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La subversión ideológica de la biología

Esta es una traducción libre del artículo The Ideological Subversion of Biology, por Jerry Coyne y Luana Maroja, publicado originalmente como artículo principal del Volumen 47 # 4 de Skeptical Inquirer, en su edición para Julio/Agosto 2023


RESUMEN: La biología se enfrenta a la grave amenaza de las políticas “progresistas” que están cambiando la forma de hacer nuestro trabajo, delimitando áreas de la biología que son tabú y que no serán financiadas por el gobierno ni publicadas en revistas científicas, estipulando qué palabras deben evitar los biólogos en sus escritos y decretando cómo se enseña la biología a los estudiantes y cómo se comunica a otros científicos y al público a través de la prensa técnica y popular. Escribimos este artículo no para argumentar que la biología está muerta, sino para mostrar cómo la ideología la está envenenando. La ciencia que tantos avances y conocimientos nos ha aportado —desde la estructura del ADN hasta la revolución verde y el diseño de las vacunas COVID-19— está en peligro por el dogma político que estrangula nuestra tradición esencial de investigación abierta y comunicación científica. Y como gran parte de lo que debatimos ocurre dentro de la ciencia académica, donde muchos científicos están demasiado acobardados para decir lo que piensan, el público desconoce en gran medida estas cuestiones. Lamentablemente, para cuando se hagan evidentes para todos, puede que sea demasiado tarde.

 

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Todos estamos familiarizados con las guerras culturales que enfrentan a los izquierdistas progresistas con los centristas y los de derechas. En el pasado, esas escaramuzas versaban sobre política y cuestiones socioculturales, y en el mundo académico se limitaban en gran medida a las humanidades. Pero —aparte de las “guerras de la Sociobiología” de los Setenta y nuestras perennes batallas contra el creacionismo— los biólogos siempre pensamos que nuestro campo evitaría esas luchas. Después de todo, la verdad científica seguramente sería inmune a los ataques o a la distorsión por parte de la ideología política, y la mayoría de nosotros estábamos demasiado ocupados trabajando en el laboratorio como para participar en disputas partidistas.

Nos equivocábamos. Científicos de dentro y fuera del mundo académico fueron de los primeros en empezar a purgar políticamente sus campos tergiversando o incluso mintiendo sobre verdades incómodas. Se lanzaron campañas para despojar la jerga científica de palabras consideradas ofensivas, para asegurarse de que los resultados que pudieran “perjudicar” a personas consideradas oprimidas fueran eliminados de los manuscritos de investigación, y para alejar la financiación de la ciencia de la investigación y desviarla hacia los cambios sociales. El gobierno estadounidense incluso se negó a hacer públicos los datos genéticos —recabados con el dinero de los contribuyentes— si el análisis de esos datos podía considerarse “estigmatizador”. En otras palabras, la ciencia —y aquí estamos hablando de todos los campos STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas)— se ha visto fuertemente contaminada por la política, ya que la “justicia social progresista” deja de lado nuestro verdadero trabajo: encontrar la verdad.

En la biología, estos cambios han sido un desastre. Al diluir nuestra capacidad de investigar lo que nos parece intrigante o importante, negar subvenciones a la investigación, controlar el tono político de los manuscritos y demonizar las áreas de investigación y a los propios investigadores, los ideólogos han cortado líneas enteras de investigación. Esto disminuirá el bienestar humano, ya que, como todos los científicos comprenden —y como demuestra la conexión entre las bacterias termorresistentes y las pruebas PCR—, nunca sabemos qué beneficios puede aportar la investigación impulsada por la pura curiosidad. Pero alimentar la curiosidad tiene un valor en sí mismo. Al fin y al cabo, estudiar los agujeros negros o el Big Bang no nos hace más sanos ni más ricos, pero saber sobre esas cosas enriquece nuestras vidas. Así pues, la erosión de la libertad académica en la ciencia por parte de la ideología progresista nos perjudica tanto intelectual como materialmente.

Aunque la biología ha chocado con la ideología en otros momentos y lugares (por ejemplo, el soviético asunto Lysenko, el creacionismo y el movimiento antivacunas), la situación actual es peor, pues afecta a todos los campos científicos. Lo que es igualmente lamentable es que los propios científicos —ayudados por los administradores universitarios— se han convertido en cómplices de su propio amordazamiento.

Aquí presentamos seis ejemplos de cómo nuestro propio campo —la biología evolutiva y organísmica— se ha visto obstaculizado o tergiversado por la ideología. Cada ejemplo incluye una afirmación errónea difundida por ideólogos, seguida de una breve explicación de por qué cada afirmación es errónea. Por último, exponemos la ideología que, en nuestra opinión, subyace a cada afirmación errónea y evaluamos sus perjuicios para la investigación científica, la enseñanza y la comprensión popular de la ciencia. Nuestra preocupación fundamental es la investigación biológica —el descubrimiento de nuevos hechos—, pero la investigación no está libre de la influencia social; va de la mano de la enseñanza y de la aceptación pública de los hechos biológicos. Si, por ejemplo, los medios de comunicación estigmatizan determinadas áreas de investigación, la comprensión del público se resentirá y se perderá el interés por la enseñanza y la investigación en esas áreas. Al cortar o impedir el interés por la biología, la tergiversación o estigmatización por parte de los medios de comunicación nos priva, en última instancia, de oportunidades para comprender el mundo.

Nos centramos en nuestro propio campo de la biología evolutiva porque es lo que más nos sentimos obligados a defender, pero añadimos que los conflictos ideológicos relacionados son comunes en ciencias como la química, la física, las matemáticas e incluso la informática. En estas otras áreas, sin embargo, los enfrentamientos implican menos negación de los hechos científicos y más esfuerzo por purificar el lenguaje, devaluar las medidas tradicionales de mérito, cambiar la demografía de los científicos, alterar drásticamente cómo se enseña la ciencia y “descolonizar” la ciencia. La biología evolutiva ha sido especialmente susceptible a los ataques contra la verdad científica porque trata el tema más espinoso de todos: el origen y la naturaleza del Homo sapiens. Comenzamos con una idea errónea sobre nuestra especie que se ha vuelto bastante común.

1. El sexo en los humanos no es una distribución discreta y binaria de machos y hembras, sino un espectro. Esta afirmación, una de las distorsiones políticas más comunes de la biología (por ejemplo, Ainsworth 2018), es errónea porque casi todos los humanos en la Tierra caen en una de dos categorías distintas. Su sexo biológico está determinado simplemente por si su cuerpo está diseñado para producir gametos grandes e inmóviles (óvulos, que caracterizan a las hembras) o gametos muy pequeños y móviles (espermatozoides, que caracterizan a los machos). Incluso en las plantas se da la misma dicotomía: el polen produce el diminuto esperma y los óvulos son portadores de los grandes óvulos. La diferencia de tamaño puede ser enorme: un óvulo humano, por ejemplo, tiene diez millones de veces el volumen de un solo espermatozoide. Y cada gameto está asociado a un complejo aparato reproductor que lo produce. Son los portadores de estos dos sistemas reproductivos los que los biólogos reconocen como “los sexos”.

Como no existen otros tipos de gametos en los animales ni en las plantas vasculares, y no vemos gametos intermedios, no hay tercer sexo. Aunque muchas especies de animales y plantas con flores tienen hermafroditas, éstos simplemente combinan funciones masculinas y femeninas (y gametos) en un solo individuo y no constituyen un “tercer sexo”. Además, los problemas de desarrollo a veces pueden producir personas intersexuales, incluidos los hermafroditas. Las variantes del desarrollo son muy raras, constituyen sólo una de cada 5.600 personas (0,018 por ciento), y tampoco representan “otros sexos”. (Sólo conocemos dos casos de verdaderos hermafroditas humanos que fueran fértiles, pero un individuo sólo era fértil como varón y el otro sólo como hembra).

Sólo en protistas, hongos y algas encontramos más de dos clases distintas de individuos con gametos del mismo tamaño (“isógamos”), con individuos capaces de aparearse con miembros de cualquier clase excepto de la suya propia. Si se relaja la definición de sexos, éstos podrían considerarse como múltiples sexos, pero para evitar confusiones los biólogos los llaman “tipos de apareamiento”.

A efectos prácticos, el sexo es binario, no sólo en los humanos, sino en todos los animales y plantas. Y es binario porque la selección natural ha favorecido la evolución de un binario. En 1958, el famoso evolucionista Ronald Fisher planteó la crucial pregunta: “Ningún biólogo práctico interesado en la reproducción sexual se vería llevado a elaborar las consecuencias detalladas que experimentan los organismos que tienen tres o más sexos; sin embargo, ¿qué otra cosa debería hacer si desea comprender por qué los sexos son, de hecho, siempre dos?”.

Aunque en realidad no es necesario tener dos tipos discretos de gametos para obtener la bien establecida ventaja de la reproducción sexual, la evolución del binario sexual se ha producido en múltiples ocasiones. Tanto la observación biológica como los modelos matemáticos, cuyos desordenados detalles podemos ignorar, muestran por qué el número dos es ubicuo. Partiendo de una especie ancestral con gametos de igual tamaño (“isogamia”), la selección natural suele promover la división de la población en dos grupos de individuos con gametos muy diferentes (“anisogamia”) — ya sean pequeños y móviles o grandes e inmóviles. De este modo, han evolucionado dos sexos y, en lo sucesivo, la especie resistirá la invasión de individuos que tengan otros tipos de gametos — es decir, otros nuevos sexos.

Podemos ver la estabilidad de la condición de los dos sexos si nos damos cuenta de que lo que desencadena el desarrollo de machos frente a hembras varía mucho de una especie a otra. Los diferentes sexos pueden basarse en cromosomas diferentes y sus genes (por ejemplo, XX frente a XY en los humanos, ZW frente a ZZ en las aves, individuos con cromosomas iguales que son hembras en los mamíferos y machos en las aves); diferentes temperaturas de cría (cocodrilos y tortugas); si se tiene un juego completo o medio de cromosomas (abejas); si se encuentra una hembra (gusanos marinos); y un sinfín de otros factores sociales, genéticos y del entorno. La selección natural ha producido de forma independiente diversas vías para generar los sexos, pero al final sólo hay dos destinos: machos y hembras. Así pues, tenemos una dicotomía evolucionada y objetivamente reconocida — no un espectro arbitrario de sexos.

Pero a pesar de los hechos, la dicotomía del sexo —especialmente en los humanos— ha sido objeto recientemente de ataques ideológicos. Incluso en debates aparentemente objetivos sobre el sexo y el género, a menudo se dice que a los individuos se les ha asignado su sexo al nacer (por ejemplo, “AFAB”: assigned female at birth, asignado hembra al nacer), como si se tratara de una decisión arbitraria de los médicos —una “construcción social”— en lugar de una observación de la realidad biológica. Incluso la Sociedad para el Estudio de la Evolución, que debería tener mejor criterio, se dejó llevar por la ideología para declarar públicamente que el sexo biológico debe considerarse como un continuo. Hay profesores que han sido expulsados de sus puestos de trabajo y privados de sus clases simplemente por declarar que el sexo humano es binario. Como veremos, esta controversia se debe a una deliberada confusión de una realidad biológica, los sexos, con una construcción social, los géneros.

Negar la dicotomía del sexo nos impide comprender una de las generalizaciones más fascinantes de la biología: la diferencia entre machos y hembras en comportamiento y apariencia. El color, la ornamentación, el gran tamaño y las armas de los machos frente a su ausencia en las hembras, diferencia que se observa en especies como ciervos, aves, peces y focas, son el resultado de la selección sexual: el proceso, sugerido por primera vez por Darwin, en el que los machos compiten entre sí por el acceso a las hembras. Esto implica un antagonismo directo entre machos, como en las justas de ciervos, o que los machos apelen a las preferencias de las hembras a través de su color, ornamentos y comportamiento. Y esta observación casi universal en la naturaleza se debe, en última instancia, a que las hembras invierten más en la reproducción que los machos, empezando por esos óvulos grandes y metabólicamente costosos.

En última instancia, esto hace que la carga del cuidado parental recaiga en gran medida sobre las hembras. Las hembras, ocupadas en la producción y crianza de sus hijos, se convierten en el sexo menos disponible para el apareamiento, incluso cuando la proporción entre machos y hembras es de 1:1. La selección sexual también explica el comportamiento: por qué, en la mayoría de las especies —incluida la nuestra—, los machos son más promiscuos que las hembras, que son exigentes con sus parejas. En el caso de los machos, la fecundación sólo requiere una cucharadita de esperma, mientras que en el de las hembras los óvulos son pocos y caros, el embarazo es prolongado, y luego hay que cuidar y alimentar a las molestas crías — durante años en el caso de los humanos. Cornamentas, penachos, colas de pavo real, elaborados bailes de apareamiento masculinos, cantos de pájaros: estos y otros muchos rasgos sólo tienen sentido como resultados evolutivos de tener gametos de distinto tamaño.

¿Por qué tanta gente se resiste al binario sexual? Porque les interesa ideológicamente confundir el sexo biológico con el género — es decir, con la identidad social o el rol sexual de cada uno. A diferencia del sexo biológico, el género es más bien un continuo (las listas en Internet ofrecen docenas de géneros). Aun así, las distribuciones de género son bimodales: la mayoría de la gente se ajusta a los roles de género masculino y femenino, pero hay muchos más intermedios que en el caso del sexo biológico.

¿Y por qué la gente distorsiona la verdad? Sospechamos que algunos de aquellos cuyo género no se corresponde con uno de los dos sexos biológicos, y sus aliados, quieren redefinir el sexo para que, al igual que el género, forme más bien un continuo. Aunque desechar el binario sexual tiene buenas intenciones, también distorsiona gravemente los hechos científicos — y todas las consecuencias evolutivas que se derivan de ellos.

2. Todas las diferencias psicológicas y de comportamiento entre hombres y mujeres se deben a la socialización. A menudo se afirma que la evolución y la genética no desempeñan ningún papel en estas diferencias. Se trata de la conocida ideología de la “tábula rasa”, que afirma que todos los seres humanos, incluidos los hombres y las mujeres, nacen con la propensión a comportarse de forma similar, y que cualquier diferencia de comportamiento o psicológica que observemos entre los grupos se deriva puramente de la socialización, incluidas las influencias económicas o del entorno.

Para un biólogo, este tipo de ideología de tábula rasa —que puede provenir en parte de la fe marxista en la maleabilidad infinita de los seres humanos— es profundamente errónea. Múltiples estudios demuestran claramente que existen diferencias medias entre hombres y mujeres en una larga lista de comportamientos influidos por la biología, como los intereses sexuales, el cuidado parental, la agresividad, el grado de promiscuidad, la asunción de riesgos, más interés por las personas o por las cosas, la empatía, el miedo, las habilidades espaciales, la violencia y los rasgos relacionados con las relaciones sociales. Es importante darse cuenta de que estamos hablando de promedios: hay mucho solapamiento entre las distribuciones de comportamientos masculinos y femeninos, por lo que los individuos pueden mostrar características que se ven más a menudo en el otro sexo. Algunas mujeres, por ejemplo, son más agresivas que el hombre promedio. Y hay que añadir que la socialización contribuye probablemente —quizá en gran medida— a muchas diferencias de comportamiento entre hombres y mujeres.

Pero, ¿podemos afirmar que estas diferencias medias se deben únicamente a la socialización? No. Es probable que las diferencias medias en los comportamientos enumerados anteriormente no sólo tengan una base biológica, sino también evolutiva y genética. Es decir, es seguro que, a lo largo de millones de años, la selección natural hizo que algunos comportamientos de machos y hembras divergieran. ¿Cómo lo sabemos? Utilizando múltiples criterios, como la evaluación de la probabilidad general de una explicación adaptativa; la búsqueda de paralelismos de comportamiento en otras especies (especialmente nuestros parientes primates más cercanos); la determinación de si una diferencia de sexo en el comportamiento es omnipresente entre las diferentes culturas humanas, incluidos los cazadores-recolectores; la comprobación de si el comportamiento está influido por hormonas reproductivas como la testosterona; y la observación de si el comportamiento aparece en el momento esperado del desarrollo. La asunción de riesgos y la agresividad entre hombres, por ejemplo, son más fuertes durante los años reproductivos de la edad adulta joven — tal y como cabría esperar si se tratara de comportamientos que evolucionaron para ayudar a los hombres a conseguir pareja.

Pero para muchos, incluso sugerir una base biológica para las diferencias sexuales en el comportamiento es tabú, percibido como una especie de misoginia. Un ejemplo reciente es la declaración de Chelsea Conaboy en el New York Times: “El instinto materno es un mito creado por los hombres“. Allí ella sostiene que las conocidas diferencias entre hombres y mujeres en la atención y el comportamiento hacia sus hijos se deben enteramente a la socialización. La réplica obvia de la biología es que, aunque algunas sociedades humanas imponen a las mujeres la carga del cuidado materno, la atención mayor que las madres prestan a sus hijos frente a la atención de los padres —atención desencadenada por señales como las hormonas, la lactancia, el llanto infantil y la visión de los bebés— se observa no sólo en todas las sociedades humanas sino, lo que es más importante, también en miles de otras especies animales, incluidos nuestros parientes primates más cercanos. Resulta revelador que estas otras especies carezcan de las presiones sociales que, según los partidarios de la tabla rasa, explican las diferencias de sexo. Sería una extraña coincidencia que la misoginia y el patriarcado crearan en los humanos una situación idéntica a la de nuestros primos evolutivos — así como a la de nuestros parientes más lejanos.

La falsa idea de que los hombres y las mujeres nacen biológicamente idénticos en comportamiento y psicología es una forma de lo que llamamos “igualitarismo biológico”. Este es el punto de vista de que todos los grupos deben ser esencialmente iguales en aspectos importantes de su biología porque si no lo fueran, uno podría verse tentado a deslizarse de la no identidad a la “desigualdad” y de ahí al fanatismo, la misoginia y otros comportamientos discriminatorios. Pero como veremos, no hay ninguna conexión lógica entre lo que vemos en la naturaleza y cómo deberíamos considerar la dignidad, los derechos y las libertades de los distintos individuos o grupos. Lo primero es una cuestión de realidad, lo segundo una cuestión de ética — el cómo construimos racionalmente la moralidad.

3. La psicología evolucionista, el estudio de las raíces evolutivas del comportamiento humano, es un campo falso basado en suposiciones falsas. El biólogo P.Z. Myers se unió a otros críticos de este campo (antes llamado sociobiología) cuando afirmó que: “Las premisas fundamentales de la evo psych [psicología evolutiva] son falsas”. Incluso los psicólogos sociales, que aceptan casi universalmente la evolución en sí misma, se muestran mucho menos entusiastas con la idea de que la evolución explique aspectos importantes de la psicología humana, las actitudes sociales y las preferencias.

Pero la opinión ampliamente aceptada de Myers es errónea, ya que la premisa fundamental de la psicología evolucionista es sencillamente ésta: nuestros cerebros y su funcionamiento —que dan lugar a nuestros comportamientos, preferencias y pensamientos— a veces reflejan la selección natural que actuó sobre nuestros antepasados. Nadie lo niega en el caso de nuestros cuerpos —palimpsestos de rasgos antaño adaptativos que ya no son útiles (muelas del juicio, coxis y capas transitorias de pelo en los embriones)— pero quienes se oponen a la psicología evolutiva lo niegan en el caso de nuestros comportamientos. Pero no hay ninguna razón científica que justifique esa dualidad. ¿Por qué habrían de reflejar nuestros cuerpos millones de años de evolución mientras que nuestros comportamientos, pensamientos y psicología, moldeados por las mismas fuerzas, son de algún modo inmunes a nuestro pasado? La única forma de que esto fuera cierto es que los comportamientos humanos carecieran de variación genética, condición sine qua non para la evolución. Sin embargo, la investigación ha demostrado que ¡nuestros comportamientos se encuentran entre los rasgos humanos genéticamente más variables!

Así pues, las “guerras de la sociobiología” de los Setenta, iniciadas por el libro homónimo de E.O. Wilson, continúan con un nuevo nombre, pero el tema sigue siendo el excepcionalismo humano — es decir, la opinión de que de algún modo estamos casi libres de las fuerzas evolutivas que moldearon el comportamiento de otras especies. Es cierto que los inicios de la psicología evolutiva incluyeron algunas investigaciones “blandas” que proponían hipótesis adaptativas dudosas y no comprobables sobre nuestro comportamiento, pero ahora el campo ha alcanzado una madurez explicativa que debe tomarse en serio.

De hecho, la psicología evolutiva explica, hasta donde sabemos, varios comportamientos humanos. Entre ellos, por qué preferimos a los parientes frente a los no parientes —y a los parientes más cercanos frente a los más lejanos—, por qué maltratamos a los hijastros con más frecuencia que a los hijos biológicos, por qué los machos son más agresivos que las hembras, la diferencia en promiscuidad y proclividad sexual entre hombres y mujeres, por qué los hombres muestran más celos sexuales que las mujeres, por qué ciertas expresiones faciales transmiten emociones, por qué tenemos miedo a las serpientes y las arañas y mostramos asco ante los fluidos corporales, y por qué nos dan ganas de comer azúcares y grasas. De hecho, algunos de nuestros comportamientos, como la propensión a comer cosas que ya no son saludables, constituyen rasgos útiles en nuestros antepasados pero que ahora son inútiles o incluso perjudiciales.

El vilipendio ideológico de la psicología evolucionista nos impide comprender nuestra propia especie al aislar un enorme campo de investigación y enseñanza relacionado con la naturaleza humana. Como señalaron dos psicólogos evolucionistas: “Que sepamos, ni una sola institución que otorgue títulos en Estados Unidos exige siquiera un curso de biología evolutiva como parte de una licenciatura en psicología — un asombroso vacío educativo que desconecta la psicología del resto de las ciencias de la vida”. Sin esos conocimientos, nos quedamos con las “construcciones sociales” y las “expectativas de la sociedad” como única fuente de nuestros comportamientos, explicaciones que fracasan por completo a la hora de explicar los datos observados. Sobra decir que, al abordar cualquier problema humano relacionado con el comportamiento, lo mejor es contar con las explicaciones más completas posibles, tanto sociales como biológicas.

El rechazo de la psicología evolucionista está motivado por una ideología de tábula rasa de la naturaleza humana que ve a los humanos como casi infinitamente maleables, con pocas restricciones genéticas en nuestros comportamientos. Ya hemos mencionado que el marxismo ha influido casi con toda seguridad en esta actitud, que afloró en la izquierda. Más razones se exponen en el libro de Steven Pinker La Tabla Rasa: La negación moderna de la naturaleza humana. Entre ellas se incluyen el desdén por el determinismo biológico; la creencia de que las cosas que se pueden aprender, como el lenguaje, no pueden implicar al mismo tiempo capacidades que han evolucionado; la falsa visión de que la biología es destino —que lo que se hereda no se puede cambiar— y la negación rotunda de que la biología desempeña un papel importante en el comportamiento humano, incluidas las similitudes y diferencias entre individuos o grupos. Como veremos, el estudio de las diferencias genéticas entre individuos o grupos es especialmente tabú, pues se dice que ese trabajo promueve la intolerancia e incluso la eugenesia.

4. Debemos evitar estudiar las diferencias genéticas de comportamiento entre individuos. La suposición por defecto de muchas personas, especialmente las que se adhieren a la tábula rasa, es que las diferencias genéticas entre las personas en rasgos como el rendimiento educativo, el coeficiente intelectual y rasgos similares no deberían estudiarse. En algunos casos, se niega la existencia misma de diferencias genéticas a pesar de las sólidas pruebas que aportan diversas líneas de investigación, como los estudios de gemelos. Se piensa que este tipo de trabajo produce inevitablemente una clasificación de las personas, un fomento de la intolerancia y una clasificación injusta de los individuos en diferentes vías educativas. Y sin embargo, incluso dentro de un mismo grupo étnico (por ejemplo, los estadounidenses descendientes de europeos), la variación en prácticamente todos los rasgos, ya sean físicos o de comportamiento, tiene un componente genético apreciable. Es el caso de rasgos como la estatura, la tensión arterial, la tendencia a fumar o beber, el neuroticismo, las capacidades cognitivas y el nivel educativo. Para los dos últimos rasgos, más de la mitad de la variación entre individuos se basa en la variación de sus genes. Sin embargo, es importante tener en cuenta que estas medidas reflejan la variación dentro de una población y no dicen nada sobre la base de las diferencias entre poblaciones o grupos étnicos.

Este tipo de estudio es más útil desde que la ciencia desarrolló técnicas para secuenciar el ADN de todo el genoma de un individuo. Con esa información, y secuenciando muchos individuos, se puede correlacionar cada posición variable del ADN (es decir, bases de nucleótidos individuales) con diversos rasgos de los individuos, determinando qué trozos del ADN están correlacionados con la variación en un rasgo seleccionado. Este tipo de estudio (estudios de asociación del genoma completo o GWAS) ha descubierto, por ejemplo, casi 4.000 áreas del genoma asociadas al nivel educativo. Curiosamente, muchos de estos genes actúan principalmente en el cerebro. Gracias a los estudios GWAS, ahora es posible hacer predicciones bastante precisas sobre el aspecto, el comportamiento, los logros académicos y la salud de una persona simplemente analizando el ADN de un individuo y calculando sus “puntuaciones poligénicas” individuales a partir de grandes muestras de su población. Esto puede hacerse incluso con ADN fetal.

El análisis GWAS ofrece muchas posibilidades de intervención útil, especialmente mediante el seguimiento de los individuos para detectar las condiciones de salud que son genéticamente propensos a desarrollar. Sin embargo, la utilidad de los resultados de GWAS para el rendimiento educativo es mucho más controvertida. Aunque las diferencias genéticas influyen en muchos aspectos de lo que consideramos “inteligencia”, ahora mismo es más fácil nivelar las oportunidades de las personas mediante reformas sociales y educativas que utilizando puntuaciones poligénicas.

Sin embargo, algún día podría ser útil comprender la variación genética que subyace a los resultados educativos. Por ejemplo, si descubrimos variantes genéticas que responden especialmente bien a las intervenciones educativas o sociales, podría ser posible centrarse en estos individuos desde el principio. Estos estudios genéticos también podrían ayudar a identificar los efectos del entorno: Si dos personas con puntuaciones poligénicas idénticas acaban teniendo vidas muy diferentes, ¿en qué se diferenciaron sus entornos? Por eso, a pesar de la controversia, sigue mereciendo la pena realizar este tipo de investigaciones.

La mayoría de la gente no se opondría a conocer su predisposición genética a desarrollar enfermedades, pero eso no se extiende al trabajo sobre el comportamiento y la cognición. La resistencia a estos estudios se basa en una visión de tábula rasa de la naturaleza humana que rechaza cualquier determinismo genético y sostiene que podemos superar casi por completo cualquier influencia genética en el comportamiento. Se afirma que los estudios genéticos que van más allá de los rasgos físicos y las enfermedades están relacionados con la eugenesia y actos similares de intolerancia del pasado.

De hecho, el miedo y la negativa a la investigación genética del comportamiento son tan fuertes que incluso los Institutos Nacionales de Salud definen las razas únicamente como construcciones sociales y han limitado el acceso de los investigadores a las bases de datos públicas, financiadas por los contribuyentes, que contienen información sobre la constitución genética, la salud, la educación, la ocupación y los ingresos de individuos anónimos. Al parecer, esta restricción se aplica incluso a los estudios que no implican diferencias entre razas, por lo que sofocar la investigación sobre genética del comportamiento en general parece ser el intento del gobierno estadounidense — especialmente los comportamientos relacionados con el éxito académico y social.

5. “La raza y la etnia son construcciones sociales, sin significado científico o biológico”. Esto es una barrida bajo la alfombra: la afirmación de que no hay valor empírico en el estudio de las diferencias entre razas, grupos étnicos o poblaciones. Tal trabajo es el mayor tabú de la biología, del que se afirma que es inherentemente racista y perjudicial. Pero la afirmación que encabeza este párrafo, una cita directa de los editores del Journal of the American Medical Association, es errónea.

Antes de abordar este polémico asunto, insistimos en que preferimos las palabras etnia o incluso poblaciones geográficas a raza, porque este último término, debido a su asociación histórica con el racismo, se ha vuelto demasiado polarizador. Además, las antiguas denominaciones raciales como blanconegro y asiático venían acompañadas de la idea errónea de que las razas se distinguen fácilmente por unos pocos rasgos, están delimitadas geográficamente y presentan diferencias genéticas sustanciales. De hecho, la especie humana actual comprende grupos geográficamente continuos que sólo tienen diferencias pequeñas o modestas en las frecuencias de variantes genéticas, y hay grupos dentro de grupos: potencialmente un número ilimitado de “razas”. Aun así, las poblaciones humanas muestran diferencias genéticas de un lugar a otro, y esas pequeñas diferencias, sumadas en miles de genes, dan lugar a diferencias sustanciales y a menudo diagnósticas entre poblaciones.

Ni siquiera la antigua y anticuada visión de la raza carece de significado biológico. Un grupo de investigadores comparó una amplia muestra de genes en más de 3.600 individuos que se autoidentificaban como afroamericanos, blancos, asiáticos orientales o hispanos. El análisis de ADN demostró que estos grupos se dividían en grupos genéticos y que había un 99,84% de coincidencia entre el grupo al que pertenecía cada persona y su clasificación racial autodesignada. Esto demuestra sin duda que ni siquiera el viejo concepto de raza “carece de significado biológico”. Pero eso no es sorprendente porque, dada la restricción de movimientos en el pasado, las poblaciones humanas evolucionaron en gran medida aisladas geográficamente unas de otras — salvo la “hispana”, una población recientemente mezclada que nunca se consideró una raza. Como sabe cualquier biólogo evolutivo, las poblaciones aisladas geográficamente se diferencian genéticamente con el tiempo, y por eso podemos utilizar los genes para hacer buenas conjeturas sobre la procedencia de las poblaciones.

Trabajos más recientes, que aprovechan nuestra capacidad para secuenciar fácilmente genomas completos, confirman una elevada concordancia entre la raza autoidentificada y las agrupaciones genéticas. Un estudio de veintitrés grupos étnicos reveló que se dividían en siete grandes grupos de “raza/etnia”, cada uno de ellos asociado a una zona distinta del mundo. A mayor escala, el análisis genético de los europeos muestra que, sorprendentemente, el mapa de sus constituciones genéticas coincide casi perfectamente con el mapa de la propia Europa. De hecho, el ADN de la mayoría de los europeos puede determinar su lugar de nacimiento con una aproximación de 500 millas.

¿Para qué sirven estos conjuntos étnicos? Empecemos por algo con lo que mucha gente está familiarizada: la capacidad de deducir la ascendencia personal a partir de los genes. Si no hubiera diferencias entre poblaciones, esta tarea sería imposible, y no existirían “empresas de ascendencia” como 23andMe. Pero ni siquiera hacen falta secuencias de ADN para predecir las etnias con bastante exactitud. Los rasgos físicos a veces pueden hacerlo: por ejemplo, los programas de inteligencia artificial pueden predecir con bastante exactitud la raza que uno mismo declara a partir de radiografías de tórax.

A mayor escala, el análisis genético de poblaciones de todo el mundo nos ha permitido no sólo trazar la historia de las expansiones humanas fuera de África (hubo varias), sino también asignar fechas a la colonización de distintas zonas del mundo por parte del H. sapiens. Esto ha sido más fácil gracias a las recientes técnicas de secuenciación de “ADN fósil” humano. Además, disponemos de ADN fósil de grupos como los denisovanos y los neandertales, que, junto con los datos modernos, nos indican que estos grupos ya extintos se reprodujeron en el pasado con los antepasados del Homo sapiens “moderno”, produciendo al menos algunos descendientes fértiles (la mayoría de nosotros tenemos algo de ADN neandertal en nuestros genomas). Aunque la arqueología y la datación por carbono han ayudado a reconstruir la historia de nuestra especie, éstas han sido sustituidas en gran medida por la secuenciación del ADN de humanos vivos y antepasados.

Además, los estudios genéticos de poblaciones tienen valor médico. Un buen número de enfermedades genéticas, por ejemplo, están asociadas a la etnia (aunque no absolutamente): enfermedades como la enfermedad de Tay-Sachs, la anemia falciforme, la fibrosis quística y la hemocromatosis hereditaria. Estas asociaciones hacen que tanto el diagnóstico como el asesoramiento prenatal sean más eficaces, ya que se puede utilizar la etnia para centrarse en posibles problemas médicos. La incidencia de dolencias como las cardiopatías, el cáncer y la diabetes también difiere entre grupos étnicos, pero estas enfermedades tienen causas tanto genéticas como del entorno, por lo que su tratamiento requiere tener en cuenta la dieta y el estilo de vida. Aun así, el análisis genético de individuos y grupos podría ayudar incluso con estas dolencias complejas. Los análisis GWAS basados en estudios étnicos específicos, por ejemplo, podrían ofrecer estimaciones del riesgo de diversas enfermedades mediante pruebas a bebés o incluso a fetos. Si sabes que corres riesgo, controlar tu estilo de vida puede reducir las probabilidades de enfermar gravemente cuando seas más viejo.

Afortunadamente, se están empezando a recopilar datos de GWAS de diferentes grupos étnicos, y los investigadores médicos ya reconocen que los estudios de diferentes etnias son esenciales tanto para comprender las enfermedades como para reducir las disparidades sanitarias. Esto se debe a que los resultados genéticos de un grupo podrían no generalizarse a los resultados de otros grupos. Un reciente análisis GWAS de la demencia, por ejemplo, descubrió que algunas regiones del genoma aumentan el riesgo en los afroamericanos, pero no en los blancos. Esto implica que algunos genes capaces de predecir la demencia futura diferirán entre estos grupos y que las posibles intervenciones o curas también podrían diferir.

Por último, hay razones forenses para asociar la genética con la etnia. Se trata de predecir el aspecto que podría tener un agresor o una víctima (por ejemplo, los rasgos faciales o el color de los ojos, la piel y el pelo) a partir de una muestra de sangre, tejido o semen o, cuando se utiliza ADN ancestral, predecir el aspecto que podría haber tenido la gente de la antigüedad. Ahora sabemos, por ejemplo, que algunos neandertales tenían la piel pálida y el pelo rojo y que la piel oscura y ojos azules podrían haber sido comunes en los Homo sapiens europeos hace unos miles de años.

Pero la cuestión central de la genética en las guerras culturales tiene que ver con las características de comportamiento de las distintas poblaciones y grupos étnicos, siendo las diferencias de inteligencia el tema considerado más tabú. A la luz de la accidentada historia de este trabajo, cualquier investigador debe andarse con pies de plomo, ya que prácticamente cualquier resultado con excepción de la identidad mundial de las poblaciones podría utilizarse para apoyar prejuicios e intolerancias. De hecho, incluso escribir sobre este tema ha provocado sanciones a muchos científicos, que “se han visto denunciados, difamados, protestados, solicitados, golpeados, pateados, acosados, escupidos, censurados, despedidos de sus trabajos y despojados de sus títulos honoríficos”. Un ejemplo bien conocido es el de Bo Winegard, un profesor no titular de Ohio que, al parecer, fue despedido por limitarse a sugerir la posibilidad de que existieran diferencias en la cognición entre grupos étnicos. Por eso la mayoría de los biólogos se mantienen alejados de este tema.

El tabú no es si existen diferencias observables en el cociente intelectual y en los logros en la vida entre grupos, ya que son bien conocidos y fáciles de medir mediante pruebas estandarizadas. La cuestión es más bien qué causa estas disparidades: diferencias genéticas, problemas sociales como la pobreza, el racismo pasado y presente, diferencias culturales, escaso acceso a oportunidades educativas, la interacción entre genes y entornos sociales, o una combinación de todo lo anterior. Se han aplicado algunos métodos a esta cuestión, como los estudios de adopción, el análisis de poblaciones étnicamente mixtas y los GWAS. Todos los análisis genómicos se han centrado en el nivel educativo —altamente correlacionado con las estimaciones del CI y las medidas del éxito en la vida—, pero se han centrado casi exclusivamente en los descendientes blancos de europeos. Y el poder predictivo de estas puntuaciones GWAS de etnia blanca se desvanece casi por completo cuando se aplican a otros grupos étnicos. La razón de esta decadencia en la predictibilidad tiene que ver con las diferencias genéticas entre grupos, incluidas las diferencias entre el subconjunto de genes que afectan al logro educativo, la existencia de distintas variantes de los mismos genes implicadas en ambos grupos o las diferencias entre grupos en la forma en que los genes y sus variantes interactúan entre sí y con el entorno. El resultado es que no es fácil trasladar los resultados de un grupo étnico a otro; cada grupo debe estudiarse por separado.

Otras dos cuestiones dificultan el análisis de las diferencias conductuales y cognitivas entre grupos. En primer lugar, estos rasgos suelen verse afectados por variaciones en cientos, si no miles, de genes repartidos por todo el genoma. En segundo lugar, esos genes están físicamente conectados a otros genes en los cromosomas. En conjunto, esto significa que muchos genes de la apariencia externa (color, estructura facial, textura del pelo) —los mismos genes que dan información sobre la etnia de una persona— están físicamente ligados a otros genes, incluidos los del nivel educativo. Como los genes que se encuentran cerca unos de otros en los cromosomas se heredan juntos, no tenemos forma de separar completamente los genes que afectan la apariencia de los que afectan a los logros educativos. Si las diferencias de rendimiento entre grupos se deben, al menos en parte, a que la sociedad trata a las personas de forma diferente cuando tienen un aspecto distinto (por ejemplo, a través de la intolerancia y el racismo), entonces el efecto social causado por los “genes de la apariencia” se confunde con el efecto directo de los “genes del rendimiento académico”.

Pero a pesar de la dificultad de disociar los efectos de los genes y el entorno, la comprensión de los efectos genéticos dentro de los distintos grupos sigue reportando beneficios sociales. Por ejemplo, los estudios GWAS —realizados por separado para cada etnia— podrían arrojar luz sobre si las variantes genéticas asociadas a los resultados educativos difieren entre los distintos grupos o responden de forma diferente a las intervenciones del entorno. Imaginemos, por ejemplo, un gen cuyas variantes estuvieran asociadas a la función tiroidea. Imaginemos, además, que las variantes de ese gen que reducen la función tiroidea, provocando una deficiencia de yodo, se asocian con un menor nivel educativo que las variantes con una expresión más alta, y que las variantes de bajo yodo son más comunes en blancos que en asiáticos. (Esto no es del todo descabellado: la deficiencia de yodo puede reducir el cociente intelectual en quince puntos, y los genes podrían influir en la respuesta a una dieta baja en yodo). Una intervención sencilla podría consistir en administrar suplementos de yodo a los blancos con variantes de ADN de “baja expresión”, pero no a los que tienen variantes de “alta expresión” (demasiado yodo es tóxico). Este ejemplo no es descabellado porque sabemos que los distintos grupos tienen muchas formas genéticas únicas (es decir, “alelos privados“) que podrían tener efectos importantes sobre el comportamiento, así como sus propias interacciones únicas con el entorno.

De este ejemplo debería desprenderse claramente que la razón para estudiar las diferencias genéticas entre grupos étnicos es potenciar el éxito de los individuos cuyo ADN se conoce, no clasificar a los distintos grupos por un rasgo u otro. Pero para hacer esto, primero debemos comprender la naturaleza de las diferencias genéticas entre grupos. Muchas de las objeciones a este tipo de trabajo desaparecen cuando uno se da cuenta de que, aunque la atención se centra en los segmentos de ADN específicos de la población asociados a los logros, el objetivo final es ayudar a cada persona a dar lo mejor de sí misma.

En nuestra opinión, por tanto, la investigación sobre la cognición o los logros educativos dentro de un grupo y entre grupos no debería demonizarse, prohibirse o denegarse automáticamente su publicación, y los datos deberían estar a disposición del público. Ni que decir tiene que los científicos deben ser cautelosos con este tipo de investigación y estar atentos a su uso indebido o tergiversación. Pero, a fin de cuentas, es difícil rebatir la idea de que cuanto más comprendamos —y eso incluye la genética— más éxito tendremos con las políticas públicas de corte social. De hecho, hay buenos argumentos que sugieren que reprimir la investigación sobre el cociente intelectual, o equiparar esta investigación con el racismo, causará más daño que beneficio. Al fin y al cabo, la igualdad política debería ser un imperativo moral, no una hipótesis empírica, y en última instancia el valor de un ser humano no depende ni debería depender de su CI o de sus años de escolarización.

El gran biólogo evolucionista Ernst Mayr lo expresó muy bien:

La igualdad a pesar de la evidente no identidad es un concepto algo sofisticado y requiere una estatura moral de la que muchos individuos parecen ser incapaces. Más bien niegan la variabilidad humana y equiparan igualdad con identidad. O afirman que la especie humana es excepcional en el mundo orgánico en el sentido de que sólo los caracteres morfológicos están controlados por los genes y todos los demás rasgos de la mente o del carácter se deben al “condicionamiento” o a otros factores no genéticos. … Una ideología basada en premisas tan obviamente erróneas sólo puede conducir al desastre. Su defensa de la igualdad humana se basa en una reivindicación de identidad. Tan pronto como se demuestra que ésta no existe, se pierde igualmente el apoyo a la igualdad. (Mayr 1963)

6. Las “formas de conocimiento” indígenas son equivalentes a la ciencia moderna y deben respetarse y enseñarse como tales. Dado que los pueblos indígenas como los maoríes de Nueva Zelanda y los nativos americanos del Nuevo Mundo fueron víctimas del colonialismo, sus conocimientos tradicionales suelen alabarse como una versión alternativa de la ciencia moderna — una “forma de conocimiento” desarrollada independientemente de lo que se denomina “ciencia colonialista”, pero que muchos consideran de igual valor. De hecho, el gobierno neozelandés exige que las formas de conocimiento indígena tengan el mismo valor que la ciencia moderna en las aulas — y que otras asignaturas de la enseñanza secundaria. Sudáfrica también está experimentando una descolonización de la biología. Un artículo de la prestigiosa revista Nature aboga por descolonizar la farmacología en ese país, centrándose en los remedios herbales locales para “anclar el plan de estudios en la experiencia local”. Si bien esto añade un sabor autóctono al aprendizaje, el hecho de anclarse en la experiencia local sólo puede desviar al estudiante de una educación en farmacología moderna.

Matauranga Māori, la forma de conocimiento indígena en Nueva Zelanda, es una mezcla de conocimiento empírico derivado del ensayo y error (incluida la capacidad de navegación de sus antepasados polinesios y las formas maoríes de obtener y cultivar alimentos), pero también incluye áreas no científicas como la teología, la sabiduría tradicional, la ideología, la moral y la leyenda. Sin embargo, todos ellos se consideran dignos de ser enseñados en pie de igualdad con los métodos y resultados de la ciencia moderna. Los estudiosos maoríes, por ejemplo, han propuesto la improbable afirmación de que los polinesios —los antepasados de los maoríes— fueron los primeros en descubrir la Antártida en el siglo VII. Esta afirmación es sin duda falsa y se basa probablemente en la traducción errónea de una leyenda oral. De hecho, la Antártida fue avistada por primera vez por los rusos en 1820. No obstante, la Royal Society neozelandesa, la organización científica más prestigiosa del país, concedió una subvención de 660.000 dólares a los maoríes para explorar esta narrativa falsa. También se ha producido un renacimiento de los remedios tradicionales espirituales y herbales de Matauranga Māori, que incorporan cánticos como medio de curación. Aunque los remedios locales pueden ser útiles en ocasiones, casi nunca se prueban utilizando el patrón oro de la medicina: los ensayos controlados aleatorizados.

Las formas de conocimiento indígena suelen incluir algunos conocimientos prácticos, como observaciones sobre el entorno local y prácticas útiles desarrolladas a lo largo del tiempo, incluidos, en el caso de los maoríes de Matauranga, métodos ancestrales de navegación y la mejor forma de pescar anguilas. Pero el conocimiento práctico no es lo mismo que la investigación sistemática y objetiva de la naturaleza —libre de suposiciones sobre dioses y espíritus— que constituye la ciencia moderna. Confundir las formas indígenas de conocimiento con la ciencia moderna confundirá a los estudiantes no sólo sobre lo que constituye el conocimiento, sino también sobre la naturaleza de la propia ciencia. Es cierto que la ciencia moderna surgió en Europa Occidental en el siglo XVII, una época en la que se negaba la educación a las mujeres y la mayoría de la población era blanca. Esta situación, debida a los prejuicios, restringió gravemente las oportunidades de las personas, pero no proporciona ninguna razón para desacreditar la ciencia misma —la mejor forma de generar conocimiento aceptado sobre el universo— como “occidental” o colonialista. (“Occidental” se ha convertido en un término totalmente erróneo e insulta a las muchas personas de otros países que practican el mismo tipo de ciencia).

Una cuestión relacionada que enfrenta a la cultura indígena con la ciencia moderna es la antropología forense: el estudio de las sociedades antiguas a partir de restos y artefactos humanos. En Norteamérica, por ejemplo, los restos humanos, dependiendo de dónde se encuentren, pueden ser reclamados por los nativos americanos como suyos, impidiendo su estudio científico por considerarlos antiguos miembros de grupos indígenas modernos. De hecho, la ley federal obliga a devolver los huesos y otros artefactos a los grupos indígenas que los reclaman. Los restos deben volver a enterrarse sin ser estudiados científicamente, aunque no exista una conexión genealógica clara entre los huesos humanos y los nativos americanos vinculados al lugar donde se encontraron los restos. En el caso del Hombre de Kennewick, las afirmaciones “científicas” indígenas incluían a un líder nativo americano que rechazaba la verdad de que sus antepasados llegaran a través del estrecho de Bering desde Asia por estos motivos: “Por nuestras historias orales, sabemos que nuestro pueblo ha formado parte de esta tierra desde el principio de los tiempos”, afirma el Sr. Minthorn. “No creemos que nuestro pueblo emigrara aquí desde otro continente”.

Una víctima de esta mentalidad es la antropóloga física Elizabeth Weiss, de la Universidad Estatal de San José, que estudia huesos de entre 500 y 3.000 años de antigüedad procedentes de California. Por el simple hecho de estudiar esos restos, Weiss fue degradada por su universidad y se le prohibió estudiar la colección de huesos de su departamento. Pero aún es peor: no se le permite estudiar radiografías de los restos ni siquiera mostrar una fotografía de las cajas en las que se guardan. Muchas otras universidades, como Berkeley, también están devolviendo o volviendo a enterrar artefactos y huesos antiguos. El resultado: la valiosa historia humana y la antropología permanecen fuera de los límites porque los restos y artefactos se consideran sagrados. Está claro que la mejor solución sería aplazar el enterramiento hasta después del estudio científico o la extracción de ADN. La política actual simplemente nos impide conocer nuestro pasado.

La promoción de estas otras formas de conocimiento proviene de un deseo de valorizar a los grupos oprimidos al sostener que gran parte de su cultura tiene la misma autoridad epistémica que la ciencia, una visión que la filósofa Molly McGrath llamó “la autoridad de la víctima sagrada“. En su forma secular, esta autoridad deriva de las opiniones posmodernas de que la ciencia es sólo una de las muchas “formas de conocimiento” y que la hegemonía de la ciencia refleja poder en lugar de logros. Esto se resume en el lema, abrazado por algunos tanto en la derecha como en la izquierda durante décadas, de que “la ciencia siempre es política“.

Al igual que el creacionismo bíblico, gran parte del conocimiento indígena tiene un importante componente espiritual o teológico que no procede de la evidencia, sino de la autoridad o la revelación. Para incorporar cualquiera de estos conocimientos a la ciencia moderna, primero hay que separar el trigo empírico de la paja espiritual. A esto se refería el pastor no confesional Mike Aus cuando, tras renunciar a su fe, describió el “conocimiento religioso” de esta manera: “No hay diferentes formas de conocimiento. Hay conocimiento y no-conocimiento, y esas son las dos únicas opciones en este mundo”.

 

***

Casi todas las distorsiones ideológicas de la biología proceden de una misma mentalidad: el igualitarismo radical. Este es el punto de vista de que los sexos, los diferentes grupos étnicos y, hasta cierto punto, los individuos de una población son genéticamente casi idénticos en comportamiento y psicología (aunque no en apariencia) y que la mayoría de las diferencias de comportamiento se deben a la socialización y a otros efectos del entorno. La socialización, por ejemplo, se ha convertido en la explicación por defecto de por qué hay más hombres que mujeres en matemáticas y física (y un exceso de mujeres en psicología), por qué los hombres son más agresivos y las mujeres más empáticas, por qué hay diferencias de rendimiento entre individuos de distintas clases sociales y etnias, y por qué algunos grupos están representados de forma diferencial en la ciencia y el mundo académico en general. Aunque no cabe duda de que las influencias sociales pueden afectar a estas diferencias, la omnipresente evidencia de la influencia genética en las diferencias humanas hace imprudente rechazar a priori la influencia de los factores hereditarios. Sin embargo, como los datos biológicos contradicen la ideología de moda de la tábula rasa, sus defensores se ven obligados a hacer que su agenda sea inmune a los datos, lo que hacen retorciendo los hechos de la biología para que se ajusten a sus creencias.

El igualitarismo biológico perjudica a la ciencia de dos maneras. Una es a través de la disuasión: el desaliento de la investigación que impide a los científicos estudiar o enseñar ciertos problemas. Esto no se consigue mediante la prohibición directa de la investigación, sino infundiendo temores a los profesores o investigadores, lo que les disuade de trabajar en esos temas e incluso de discutirlos. Bastan unos pocos ejemplos públicos para disuadir a muchos otros, como la puesta en la picota de quienes enseñan que sólo hay dos sexos en los seres humanos (por ejemplo, Carole Hooven en Harvard y Christy Hammer en la Universidad del Sur de Maine). Además, los que estudian las diferencias de grupo y su genética pueden ser simplemente descartados tachándolos de sexistas, misóginos, racistas o eugenistas. Esto ha sido sorprendentemente eficaz, ya que ¿qué progresista —y la mayoría de los biólogos son progresistas— quiere ser tachado con esas etiquetas? Del mismo modo, quienes se niegan a aceptar la equivalencia entre la ciencia moderna y las formas de conocimiento indígenas no sólo son considerados racistas, sino también colonialistas. ¿Acaso es de extrañar que maestros, investigadores y profesores se autocensuren en estas cuestiones?

El otro daño tiene que ver con la acción directa: imponer requisitos o castigos a los científicos cuyas investigaciones se alejan demasiado del igualitarismo biológico. Los castigos han ido desde quitarle clases a los profesores, hacerles la vida tan miserable que se vean obligados a abandonar el mundo académico, exigirles jurar fidelidad a falsedadesdespidos directos, exigir la infusión de mitología en la ciencia, rechazar artículos científicos porque sus hallazgos no respetan la “dignidad y los derechos de todos los humanos”, impedir que los investigadores accedan a datos financiados con fondos públicos y desviar fondos de investigación a proyectos ideológicamente derivados (los Institutos Nacionales de Salud adoptaron alguna vez este plan, pero pronto lo abandonaron).

Más allá de esto, y más allá del alcance de este artículo, están los numerosos ataques al mérito científico como una forma anticuada de juzgar la ciencia o de contratar científicos. Cada vez son más frecuentes los llamados, procedentes sobre todo de la izquierda, a sustituir las evaluaciones del mérito por esquemas más “holísticos” que tengan en cuenta la identidad de grupo. Esto ha llevado a muchas universidades a exigir a los futuros profesores que presenten declaraciones de diversidad como parte de sus solicitudes de empleo, así como a eliminar la obligación de que los futuros estudiantes presenten puntuaciones en pruebas estandarizadas como el MCATS, el SAT y el GRE, e incluso a despedir a profesores cuyas clases de ciencias son demasiado difíciles.

La ciencia siempre ha estado sujeta a la influencia y el control ideológicos, empezando por la censura de Galileo por parte de la Iglesia Católica, cuyo sistema solar heliocéntrico contradecía la teología aceptada. Y esas influencias han venido tanto de la derecha como de la izquierda, incluidos los debates sobre la evolución, la eficacia de las vacunas, el calentamiento global, el agua fluorada, etcétera. Pero lo que está ocurriendo ahora es diferente. En primer lugar, los recientes ataques a la ciencia son más generales que antes, y no sólo afectan a cuestiones concretas, sino que se extienden a todos los campos. La guerra de la biología, por ejemplo, va mucho más allá del hecho de la evolución —la única batalla cultural real que libramos durante la mayor parte de nuestras carreras— y se ha extendido al sexo biológico, las diferencias entre grupos, el lenguaje científico que se nos permite utilizar, el tratamiento de los artefactos biológicos y, de hecho, si hay formas válidas de aprender sobre el mundo natural aparte de la ciencia moderna. Y, por supuesto, biólogos famosos del pasado como Gregor MendelCharles Darwin y T.H. Huxley son denigrados, en retrospectiva, como racistas o sexistas.

Además, los ataques a la ciencia no sólo proceden del público, los creyentes religiosos o las autoridades políticas, como en el pasado, sino que implican a los propios científicos — científicos que consideran tabú ciertas investigaciones, restringen la disponibilidad de datos financiados con fondos públicos, sostienen que la financiación de la investigación debe depender de la ideología y no del mérito, y exigen que los trabajos de investigación sean censurados o suprimidos si pueden ofender a individuos o grupos. En el caso del asunto Lysenko, el fíat soviético dictó la distorsión de la genética y la ciencia agrícola, pero hoy nuestros propios colegas fuerzan la naturaleza a la arbitraria y despiadada ideología. Aunque el inconformismo científico no sea una cuestión de vida o muerte como lo era en la Rusia de Stalin, los puestos de trabajo y la investigación están claramente en peligro.

¿Por qué ocurre esto ahora? Sospechamos que el cambio de clima político de los últimos diez años, incluido el rápido auge de las políticas de identidad, ha provocado que los científicos de izquierdas —aunque tengan buenas intenciones— utilicen sus propios campos para señalar virtudes ideológicas y pertenencia a una “tribu” política. Además, los departamentos de ciencias también se han visto infectados por el posmodernismo francés omnipresente en los departamentos de humanidades. Esto, combinado con la autocensura de muchos investigadores y profesores que temen verse perjudicados profesionalmente, supone una grave amenaza para la ciencia.

Entonces, ¿cómo podemos devolver a la ciencia su misión primordial: comprender la naturaleza y el universo? Dado que la presión ideológica procede en gran medida de los propios científicos, incluidos los que conceden las subvenciones y juzgan los trabajos de investigación, no podemos contar con la argumentación científica para resolver el problema. De hecho, el igualitarismo radical es en sí mismo una forma de fe, resistente a los hechos y a los argumentos racionales. También es una promesa de lealtad al grupo. Steven Pinker explicó cómo la resistencia a la evolución no implicaba rechazar las pruebas científicas, sino que servía como distintivo de adhesión a una ideología religiosa que casualmente rechazaba la evolución por principio. Su explicación también es válida para la ideología progresista casi religiosa que está dañando la biología:

Profesar la creencia en la evolución no es un don de la alfabetización científica, sino una afirmación de lealtad a una subcultura secular progresista frente a una religiosa conservadora. En 2010, la National Science Foundation [NSF] eliminó el siguiente punto de su prueba de alfabetización científica: “Los seres humanos, tal y como los conocemos hoy, se desarrollaron a partir de especies animales anteriores”. La razón de ese cambio no fue, como aullaron los científicos, que la NSF hubiera cedido a la presión creacionista para eliminar la evolución del canon científico. Fue porque la correlación entre el rendimiento en ese ítem y en todos los demás del examen (como “Un electrón es más pequeño que un átomo” y “Los antibióticos matan los virus”) era tan baja que ocupaba espacio en el examen que podría dedicarse a ítems más diagnósticos. En otras palabras, se trataba de una prueba de religiosidad más que de conocimientos científicos. Cuando el ítem iba precedido de “De acuerdo con la teoría de la evolución”, de modo que la comprensión científica quedaba separada de la lealtad cultural, los examinados religiosos y no religiosos respondían igual.

Si los hechos no consiguen cambiar la tendencia, ¿qué podemos hacer?

Un paliativo obvio es el que siempre hemos tenido a mano: una forma de igualitarismo progresista y una moral independiente de las diferencias biológicas. Como Pinker señaló en La Tabla Rasa (p. 340): “La igualdad no es la afirmación empírica de que todos los grupos humanos son intercambiables; es el principio moral de que los individuos no deben ser juzgados ni limitados por las propiedades promedio de su grupo”.

También podemos seguir insistiendo en que el trabajo de los científicos es encontrar la verdad, no decidir cómo debe utilizar la sociedad esa verdad. No se trata de afirmar que toda la investigación sea igual de valiosa o interesante, ni de argumentar que la ciencia no se ha utilizado de forma perjudicial (me vienen a la mente el Zyklon-B y las armas nucleares). Pero si observamos que muchas investigaciones puras han dado lugar a descubrimientos imprevisibles, deberíamos evitar excluir áreas enteras de trabajo. Si algunos tergiversan o malversan la investigación científica con fines ideológicos, los propios científicos deberían tomar la iniciativa de corregir la situación.

Pero quizá la solución definitiva pase por la filosofía — insistir en que no sirve de nada mirar a la naturaleza para determinar cuáles de nuestros comportamientos son buenos, morales o normales. Hacerlo siempre implica dos falacias bien conocidas. La primera es la falacia naturalista — el famoso dicho de que el es equivale al deber ser, también expresado como “lo que es natural es lo que deberíamos hacer”. La segunda es la falacia de apelar a la naturaleza, que argumenta que lo que es natural debe ser lo que es bueno.

Ambas falacias conducen a los mismos errores. En primer lugar, si condicionamos nuestra política y nuestra ética a lo que sabemos sobre la naturaleza, entonces nuestra política y nuestra ética se vuelven maleables a los cambios en lo que descubrimos sobre la naturaleza más adelante. Por ejemplo, la observación de que las hembras de los bonobos se frotan los genitales entre sí como comportamiento de unión se ha utilizado para justificar por qué la homosexualidad humana no es ofensiva ni inmoral. El comportamiento de los bonobos es, después de todo, “natural”. (Comportamientos similares han sido registrados entre personas del mismo sexo en muchas especies y se han utilizado con el mismo fin). Pero, ¿y si no se hubiera observado tal comportamiento en ninguna especie no humana? ¿O si se demostrara que la observación de los bonobos es errónea? ¿Haría esto que el comportamiento homosexual fuera inmoral o incluso criminal? Por supuesto que no, porque las opiniones ilustradas sobre la homosexualidad no se basan en paralelismos con la naturaleza, sino en la ética, que nos dice que no hay nada inmoral en las relaciones sexuales consentidas entre adultos.

En segundo lugar, debemos darnos cuenta de que muchos comportamientos que son “naturales” porque se dan en otras especies se considerarían repugnantes o inmorales en la nuestra. Entre ellos están el infanticidio, el robo y la cópula fuera de la pareja. Como escribió uno de nosotros: “Si la causa gay se ve reforzada de algún modo por paralelismos con la naturaleza, entonces también lo están las causas de los asesinos de niños, los ladrones y los adúlteros”. Pero en realidad no derivamos nuestra moralidad o ideología de la naturaleza. En lugar de eso, elegimos los comportamientos de otras especies que se parecen a la moral que ya tenemos. (La gente hace exactamente lo mismo —ignorar los malos comportamientos y alabar los buenos— cuando pretende derivar la moral de textos religiosos como la Biblia).

Todos los conceptos biológicos erróneos que hemos analizado implican forzar creencias preconcebidas sobre la naturaleza. Esto convierte una vieja falacia en una nueva, que llamamos la apelación inversa a la naturaleza. En lugar de asumir que lo que es natural debe ser bueno, esta falacia sostiene que “lo que es bueno debe ser natural”. Exige que veas el mundo natural a través de las lentes prescritas por tu ideología. Si eres un activista de género, debes ver más de dos sexos biológicos. Si eres un igualitarista estricto, todos los grupos deben ser conductualmente idénticos y sus formas de conocer igualmente válidas. Y si eres un antihereditario —un partidario de la tábula rasa que considera que las diferencias genéticas promueven la eugenesia y el racismo—, entonces debes considerar que los genes sólo pueden tener efectos triviales e intrascendentes en el comportamiento de grupos e individuos. Este tipo de sesgo viola la regla más importante de la ciencia, célebremente expresada por Richard Feynman: “El primer principio es que no debes engañarte a ti mismo, y tú eres la persona más fácil de engañar”.

Pero el mayor peligro no es para la comprensión de la ciencia por parte de los profanos, sino para la propia ciencia. El principio rector de la ciencia —y de la libertad académica, de la que depende la ciencia— es la libertad de investigación. Quienes prohíben campos enteros de investigación o distorsionan la verdad científica por motivos políticos no sólo violan esta libertad, sino que nos privan de los beneficios intelectuales y prácticos que podrían derivarse de una investigación pura y sin trabas.

No nos hacemos ilusiones de que llamar la atención sobre estos puntos y subrayar la falacia de la apelación inversa a la naturaleza vaya a expulsar completamente la ideología de la ciencia. La ideología progresista es cada vez más fuerte y se inmiscuye cada vez más en todos los ámbitos de la ciencia. Y como es “progresista”, y como la mayoría de los científicos son progresistas, pocos nos atrevemos a oponernos a estas restricciones de nuestra libertad. A menos que se produzca un cambio en el zeitgeist, y a menos que los científicos encuentren por fin el valor de alzar la voz contra los efectos tóxicos de la ideología en su campo, dentro de unas décadas la ciencia será muy diferente de lo que es ahora. De hecho, es dudoso que la reconozcamos como ciencia.

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