la primera Campaña de No Cooperación entre 1920-1921, por ejemplo, cuando una multitud de Chauri Chaura, las Provincias Unidas, atacó una estación de policía, mató a muchos de los policías y luego prendió fuego a la estación de policía.

Una crítica frecuente de los no indios era también que Gandhi era un indio demasiado nacionalista. En su informe, el profesor Worm-Müller expresó sus dudas en cuanto a si los ideales de Gandhi estaban destinados a ser universales o principalmente indios: “Se podría decir que es significativo que su conocida lucha en Sudáfrica fuera en nombre de los indios exclusivamente, y no de los negros cuyas condiciones de vida eran aún peores”.

En 1939 disputó la nominación al Nobel de Paz con su amigo Adolf Hitler, pero ninguno de los dos se lo ganó. En 1948 lo habría disputado con Stalin, pero antes de haber sido siquiera nominado, fue asesinado por Nathuram Godse.

Al año siguiente, George Orwell escribió sus magníficas Reflexiones sobre Gandhi, en donde pone de relieve que la cosmovisión de Gandhi necesariamente requería de la creencia en un ser superior, sobrenatural, en dios:

Sus enseñanzas tienen sentido solamente en el supuesto de que Dios existe y de que el mundo material es una ilusión de la que debemos escapar. Vale la pena reflexionar sobre las disciplinas que Gandhi se autoimponía y que a pesar de que no insistía en que sus seguidores las observaran en detalle consideraba indispensables si uno deseaba servir a Dios o a la humanidad. Antes que todo, no comer carne y, de ser posible, ningún alimento animal en ninguna de sus formas. (Gandhi mismo, por motivos de salud, tenía que tomar leche, pero parece ser que lo sentía como una apostasía). No alcohol ni tabaco, no especies o condimento, ni siquiera vegetal, ya que los alimentos no se deben ingerir por sí mismos, sino únicamente para conservar nuestra fuerza. En segundo lugar, si es posible, no tener relaciones sexuales. Si el trato sexual es necesario, entonces se debe tener con el único propósito de engendrar descendencia y, presumiblemente, a largos intervalos. Gandhi mismo, cuando tenía treinta años, tomó el voto de brahmacharia, lo que no solamente significa total abstinencia, sino la eliminación del deseo sexual. Parece que esta condición es difícil de alcanzar sin una dieta especial y ayunos frecuentes. Uno de los peligros de beber leche es que provoca este deseo sexual. Finalmente y este es el punto fundamental para el buscador de la bondad no deben existir ni las amistades cercanas ni ningún tipo de amor exclusivo.

Las amistades íntimas, dice Gandhi, son peligrosas, porque “los amigos reaccionan entre ellos” y por lealtad a un amigo uno puede cometer un mal. Esta verdad es incuestionable. Además, si se ha de amar a Dios, o a la humanidad como un todo, no se puede sentir preferencia por ninguna persona individual. Una vez más, estamos hablando de una verdad, y es aquí donde la postura humanista y la religiosa dejan de ser conciliables. Para un ser humano ordinario, el amor no significa nada si no está destinado a ciertas personas más que a otras. Su autobiografía no deja claro si Gandhi fue desconsiderado con su esposa y sus hijos pero, en cualquier caso, sí aclara que en tres ocasiones estuvo dispuesto a dejar morir a su esposa o a uno de sus hijos antes de permitir que ingirieran el alimento animal que el doctor les había recetado. Es cierto que la amenaza de muerte no se cumplió, y también que Gandhi se deduce que bajo una considerable presión moral en sentido contrario siempre le permitió al paciente elegir conservar la vida a costa de cometer un pecado; no obstante, si la decisión hubiera estado en sus manos exclusivamente, hubiera prohibido el alimento animal, sin importarle el riesgo. Debemos tener un límite, dice, respecto a lo que estamos dispuestos a hacer para seguir viviendo, y el límite está antes del caldo de pollo. Puede ser que esta actitud sea noble, pero la interpretación que la mayoría de la gente le daría a estas palabras creo sería inhumana. La esencia del ser humano es que no busca la perfección, que a veces uno está dispuesto a cometer un pecado por lealtad, que uno no lleva el ascetismo al extremo de volver imposible una relación sexual amistosa, y que uno está preparado, al fin y al cabo, para ser vencido y roto por la vida, que es el precio inevitable de amar fielmente a otros seres.

Mucha gente, auténticamente, no desea ser santa, y es probable que otras que alcanzan o aspiran a la santidad nunca hayan sentido mucha tentación de ser seres humanos. Si uno pudiera llegar hasta sus raíces psicológicas, creo que descubriríamos que la razón principal para el “desapego” es el deseo de escapar al dolor de vivir y, sobre todo, al de amar, que, sexual o no, es una empresa difícil. Pero no es necesario discutir aquí si el ideal del otro mundo es más “elevado” que el humanista. El caso es que son incompatibles. Uno debe elegir entre Dios y el hombre, y todos los radicales y los progresistas, desde el liberal más moderado hasta el anarquista más extremo, en realidad han elegido al hombre.

En 1983, Richard Grenier publicó el libro The Gandhi Nobody Knows, en el que ponía de manifiesto ese Gandhi que estamos descubriendo. El libro era una crítica a la película apologética y hagiográfica Gandhi, dirigida por Richard Attenborough y protagonizada por Ben Kingsley. En Internet se pueden encontrar fragmentos del libro que fueron publicados por la revista Commentary. En vista de su increíble extensión, publico la traducción de esos fragmentos en el artículo El Gandhi que Nadie Conoce, que sería el nombre del libro de Grenier en español. Por el momento procedamos a conocer el…

Veredicto: Contrario a la creencia popular, Gandhi no sólo no fue un pacifista. Fue un aguerrido belicista que despreciaba la vida humana como la conocemos, la experiencia material, fisiológica, humana. Pulsión de muerte. Por eso se autoimponía y predicaba sadomasoquistas regímenes dietéticos absurdos, se abstenía y veía con malos ojos el sexo -tanto recreativo como reproductivo-. No feliz con esto, consideraba que las mujeres eran inferiores, al punto en que casi le dio un ataque cuando atendió a una defensora de los derechos reproductivos. También era de un racista que habría conseguido que cualquier miembro del Ku Klux Klan se le quitara el sombrero y que no deja de levantar sospechas como uno de los fértiles terrenos sobre los que abonó su amistad con Hitler y su admiración por Mussolini. Aunque en justicia con Gandhi, debió haber sido al revés: El Duce y el Führer podrían haber aprendido muchísimo del activismo racial y racista del Mahatma, toda vez que este fue precursor, promotor y defensor no de uno sino de dos apartheids: el de los kaffirs en Sudáfrica y el de los dalits en India. Eso por no contar las innumerables veces que se contradijo a sí mismo y sus cambios de postura conforme a la situación. Era un lastimero intento de faquir, un gurú del estoicismo, que felizmente habría sacrificado a toda la humanidad si le hubiera parecido que ese era un “capricho divino”.

Aún si hubiera sido realmente un pacifista -que no lo fue-, su pacifismo aunado con su odio a la modernidad, al desarrollo, a todo aquello que la Ciencia y la Tecnología nos han brindado, habría sido la fórmula perfecta para que millones murieran por omisión: ausencia de legítima defensa, presencia de hambre, pestes, enfermedades y paupérrimas condiciones de vida.

No es de extrañar que su imagen esté tan popularmente extendida y sea venerada entre los cristianos y los posmodernos y junto con estos, algunos pacifistas atolondrados.

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