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¿Qué es la objetificación, en todo caso?

En los temas que tienen que ver con sexismo, usualmente se ha recurrido a la acusación de objetificar al otro, usualmente a las mujeres. El asqueroso y pacato puritanismo religioso ha devenido en eso y a pesar de que esa cosmovisión reduce a las mujeres a simples fábricas de bebés, son ellos los que se rasgan las vestiduras y acusan de objetificar.

Pues Jennifer Wilson se ha fajado con un artículo sobre la objetificación y resulta que el reduccionismo supersticioso oculta una verdad más profunda – son ellos los que tratan como objetos a los demás:

Los siguientes son los criterios de la filósofa Martha Nussbaum de objetificación, es decir, el acto de tratar a una persona como un objeto:

instrumentalización: el tratamiento de una persona como una herramienta para los fines del objetivador;

negación de la autonomía: el tratamiento de una persona como carente de autonomía y libre determinación;

inercia: el tratamiento de una persona como carente de agencia, y tal vez también de actividad;

fungibilidad: el tratamiento de una persona como intercambiable con otros objetos;

violabilidad: el tratamiento de una persona como carente de límites-integridad;

propiedad: el tratamiento de una persona como algo que pertenece a otro (puede ser comprado o vendido);

negación de subjetividad: el tratamiento de una persona como algo cuyas experiencias y sentimientos (si los hay) no deben ser tomado en cuenta.

A lo que la profesora Rae Langton, del MIT, agrega lo siguiente:

reducción al cuerpo: el tratamiento de una persona identificándola con su cuerpo o partes del cuerpo;

reducción a la apariencia: el tratamiento de una persona principalmente en términos de cómo se ven, o cómo le parecen a los sentidos;

silenciamiento: el tratamiento de una persona como si estuviera en silencio, y careciera de la capacidad de hablar.

Los criterios se refieren al tratamiento de una persona. A partir de esto entiendo que la objetificación se promulga en los encuentros entre las personas, cuando una parte se comporta hacia el otro, como si él o ella fuera un medio para alcanzar un fin, y no un ser humano que tiene derecho a que sus necesidades y sentimientos sean tenidos en cuenta.

Hay un flujo casi constante de acusaciones de objetificación a través de la sexualización actualmente llevándose a cabo en la sociedad occidental. Son hechas por ciudadanos preocupados, ​​en contra de gran parte de la cultura popular, y con base en gran medida en las imágenes de mujeres que la cultura produce. Estas alegaciones suponen una mirada objetificante, es decir, que insisten en que el espectador, inevitablemente, reducirá a la mujer retratada en cierta forma a los objetos que se utilizarán para la gratificación sexual, en lugar de verlas como seres humanos iguales. Prendas de vestir, expresiones faciales y posturas son usadas como significantes de objetificación, así como del lenguaje.

Los significantes elegidos por los ciudadanos preocupados ​​se basan en la percepción judeo-cristiana del cuerpo de la mujer adulta como indisciplinado, peligroso e indecente, y que requiere ser ocultado, salvo en circunstancias específicas, tales como el matrimonio y otras relaciones monógamas comprometidas. La ropa que revela zonas del cuerpo demasiado “privadas” es considerada como transgresora de los códigos morales, como lo son las posturas y el lenguaje que implican el deseo sexual femenino, y/o estimulan “la lujuria” del hombre.

Aquí debo señalar que el debate de la objetificación es heteronormativo. Al parecer, los gays y las lesbianas no se objetifican entre sí o si lo hacen, los ciudadanos preocupados ​​no incluyen esto en su ámbito.

Para interpretar la ropa, las posturas y los movimientos como indecentes uno primero debe tener un determinado conjunto de valores morales. De lo contrario la imagen será atractiva, poco atractiva o nada interesante en absoluto, y no tendrá ningún peso moral.

Una imagen puede invitar a la mirada objetificante. El espectador puede aceptar. Sin embargo, es un gran salto asumir que todos los espectadores que encuentran “sexy” una imagen, inevitablemente, avanzan de dicho dictamen a objetificar a una mujer la próxima vez que él o ella se encuentren cara a cara con una, y que inevitablemente causará que busquen maneras de usar a la mujer como un medio para alcanzar un fin. Esta suposición impregna la imagen con nada menos que poderes sobrenaturales, así como niega la autonomía y la autodeterminación del espectador. También niega la agencia del espectador. Niega la subjetividad del espectador y también silencia al espectador mediante la imposición de otros valores en la mirada del espectador. Según Nussbaum, todos estos son actos de de objetificación. En otras palabras, cuando los ciudadanos preocupados hacen estos supuestos, ellos tratan al espectador como menos humano que ellos mismos.

Una imagen nos puede invitar a objetificar, pero no puede causar el desarrollo de una conciencia objetificadora, cuando esta no existía antes.

La incapacidad para percibir a los demás como seres humanos como uno mismo es un síntoma de varios trastornos psicológicos, así como de inmadurez. Estos factores no se logran gracias a la visualización de una imagen, y no van a ser resueltos mediante la eliminación de una imagen de la vista pública.

El argumento de que las mujeres eligen mostrar sus cuerpos de estas formas tiene poca credibilidad con los ciudadanos preocupados​​. La respuesta más frecuente es que las mujeres no entienden que están invitando a la objetificación mediante la presentación de sus cuerpos para la admiración y a veces la deseosa mirada masculina. Otro argumento es que la sociedad (el patriarcado) ha “normalizado” tanto la objetificación de las mujeres que sólo aquellos que la vigilan se darán cuenta cuando está pasando.

Es algo así como un salto el afirmar que una mujer está, sin ningún tipo de conciencia o de agencia, formulando una invitación al hombre para convertirla en un objeto cuando da un paso al frente de una cámara en ropa ajustada, o juega fútbol en ropa interior. Se me ocurren muchas razones por las que las mujeres eligen emprender estas actividades vestidas de esta manera, y ninguna de ellas tiene que ver con el tipo de masoquismo compulsivo implícito en las interpretaciones de los críticos de sus acciones.

De hecho, esta actitud hacia la mujer se podría leer según los criterios de Nussbaum como el tratamiento de ella como si careciera de autonomía y libre determinación, y como si fuera una persona carente de agencia. También niega su subjetividad, e intenta callarla mediante la imposición de una interpretación de sus acciones distinta de la suya. En otras palabras, los ciudadanos preocupados se dedican a objetificarla.

A mí me parece que todo el movimiento de la objetificación es un intento por imponer un determinado conjunto de valores morales en la sociedad. Nociones de propiedad, en gran medida de clase media, son perturbadas por ejemplo, por el espectáculo de las mujeres que juegan fútbol en ropa interior. Esta molestia está patologizada como objetivación, y extrapolada como una amenaza para todas las mujeres y las niñas, que como consecuencia de la LFL (Liga de Fútbol en Ligueros) serán consideradas como nada más que objetos sexuales para la satisfacción masculina. Mientras que ciertamente hay hombres que actúan como si esta fuera su opinión de las mujeres, la mayoría no lo hacen. La mayoría de la gente entiende que hay una diferencia entre los encuentros personales, y la imaginería.

Parece obvio para mí que la clave para aceptar el derecho humano de los demás a no ser tratados como un medio para alcanzar un fin, está en la educación y no en la censura. El intento de construir una sociedad bajo el supuesto de que todos sus miembros están en posesión de una conciencia objetificante y que se debe hacer todo lo que sea posible para evitar complacer esa conciencia me parece una locura, y que es buscarse problemas. Respetar y valorar a los demás como iguales es una habilidad adquirida, y dependemos de los cuidadores para instruir a nuestros jóvenes en su adquisición y práctica. Es una labor en curso para la raza humana. Los ciudadanos harían mejor si se dedicaran a alentar y ayudar a esta labor, en lugar de tratar de imponer un código moral que no aporta nada en absoluto para el proyecto civilizador. Un intento que, en su práctica comete las ofensas contra las que afirma oponerse con vehemencia.

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